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sábado, 2 de septiembre de 2017

El Coloquio de Monos y Una

Μέλλοντα ταύτα

Cosas del futuro inmediato. 
 (SÓFOCLES, Antígona) 
Una.- ¿Resucitado?
Monos.- Sí, hermosa yt muy amada Una, "resucitado". ésta era la palabra sobre cuyo místico sentido medité tanto timepo, rechazando la explicación sacerdotal, hasta que la muerte misma me develó el secreto.
Una.- ¡La Muerte!
Monos.- ¡De que extraña manera, dulce Una, repites mis palabras! Observo que tu paso vacila y qye hay una jubilosa inquietud en tus ojos. Te seintes ofendida, oprimida por la majestuosa novedad de la vida eterna. Sí, nombre a la muerte. Y aquí ¡cuán singularmente suena esa palabra que antes llevaba el terror a todos los corazones, que manchaba todos los placeres!
Una.—¡Ah, muerte, espectro presente en todas las fiestas! ¡Cuántas veces, Monos, nos
perdimos en especulaciones sobre su naturaleza! ¡Cuan misteriosa se erguía como un límite
a  la  beatitud  humana...  diciéndole:  «Hasta  aquí,  y  no  más»!  Aquel  profundo  amor
recíproco,  Monos,  que  ardía  en  nuestro  pecho...  ¡cuán  vanamente  nos  jactamos,  en  la
felicidad de sus primeras palpitaciones, de que nuestra felicidad se fortalecería en la suya!
¡Ay,  a  medida  que  crecía  aumentaba  también  en nuestros corazones  el  temor  de  aquella
hora aciaga que acudía precipitada a separarnos! Y así, con el tiempo, el amor se nos hizo
penoso. Y el odio hubiera sido una misericordia.
Monos.—No hables aquí de aquellas penas, querida Una... ¡ahora para siempre, para
siempre mía!
Una.—Pero el recuerdo del dolor pasado, ¿no es alegría presente? Mucho tengo que
decir aún de las cosas que fueron. Ardo sobre todo por conocer los incidentes de tu pasaje a
través del oscuro Valle y de la Sombra.
Monos.—¿Y cuándo la radiante Una pidió en vano alguna cosa a su Monos? Todo te lo
narraré en detalle... Pero, ¿dónde habrá de empezar el sobrecogedor relato?
Una.—¿Dónde?
Monos.—Sí.
Una.—Te comprendo. En la muerte hemos aprendido ambos la propensión del hombre
a definir lo indefinible. No te diré, pues, que comiences por el momento en que cesó tu
vida,  sino  en  aquel  triste,  triste  instante  cuando,  habiéndote  abandonado  la  fiebre,  te
hundiste en un sopor sin aliento ni movimiento y yo te cerré los pálidos párpados con los
apasionados dedos del amor.
Monos.—Permíteme decir algo, Una, acerca de la condición general de los hombres en
aquella  época.  Recordarás  que  uno  o  dos  sabios  entre  nuestros  antecesores  —sabios  de
verdad, aunque no gozaran de la estimación del mundo— se habían atrevido a poner en
duda la propiedad de la palabra «progreso» aplicada al avance de nuestra civilización. En
cada uno de los cinco o seis siglos que precedieron nuestra disolución, hubo momentos en los  cuales  surgió  algún  intelecto  vigoroso  que  contendía  audazmente  por  aquellos
principios  cuya  verdad  parece  ahora  tan  evidente  a  nuestra  razón  despojada  de  sus
franquicias; principios que deberían haber enseñado a nuestra raza a someterse a la guía de
las  leyes  naturales,  en  vez  de  pretender  dirigirlas.  Muy  de  tiempo  en  tiempo  aparecían
mentes geniales que consideraban cada avance de la ciencia práctica como un retroceso con
respecto  a  la  verdadera  utilidad.  En  ocasiones,  la  inteligencia  poética  —esa  inteligencia
que, ahora lo sabemos, era la más excelsa de todas, pues aquellas verdades de imperecedera
importancia  para  nosotros  sólo  podían  ser  alcanzadas  por  la  analogía,  que  habla
irrebatiblemente a la sola imaginación y que no pesa en la razón aislada—, esa inteligencia
poética se adelantó en ocasiones a la evolución de la vaga concepción filosófica y halló en
la mística parábola que habla del árbol de la ciencia y de su fruto prohibido y letal, un claro
