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sábado, 2 de septiembre de 2017

El Coloquio de Monos y Una

Μέλλοντα ταύτα

Cosas del futuro inmediato. 
 (SÓFOCLES, Antígona) 
Una.- ¿Resucitado?
Monos.- Sí, hermosa yt muy amada Una, "resucitado". ésta era la palabra sobre cuyo místico sentido medité tanto timepo, rechazando la explicación sacerdotal, hasta que la muerte misma me develó el secreto.
Una.- ¡La Muerte!
Monos.- ¡De que extraña manera, dulce Una, repites mis palabras! Observo que tu paso vacila y qye hay una jubilosa inquietud en tus ojos. Te seintes ofendida, oprimida por la majestuosa novedad de la vida eterna. Sí, nombre a la muerte. Y aquí ¡cuán singularmente suena esa palabra que antes llevaba el terror a todos los corazones, que manchaba todos los placeres!
Una.—¡Ah, muerte, espectro presente en todas las fiestas! ¡Cuántas veces, Monos, nos
perdimos en especulaciones sobre su naturaleza! ¡Cuan misteriosa se erguía como un límite
a  la  beatitud  humana...  diciéndole:  «Hasta  aquí,  y  no  más»!  Aquel  profundo  amor
recíproco,  Monos,  que  ardía  en  nuestro  pecho...  ¡cuán  vanamente  nos  jactamos,  en  la
felicidad de sus primeras palpitaciones, de que nuestra felicidad se fortalecería en la suya!
¡Ay,  a  medida  que  crecía  aumentaba  también  en nuestros corazones  el  temor  de  aquella
hora aciaga que acudía precipitada a separarnos! Y así, con el tiempo, el amor se nos hizo
penoso. Y el odio hubiera sido una misericordia.
Monos.—No hables aquí de aquellas penas, querida Una... ¡ahora para siempre, para
siempre mía!
Una.—Pero el recuerdo del dolor pasado, ¿no es alegría presente? Mucho tengo que
decir aún de las cosas que fueron. Ardo sobre todo por conocer los incidentes de tu pasaje a
través del oscuro Valle y de la Sombra.
Monos.—¿Y cuándo la radiante Una pidió en vano alguna cosa a su Monos? Todo te lo
narraré en detalle... Pero, ¿dónde habrá de empezar el sobrecogedor relato?
Una.—¿Dónde?
Monos.—Sí.
Una.—Te comprendo. En la muerte hemos aprendido ambos la propensión del hombre
a definir lo indefinible. No te diré, pues, que comiences por el momento en que cesó tu
vida,  sino  en  aquel  triste,  triste  instante  cuando,  habiéndote  abandonado  la  fiebre,  te
hundiste en un sopor sin aliento ni movimiento y yo te cerré los pálidos párpados con los
apasionados dedos del amor.
Monos.—Permíteme decir algo, Una, acerca de la condición general de los hombres en
aquella  época.  Recordarás  que  uno  o  dos  sabios  entre  nuestros  antecesores  —sabios  de
verdad, aunque no gozaran de la estimación del mundo— se habían atrevido a poner en
duda la propiedad de la palabra «progreso» aplicada al avance de nuestra civilización. En
cada uno de los cinco o seis siglos que precedieron nuestra disolución, hubo momentos en los  cuales  surgió  algún  intelecto  vigoroso  que  contendía  audazmente  por  aquellos
principios  cuya  verdad  parece  ahora  tan  evidente  a  nuestra  razón  despojada  de  sus
franquicias; principios que deberían haber enseñado a nuestra raza a someterse a la guía de
las  leyes  naturales,  en  vez  de  pretender  dirigirlas.  Muy  de  tiempo  en  tiempo  aparecían
mentes geniales que consideraban cada avance de la ciencia práctica como un retroceso con
respecto  a  la  verdadera  utilidad.  En  ocasiones,  la  inteligencia  poética  —esa  inteligencia
que, ahora lo sabemos, era la más excelsa de todas, pues aquellas verdades de imperecedera
importancia  para  nosotros  sólo  podían  ser  alcanzadas  por  la  analogía,  que  habla
irrebatiblemente a la sola imaginación y que no pesa en la razón aislada—, esa inteligencia
poética se adelantó en ocasiones a la evolución de la vaga concepción filosófica y halló en
la mística parábola que habla del árbol de la ciencia y de su fruto prohibido y letal, un claro
indicio de que el conocimiento no era bueno para el hombre en esa etapa aún infantil de su
alma.  Y  aquellos  poetas,  que  vivieron  y  murieron  despreciados  por  los  «utilitaristas»  —
zafios pedantes que se arrogaban un título que sólo merecían los despreciados por ellos—,
aquellos poetas evocaron dolorosa, pero sabiamente, los días de antaño, cuando nuestras
necesidades eran tan simples como penetrantes nuestros gozos, días en que el regocijo era
una palabra desconocida, tan profundamente solemne era la felicidad; santos, augustos y
beatos días en que los ríos azules corrían sin diques entre colinas intactas, penetrando en las
soledades de las florestas primitivas, fragantes e inexploradas.
Y, sin embargo, aquellas nobles excepciones a la falsa regla general sólo servían para
reforzarla por contraste. ¡Ay, habíamos llegado a los más aciagos de nuestros aciagos días!
El gran «movimiento» —tal era la jerigonza que se empleaba— seguía adelante; era una
perturbación mórbida, tanto moral como física. El arte —en sus diversas formas— erguíase
supremo, y, una vez entronizado, encadenaba al intelecto que lo había elevado al poder.
Como  el  hombre  no  podía  dejar  de  reconocer  la  majestad  de  la  Naturaleza,  incurría  en
pueriles entusiasmos por su creciente dominio sobre los elementos de aquélla. Mientras se
pavoneaba como un dios en su propia fantasía, lo dominaba una imbecilidad infantil. Tal
como era de suponer por el origen de su trastorno, sufrió la infección de los sistemas y de la
abstracción.  Se  envolvió  en  generalidades.  Entre  otras  ideas  extrañas,  la  de  la  igualdad
universal ganó terreno, y aun frente a la analogía y a Dios, a pesar de las claras advertencias
de las leyes de gradación que tan visiblemente dominan todas las cosas en la tierra y en el
cielo, se empeñó obstinado en lograr una democracia que imperara por doquier.
