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sábado, 24 de junio de 2017

Biografía de Agatha Christie


Hoy día hablaremos sobre la escritora británica, Agatha Crsitie.
Nacida el 15 de septiembre de 1891 en Gran Bretaña, hija menor de Fred Miller y Clara Boehmer.
En la niñez se caracterizo por su carácter retraído. Un dato curioso es que rechazaba sus muñecas para jugar con sus amigos imaginarios.
Trabajó como enfermera en un hospital, en la primera Guerra Mundial. De donde se dice, sacó la inspiración para escribir una historia policial, en la cual la víctima muere envenenada.
La novela se llama "El Misterioso caso Styles". Aquí abajo dejaré el link de un entrada donde eh puesto el resumen y el link para descargarlo: 
El padre de Agatha murió cuando ella solo tenía 11 años, dejándola a ella y su madre en bancarrota.
Se casó el 24 de diciembre de 1914 con Archibald Christie y se divorciaron en 1928 cuando la abandono para darse a la fuga con su secretaria. Esto junto con la muerte de su madre, le causó una gran crisis nerviosa que le dio lugar a periodos de amnesia. 
Una noche de diciembre de 1926 se encontró su coche abandonado en medio de la carretera, pero ella no estaba en el. Pasados once días apareció en un hospital en la playa registrada con el apellido de la amante de su marido; al no saber quién era publicó una carta en un periódico para ver su alguien la reconocía, pero como firmo con otro apellido, nadie lo hizo. Por fortuna su familia la encontró y tiempo después se recuperó con tratamiento psiquiátrico. 
Dos años después, durante un viaje por Oriente Próximo, se encontró con el prestigioso arqueólogo inglés Max Mallowan. Se casaron ese año y desde entonces acompañó a su esposo en sus visitas anuales a Irak y Siria. Utilizó esos viajes como materia, para Asesinato en Mesopotamia (1930), Muerte en el Nilo (1937) y Cita con la Muerte (1938).

Entre sus obras teatrales destacan La Ratonera, representada en Londres desde 1952 y Testigo de cargo (1953). Escribio además novelas románticas con el seudónimo de Mary Westmacott. Sus historias han sido llevadas al cine y la televisión, especialmente las protagonizadas por Hercules Poirot y Miss Marple.

Murión en Winterbrook House, Vholsey, el 12 de enero de 1976. Su úncia hija, Rosalidn Margaret Hicks, murió a la misma edad que ella el 28 de octubre de 2004. Su nieto Mathew Richard, heredó los derechos de lagunas de sus obras.

Entre sus obras destacadas se encuentran: 

El Caso de la Doncella Perfecta
El Caso Bungalow
Una Broma Extraña
El Crimen de la Cinta Métrica
El Cuarto Sospechoso
La Muñeca de Modista
La Ahogada
Nido de Avispas
Los Cuatro Sospechosos
La Señorita de Compañia
La Hierba Mortal
Tragedia Navideña
El Rey del Trébol
La Huella del Pulgar de San Pedro

Si quieres pasar a leer alguna de estos cuentos cortos, picha sobre el título de alguna de ellos y te dirigirá al link de la historia. Están en el blog.

Espero que les sea de utilidad. Nos leemos.

                                                                                                                                      - C.S.C

El Misterioso Caso Styles

Título: El Misterio Caso de Styles
Autor(a): Agatha Christie
Páginas: 117
Sinopsis:
Essex, Inglaterra. La millonaria Emily Inglethorp amanece muerta en su habitación sin indicio alguno de violencia. Aunque la policía descarta que se trate de un asesinato, demasiadas rivalidades en la vieja mansión propiedad de la fallecida hacen pensar en un posible caso de envenenamiento que podría haber pasado desapercibido. 
Cuando el detective Hércules Poirot llega para encargarse de la investigación, se encuentra frente a frente con la avaricia, los celos, las tensiones y la ambición de una familia que aspira a heredar una fortuna en dinero y propiedades.Un marido infiel, su jovencísima amante, unos hijastros envidiosos, un extraño toxicólogo alemán… Todos parecen sospechosos de haber acabado con la vida de Emily, aunque solo uno de ellos puede ser el asesino. Poirot deberá emplearse a fondo y usar todas sus armas para llegar al fondo de su primer caso literario.
Editado originalmente en 1920, el debut de Agatha Christie ya produjo un revuelo en la sociedad británica de la época. Casi un siglo después, sigue siendo una de las obras maestras del género negro internacional.
Es conocido por que aquí hace su primer aparación un personaje muy conocido posteriormente, el detective Hércules Poirot, en compañi del comandante Hastings quien es quién narra la historia.
«Aunque esta sea la primera novela de una joven Agatha Christie, ya delata la astucia de toda una veterana». The New York Times
«El único posible defecto de esta novela es que resulta incluso demasiado ingeniosa». The Times
Aqui os dejo un link por si quereís descargarlo. Es un libro en si corto y que te mantiene con la nariz enterada en el del principio al final: 
                                                                                                                                       C.S.C-

jueves, 22 de junio de 2017

La Huella Del Pulgar de San Pedro

Ahora, tía Jane, te toca a ti -dijo Raymond West.
-Sí, tía Jane, esperamos algo verdaderamente sabroso -exclamó en tono festivo Joyce Lempriére.
-Vamos, vamos, no se burlen de mí, queridos -replicó la señorita Marple plácidamente-. Creen que por haber vivido toda mi vida en este apartado rincón del mundo probablemente no he tenido ninguna experiencia interesante.
-Dios no permita que considere la vida de un pueblo como apacible y monótona -replicó Raymond acaloradamente-. ¡Nunca más después de las horribles revelaciones que acabamos de oír de tus labios! El mundo cosmopolita parece tranquilo y pacífico comparado con St. Mary Mead.
-Bueno, querido -dijo la señorita Marple-, la naturaleza humana es la misma en todas partes y, claro está, en un pueblecito se tienen más ocasiones de observarla de cerca.
-Es usted realmente única, tía Jane –exclamó Joyce-. Espero que no le importará que la llame tía Jane -agregó-. No sé por qué lo hago.
-¿Seguro que no, querida? -replicó la señorita Marple.
Y la contempló con una mirada tan burlona por unos instantes, que las mejillas de la muchacha se arrebolaran. Raymond carraspeó para aclararse la garganta de un modo algo embarazoso.
La señorita Marple volvió a contemplarlos sonriente y luego dedicó de nuevo su atención a su labor de punto.
-Es cierto que he llevado lo que se llama una vida tranquila, pero he tenido muchas experiencias resolviendo pequeños problemas que han ido surgiendo a mi alrededor. Algunos verdaderamente ingeniosos, pero de nada serviría contárselos, ya que son cosas de poca importancia y no les interesarían, como por ejemplo: “¿Quién cortó las mallas de la bolsa dela señora Jones?” y “¿Por qué la señora Simons sólo se puso una vez su abrigo de pieles nuevo?” Cosas realmente interesantes para cualquiera que guste de estudiar la naturaleza humana. No, la única experiencia que recuerdo que pueda tener interés para ustedes es la de mi pobre sobrina Mabel y su esposo. Ocurrió hace diez o quince años y, por fortuna, todo acabó y nadie lo recuerda. La memoria de las gentes es muy mala, afortunadamente.
La señorita Marple hizo una pausa mientras murmuraba para sí:
-Tengo que contar esta vuelta. El menguado es un poco difícil. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, y luego se menguan tres. Eso es. ¿Qué estaba diciendo? Oh, sí, hablaba de la pobre Mabel. Mabel era mi sobrina. Una muchacha simpática y muy agradable, sólo que lo que podríamos decir un poco tonta. Le gusta armar un drama por cualquier cosa, siempre que se enfada, y dice muchas más cosas de las que piensa. Se casó con un tal señor Denman cuando tenía veintidós años y me temo que no fue muy feliz en su matrimonio. Yo había esperado que aquella boda no llegara a celebrarse, ya que el tal señor Denman parecía un hombre de temperamento violento y no la clase de persona que hubiera sabido tener paciencia con las debilidades de Mabel. Y también porque supe que en su familia había habido algunos casos de locura. No obstante, entonces las muchachas eran tan obstinadas como ahora y como lo serán siempre, y Mabel se casó con él.
“Después de su matrimonio no la vi muy a menudo. Vino a pasar unos días a mi casa un par de veces y me invitaron a la suya en varias ocasiones, pero, a decir verdad, no me gusta mucho estar en casas ajenas y siempre me las arreglé para excusarme. Llevaban diez años casados cuando el señor Denman falleció repentinamente. No habían tenido hijos y dejaba todo su dinero a Mabel. Yo le escribí, como es natural, ofreciéndome a hacerle compañía si me necesitaba, pero me contestó con una carta muy sensata y yo imaginé que no estaba demasiado abatida por la pena. Lo juzgué natural sabiendo que desde hacía algún tiempo hacían vidas separadas. No fue hasta unos tres meses después cuando recibí una carta de lo más histérica de mi sobrina, en la que me pedía que acudiera a su lado, que las cosas iban de mal en peor y que no sería capaz de soportarlo por mucho más tiempo.
“Así que, por supuesto, recogí mis cosas, llevé la vajilla de plata al banco y acudí en seguida. Encontré a Mabel muy nerviosa. La casa, Myrtle Dene, era muy grande y estaba magníficamente amueblada. Tenían cocinera, doncella, así como una enfermera que cuidaba del anciano señor Denman, padre del esposo de Mabel, quien estaba lo que se dice “un poco mal de la cabeza”. Era un hombre tranquilo y se portaba bien, aunque a veces era algo raro. Como ya he dicho, había habido casos de locura en la familia.
“Me sorprendí realmente al ver el cambio sufrido por Mabel. Era un manojo de nervios y me resultó difícil que me contara el problema. Lo conseguí, como siempre se consiguen estas cosas, indirectamente. Le pregunté por unos amigos suyos a quienes siempre mencionaba en sus cartas, los Callagher. Ante mi sorpresa, me respondió que apenas los veía ya. Y lo mismo me contestó al preguntarle por otros. Le hablé de lo tonto que era encerrarse en casa y renunciar al trato social, y entonces me contó la verdad.
“-No es cosa mía, sino suya. Ahora no hay una sola persona aquí que quiera dirigirme la palabra. Cuando paso por High Street todos se apartan para no tener que saludarme. Soy una especie de leprosa. Es horrible y no podré soportarlo por mucho tiempo. Tendré que vender la casa y marcharme al extranjero. Y, sin embargo, ¿por qué tienen que hacerme abandonar una casa como ésta? Yo no he hecho nada.
“Me inquieté más de lo que puedan ustedes imaginar. Estaba tejiendo una bufanda para la ancianaseñora Hay y, en mi tribulación, dejé escapar unos puntos y no lo descubrí hasta mucho después.
“-Mi querida Mabel -le dije-, me sorprendes. ¿Cuál es la causa de todo esto?
“Incluso de niña Mabel fue siempre difícil y me costó muchísimo sacarle la verdad. Sólo sabía hablar con vaguedad de las personas ociosas y maliciosas que no tienen nada mejor que hacer que chismorrear y lanzar insidias a las mentes de los demás.
“-Lo veo muy claro -le dije-. Evidentemente debe de circular algún rumor referente a ti. Tú debes saber muy bien cuál es esa historia, de modo que vas a contármela.
“-¡Es algo tan malicioso! -gimió Mabel.
“-Claro que es malicioso -repliqué-. No hay nada que puedas contarme acerca de la mentalidad humana que me sorprenda. Y ahora, Mabel, ¿quieres decirme lisa y llanamente lo que la gente anda diciendo de ti?
“Entonces salió todo.
“Al parecer, la repentina e inesperada muerte de Geoffrey Denman había suscitado varios rumores. En resumen, la gente pensaba que ella había envenenado a su esposo.
“Ahora bien, como supongo que ustedes ya saben, no hay nada más cruel ni más difícil de combatir que los rumores. Cuando la gente habla a nuestras espaldas nada hay que pueda uno rebatir o negar, y las habladurías van creciendo sin que nadie pueda detenerlas. Yo estaba completamente segura de una cosa: Mabel era incapaz de envenenar a nadie y no comprendía por qué iban a arruinarle la vida haciéndole insoportable la estancia en aquella casa sólo porque, con toda probabilidad, había hecho alguna estupidez.
“-No hay humo sin fuego -le dije-, Mabel. Ahora vas a decirme el motivo de que la gente comenzara a rumorear. Debió ser por algo.
“Mabel se mostró muy incoherente, declarando que no había sido por nada, por nada en absoluto, como no fuese, naturalmente, por lo repentino del fallecimiento de Geoffrey. A la hora de cenar parecía encontrarse perfectamente y por la noche se puso muy enfermo. Naturalmente habían enviado a buscar al médico, pero el pobre Geoffrey falleció a los pocos minutos de su llegada. Su muerte fue atribuida a envenenamiento por haber comido setas venenosas.
“-Bueno -le dije-, supongo que una muerte repentina de esa clase puede desatar las lenguas, pero sin duda no sin algunos hechos adicionales. ¿Te peleaste con Geoffrey o algo por el estilo?
“Admitió que había sostenido una discusión con él la mañana anterior, a la hora del desayuno.
“-Supongo que la oirían los criados… -comenté.
“-No estaban en la habitación.
“-No, querida, pero probablemente estaban al otro lado de la puerta -le contesté.
“Yo sabía muy bien lo histérica que podía llegar a ponerse Mabel cuando se enfadaba. Geoffrey Denman también era un hombre dado a elevar la voz cuando se enfadaba.