Y, sin embargo, este mal surgía necesariamente del mal principal, el Conocimiento. El
hombre no podía al mismo tiempo conocer y someterse. Entretanto, se alzaron enormes e
innumerables ciudades humeantes. Las verdes hojas se arrugaban ante el ardiente aliento de
los hornos. El bello rostro de la Naturaleza se deformó como si lo arrasara alguna horrorosa
enfermedad. Y pienso, dulce Una, que nuestro sentido de lo que es forzado y artificial, aun
a  medias  dormido,  podría  habernos  detenido  en  ese  punto.  Pero  habíamos  preparado  el
camino de la destrucción al pervertir nuestro gusto o más bien al descuidar ciegamente su
cultivo  en  las  escuelas.  Pues  en  verdad,  frente  a  aquella  crisis,  tan  sólo  el  gusto  —esa
facultad que, ocupando una situación intermedia entre el intelecto puro y el sentido moral,
jamás  podía  ser  descuidada  sin  peligro—  habría  podido  devolvernos  dulcemente  a  la
Belleza, a la Naturaleza y a la Vida, ¡ay del espíritu puramente contemplativo y la magna
intuición de Platón! ¡Ay de la (µουσική, que aquel sabio consideraba con justicia educación
suficiente  para  el  alma!  ¡Ay  de  él  y  de  ella!  ¡Cuando  más  desesperadamente  se  los necesitaba, más olvidados o despreciados estaban! 5
Pascal, un filósofo que tú y yo amamos, ¡cuan verdaderamente ha dicho que tout notre
misonnement se réduit à ceder au sentiment! Y no es imposible que el sentimiento de lo
natural, de haberlo permitido el tiempo, hubiese recobrado su antiguo ascendiente sobre la
dura razón matemática de las escuelas. Pero ello no pudo ser. Prematuramente descarriada
por  la  intemperancia  del  conocimiento,  la  vejez  del  mundo  se  acentuó.  La  masa  de  la
humanidad no lo advertía, o bien, viviendo depravadamente, aunque sin felicidad, pretendía
no  advertirlo.  En  cuanto  a  mí,  los  documentos  de  la  tierra  me  habían  enseñado  que  las
ruinas  más  grandes  son  el  precio  de  las  más  altas  civilizaciones.  Había  adquirido  una
presciencia  de  nuestro  destino  por  comparación  con  China,  la  simple  y  duradera;  con
Asiria,  la  arquitecta;  con  Egipto,  el  astrólogo;  con  Nubia,  más  sutil  que  ninguna,  madre
turbulenta de todas las artes. En la historia 6  de aquellas regiones atisbé un rayo del futuro.
Las artificialidades individuales de las tres últimas nombradas eran enfermedades locales
de la tierra, y en sus caídas individuales habíamos visto la aplicación de remedios locales;
pero en la infección general del mundo yo no podía anticipar regeneración alguna, salvo en
la muerte. Para que el hombre no se extinguiera como raza, comprendí que era necesario
que resucitara.
Y entonces, muy hermosa y muy amada, diariamente envolvimos en sueños nuestros
espíritus.  Y  entonces,  al  atardecer,  discurrimos  sobre  los  días  que  vendrían,  cuando  la
superficie de la tierra, llena de cicatrices del Arte, después de sufrir la única purificación 7 
que borraría sus obscenidades rectangulares, volviera a vestirse con el verdor, las colinas y
las sonrientes aguas del Paraíso, y se convirtiera, por fin, en la morada conveniente para el
hombre; para el hombre purgado por la Muerte, para el hombre en cuyo sublimado intelecto
el conocimiento dejaría de ser un veneno... para el hombre redimido, regenerado, venturoso
y ahora inmortal, aunque material siempre.

Una.—Bien  recuerdo  aquellas  conversaciones,  querido  Monos;  pero  la  época  de  la
ígnea  destrucción  no  estaba  tan  cercana  como  creíamos,  como  la  corrupción  de  que  has
hablado  nos  permitía  con  tanta  seguridad  creer.  Los  hombres  vivían  y  luego  morían
individualmente. También tú enfermaste y descendiste a la tumba, y allí te siguió pronto tu
fiel Una. Y aunque el siglo transcurrido desde entonces, y cuya conclusión nos ha reunido
nuevamente, no torturó nuestros adormilados sentidos con la impaciencia del tiempo, de
todas maneras, Monos mío, fue un siglo.
Monos.—Di más bien que fue un punto en el vago infinito. Mi muerte se produjo, es
verdad, durante la decrepitud de la tierra. Cansado mi corazón por las angustias que nacían
de  aquel  tumulto  y  corrupción  generales,  sucumbí  víctima  de  una  terrible  fiebre.  Tras
algunos  días  de  dolor  y  muchos  de  un  delirio  soñoliento  colmado  de  éxtasis,  cuyas
manifestaciones  tomaste  por  sufrimientos  sin  que  yo  pudiera  comunicarte  la  verdad...
                                                          
5  «Difícil será descubrir un mejor (método de educación) que el descubierto ya por la experiencia de tantas
edades; puede resumírselo en gimnasia para el cuerpo y música para el alma» (República, lib. 2). «Por esta razón
la música es una educación esencial, pues hace que el Ritmo y la Armonía penetren íntimamente en el alma,
afirmándose en ella, llenándola de belleza y embelleciendo la mente humana... Alabará y admirará lo hermoso; lo
recibirá con alegría en su alma, se alimentará de él e identificará con él su propia condición» (id. lib. 3). La música,
µουσική,  tenía  entre  los  atenienses  una  significación  muchísimo  más  amplia  que  entre  nosotros.  No  sólo
abarcaba las armonías de tiempo y melodía, sino la dicción poética, el sentimiento y la creación, todos ellos en
un sentido más amplio. En Atenas el estudio de la música consistía en el cultivo general del gusto —ese gusto
que reconoce lo hermoso— distinguiéndolo claramente de la razón, que sólo atiende a lo verdadero.
6  «Historia», de ίστορείν, contemplar.
7  Purificación parece emplearse aquí con referencia a su raíz griega πϋρ, fuego. después de unos días, como has dicho, me invadió un sopor que me privó del aliento y del
movimiento, y aquellos que me rodeaban lo llamaron Muerte.

Las  palabras  son  cosas  vagas.  Mi  estado  no  me  privaba  de  sensibilidad.  Parecíame
semejante a la quietud de aquel que, después de dormir larga y profundamente, inmóvil y
postrado en un día estival, empieza a recobrar lentamente la conciencia, por agotamiento
natural de su sueño, y sin que ninguna perturbación exterior lo despierte.
No respiraba. El pulso estaba detenido. El corazón había cesado de latir. La voluntad
permanecía, pero era impotente. Mis sentidos se mostraban insólitamente activos, aunque
caprichosos,  usurpándose  al  azar  sus  funciones.  El  gusto  y  el  olfato  estaban
inextricablemente confundidos, constituyendo un solo sentido anormal e intenso. El agua
de rosas con la cual tu ternura había humedecido mis labios hasta el fin provocaba en mí
bellísimas  fantasías  florales;  flores  fantásticas,  mucho  más  hermosas  que  las  de  la  vieja
tierra,  pero  cuyos  prototipos  vemos  florecer  ahora  en  torno  de  nosotros.  Los  párpados,
transparentes y exangües, no se oponían completamente a la visión. Como la voluntad se
hallaba suspendida, las pupilas no podían girar en las órbitas, pero veía con mayor o menor
claridad  todos  los  objetos  al  alcance  del  hemisferio  visual;  los  rayos  que  caían  sobre  la
parte  externa  de  la  retina  o  en  el  ángulo  del  ojo  producían  un  efecto  más  vívido  que
aquellos que incidían en la superficie frontal o anterior. Empero, en el primer caso, este
efecto era tan anómalo que sólo lo aprehendía como sonido —dulce o discordante, según
que los objetos presentes a mi lado fueran claros u oscuros, curvos o angulosos—. El oído,
aunque mucho más sensible, no tenía nada de irregular en su acción y apreciaba los sonidos
reales  con  una  precisión  y  una  sensibilidad  exageradísimas.  El  tacto  había  sufrido  una
alteración más extraña. Recibía con retardo las impresiones, pero las retenía pertinazmente,
produciéndose siempre el más grande de los placeres físicos. Así, la presión de tus dulces
dedos sobre mis párpados, sólo reconocidos al principio por la visión, llenaron más tarde
todo mi ser de una inconmensurable delicia sensual. Sí, de una delicia sensual. Todas mis
percepciones eran puramente sensuales. Los elementos proporcionados por los sentidos al
pasivo cerebro no eran elaborados en absoluto por aquella inteligencia muerta. Poco dolor
sentía y mucho placer; pero ningún dolor o placer morales. Así, tus desgarradores sollozos
flotaban en mi oído con todas sus dolorosas cadencias y eran apreciados por aquél en cada
una de sus tristes variaciones; pero eran tan sólo suaves sonidos musicales; no provocaban
en la extinta razón la sospecha de las angustias de donde nacían, y así también las copiosas
y  continuas  lágrimas  que  caían  sobre  mi  rostro,  y  que  para  todos  los  asistentes  eran
testimonio de un corazón destrozado, estremecían de éxtasis cada fibra de mi ser. Y ésa era
la Muerte, de la cual los presentes hablaban reverentemente, susurrando, y tú, dulce Una,
entre sollozos y gritos.
Me prepararon para el ataúd —tres o cuatro figuras sombrías que iban continuamente
de  un  lado  a  otro—.  Cuando  atravesaban  la  línea  directa  de  mi  visión,  las  sentía  como
formas, pero al colocarse a mi lado sus imágenes me impresionaban con la idea de alaridos,
gemidos  y  otras  atroces  expresiones  del  horror  y  la  desesperación.  Sólo  tú,  vestida  de
blanco, pasabas musicalmente para mí en todas direcciones.
Transcurrió el día y, a medida que la luz se degradaba, me sentí poseído por un vago
malestar,  una  ansiedad  como  la  que  experimenta  el  durmiente  cuando  llegan  a  su  oído
constantes  y  tristes  sones,  lejanas  y  profundas  campanadas  solemnes,  a  intervalos
prolongados, pero iguales, y entremezclándose con sueños melancólicos. Anocheció y con
la  sombra  vino  una  pesada  aflicción.  Oprimía  mi  cuerpo  como  si  pesara  sobre  él,  y  era
palpable. Oíase asimismo  una  lamentación, semejante al lejano fragor de la resaca, pero más continuo, y que, nacido con el crepúsculo, había ganado en fuerza a medida que crecía
la  oscuridad.  De  pronto,  la  habitación  se  llenó  de  luces  y  aquel  fragor  se  cambió  en
frecuentes estallidos desiguales del mismo sonido, pero menos lóbrego y menos distinto. La
penosa  opresión  que  me  agobiaba  disminuyó  mucho  y,  emanando  de  la  llama  de  cada
lámpara—pues  había  varias—,  fluyó  hasta  mis  oídos  un  canto  continuo  de  melodiosa
monotonía.  Y  cuando  tú,  querida  Una,  acercándote  al  lecho  donde  yacía  yo  tendido,  te
sentaste gentilmente a mi lado, perfumándome con tus dulces labios, y los posaste en mi
frente, surgió entonces en mi pecho, trémulo, mezclándose con las sensaciones meramente
físicas que las circunstancias engendraban, algo que se parecía al sentimiento, un sentir que
en parte aprehendí, y en parte respondía a tu profundo amor y a tu tristeza; pero aquel sentir
no  tenía  sus  raíces  en  el  inmóvil  corazón,  y  más  parecía  una  sombra  que  una  realidad;
pronto  se  desvaneció,  primero  en  un  profundo  reposo,  y  luego  en  un  placer  puramente
sensual como antes.
Y entonces, del naufragio y el caos de los sentidos usuales pareció nacer en mí un sexto
sentido, absolutamente perfecto. Hallé en su ejercicio una extraña delicia, que seguía siendo
una delicia física en cuanto el entendimiento no participaba de ella. En el ser animal todo
movimiento había cesado. No se estremecía ningún músculo, no vibraba ningún nervio, no
latía  ninguna  arteria.  Pero  en  mi  cerebro  parecía  haber  surgido  eso  para  lo  cual  no  hay
palabras que puedan dar una concepción aun borrosa a la inteligencia meramente humana.
Permíteme denominarlo una pulsación pendular mental. Era la encarnación moral de la idea
humana abstracta del Tiempo. La absoluta coordinación de este movimiento o de alguno
equivalente  había  regulado  los  cielos  de  los  globos  celestes.  Por  él  medía  ahora  las
irregularidades del reloj colocado sobre la chimenea y de los relojes de los presentes. Sus
latidos llegaban sonoros a mis oídos. La más ligera desviación de la medida exacta (y esas
desviaciones prevalecían en todos ellos) me afectaban del mismo modo que las violaciones
de la verdad abstracta afectan en la tierra el sentido moral. Aunque ninguno de los relojes
en la habitación coincidía con otro en marcar exactamente los segundos, no me costaba, sin
embargo,  retener  el  tono  y  los  errores  momentáneos  de  cada  uno.  Y  este  penetrante,
perfecto sentimiento de duración existente por sí mismo, este sentimiento existente (como
el hombre no podría haber imaginado que existiera) con independencia de toda sucesión de
eventos, esta idea, este sexto sentido, brotando de las cenizas de todo el resto, fue el primer
evidente y seguro paso del alma intemporal en los umbrales de la Eternidad temporal.
Era ya media noche y tú seguías a mi lado. Los demás habíanse marchado de la cámara
mortuoria. Descansaba yo en el ataúd. Las lámparas ardían intermitentemente, pues así me
lo indicaba lo trémulo de las monótonas melodías. Súbitamente aquellos cantos perdieron
claridad y volumen, hasta cesar del todo. El perfume dejó de impresionar mi olfato. Las
formas no afectaban ya mi visión. El peso de la Tiniebla se alzó por sí mismo de mi pecho.
Un choque apagado, como una descarga eléctrica, recorrió mi cuerpo y fue seguido por una
pérdida total de la idea de contacto. Todo aquello que el hombre llama sentidos se sumió en
la  sola  conciencia  de  entidad  y  en  el  sentimiento  de  duración  único  que  perduraba.  El
cuerpo mortal había sido al fin golpeado por la mano de la letal Corrupción.
Y,  sin  embargo,  no  toda  sensibilidad  se  había  apagado,  pues  la  conciencia  y  el
sentimiento  remanentes  cumplían  algunas  de  sus  funciones  a  través  de  una  letárgica
intuición. Apreciaba el espantoso cambio que se estaba operando en mi carne, y tal como el
soñador advierte a voces la presencia corporal de aquel que se inclina sobre su lecho, así,
dulce  Una,  sentía  yo  que  aún  seguías  a  mi  lado.  Y  cuando  llegó  el  segundo  mediodía,
tampoco  dejé  de  tener  conciencia  de  los  movimientos  que  te  alejaron  de  mi  lado,  me encerraron en el ataúd, llevándome a la carroza fúnebre, me transportaron hasta la tumba,
bajándome a ella, amontonando pesadamente la tierra sobre mí, dejándome en la tiniebla y
en la corrupción, entregado a mi triste y solemne sueño en compañía de los gusanos.