“-¿Por qué pelearon? -quise saber.
“-Oh, por las tonterías de siempre. Siempre ocurría lo mismo. Cualquier cosa nos enzarzaba en una discusión. Geoffrey se ponía imposible y decía cosas abominables, y yo le contestaba a todo lo que pensaba de él.
“-Entonces, ¿discutían a menudo? -pregunté.
“-No era culpa mía.
“-Mi querida niña -le dije-, no importa de quién fuera la culpa. Eso no es lo que estamos discutiendo ahora. En un sitio como éste, los asuntos privados de todo el mundo son poco más o menos del dominio público. Tú y tu marido estaban siempre discutiendo. Una mañana tienen una pelea mayor de lo normal y aquella noche tu marido muere repentina y misteriosamente. ¿Es eso todo o hay algo más?
“-No sé qué quieres decir -afirmó Mabel apesadumbrada.
“-Pues lo que he dicho, querida. Si has cometido alguna tontería, no lo ocultes. Yo sólo quiero ayudarte.
“-Nadie ni nada puede ayudarme, excepto la muerte -declaró Mabel con desesperación.
“-Ten un poco más de fe en la Providencia, querida -le dije-. Ahora sé perfectamente que hay algo más que tratas de ocultar.
“Siempre supe, incluso cuando era una niña, cuándo no me decía la verdad. Tardó mucho tiempo, pero al fin lo dijo. Aquella misma mañana fue a la farmacia a comprar arsénico. Por supuesto firmó en el registro y, naturalmente, el farmacéutico lo había contado.
“-¿Quién es tu médico? -le pregunté.
“-El doctor Rawlinson.
“Yo lo conocía de vista. Mabel me lo había señalado el día anterior y era lo que vulgarmente se llama un viejo decrépito. Además, yo tenía demasiada experiencia de la vida para creer en la infalibilidad de los médicos. Algunos son inteligentes y otros no, y la mayor parte de las veces no saben lo que le ocurre a uno. Yo no confío ni en los médicos ni en las medicinas.
“Después de reflexionar sobre lo que había averiguado, me puse el sombrero y me fui a visitar al doctor Rawlinson. Era precisamente lo que yo había supuesto, un anciano amable y tan corto de vista que daba lástima, ligeramente sordo, y al mismo tiempo susceptible y quisquilloso en grado extremo. En cuanto mencioné la muerte de Geoffrey Denman se puso a la defensiva, y me habló largo rato de las setas, las comestibles y las que no. Había interrogado a la cocinera, quien admitió que una o dos setas de las que preparó le parecieron “un poco extrañas”, pero pensó que debían ser buenas, puesto que se las habían enviado de la tienda. Cuanto más pensaba en ello desde aquél día, más convencida estaba de que su aspecto no era normal.
“-Y no es extraño -dije yo-. Debieron empezar por ser semejantes a las demás en apariencia y terminar adquiriendo un color naranja con manchas rojas. No hay nada que esa gente no recuerde si se esfuerza.
“Averigüé que Denman ya no podía hablar cuando llegó el doctor. No podía tragar y falleció a los pocos minutos. El médico parecía completamente satisfecho de su dictamen, pero yo no estaba segura de si era debido a un firme convencimiento o a su testarudez.
“Me fui directa a casa y pregunté a Mabel por qué había comprado arsénico.
“-Debiste hacerlo con algún propósito -le dije.
“Mabel se echó a llorar.
“-Quería suicidarme -gimió-. Me sentía tan desgraciada… y pensé que así terminaría todo.
“-¿Tienes aún el arsénico? -le pregunté.
“-No, lo tiré.
“Estuve durante unos momentos dando vueltas en mi mente al problema.
“-¿Qué ocurrió cuando se sintió mal? ¿Te llamó?
“-No -meneó la cabeza-. Hizo sonar el timbre con violencia. Debió llamar varias veces y al fin Dorothy, la doncella, lo oyó y, tras despertar a la cocinera, bajó con ella. Cuando Dorothy lo vio se asustó mucho. Estaba inquieto y delirando. Dejó allí a la cocinera y vino corriendo a buscarme. Yo me levanté y al verlo comprendí en el acto que estaba muy grave. Por desgracia Brewster, que cuida del anciano señor Denman, tenía la noche libre, de modo que no había nadie en la casa que supiera lo que se debía hacer. Mandé a Dorothy a buscar al médico, y la cocinera y yo nos quedamos con él, pero al cabo de unos minutos no pude soportarlo más, era demasiado horrible, y regresé a mi habitación para encerrarme en ella.
“-Fuiste muy egoísta y cruel -le dije-, y no hay duda de que tu comportamiento no te habrá ayudado precisamente, ya puedes estar segura. La cocinera lo habrá repetido por todas partes. Vaya, vaya, es un mal asunto.
“Luego hablé con el servicio. La cocinera quería contarme lo de las setas, pero la contuve: estaba harta de aquellas setas. En vez de eso, la interrogué detalladamente acerca del estado de su amo en aquella trágica noche. Las dos estuvieron de acuerdo en que parecía agonizante, que apenas podía tragar, sólo hablaba con voz apagada y delirante, y que no dijo nada que tuviera sentido.
“-¿Qué dijo cuando deliraba? -pregunté con curiosidad.
“-Algo acerca de un pescado, ¿no? -dijo volviéndose a la otra.
“Dorothy asintió.
“-Un montón de pescado -dijo-, o alguna tontería por el estilo. En seguida comprendí que el pobre señor había perdido la cabeza.
“No era posible sacar nada en claro de aquello. Como último recurso, fui a ver a Brewster, que era una mujer delgada de unos cincuenta años.
“-Es una lástima que no estuviera yo aquella noche -dijo-. Al parecer nadie intentó hacer nada por él hasta que llegó el médico.
“-Supongo que deliraba -dije pensativa-, pero eso no es síntoma de envenenamiento producido por alimentos en mal estado, ¿o sí?
“-Eso depende -replicó Brewster.
“Le pregunté por el estado de su paciente.
“Meneó la cabeza.
“-Está bastante mal -replicó.
“-¿Débil?
“-Oh, no. Físicamente está bastante bien, aparte de la vista, que le empieza a fallar. Puede que nos sobreviva a todos nosotros, pero su mente se está perdiendo muy deprisa. Les dije al señor y a la señora Denman que debían internarlo en un sanatorio, pero la señora Denman no quiere oír hablar de ello siquiera.
“Debo decir que Mabel siempre ha tenido un corazón generoso.
“Bien, así estaban las cosas. Consideré cuidadosamente todos los aspectos y finalmente decidí que sólo quedaba una cosa por hacer. En vista de los rumores que circulaban, debíamos solicitar un permiso para exhumar el cadáver, practicarle la debida autopsia y hacer que las lenguas se callaran para siempre. Desde luego, Mabel armó un gran alboroto diciendo que no se debía molestar a un muerto en su tumba, etc… pero yo me mantuve firme.
“No me alargaré en esta parte de mi historia. Conseguimos el permiso y se llevó a cabo la autopsia, o como se llame eso, mas el resultado no fue lo satisfactorio que debiera haber sido. No se encontró el menor rastro de arsénico, cosa favorable, pero las palabras exactas del informe forense fueron “que no había nada que demostrase la causa de la muerte”.
“De modo que aquello no solucionó nada. La gente continuó hablando de venenos raros que no dejan rastro y tonterías por el estilo. Yo visité al patólogo que efectuó la autopsia, al que hice varias preguntas, aunque se esforzó cuanto le fue posible para no responder a la mayoría de ellas. Pero logré sonsacarle que consideraba altamente improbable que las setas venenosas hubieran sido la causa del fallecimiento. Una idea tomaba forma en mi mente y le pregunté qué veneno, si es que existía alguno, podía haber sido empleado para lograr aquellos efectos. Me dio una extensísima explicación, que en su mayor parte, debo admitirlo, no entendí, pero que puede resumirse así: la muerte pudo ser producida por algún fuerte alcaloide vegetal.
“La idea que tuve era ésta. Suponiendo que Geoffrey Denman llevara también en la sangre la tara de la locura, ¿no pudo haberse suicidado? Durante un período de su vida estudió medicina y debía tener un buen conocimiento de los venenos y sus efectos.
“No me parecía muy probable, pero fue lo único que se me ocurrió y puedo asegurarles que estuve a punto de volverme loca. Ahora, aunque ustedes los jóvenes lo tomen a risa, les confesaré que, cuando me encuentro en un verdadero apuro, siempre rezo para mis adentros, en cualquier parte donde me encuentre, caminando por la calle o en el interior de una tienda, y siempre obtengo una respuesta a mi plegaria. Tal vez parezca una cosa sin importancia y sin relación aparente con este asunto, pero la tiene. Cuando era niña tenía este lema escrito sobre mi cama: “Pide y recibirás”. La mañana a la que me refiero yo estaba paseando por High Street y rezaba intensamente. Cerré los ojos y, al abrirlos, ¿qué creen ustedes que fue lo primero que vi?”