Y  aquí,  en  la  prisión  que  pocos  secretos  tiene  para  revelar,  pasaron  los  días,  y  las
semanas,  y  los  meses,  y  el  alma  observaba  atentamente  el  vuelo  de  cada  segundo,
registrándolo sin esfuerzo; sin esfuerzo y sin objeto.
Pasó un año. La conciencia de ser se había vuelto de hora en hora más indistinta, y la
de  mera  situación  había  usurpado  en  gran  medida  su  puesto.  La  idea  de  entidad  estaba
confundiéndose con la de lugar. El angosto espacio que rodeaba lo que había sido el cuerpo
iba a ser ahora el cuerpo mismo. Por fin, como ocurre con frecuencia al durmiente (sólo el
sueño y su mundo permiten figurar la Muerte), tal como a veces ocurría en la tierra al que
estaba  sumido  en  profundo  sueño,  cuando  algún  resplandor  lo  despertaba  a  medias,
dejándolo empero envuelto en ensoñaciones, así, a mí, ceñido en el abrazo de la Sombra,
me llegó aquella única luz capaz de sobresaltarme... la luz del Amor duradero. Los hombres
acudieron  a  cavar  en  la  tumba  donde  yacía  oscuramente.  Levantaron  la  húmeda  tierra.
Sobre el polvo de mis huesos bajó el ataúd de Una.
Y otra vez todo fue vacío. La nebulosa se había extinguido. El débil estremecimiento
habíase  apagado  en  reposo.  Muchos  lustros  transcurrieron.  El  polvo  tornó  al  polvo.  No
había ya alimento para el gusano. El sentimiento de ser había desaparecido por completo y
en su lugar, en lugar de todas las cosas, dominantes y perpetuos, reinaban autocráticamente
el Lugar y el Tiempo. Para eso que no era, para eso que no tenía forma, para eso que no
tenía pensamiento, para eso que no tenía sensibilidad, para eso que no tenía alma, para eso
que  no  tenía  materia,  para  toda  esa  nada  y,  sin  embargo,  para  toda  esa  inmortalidad,  la
tumba era todavía una morada, y las corrosivas horas, compañeras.

jueves, 22 de junio de 2017

El Cuarto Hombre

El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo “¡Es el corazón!”
Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.
Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.
-Vaya, Parfitt -comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?
-Y con lo malo que es para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va usted muy al norte?
-Hasta Newcastle -replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell Clark?
Y el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.
-Nos encontramos en la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.
El canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había sido la obra más discutida del año.
El canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.
Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del departamento resultó ser totalmente extraño… tal vez un extranjero. Era un hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo parecía dormir.
-¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.
El canónigo pareció halagado. Aquellos “sermones científicos” habían sido un gran acierto… especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la Iglesia… modernizarse.
-He leído su libro con gran interés, doctor Campbell Clark -le dijo-. Aunque es demasiado técnico para mí, y me resulta difícil seguir algunas de sus partes.
Durand intervino.
-¿Prefiere hablar o dormir, canónigo? -le preguntó-. Confieso que sufro de insomnio y, por lo tanto, me inclino en favor de lo primero.
-¡Oh, desde luego! De todas maneras -explicó el canónigo-, yo casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el libro que he traído es muy aburrido.
-Realmente formamos una reunión muy interesante -observó el doctor con una sonrisa-. La Iglesia, la Ley y la profesión médica.
-Es difícil que no podamos formar opinión entre los tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de la Iglesia, el mío puramente legal y mundano, y el suyo, doctor, que abarca el mayor campo, desde lo puramente patológico a lo… superpsicológico. Entre los tres podríamos cubrir cualquier terreno por completo.
-No tanto como usted imagina -dijo el doctor Clark-. Hay otro punto de vista que ha pasado usted por alto y que es en este aspecto muy importante.
-¿A cuál se refiere? -quiso saber el abogado.
-Al punto de vista del hombre de la calle.
-¿Es tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?
-¡Oh, casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda opinión experta… el punto de vista personal. Ya sabe que no puede prescindir de las relaciones personales. Lo he descubierto en mi profesión. Por cada paciente que acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir felizmente con los inquilinos que habitan en la misma casa. Lo llaman de mil maneras… desde “rodilla de fregona” a “calambre de escribiente”, pero es todo lo mismo: asperezas producidas por el roce diario de una mentalidad con otra.
-Tendrá usted muchísimos pacientes con “nervios”, supongo -comenzó el canónigo, cuyos nervios eran excelentes.
-Ah, ¿qué es lo que quiere usted decir con eso? -El doctor se volvió hacia él con gesto rápido e impulsivo-. ¡Nervios! La gente suele emplear esa palabra y reírse después, como ha hecho usted. “Esto no tiene importancia -dicen- ¡Sólo son nervios!” ¡Dios mío!, ahí tiene usted el quid de todo. Se puede contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta la fecha se sabe poco más de las oscuras causas de las ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que se sabía… bueno… durante el reinado de la reina Isabel.
-Dios mío -exclamó el canónigo Parfitt un tanto asombrado por su salida-. ¿Es cierto?
-Y creo que es un signo de gracia -continuó el doctor Campbell-. Antiguamente considerábamos al hombre como un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que daba más importancia que a nada.
-Inteligencia, cuerpo y alma -corrigió el clérigo con suavidad.
-¿Alma? -El doctor sonrió de un modo extraño-. ¿Qué quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy claro, ya sabe. A través de todas las épocas no se han atrevido ustedes a dar una definición exacta.
El canónigo aclaró su garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su disgusto, no le dieron oportunidad, ya que el médico continuó:
-¿Está seguro de que la palabra es alma… y no puede ser almas?
-¿Almas? -preguntó don Jorge Durand enarcando las cejas con expresión divertida.
-Sí -Campbell Clark dirigió su atención hacia él inclinándose hacia delante para tocarle en el pecho-. ¿Está usted seguro -dijo en tono grave-, que hay un solo ocupante en esta estructura… porque esto es lo que es, ya sabe… envidiable residencia que no se alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un años… los que sean? Y al final el inquilino traslada sus cosas… poco a poco… y luego se marcha de la casa de golpe… y ésta se viene abajo convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted es el dueño de la casa, admitamos eso, pero nunca se percata de la presencia de los demás… criados de pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el trabajo que realizan… trabajo que usted no tiene conciencia de haber hecho. O amigos… estados de ánimo que se apoderan de uno y le hacen ser un “hombre distinto”, como se dice vulgarmente. Usted es el rey del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de que allí está también instalado tranquilamente el “pillastre redomado”.
-Mi querido Clark -replicó el abogado-, me hace usted sentirme realmente incómodo. ¿Es que mi interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas personalidades? ¿Es la última palabra de la ciencia?
Ahora fue el médico quien se encogió de hombros.
-Su cuerpo lo es -dijo en tono seco-. ¿Por qué no puede serlo también la mente?
-Muy interesante -exclamó el canónico Parfitt-. ¡Ahí Maravillosa ciencia… maravillosa ciencia!
Y para sus adentros agregó:
-Puedo preparar un sermón muy atrayente basado en esta idea.
Mas el doctor Campbell Clark se había vuelto a reclinar en su asiento una vez pasada su excitación momentánea.
-A decir verdad -observó con su aire profesional-, es un caso de doble personalidad el que me lleva esta noche a Newcastle. Un caso interesantísimo. Un individuo neurótico, desde luego, pero un caso auténtico.