Cinco rostros se volvieron hacia la señorita Marple, demostrando diversos grados de interés. Sin embargo, podía afirmarse con seguridad que ninguno había adivinado la respuesta a la pregunta.
-Vi -dijo la señorita Marple con aire misterioso- el escaparate de la pescadería. Y sólo había una cosa en él: un ródalo fresco.
Miró a su alrededor con aire triunfante.
-¡Oh, cielos! -exclamó Raymond West-. La respuesta a tu plegaria fue… un ródalo fresco.
-Sí, Raymond -contestó la señorita Marple con aire severo-. Y no hace falta que seas tan escéptico. La mano de Dios está en todas partes. Lo primero que vi fueron las manchas negras de ese pescado, las huellas del pulgar de san Pedro, según cuenta la leyenda, ya sabes. Y eso me hizo recordar cosas: que necesitaba fe, la verdadera fe de san Pedro, y relacioné las dos cosas, la fe y el pescado.
Henry se sonó con bastante apresuramiento y Joyce se mordió el labio.
-¿Qué es lo que trajo esto a mi memoria? Pues que la doncella y la cocinera mencionaran que el pescado había sido una de las palabras pronunciadas por el difunto. Eso me convenció, con un convencimiento absoluto, de que la solución del misterio había de encontrarse en aquellas palabras. Volví a casa resuelta a llegar al fondo del asunto.
Hizo una pausa.
-¿Se les ha ocurrido pensar -continuó la anciana- cuántas veces nos dejamos llevar por lo que creo se ha dado en llamar el contexto de las cosas? Hay un lugar en Dartmoor llamado Tiempo Gris. Si uno habla con un granjero de allí y menciona las palabras Tiempo Gris, sin duda deducirá que se refiere a aquellas rocas, aunque es posible que usted le esté hablando del día que hace. Del mismo modo, si uno hace referencia a ese lugar ante un extraño que sólo oiga un fragmento de la conversación, puede pensar que le hablan del tiempo. De modo que, al repetir una conversación, por lo general no empleamos las palabras exactas, sino otras que para nosotros tienen el mismo significado.
“Me entrevisté por separado con la cocinera y Dorothy. Pregunté a la primera si estaba segura de que su amo había hablado de un montón de pescado y respondió afirmativamente.
“-¿Fueron entonces ésas sus palabras exactas -pregunté- o nombró alguna clase especial de pescado?
“-Eso es -replicó la cocinera-, una clase especial que ahora no puedo recordar. Un montón de… ¿qué era lo que dijo? No es ninguno de los que se sirven en la mesa. ¿Diría sollo o perca? No, no empezaba con P.
“Dorothy también recordaba que su amo había mencionado una clase determinada de pescado.
“-Era un nombre poco corriente -dijo-. Una pila de… ¿qué es lo que dijo?
“-¿Dijo montón o pila? -pregunté.
“-Creo que dijo pila. Pero no estoy segura, es tan difícil recordar las palabras exactas, ¿no es cierto, señorita?, especialmente cuando no tienen sentido. Pero ahora que lo pienso, estoy casi segura de que dijo pila, algo que me sonó muy extraño, y luego pronunció el nombre de un pescado que empieza con C, pero no era el congrio ni cangrejo.”
-Lo que sigue a continuación me enorgullece –dijo la señorita Marple-, porque, desde luego, nada sé de drogas, que considero desagradables y peligrosas. Tengo una receta de mi abuela para hacer infusión de tanaceto que vale más que todas las medicinas. Pero yo sabía que en la casa había varios libros de medicina y que uno de ellos era un índice de drogas. ¿Comprenden? Mi idea fue que Geoffrey había tomado alguna dosis de veneno e intentó decirlo. Bien, primero miré las que empezaban por R, sin encontrar nada que me pareciese probable. Luego seguí con la letra P y casi en seguida di con ella… ¿qué creen ustedes que era?
Miró a su alrededor saboreando su triunfo.
-Pilocarpina. ¿No adivinan cómo sonaría en labios de un hombre que apenas pudiera hablar? ¿Y cómo sonaría a oídos de una cocinera que nunca lo hubiera oído? ¿No debió de darle la impresión de que decía algo así como “pila de carpas”?
-¡Por Júpiter! -exclamó Henry.
-Nunca se me hubiera ocurrido -confesó el doctor Pender.
-Es muy interesante -dijo la señora Petherick-. Interesantísimo.
-Busqué apresuradamente la página que señalaba el índice y leí los efectos que la pilocarpina produce en los ojos y otras cosas que no hacen al caso, y al fin llegué a una frase muy significativa. Ha sido empleada con éxito como antídoto contra el envenenamiento producido por la atropina. Entonces lo vi todo con claridad. Nunca consideré muy probable que Geoffrey Denman se hubiera suicidado. No, esta nueva solución no sólo era posible, sino que estaba segura de que era la verdadera ya que todas las piezas del rompecabezas encajaban.
-No voy a tratar de adivinarlo -dijo Raymond-. Continúa, tía Jane, y dinos lo que estaba tan claro para ti.
-Yo no sé nada de medicina, por supuesto -replicó la señorita Marple-, pero lo que sí sabía era que, cuando mi vista empezó a fallar, el médico me recetó unas gotas de sulfato de atropina. Fui directamente a la habitación del anciano señor Denman y no me anduve por las ramas.
“-Señor Denman -le dije-. Lo sé todo. ¿Por qué envenenó usted a su hijo?
“Me miró durante un par de segundos, era un hombre bastante atractivo a su manera, y luego se echó a reír. Fue una de las risas más malvadas que he oído en mi vida y les aseguro que se me puso la piel de gallina. Sólo en una ocasión oí algo parecido, cuando la pobreseñora Jones se volvió loca.
“-Sí -me contestó-, yo maté a Geoffrey. Yo era demasiado listo para él y él quería quitarme de en medio ¿no es cierto? Encerrarme en un asilo. Lo oí hablar con Mabel. Mabel es una buena chica, se puso de mi parte, pero yo sabía que no iba a poder impedirlo indefinidamente. Al fin se habría salido con la suya, como siempre. Pero yo acabé con él, con mi hijo amable y cariñoso. ¡Ja, ja! Bajé durante la noche. Fue muy sencillo. Brewster había salido y mi querido hijo estaba durmiendo. Tenía un vaso de agua en la mesilla de noche, siempre bebía cuando se despertaba a medianoche. Lo vacié, ¡ja, ja!, y luego vertí en él mi botella de gotas para los ojos. Cuando se despertase se lo bebería antes de saber qué era. Sólo me quedaba una cucharada, pero fue suficiente, fue suficiente. ¡Así fue cómo lo hice! A la mañana siguiente me dieron la noticia con mucha delicadeza. Temían que me afectara, ¡ja, ja, ja!
“Bien, éste es el final de mi historia. Desde luego el pobre viejo fue internado en un sanatorio. En realidad no era responsable de lo que había hecho, se supo la verdad y todo el mundo se compadeció de Mabel y no sabían qué hacer para compensarla de sus injustas sospechas. Pero de no haber sido porque Geoffrey se dio cuenta de lo que había tomado e intentó pedir que le trajeran el antídoto sin demora, es posible que nunca se hubiera descubierto. Creo que la atropina produce ciertos síntomas muy evidentes, dilatación de las pupilas y demás, pero desde luego y como ya les he dicho, el doctor Rawlinson era muy corto de vista, pobre viejo. Y en el mismo libro de medicina, que continué leyendo porque era muy interesante, se daban los síntomas del envenenamiento producido por la ingestión de alimentos en mal estado y por la atropina, y no se diferencian gran cosa. Pero les aseguro que no he vuelto a ver un ródalo fresco sin acordarme de la huella del pulgar de san Pedro.”
Hubo una larga pausa.
-Mi querida amiga -dijo el señor Petherick-, es usted realmente maravillosa.
-Recomendaré a Scotland Yard que vengan a pedirle consejo -intervino Henry.
-Bueno, de todas formas hay una cosa que ignoras, tía Jane -dijo Raymond.
-Oh, sí que lo sé, querido -replicó la señorita Marple-. Ha ocurrido precisamente antes de cenar ¿no es cierto? Cuando llevaste a Joyce a contemplar la puesta de sol. Es un lugar muy adecuado, junto a los jazmines. Allí es donde el lechero le preguntó a Annie si quería casarse con él.
-Vaya, tía Jane -replicó el joven-, no estropees todo el romanticismo. Joyce y yo no somos como el lechero y Annie.
-En eso te equivocas, querido -dijo la señorita Marple-. En realidad todos somos iguales, aunque afortunadamente tal vez no nos demos cuenta.
F I N

El Rey del Trébol

La verdad -observé dejando el Daily Newsmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción.
La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de nuevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:
-¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!
Sin enojarme por la evidente ironía, di un golpecito sobre el periódico que acababa de soltar de la mano.
-¿Lo ha leído ya? -pregunté.
-Sí. Y después de leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente. No lo he tirado al suelo como acaba usted de hacer, con una lamentable falta de orden y de método.
(Esto es lo peor de Poirot. El Orden y el Método son sus dioses. Y les atribuye todos sus éxitos.)
-¿Entonces ha leído la nota del asesinato de Henry Reedbum, el empresario? Él ha originado mi reciente observación. Porque es cierto que no solo la verdad es más fuerte que la ficción, sino, asimismo, mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida familia de clase media, los Ogiander. El padre, la madre, el hijo, la hija son típicos, como tantos cientos de familias de este país. Los hombres van al centro de la ciudad todos los días; las mujeres se ocupan de la casa. Sus vidas son pacíficas, monótonas incluso. Anoche estuvieron sentados en el salón de su casa de Daisymead, en Streatham, jugando al bridge. De improviso, se abre una puerta de cristales y entra en la habitación una mujer tambaleándose. Lleva manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes de caer desmayada al suelo dice una sola palabra: «asesinado». La familia la reconoce al punto. Es Valerie Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo Londres.
-¿Habla usted por sí mismo o está refiriendo lo que dice el Daily Newmonger? -interrogó Poirot con ánimo de puntualizar.
-El periódico entró a último momento en prensa y se contentó con narrar hechos escuetos. A mí me han impresionado enseguida las posibilidades dramáticas del suceso.
Poirot aprobó pensativo mis palabras.
-Dondequiera que exista la naturaleza humana existe el drama. Solo que no siempre es como uno se lo imagina. Recuérdelo. Sin embargo, me interesa ese caso porque es posible que me vea relacionado con él.
-¿De verdad?
-Sí. Esta mañana me llamó por teléfono un caballero para solicitar una entrevista en nombre del príncipe Paúl de Mauritania.
-Pero ¿qué tiene eso que ver con lo ocurrido?
-Usted no lee todos nuestros periódicos. Me refiero a esos que relatan acontecimientos escandalosos y que comienzan por: «Nos cuenta un ratoncito…» o «A un pajarito le gustaría saber…». Vea esto.
Yo seguí el párrafo que me señalaba con el grueso índice.
-…desearíamos saber si el príncipe extranjero y la famosa bailarina poseen en realidad afinidades y, ¡si a la dama le gustaba la nueva sortija de diamantes!
-Bueno, continúe su historia. Quedamos en que mademoiselle Sinclair se desmayó en Daisymead sobre la alfombra del salón, ¿lo recuerda?
Yo me encogí de hombros.
-Como resultado de sus palabras, los dos Ogiander salieron; uno en busca de un médico que asistiera a la dama, que sufría una terrible conmoción nerviosa, y el otro a la jefatura de policía, desde donde, tras contar lo ocurrido, los acompañó a Mon Désir, la magnífica villa del señor Reedburn, que se halla a corta distancia de Daisymead. Allí encontraron al gran hombre, que, dicho sea de paso, goza de mala fama, tendido en la mitad de la biblioteca con la cabeza abierta.
-Yo he criticado su estilo -dijo Poirot con afecto-. Perdóneme, se lo ruego. ¡Oh, aquí tenemos al príncipe!
Nos anunciaron al distinguido visitante con el nombre de conde Feodor. Era un joven alto, extraño, de barbilla débil, con la famosa boca de los Mauranberg y los ojos ardientes y oscuros de un fanático.
-¿Monsieur Poirot?
Mí amigo se inclinó.
-Monsieur, me encuentro en un apuro tan grande que no puede expresarse con palabras…
Poirot hizo un ademán de inteligencia.
-Comprendo su ansiedad. Mademoiselle Sinclair es una amiga querida, ¿no es cierto?
El príncipe repuso sencillamente:
-Confío en que será mi mujer.
Poirot se incorporó con los ojos muy abiertos.
El príncipe continuó:
-No seré yo el primero de la familia que contraiga matrimonio morganático. Mi hermano Alejandro ha desafiado también las iras del emperador. Hoy vivimos en otros tiempos, más adelantados, libres de prejuicios de casta. Además, mademoiselle Sinclair es igual a mí, posee rango. Supongo que conocerá su historia, o por lo menos una parte de ella.
-Corren por ahí, en efecto, muchas románticas versiones de su origen. Dicen unos que es hija de una irlandesa gitana; otros, que su madre es una aristócrata, una archiduquesa rusa.
-La primera versión es una tontería, desde luego -repuso el príncipe-. Pero la segunda es verdadera. Aunque está obligada a guardar el secreto, Valerie me ha dado a entender eso. Además, lo demuestra, sin darse cuenta, y yo creo en la ley de herencia, monsieur Poirot.
-También yo creo en ella -repuso Poirot, pensativo-. Yo, moi qui vous parle, he presenciado cosas muy raras… Pero vamos a lo que importa, monsieur le prince. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada mademoiselle de algún modo con ese crimen? Porque conocía al señor Reedburn, naturalmente…
-Sí. Él confesaba su amor por ella.
-¿Y ella?
-Ella no tenía nada que decirle.
Poirot le dirigió una mirada penetrante.
-Pero, ¿le temía? ¿Tenía motivos?
El joven titubeó.
-Le diré… ¿Conoce a Zara, la vidente?
-No.
-Es maravillosa. Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo fuimos a verla la semana pasada. Y nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas nubes que asomaban en el horizonte y le predijo males inminentes; luego volvió la última carta. Era el rey de trébol. Dijo a Valerie: «Tenga mucho cuidado. Existe un hombre que la tiene en su poder. Usted le teme, se expone a un gran peligro. ¿Sabe de quién le hablo?». Valerie estaba blanca hasta los labios. Hizo un gesto afirmativo y contestó: «Sí, sí, lo sé». Las últimas palabras de Zara a Valerie fueron: «Cuidado con el rey de trébol. ¡Le amenaza un peligro!». Entonces la interrogué. Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada. Pero ahora, después de lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie vio a Reedburn en el rey de trébol y de que él era el hombre a quien temía.
El príncipe guardó brusco silencio.
-Ahora comprenderá mi agitación cuando abrí el periódico esta mañana. Suponiendo que en un ataque de locura, Valerie… pero no, ¡es imposible…!, ¡no puedo concebirlo, ni en sueños!
Poirot se levantó del sillón y dio unas palmaditas afectuosas en el hombro del joven.
-No se aflija, se lo ruego. Déjelo todo en mis manos.
-¿Irá a Streatham? Sé que está en Daisymead, postrada por la conmoción sufrida.
-Iré en seguida.
-Ya lo he arreglado todo por medio de la embajada. Tendrá usted acceso a todas partes.
-Marchemos entonces. Hastings, ¿quiere acompañarme? Au revoir, monsieur le prince.
Mon Désir era una preciosa villa moderna y cómoda. Una calzada para coches conducía a ella y detrás de la casa tenía un terreno de varias hectáreas de magníficos jardines.
En cuanto mencionamos al príncipe Paúl, el mayordomo que nos abrió la puerta nos llevó al instante al lugar de la tragedia. La biblioteca era una habitación magnífica que ocupaba toda la fachada del edificio con una ventana a cada extremo, de las cuales una daba a la calzada y otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última. No hacía mucho que se lo habían llevado después de concluir su examen la policía.