-Doble personalidad -repitió don Jorge Durand pensativo-. No es tan raro según tengo entendido. Existe también la pérdida de memoria, ¿no es cierto? El otro día surgió un caso así ante el Tribunal de Testamentarias.
El doctor Clark asintió.
-Desde luego, el caso clásico fue el de Felisa Bault. ¿No recuerda haberlo oído?
-Claro que sí -expuso el canónigo Parfitt-. Recuerdo haberlo leído en los periódicos… pero de eso hace mucho tiempo… por lo menos siete años.
El doctor Campbell asintió.
-Esa muchacha se convirtió en una de las figuras más célebres de Francia, y acudieron a verla científicos de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades nada menos, y se las conocía por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.
-¿Y no cabía la posibilidad de que fuera un truco premeditado? -preguntó don Jorge.
-Las personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrecían algunas dudas -admito el médico-. Pero el hecho principal persiste. Felisa Bault era una campesina de Bretaña. Era la tercera de cinco hermanos, hija de un padre borracho y de una madre retrasada mental. En uno de sus ataques de alcoholismo el padre estranguló a su mujer, siendo, si no recuerdo mal, desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco años. Unas personas caritativas se interesaron por la criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama inglesa que tenía una especie de hogar para niños desvalidos. Aunque consiguió muy poco de Felisa, la describe como una niña anormal, lenta y estúpida, que aprendió a leer y escribir sólo con gran dificultad y cuyas manos eran torpes. Esa dama, la señora Slater, intentó prepararla para el servicio doméstico y le buscó varias casas donde trabajar cuando tuvo la edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su estupidez y profunda pereza.
El doctor hizo una pausa, y el canónigo, mientras se arropaba aún más en su manta de viaje, se dio cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a él se había movido ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y en ellos brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al clérigo. Era como si hubiese estado regocijándose interiormente por lo que oyera.
-Existe una fotografía de Felisa Bault tomada cuando tenía diecisiete años -prosiguió el médico-. Y en ella aparece como una burda campesina de recia constitución, sin nada que indique que pronto iba a ser una de las personas más famosas de Francia.
“Cinco años más tarde, cuando contaba veintidós, Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y al reponerse empezaron a manifestarse los extraños fenómenos. Lo que sigue a continuación son hechos atestiguados por muchísimos científicos eminentes. La personalidad llamada Felisa Primera era completamente distinta a la Felisa Bault de los últimos años. Felisa Primera escribía apenas el francés, no hablaba ningún otro idioma, y no sabía tocar el piano. Felisa Segunda, por el contrario, hablaba correctamente el italiano y algo de alemán. Su letra era distinta por completo de la de Felisa Primera, y escribía y se expresaba a la perfección en francés. Podía discutir de política, arte y era muy aficionada a tocar el piano. Felisa Tercera tenía muchos puntos en común con Felisa Segunda. Era inteligente y al parecer bien educada, pero en la parte moral era un contraste absoluto. Aparecía como una criatura depravada… pero en un sentido parisiense, no provinciano. Conocía todo el argot de París, y las expresiones del demi monde elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la religión y la “gente buena” en los términos más blasfemos. Y por fin surgió la Felisa Cuarta… una criatura soñadora piadosa y clarividente, pero esta cuarta personalidad fue poco satisfactoria y duradera, y se la consideró un truco deliberado por parte de Felisa Tercera… una especie de broma que le gastaba al público crédulo. Debo decir que, aparte de la posible excepción de la Felisa Cuarta, cada personalidad era distinta y separada y no tenía conocimiento de las otras. Felisa Segunda fue sin duda la más predominante y algunas veces duraba hasta quince días, luego Felisa Primera aparecía bruscamente por espacio de uno o dos días. Después, tal vez la Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos últimas rara vez denominaban más de unas pocas horas. Cada cambio iba acompañado de un fuerte dolor de cabeza y sueño profundo, y en cada caso sufría la pérdida completa de la memoria de los otros estados, y la personalidad en cuestión tomaba vida a partir del momento en que la había abandonado, inconsciente del tiempo.
-Muy notable -murmuró el canónigo-. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de las maravillas del universo.
-Sabemos que hay algunos impostores muy astutos -observó el abogado en tono seco.
-El caso de Felisa Bault fue investigado por abogados, así como por médicos y científicos -replicó el doctor Campbell con presteza-. Recuerde que Maitre Quimbellier llevó a cabo la investigación más profunda y confirmó la opinión de los científicos. Y al fin y al cabo, ¿por qué hemos de sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los plátanos gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la doble personalidad… o en este caso, la cuádruple personalidad… en un solo cuerpo?
-¿La doble personalidad? -protestó el canónigo.
El doctor Campbell Clark volvió sus penetrantes ojos azules hacia él.
-¿Cómo podríamos llamarle si no?
-Menos mal que estas cosas son únicamente un capricho de la naturaleza -observó don Jorge-. Si el caso fuera corriente se presentarían muchas complicaciones.
-Desde luego, son casos muy anormales -convino el médico-. Fue una lástima que no pudiera efectuarse otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo la inesperada muerte de Felisa.
-Hubo algo raro si no recuerdo mal -dijo el abogado despacio.
El doctor Campbell Clark asintió.
-Fue algo inesperado. Una mañana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Había sido estrangulada, pero ante la estupefacción de todos, demostró sin lugar a dudas que se había estrangulado ella misma. Las señales de su cuello eran las de sus dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es físicamente imposible, requiere una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana. Nunca se supo lo que la había impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio mental siempre había sido insuficiente. Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido para siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.
Fue entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina se echó a reír.
Los otros tres hombres saltaron como si hubieran oído un disparo. Habían olvidado por completo la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde se hallaba sentado y todavía arrebujado en su abrigo, rió de nuevo.
-Deben perdonarme, caballeros -dijo en perfecto inglés, aunque con un ligero acento extranjero, y se incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño bigotillo-. Sí, deben ustedes perdonarme -dijo con una cómoda inclinación de cabeza-. Pero la verdad: ¿es que la ciencia dice alguna vez la última palabra?
-¿Sabe algo del caso que estábamos discutiendo? -le preguntó el doctor cortésmente.
-¿Del caso? No. Pero la conocí.
-¿A Felisa Bault?
-Sí. Y a Annette Ravel también. No han oído hablar de Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la historia de una es la historia de la otra. Créame, no sabrán nada de Felisa Bault si no conocen también la historia de Annette Ravel.
Sacó un reloj para consultar la hora.
-Falta media hora hasta la próxima parada. Tengo tiempo de contarles la historia… es decir, si a ustedes les interesa escucharla.
-Cuéntela, por favor -dijo el médico.
-Me encantaría oírla -exclamó el pastor.
Don Jorge Durand se limitó a adoptar una actitud de atenta escucha.
-Mi nombre, caballeros -comentó el extraño compañero de viaje- es Raúl Latardeau. Usted acaba de mencionar a una dama inglesa, la señorita Slater, que se ocupa en obras de caridad. Yo la conocí en Bretaña, en un pueblecito pesquero, y cuando mis padres fallecieron víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo equivalente a los reformatorios ingleses. Tenía unos veinte chiquillos a su cuidado… niños y niñas. Entre éstas se encontraban Felisa Baúl y Annette Ravel. Si no consigo hacerles comprender la personalidad de Annette, caballeros, no comprenderán nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie de joie que había muerto tuberculosa abandonada por su amante. La madre fue bailarina y Annette también tenía el deseo de bailar. Cuando la vi por primera vez tenía once años, y era una niña vivaracha de ojos brillantes y prometedores… una criatura todo fuego y vida. Y en seguida, en seguida… me convirtió en su esclavo. “Raúl, haz esto; Raúl, haz lo otro…”, y yo obedecía. Yo la idolatraba y ella lo sabía.