-¡Qué lástima! -murmuré al oído de Poirot-. La de pruebas que habrán destruido.
Mi amigo sonrió.
-¡Eh, eh! ¿Cuántas veces habré de decirle que las pruebas vienen de dentro? En las pequeñas células grises del cerebro es donde se halla la solución de cada misterio.
Se volvió al mayordomo y preguntó:
-Supongo que a excepción del levantamiento del cadáver no se habrá tocado la habitación.
-No, señor. Se halla en el mismo estado que cuando llegó la policía anoche.
-Veamos. Veo que esas cortinas pueden correrse y que ocultan el alféizar de la ventana. Lo mismo sucede con las cortinas de la ventana opuesta. ¿Estaban corridas anoche también?
-Sí, señor. Yo verifico la operación todas las noches.
-Entonces, ¿debió descorrerlas el propio Reedburn?
-Así parece, señor.
-¿Sabía usted que esperaba visita?
-No me lo dijo, señor. Pero dio orden de que no se le molestase después de la cena. Ve, señor, por esa puerta se sale de la biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio entrada a alguien por ella.
-¿Tenía por costumbre hacerlo así?
El mayordomo tosió discretamente.
-Creo que sí, señor.
Poirot se dirigió a aquella puerta. No estaba cerrada con llave. En vista de ello salió a la terraza que iba a parar a la calzada sita a su derecha; a la izquierda se levantaba una pared de ladrillo rojo.
-Al otro lado está el huerto, señor. Más allá hay otra puerta que conduce a él, pero permanece cerrada desde las seis de la tarde.
Poirot entró en la biblioteca seguido del mayordomo.
-¿Oyó algo de los acontecimientos de anoche? -preguntó Poirot.
-Oímos, señor, voces, una de ellas de mujer, en la biblioteca, poco antes de dar las nueve. Pero no era un hecho extraordinario. Luego, cuando nos retiramos al vestíbulo de servicio que está a la derecha del edificio, ya no oímos nada, naturalmente. Y la policía llegó a las once en punto.
-¿Cuántas voces oyeron?
-No sabría decírselo, señor. Solo reparé en la voz de mujer.
-¡Ah!
-Perdón, señor. Si desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.
La idea nos pareció de perlas y poco después se reunió con nosotros el doctor, hombre de edad madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot los informes que solicitaba. Se encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana con la cabeza apoyada en el asiento de mármol adosado a aquella. Tenía dos heridas: una entre ambos ojos; otra, la fatal, en la nuca.
-¿Yacía de espaldas?
-Sí. Ahí está la prueba.
El doctor nos indicó una pequeña mancha negra en el suelo.
-¿Y no pudo ocasionarle la caída el golpe que recibió en la cabeza?
-Imposible. Porque el arma, sea cualquiera que fuese, penetró en el cráneo.
Poirot miró pensativo el vacío. En el vano de cada ventana había un asiento, esculpido, de mármol, cuyas armas representaban la cabeza de un león. Los ojos de Poirot se iluminaron.
-Suponiendo que cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente de león y que de ella resbalase hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una herida como la que usted describe?
-Sí, es posible. Pero el ángulo en que yacía nos obliga a considerar esa teoría imposible. Además, hubiera dejado huellas de sangre en el asiento de mármol.
-Sí, contando con que no se hayan borrado.
El doctor se encogió de hombros.
-Es improbable. Sobre todo porque no veo qué ventaja puede aportar convertir un accidente en crimen.
-No, claro está. ¿Qué le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de los dos golpes?
-Oh, no, señor. Supongo que está pensando en mademoiselle Sinclair.
-No pienso en ninguna persona determinada -repuso con acento suave Poirot.
Concentró su atención en la ventaba abierta mientras decía el doctor:
-Mademoiselle Sinclair huyó por allí. Vean cómo se divisa Daisymead por entre los árboles. Naturalmente, que hay muchas otras casas en la carretera, frente a esta, pero Daisymead es la única visible por este lado.
-Gracias por sus informes, doctor -dijo Poirot-. Venga, Hastings. Vamos a seguir los pasos de mademoiselle.
Echó a andar delante de mí y en este orden pasamos por el jardín, dejando atrás la verja de hierro y llegamos, también por la puerta del jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa, que poseía media hectárea de terreno. Un pequeño tramo de escalera conducía a la puerta de cristales a la francesa. Poirot me la indicó con el gesto.
-Por ahí entró anoche mademoiselle Sinclair. Nosotros no tenemos ninguna prisa y lo haremos por la puerta principal.
La doncella que nos abrió la puerta nos llevó al salón, donde nos dejó para ir en busca de la señora Ogiander. Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el día anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de bridge colocada en el centro con una jota boca arriba y varias manos de naipes puestas aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor innumerables objetos de adorno y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, colgados de las paredes.
Poirot los examinó con más indulgencia que la que mostré yo, enderezando uno o dos que se habían ladeado.
-¡Qué lazo tan fuerte el de la famille! El sentimiento ocupa en ella el lugar de la estética.
Yo asentí a estas palabras sin separar la vista de un grupo fotográfico compuesto de un caballero con patillas, de una señora de moño alto, de un muchacho fornido y de dos muchachas adornadas con una multitud de lazos innecesarios. Suponiendo que era la familia Ogiander de los tiempos pasados la contemplé con interés.
En este momento se abrió la puerta del salón y entró una mujer joven. Llevaba bien peinado el cabello oscuro y vestía un jersey y una falda a cuadros.
Poirot avanzó unos pasos como respuesta a una mirada de interrogación de la recién llegada.
-¿Señora Ogiander? –dijo-. Lamento tener que molestarla… sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha sido espantoso!
-Sí, y nos tiene a todos muy trastornados -confesó la muchacha sin demostrar emoción.
Yo empezaba a creer que los elementos del drama pasaban inadvertidos para la señora Ogiander, que su falta de imaginación era superior a cualquier tragedia, y me confirmó en esta creencia su actitud, cuando continuó diciendo:
-Disculpen el desorden de la habitación. Los sirvientes están muy excitados.
-¿Es aquí donde pasaron ustedes la velada anoche, n ‘est-ce pas?
-Sí, jugábamos al bridge después de cenar cuando…
-Perdón. ¿Cuánto hacía que jugaban ustedes?
-Pues… -la señora Ogiander reflexionó- la verdad es que no lo recuerdo. Supongo que comenzamos a las diez.
-¿Dónde estaba usted sentada?
-Frente a la puerta de cristales. Jugaba con mi madre y acababa de echar una carta. De súbito, sin previo aviso, se abrió la puerta y entró la señorita Sinclair tambaleándose en el salón.
-¿La reconoció?
-Me di vaga cuenta de que su rostro me era familiar.
-Sigue aquí, ¿verdad?
-Sí, pero está postrada y no quiere ver a nadie.
-Creo que me recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe Paúl de Mauritania.
Me pareció que el nombre del príncipe alteraba la calma imperturbable de la señora Ogiander. Pero salió sin hacer comentarios del salón y volvió casi en seguida para comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su dormitorio.
La seguimos y por la escalera llegamos a una bonita habitación, bien iluminada, empapelada de color claro. En un diván, junto a la ventana, vimos a una señorita que volvió la cabeza al hacer nuestra entrada. El contraste que ella y la señora Ogiander ofrecían me llamó en seguida la atención, pues si bien en las facciones y en el color del cabello se parecían, ¡qué diferencia tan notable existía entre las dos! La palabra, el gesto de Valerie Sinclair constituían un poema. De ella se desprendía un aura romántica. Vestía una prenda muy casera, una bata de franela encarnada que le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad le daba un sabor exótico y semejaba una vestidura oriental de encendido color. En cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.
-¿Vienen de parte de Paúl? -su voz armonizaba con su aspecto, era lánguida y llena.
-Sí, mademoiselle. Estoy aquí para servir a él… y a usted.
-¿Qué es lo que desea saber?
-Todo lo que sucedió anoche, ¡absolutamente todo!
La bailarina sonrió con visible expresión de cansancio.
-¿Supone que voy a mentir? No soy tan estúpida. Veo con claridad que no debo ocultarle nada. Ese hombre, me refiero al que ha muerto, poseía un secreto mío y me amenazaba con él. Por el bien de Paúl traté de llegar a un acuerdo con él. No podía arriesgarme a perder al príncipe. Ahora que ha muerto me siento segura, pero no lo maté.
Poirot meneó la cabeza, sonriendo.
-No es necesario que lo afirme, mademoiselle –dijo-. Cuénteme lo que sucedió la noche pasada.
-Parecía dispuesto a hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero. Me citó en su casa a las nueve en punto. Yo conocía ya Mon Désir, había estado en ella. Debía entrar en la biblioteca por la puerta falsa para que no me vieran los criados.
-Perdón, mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y por la noche?
¿Lo imaginé o Valerie hizo una pausa antes de contestar?
-Sí, es posible. Pero no podía pedir a nadie que me acompañara y estaba desesperada. Reedburn me recibió en la biblioteca. ¡Celebro que haya muerto! ¡Oh, qué hombre! Jugó conmigo como el gato y el ratón. Me puso los nervios en tensión. Yo le rogué, le supliqué de rodillas, le ofrecí todas mis joyas. ¡Todo en vano! Luego me dictó sus condiciones. Ya adivinará las que fueron. Me negué a complacerle. Le dije lo que pensaba de él, rabié, me encolericé. Él sonreía sin perder la calma. Y de pronto, en un momento de silencio, sonó algo en la ventana, tras la cortina corrida. Reedburn lo oyó también. Se acercó a ella y la descorrió rápidamente. Detrás había un hombre escondido, era un vagabundo de feo aspecto. Atacó al señor Reedburn, al que dio primero un golpe… luego otro. Reedburn cayó al suelo. El vagabundo me asió entonces con la mano cubierta de sangre, pero yo me solté, me deslicé al exterior por la ventana y corrí para salvar la vida. En aquel momento distinguí las luces de esta casa y a ella me encaminé. Los visillos estaban descorridos y vi que los habitantes de la casa jugaban al bridge. Entré, tropezando, en el salón. Recuerdo que pude gritar: «asesinado», y luego caí al suelo y ya no vi nada…
-Gracias, mademoiselle. El espectáculo debió constituir un gran choque para su sistema nervioso. ¿Podría describirme al vagabundo? ¿Recuerda lo que llevaba puesto?
-No. Fue todo tan rápido… Pero su rostro está grabado en mi pensamiento y estoy segura de poder conocerlo en cuanto lo vea.
-Una pregunta todavía, mademoiselle. ¿Estaban corridas las cortinas de la otra ventana, de la que mira a la calzada?
En el rostro de la bailarina se pintó por vez primera una expresión de perplejidad. Pero trató de recordar con precisión.
-¿Eh, bien mademoiselle?
-Creo… casi estoy segura… ¡sí, segurísima!, de que no estaban corridas.
-Es curioso, sobre todo estando corridas las primeras. No importa, la cosa tiene poca importancia. ¿Permanecerá todavía aquí mucho tiempo, mademoiselle?
-El doctor cree que mañana podré volver a la ciudad.
Valerie miró a su alrededor. La señora Ogiander había salido.
-Estas gentes son muy amables, pero… no pertenecen a mi esfera. Yo las escandalizo… bien, no simpatizo con la bourgeoisie.
Sus palabras tenían un matiz de amargura.
Poirot repuso:
-Comprendo y confío en que no la habré fatigado con mis preguntas.
-Nada de eso, monsieur. No deseo más sino que Paúl lo sepa todo lo antes posible.
-Entonces, ¡muy buenos días, mademoiselle!
Antes de salir Poirot de la habitación se paró y preguntó señalando un par de zapatos de piel.
-¿Son suyos, mademoiselle?
-Sí. Ya están limpios. Me los acaban de traer.
-¡Ah! -exclamó Poirot mientras bajábamos la escalera-. Los criados estaban muy excitados, pero por lo visto no lo están para limpiar un par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me pareció interesante, de momento, pero se me figura que se está concluyendo.
-Pero ¿y el asesino?
-¿Cree que Hércules Poirot se dedica a la caza de vagabundos? -replicó con acento grandilocuente el detective.
Al llegar al vestíbulo nos tropezamos con la señora Ogiander que salía a nuestro encuentro.
-Háganme el favor de esperar en el salón. Mamá quiere hablar con ustedes -nos dijo.
La habitación seguía sin arreglar y Poirot tomó la baraja y comenzó a barajar los naipes al azar con sus manos pequeñas y bien cuidadas.
-¿Sabe lo que pienso, amigo mío?
-¡No! -repuse ansiosamente.
-Pues que la señora Ogiander hizo mal en no echar un triunfo. Debió poner sobre la mesa el tres de picas.
-¡Poirot! Es usted el colmo.
Mon Dieu! No voy a estar siempre hablando de rayos y de sangre.
De repente olfateó el aire y dijo:
-Hastings, Hastings, mire. Falta el rey de trébol de la baraja.
-¡Zara! -exclamé.
-¿Cómo?
-De momento Poirot no comprendió mi alusión. Maquinalmente guardó las barajas, ordenadas, en sus cajas. Su rostro asumía una expresión grave.
-Hastings -dijo por fin-. Yo, Hércules Poirot, he estado a punto de cometer un error, un gran error.
Lo miré impresionado, pero sin comprender. Lo interrumpió la entrada en el salón de una hermosa señora de alguna edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le dedicó un galante saludo. La dama le preguntó:
-Según tengo entendido, es usted amigo de… la señorita Sinclair.
-Precisamente su amigo, no, señora. He venido de parte de un amigo.
-Ah, comprendo. Me pareció que…
Poirot señaló bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:
-¿Anoche tenían ustedes corridos los visillos?
-No, y supongo que por eso vio luz la señorita Sinclair y se orientó.
-Anoche estaba la luna llena. ¿Vio usted a la señorita Sinclair, sentada como estaba delante de la ventana?
-No, porque me abstraía el juego. Además porque, naturalmente, nunca nos ha sucedido nada parecido a esto.
-Lo creo, madame. Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse mañana.
-¡Oh! -el rostro de la dama se iluminó.
-Le deseo muy buenos días, madame.
Una criada limpiaba la escalera cuando salimos por la puerta principal de la casa. Poirot dijo:
-¿Fue usted la que limpió los zapatos de la señora forastera?
La doncella meneó la cabeza.
-No, señor. No creo tampoco que haya que limpiarlos.
-¿Quién los limpió entonces? -pregunté a Poirot mientras bajábamos por la calzada.
-Nadie. No estaban sucios.
-Concedo que por bajar por el camino o por un sendero, en una noche de luna, no se ensucien, pero después de aplastar con ellos la hierba del jardín se manchan y ensucian.
-Sí, estoy de acuerdo -repuso Poirot con una sonrisa singular.