“Solíamos ir a la playa… los tres… ya que Felisa venía con nosotros. Y allí Annette, quitándose los zapatos y las medias, bailaba sobre la arena, y luego, cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que quería llegar a ser.
“-Verán, yo seré famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos y miles de medias de seda… de la seda más fina, y viviré en un departamento maravilloso. Todos mis adoradores serán jóvenes, guapos y ricos; cuando yo baile, todo París irá a verme. Gritarán y se volverán locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailaré. Iré al sur a gozar del sol. Allí hay pueblecitos con naranjos, y comeré naranjas. Y en cuanto a ti, Raúl, nunca te olvidaré por muy rica que sea. Te protegeré para que estudies una carrera. Felisa será mi doncella… no, sus manos son demasiado torpes. Míralas qué grandes y toscas.
“Felisa se ponía furiosa al oír esto, y entonces Annette continuaba pinchándola.
“-Es tan fina, Felisa… tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada… ja, ja.
“-Mi padre y mi madre estaban casados, y los tuyos no -replicaba Felisa con rencor.
“-Sí, y tu padre mató a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.
“-Y el tuyo dejó morir a tu madre -era la contestación de Felisa.
“-Ah, sí -Annette se ponía pensativa-: Pauvre maman. Hay que conservarse fuerte y bien.
“-Yo soy fuerte como un caballo -presumía Felisa.
“Y desde luego lo era. Tenía dos veces la fuerza de cualquier niña del Hogar y nunca estaba enferma.
“Pero era estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia bruta. A menudo me he preguntado por qué seguía a Annette como lo hacía. Era una especie de fascinación. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extrañar, puesto que Annette no era amable con ella. Se burlaba de su lentitud y estupidez, provocándola delante de los demás. Yo había visto a Felisa ponerse lívida de rabia. Algunas veces pensé que iba a rodear la garganta de Annette con sus dedos hasta acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para contestar a los improperios de Annette, pero con el tiempo aprendió una respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza. Había aprendido lo que yo siempre supe: que Annette envidiaba su fortaleza física, y ella atacaba instintivamente el punto débil de la armadura de su enemiga.
“Un día Annette vino hacia mí muy contenta. “Raúl -dijo-, hoy vamos a divertirnos con esa estúpida de Felisa.”
“-¿Qué es lo que vas a hacer?
“-Ven detrás del cobertizo y te lo diré.
“Parece que Annette había encontrado cierto libro, parte del cual no entendía y, desde luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de las primeras obras de hipnotismo.
-Conseguí que un objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa lo mirase anoche. “Míralo fijamente -le dije-. No apartes los ojos de él.” Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba asustada. Sus ojos tenían una expresión tan extraña… tan extraña. “Felisa, tú harás siempre lo que yo diga”, le dije: “Haré siempre lo que tú digas, Annette”, me contestó. Y luego… y luego… dije: “Mañana llevarás un cabo de vela al patio y empezarás a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que es la mejor galleta que has probado en tu vida.” ¡Oh, Raúl, imagínate!
“-Pero ella no hará una cosa así -protesté.
“-El libro dice que sí. No es que yo lo crea del todo… ¡pero, oh, Raúl, si lo que dice el libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!
“A mí también me pareció divertido. Lo comunicamos a nuestros compañeros y a las doce estábamos todos en el patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo de la vela en la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros, que empezó a mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos desternillábamos de risa! De vez en cuando alguno de los niños se acercaba a ella y le decía muy serio: ¿Es bueno lo que comes, Felisa? Y ella respondía: “Sí, es una de las mejores galletas que he probado en mi vida.”
“Y entonces nos ahogábamos de risa. Al fin nos reímos tan fuerte que el ruido pareció despertar a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpadeó extrañada, miró la vela y luego a todos, pasándose la mano por la frente.
“-Pero, ¿qué es lo que estoy haciendo aquí? -murmuró.
“-Te estás comiendo una vela de sebo -le gritamos.
“-Yo te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer -exclamó Annette bailando a su alrededor.
“Felisa la miró fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.
“-¿De modo que has sido tú… has sido tú quien me puso en ridículo? Creo recordar. ¡Ah! Te mataré por esto.
“Habló en tono tranquilo, pero Annette echó a correr refugiándose detrás de mí.
“-¡Sálvame, Raúl! Me da miedo Felisa. Ha sido sólo una broma, Felisa. Sólo una broma ¿Comprendes?
“-No me gustan esta clase de bromas -replicó Felisa-. Te odio. Los odio a todos.
“Y echándose a llorar se marchó corriendo.
“Yo creo que Annette estaba asustada por el resultado de su experimento, y no intentó repetirlo, pero a partir de aquel día su ascendencia sobre Felisa se fue haciendo más fuerte.
“Ahora creo que Felisa siempre la odió, pero sin embargo no podía apartarse de su lado y solía seguirla como un perro.
“Poco después de esto, caballeros, me encontraron un empleo y sólo volví al Hogar durante mis vacaciones. No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina, pero su voz se hizo más bonita a medida que iba creciendo, y la señorita Slater consintió gustosamente en dejarla aprender canto.
“Annette no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin descanso, y la señorita Slater se vio obligada a impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló de ella.
“-Tú siempre has apreciado mucho a Annette -me dijo-. Convéncela para que no se esfuerce demasiado. Últimamente tose de una manera que no me gusta.
“Mi trabajo me llevó lejos poco después de esta conversación. Recibí una o dos cartas de Annette al principio, pero luego silencio, los cinco años que permanecí en el extranjero.
“Por pura casualidad, cuando regresé a París me llamó la atención un cartel-anuncio con el nombre de Annette Ravelli y su fotografía. La reconocí en seguida. Aquella noche fui al teatro en cuestión. Annette cantaba en francés e italiano, y en escena estaba maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me recibió en seguida.
“-Vaya, Raúl -exclamó tendiéndome las manos-. ¡Esto es maravilloso! ¿Dónde has estado todos estos años?
“Yo se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.
“-¡Ves, ya casi he llegado!
“Y con un gesto triunfal me señaló el camerino lleno de flores.
“-La señorita Slater debe estar orgullosa de tu éxito.
“-¿Esa vieja? No, por cierto. Ella me había destinado al Conservatorio… a los conciertos… pero yo soy una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades, donde puedo expresar mi personalidad.
“En aquel momento entró un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su comportamiento comprendí en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me miró de soslayo y Annette le explicó:
“-Es un amigo de la infancia. Está de paso en París, ha visto mi retrato en un anuncio, et voilá.
“Aquel hombre era muy amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de brillantes y rubíes que colocó en la muñeca de Annette. Cuando me levanté para marcharme ella me dirigió una mirada de triunfo diciéndome en un susurro:
“-He llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.
“Pero al salir del camerino la oí toser con una tos seca y dura. Sabía muy bien lo que significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.