-Entonces…
-Tenga paciencia, amigo mío. Vamos a volver a Mon Désir.
El mayordomo nos vio llegar con visible sorpresa, pero no se opuso a que volviéramos a entrar en la biblioteca.
-Oiga, Poirot, se equivoca de ventana -exclamé al ver que se aproximaba a la que daba sobre la calzada de coches.
-Me parece que no. Vea -repuso indicándome la cabeza marmórea del león en la que vi una mancha oscura.
Poirot levantó un dedo y me mostró otra parecida en el suelo.
-Alguien asestó a Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre los dos ojos. Cayó hacia atrás sobre la protuberante cabeza de mármol y a continuación resbaló hasta el suelo. Luego lo arrastraron hasta la otra ventana y allí lo dejaron, pero no en el mismo ángulo como observó el doctor.
-Pero ¿por qué? No parece que fuera necesario.
-Por el contrario, era esencial. Y también es la clave de la identidad del asesino aunque sepa usted que no tuvo intención de matar a Reedburn y que por ello no podemos tacharlo de criminal. ¡Debe poseer mucha fuerza!
-¿Porque pudo arrastrar a Reedburn por el suelo?
-No. Este es un caso muy interesante. Pero me he portado como un imbécil.
-¿De manera que se ha terminado, que ya sabe usted todo lo sucedido?
-Sí.
-¡No! -exclamé recordando algo de repente-. Todavía hay algo que ignora.
-¿Qué?
-Ignora dónde se halla el rey de trébol.
-¡Bah! Pero qué tontería. ¡Qué tontería, mon ami!
-¿Por qué?
-Porque lo tengo en el bolsillo.
Y, en efecto, Poirot lo sacó y me lo mostró.
-¡Oh! -dije alicaído-. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?
-No tiene nada de sensacional. Estaba dentro de la caja de la baraja. No la utilizaron.
-¡Hum! De todas maneras sirvió para darle alguna idea, ¿verdad?
-Sí, amigo mío. Y ofrezco mis respetos a Su Majestad.
-Y ¡a madame Zara!
-Ah, sí, también a esa señora.
-Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?
-Volver a Londres. Pero antes de ausentarme deseo decirle dos palabras a una persona que vive en Daisymead.
La misma doncella nos abrió la puerta.
-Están en el comedor, señor. Si desea ver a la señorita Sinclair se halla descansando.
-Deseo ver a la señora Ogiander. Haga el favor de llamarla. Es cuestión de un instante.
Nos condujeron al salón y allí esperamos. Al pasar por delante del comedor distinguí a la familia Ogiander, acrecentada ahora por la presencia de dos fornidos caballeros, uno afeitado, otro con barba y bigote.
Poco después entró la señora Ogiander en el salón mirando con aire de interrogación a Poirot, que se inclinó ante ella.
-Madame, en mi país sentimos suma ternura, un gran respeto por la madre. La mere de famille es todo para nosotros -dijo.
La señora Ogiander lo miró con asombro.
-Y esta única razón es la que me trae aquí, en estos momentos, pues deseo disipar su ansiedad. No tema, el asesino del señor Reedburn no será descubierto. Yo, Hércules Poirot, se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la ansiedad de una esposa la que debo calmar?
Hubo un momento de silencio en el que la señora Ogiander dirigió a Poirot una mirada penetrante. Por fin repuso en voz baja:
-No sé lo que quiere decir pero, sí, dice usted bien sin duda.
Poirot hizo un gesto con el rostro grave.
-Eso es, madame. No se inquiete. La policía inglesa no posee los ojos de Hércules Poirot.
Así diciendo dio un golpecito sobre el retrato de la familia que pendía de la pared e interrogó:
-¿Usted tuvo dos hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?
Hubo una pausa durante la cual la señora Ogiander volvió a dirigir una mirada profunda a mi amigo. Luego respondió:
-Sí, ha muerto.
-¡Ah! -exclamó Poirot vivamente-. Bien, vamos a volver a la ciudad. Permítame que le devuelva el rey de trébol y que lo coloque en la caja. Constituye su único resbalón. Comprenda que no se puede jugar al bridge, por espacio de una hora, con únicamente cincuenta y una cartas para cuatro personas. Nadie que sepa jugar creerá en su palabra. ¡Bonjour!
Cuando emprendimos el camino de la estación me dijo:
-Y ahora, amigo mío, ¿se da cuenta de lo ocurrido?
-¡En absoluto! –contesté-. ¿Quién mató a Reedburn?
-John Ogiander, hijo. Yo no estaba seguro de si había sido él o su padre, pero me pareció que debía ser el hijo el culpable por ser el más joven y el más fuerte de los dos. Asimismo tuvo que ser culpable uno de ellos a causa de las ventanas.
-¿Por qué?
-Mire, la biblioteca tiene cuatro salidas: dos puertas, dos ventanas; y de estas eligió una sola. La tragedia se desarrolló delante de una ventana que lo mismo que las dos puertas da, directa o indirectamente, a la parte de delante de la casa. Pero se simuló que se había desarrollado ante la ventana que cae sobre la puerta de atrás para que pareciera pura casualidad que Valerie eligiera Daisymead como refugio. En realidad, lo que sucedió fue que se desmayó y que John se la echó sobre los hombros. Por eso dije y ahora afirmo que posee mucha fuerza.
-¿De modo que los hermanos se dirigieron juntos a Mon Désir?
-Sí. Recordará la vacilación de Valerie cuando le pregunté si no tuvo miedo de ir sola a casa de Reedburn. John Ogiander la acompañó, suscitando la cólera de Reedburn, si no me engaño. El tercero disputó y probablemente un insulto dirigido por el dueño de la casa a Valerie motivó que Ogiander le pegase un puñetazo. Ya conoce el resto.
-Pero ¿por qué motivo le llamó la atención la partida de bridge?
-Porque para jugar a él se requieren cuatro jugadores y únicamente tres personas ocuparon, durante la velada, el salón.
Yo seguía perplejo.
-Pero ¿qué tienen que ver los Ogiander con la bailarina Sinclair?- pregunté-. No acabo de comprenderlo.
-Amigo, me maravilla que no se haya dado cuenta, a pesar de que miró con más atención que yo la fotografía de la familia que adorna la pared del salón. No dudo de que para dicha familia haya muerto la hija segunda de la señora Ogiander, pero el mundo la conoce ¡con el nombre de Valerie Sinclair!
-¿Qué?
-¿De veras no se ha dado cuenta del parecido de las dos hermanas?
-No –confesé-. Por el contrario, me dije que no podían ser más distintas.
-Es porque, querido Hastings, su imaginación se halla abierta a las románticas impresiones exteriores. Las facciones de las dos son idénticas lo mismo que el color de sus ojos y cabello. Pero lo más gracioso es que Valerie se avergüenza de los suyos y que los suyos se avergüenzan de ella. Sin embargo, en un momento de peligro pidió ayuda a su hermano y cuando las cosas adoptaron un giro desagradable y amenazador todos se unieron de manera notable. ¡No hay ni existe nada tan maravilloso como el amor de la familia! Y esta sabe representar. De ella ha sacado Valerie su talento. ¡Yo, lo mismo que el príncipe Paúl, creo en la ley de la herencia! Ellos me engañaron. Pero por una feliz casualidad y una pregunta dirigida a la señora Ogiander que contradecía la explicación, acerca de cómo estaban sentados alrededor de la mesa de bridge, que nos hizo su hija, no salió Hércules Poirot chasqueado.
-¿Qué dirá usted al príncipe?
-Que Valerie no ha cometido ese crimen y que dudo mucho que pueda llegar a darse con el vagabundo asesino. Asimismo que transmita mis cumplidos a Zara. ¡Qué curiosa coincidencia! Me parece que voy a ponerle a este pequeño caso un titulo: «La aventura del rey del trébol». ¿Le gusta, amigo mío?

F I N

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...