“Volví a verla dos años más tarde. Había ido a buscar refugio junto a la señorita Slater. Su carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que los médicos dijeron que nada podía hacerse.
“¡Ah! ¡Nunca olvidaré cómo la vi entonces! Estaba echada en una especie de cobertizo montado en el jardín. La tenían día y noche al aire libre. Sus mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y febriles.
“Me saludó con tal desesperación que me quedé estupefacto.
“-Cuánto me alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien lo que dicen… que no me pondré bien? Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan de consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es cierto! Yo no me dejaré morir. ¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo dicen. Yo no soy de esos seres débiles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor… muchísimo mejor, ¿oyes?
“Y se incorporó, apoyándose sobre un codo para dar más énfasis a sus palabras, luego cayó hacia atrás, presa de un ataque de tos que estremeció su delgado cuerpo.
“-La tos no es nada -consiguió decir-. Y las hemorragias no me asustan. Sorprenderé a los médicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo viviré.
“Era una pena. ¿Comprenden? Una pena.
“En aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando cómo lo bebía con expresión que no pude descifrar… como con cierta satisfacción.
“Annette también captó aquella mirada, y dejó caer el vaso, que se hizo pedazos.
“-¿La has visto? Así es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir! Sí, disfruta. Ella es fuerte y sana. Mírala… ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un solo día! Y todo para nada. ¿De qué le sirve ese corpachón? ¿Qué va a sacar de él?
“Felisa se agachó para coger los pedazos de cristal.
“-No me importa lo que diga -comenzó con voz inexpresiva-. ¿A mí qué? Soy una chica respetable. Y en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro de poco. Yo soy cristiana y nada digo.
“-¡Tú me odias! -exclamó Annette-. Siempre me has odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte. Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo pidiera sin ninguna duda te pondrías de rodillas ante mí encima de la hierba.
“-No seas absurda -dijo Felisa intranquila.
“-Pues sí que lo harás. Lo harás… para complacerme. Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido. Arrodíllate, Felisa.
“No sé si sería por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo más profundo, pero el caso es que Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con los brazos extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando estúpidamente al vacío.
“Annette, echando la cabeza hacia atrás, rió con todas sus fuerzas.
“-¡Mira qué cara más estúpida pone! ¡Qué ridícula está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias! Es inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que yo diga.
“Se desplomó exhausta sobre las almohadas, y Felisa, recogiendo la bandeja, se alejó lentamente. Una vez se volvió a mirar por encima del hombro, y el profundo resentimiento de su mirada me sobresaltó.
“Yo no estaba allí cuando murió Annette, pero, al parecer, fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperación, luchando contra la muerte como una posesa, y gritando: “No moriré. Tengo que vivir… vivir…”
“Me lo contó la señorita Slater, cuando seis meses más tarde fui a verla. “Mi pobre Raúl -me dijo con tono amable-. Tú la querías, ¿verdad?”
“-Siempre la quise… siempre. Pero ¿de qué hubiera podido servirle? No hablemos de eso. Ahora está muerta… ella… tan alegre… y tan llena de vida.
“La señorita Slater era mujer comprensiva y se puso a hablar de otras cosas. Estaba preocupada por Felisa. La joven había sufrido una extraña crisis nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy extraño.
“-¿Sabes -me dijo la señorita Slater tras una ligera vacilación- que está aprendiendo a tocar el piano?
“Yo lo ignoraba y me sorprendió mucho. ¡Felisa… aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.
“-Dicen que tiene talento -continuó la señorita Slater-. No comprendo. Siempre la había considerado…, bueno, Raúl, tú mismo sabes que fue siempre una niña estúpida.
“Asentí.
“-Su comportamiento es tan extraño que no sé qué pensar.
“Pocos minutos después entré en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano… la misma tonadilla que oí cantar a Annette en París. Comprendan, caballeros, que me quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se interrumpió de pronto volviéndose a mirarme con ojos llenos de malicia e inteligencia. Por un momento pensé…, bueno, no voy a decirles lo que pensé entonces.
“-Tiens! -exclamó-. De manera que es usted… monsieur Raúl.
“No puedo describir cómo lo dijo. Para Annette nunca había dejado de ser Raúl, pero Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de mayores, siempre me llamaba monsieur Raúl. Mas entonces lo dijo de un modo distinto…, como si el monsieur fuera algo divertido.
“-Vaya, Felisa -le contesté-, te veo muy cambiada.
“-¿Sí? -replicó pensativa-. Es curioso, pero no te pongas serio, Raúl…, decididamente te llamaré Raúl… ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos niños…? La vida se ha hecho para reír. Hablemos de la pobre Annette… que está muerta y enterrada. ¿Estará en el Purgatorio o dónde?
“Y tarareó cierta canción…, desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi atención.
“-¡Felisa! -exclamé-. ¿Sabes italiano?
“-¿Por qué no, Raúl? Yo no soy tan estúpida como parecía -y se rió de mi confusión.
“-No comprendo… -comencé a decir.
“-Pues yo te lo explicaré. Soy una magnífica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo representar muchos papeles… y muy bien, por cierto.
“Volvió a reír y salió corriendo de la habitación antes de que pudiera detenerla.
“La volví a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sillón y roncaba pesadamente. La estuve mirando fascinado…, aunque me repelía. De pronto se despertó sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los míos.
“-Monsieur Raúl -murmuró mecánicamente.
“-Sí, Felisa. Yo me marcho. ¿Querrás tocar algo antes de que me vaya?
“-¿Yo? ¿Tocar? ¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?
“-¿No recuerdas que esta mañana tocaste para mí?
“Felisa meneó la cabeza.
“-¿Tocar yo? ¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?
“Hizo una pausa como si reflexionara, y luego se acercó a mí.
“-¡Monsieur Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa! Le gastan a una bromas. Varían las horas del reloj. Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso es obra de ella.
“-¿De quién? -pregunté sobresaltado.
“-De Annette, esta malvada. Cuando vivía siempre me estaba atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del otro mundo para seguir mortificándome.
“La miré fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos estaban a punto de salir de sus órbitas.
“-Es mala. Le aseguro que es mala. Sería capaz de quitar a cualquiera el pan de la boca, la ropa y el alma…
“De pronto se agarró a mí.
“-Tengo miedo, se lo aseguro…, miedo. Oigo su voz…, no en mis oídos… sino aquí… en mi cabeza -se tocó la frente-. Se me llevará muy lejos… y entonces, ¿qué haré… qué será de mí?
“Su voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y vi en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.
“De pronto sonrió…, fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo estremecer.
“-Si llegara eso, monsieur Raúl…, tengo mucha fuerza en mis manos…, tengo mucha fuerza en las manos.
“Nunca me había fijado particularmente en sus manos. Entonces las miré y me estremecí a pesar mío. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había dicho, extraordinariamente fuertes. No sabría explicarles la sensación de náuseas que me invadió. Con unas manos como aquéllas su padre debió estrangular a su madre.
“Aquélla fue la última vez que vi a Felisa Bault. Inmediatamente después marché al extranjero…, a Sudamérica. Regresé dos años después de su muerte. Algo había leído en los periódicos de su vida y muerte repentina. Y esta noche me he enterado de más detalles… por ustedes. Felisa Tercera y Felisa Cuarta… Me estoy preguntando si… ¡Era una buena actriz! ¿Saben?”
El tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irguió para abrochar mejor su abrigo.
-¿Cuál es su teoría? -preguntó el abogado.
-Apenas puedo creerlo… -comenzó a decir el canónigo Parfitt.
El médico nada dijo, pero miraba fijamente a Raúl Letardeau.
-Es capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la ropa…, el alma… -repitió el francés poniéndose en pie-. Les aseguro, messieurs, que la historia de Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes no la conocieron, caballeros. Yo sí… y amaba mucho la vida.
Con la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvió de pronto, yendo a dar un golpecito en el pecho del canónigo.
-Monsieur le docteur acaba de decir que esto -le dio un golpe en el estómago y el pastor pegó un respingo- es sólo una coincidencia. Dígame, si encontrara un ladrón en su casa, ¿qué haría? Pegarle un tiro, ¿no?
-No -exclamó el canónigo-. No…, quiero decir… que en este país, no.
Pero sus palabras se perdieron en el aire mientras la puerta del compartimiento se cerraba de golpe.
El clérigo, el abogado y el médico se habían quedado solos. El cuarto asiento estaba vacío.

sábado, 10 de junio de 2017

Nueva Religión.

Estaba yo lavando los trastes y eran las nueve de la noche. ¡Oh! Cuanto lo siento, eh supuesto directamente que el lector se sabe mi rutina. ¡Ni siquiera me eh presentado! Mi nombre es Allan Novak y tengo 32 años. Se me hace que contarle, estimado lector, otros aspectos, es demasiado irrelevante. Prosigamos. Estaba yo lavando los trastes y volcando el agua de los vasos sucios y recordé. Joder que logre recordar aquello que había enviado a un rincón de mi mente, sin la fuerza necesaria para borrarlo por completo. Por amor supongo. Tenía alrededor de 12 años y vivía con Madre en casa, teníamos un recién nacido en esos años: mi hermano. Recuerdo que cuidaba de él todos los días. Desde que ella se iba hasta su regreso. Despuntando el alba y ya entrada la noche. Tiempo después recién me entraría que tipo de trabajos hacía o pero claro no podía yo reclamarle nada. ¡Era un mantenido, Querido Lector!. Pero luego seguiré con los detalles de Ella.
Ese día Victor enfermó, bueno, esa noche. YO SOLO TENÍA DOCE MALDITOS AÑOS QUERIDO LECTOR. Estaba asustado, en pánico. La criatura lloraba como si la estuvieran exorcizando y mi madre no llegaba, no lo hizo hasta que el suelo estuvo carmesí. Él lloraba y tenía fiebre, mucha fiebre. Y yo ore, ¿a quién? se preguntará el lector, pues claro, a mi ¿Dios? Claro que recé a Dios, Madre, ¿cuál es la diferencia? Al fin y al cabo, solo es rendir cuentas. La cosa es que ella nunca contesto. NUCA LO HACE QUERIDO LECTOR. Y él lloraba demasiado, sentía que se romperían mis oídos si no lo hacía. Santifique el agua y lo ungí en su frente, ¿que mas podía hacer? Y se la puse en su frente, dije unas incordias y actué como Dios. Como mi propio Dios. Y la criatura se callo. El llanto cesó y yo podía volver a respirar. Pero él no, él nunca lo hizo. Y ella llegó. Debe saber, mi estimado amigo (¿Puedo llamarlo amigo? Le prometo que no estoy loco, solo quiero ser cercano a usted, por favor, no se moleste). ¿En qué estaba? Ah, sí. Ella llego y cayó dormida a mi lado mientras yo levantaba la cabeza. Las madres siempre tienen su aroma, ¿saben?. Algunas huelen a polvo y agua con jabón esos especiales para la ropa, otras a lápices recién tajados y el olor de una plancha recién pasada por la ropa. ¿A que olía tu madre, Querido Lector? Discúlpame por la osadez pero es la clase de preguntas que no puede dejar en el aire. Para que entremos en confianza te diré a que olía Madre, ella olía a sexo y sangre, y aunque no es un olor en sí, también olía a sufrimiento mientras lloraba con sollozos lentos contra la cama. ¡Yo solo tenía doce años! Y pensé que mientras se volteaba a acariciarme la cabeza a las tres de la mañana, era el momento exacto. No fue una. No fueron dos. Fueron doce puñaladas en medio de sus pequeños pechos con los que nos había alimentado a mi y a mi anterior hermano por años. Perdón, ¿me olvidé de recalcar? Mi hermano se había ido alrededor de cinco horas. Ese pequeño cadáver no era Victor. Mi Victor.
Ella me miró con los ojos abiertos pero siempre con una sonrisa en los labios. ¡Oh cómo la amaba!. Entendí, Querido Lector, que ella siempre fue lo mejor que tendría en la vida. Alcanzo a acariciarme la mejilla mientras enterraba en ella el cuchillo de la primera puñalada. Casi podía sentir como me agradecía con ello lo que hacía. Yo solo quería liberarla. Y lo hice, Querido Lector. LO HICE. No podía esperar a contarle a Madre que la liberé. ¡Cuán orgullosa estaría ella de mí!
Era el escenario más hermoso que pudieses ver. Describírtelo es poco y peor aún lo que podrás imaginar, pero intentaré describírtelo. Salí por la puerta delantera y rodeé la casa (quise ver que no hubiese nada fuera y dar una pequeña caminata, ¿te dije que vivíamos de cuidantes en una casa?). En el patio de atrás pude verlas; las estrellas plegaban el cielo y la sangre en mi polera comenzó a secarse, junto que la de mi barbilla y labios. Cavé un tumba. Primero bajé al cuerpo que antes perteneció a mi hermano, al sol de mis días. Tuve cuidado de alzarlo como si fuera un pequeño gatito. ¡No quería que Victor se enojara conmigo por lastimar su cuerpo! Y lo dejé en el pasto verde al lado de la tumba improvisada. Luego volví a subir al cuarto, la ventana abierta y ella libre. ¡Oh Querido Lector! ¡Si solo la hubieses visto! Jamás la había visto mas hermosa, su falda de cuero negra junto con su solera descotada con la cual salia a trabajar formaban con ella en la cama un vestido, en el cuál resaltaba la sangre ya seguramente seca. Sus ojos cerradas y esa pequeña sonrisa. ¡OH SU SONRISA!. Bajé su pequeño cuerpo como pude. Tarde hasta que el solo comenzó a salir para bajarla al patio. Es que como sabras, yo no quería que se lastimara un solo cabello en ella, era Madre; la coloque en el hoyo, en posición fetal. Luego a mi amado Víctor a su lado, en la misma posición, de manera que quedarán como dos fetos. Así es. Ellos nacerían... NO, perdona mi ignorancia Querido Lector, ellos florecerían, como siempre merecieron. Eche tierra hasta que estuvo cubierto y lance dos semillas, de rosas blancas, pero claro. Eran las siete de la mañana cuando terminé. Y salí. Y caminé. Caminé. Caminé. Caminé.
Solo podía pensar que era lo mejor para ellos, para mí, para Ella.
Jamás había amando tanto a dos personas, fue la única vez que caí enamorado. Bueno, eso hasta diez años después. Pero eso, Querido Lector, es otra historia.


                                                                                                                                       -C.S.C-

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...