indicio de que el conocimiento no era bueno para el hombre en esa etapa aún infantil de su
alma.  Y  aquellos  poetas,  que  vivieron  y  murieron  despreciados  por  los  «utilitaristas»  —
zafios pedantes que se arrogaban un título que sólo merecían los despreciados por ellos—,
aquellos poetas evocaron dolorosa, pero sabiamente, los días de antaño, cuando nuestras
necesidades eran tan simples como penetrantes nuestros gozos, días en que el regocijo era
una palabra desconocida, tan profundamente solemne era la felicidad; santos, augustos y
beatos días en que los ríos azules corrían sin diques entre colinas intactas, penetrando en las
soledades de las florestas primitivas, fragantes e inexploradas.
Y, sin embargo, aquellas nobles excepciones a la falsa regla general sólo servían para
reforzarla por contraste. ¡Ay, habíamos llegado a los más aciagos de nuestros aciagos días!
El gran «movimiento» —tal era la jerigonza que se empleaba— seguía adelante; era una
perturbación mórbida, tanto moral como física. El arte —en sus diversas formas— erguíase
supremo, y, una vez entronizado, encadenaba al intelecto que lo había elevado al poder.
Como  el  hombre  no  podía  dejar  de  reconocer  la  majestad  de  la  Naturaleza,  incurría  en
pueriles entusiasmos por su creciente dominio sobre los elementos de aquélla. Mientras se
pavoneaba como un dios en su propia fantasía, lo dominaba una imbecilidad infantil. Tal
como era de suponer por el origen de su trastorno, sufrió la infección de los sistemas y de la
abstracción.  Se  envolvió  en  generalidades.  Entre  otras  ideas  extrañas,  la  de  la  igualdad
universal ganó terreno, y aun frente a la analogía y a Dios, a pesar de las claras advertencias
de las leyes de gradación que tan visiblemente dominan todas las cosas en la tierra y en el
cielo, se empeñó obstinado en lograr una democracia que imperara por doquier.
Y, sin embargo, este mal surgía necesariamente del mal principal, el Conocimiento. El
hombre no podía al mismo tiempo conocer y someterse. Entretanto, se alzaron enormes e
innumerables ciudades humeantes. Las verdes hojas se arrugaban ante el ardiente aliento de
los hornos. El bello rostro de la Naturaleza se deformó como si lo arrasara alguna horrorosa
enfermedad. Y pienso, dulce Una, que nuestro sentido de lo que es forzado y artificial, aun
a  medias  dormido,  podría  habernos  detenido  en  ese  punto.  Pero  habíamos  preparado  el
camino de la destrucción al pervertir nuestro gusto o más bien al descuidar ciegamente su
cultivo  en  las  escuelas.  Pues  en  verdad,  frente  a  aquella  crisis,  tan  sólo  el  gusto  —esa
facultad que, ocupando una situación intermedia entre el intelecto puro y el sentido moral,
jamás  podía  ser  descuidada  sin  peligro—  habría  podido  devolvernos  dulcemente  a  la
Belleza, a la Naturaleza y a la Vida, ¡ay del espíritu puramente contemplativo y la magna
intuición de Platón! ¡Ay de la (µουσική, que aquel sabio consideraba con justicia educación
suficiente  para  el  alma!  ¡Ay  de  él  y  de  ella!  ¡Cuando  más  desesperadamente  se  los necesitaba, más olvidados o despreciados estaban! 5
Pascal, un filósofo que tú y yo amamos, ¡cuan verdaderamente ha dicho que tout notre
misonnement se réduit à ceder au sentiment! Y no es imposible que el sentimiento de lo
natural, de haberlo permitido el tiempo, hubiese recobrado su antiguo ascendiente sobre la
dura razón matemática de las escuelas. Pero ello no pudo ser. Prematuramente descarriada
por  la  intemperancia  del  conocimiento,  la  vejez  del  mundo  se  acentuó.  La  masa  de  la
humanidad no lo advertía, o bien, viviendo depravadamente, aunque sin felicidad, pretendía
no  advertirlo.  En  cuanto  a  mí,  los  documentos  de  la  tierra  me  habían  enseñado  que  las
ruinas  más  grandes  son  el  precio  de  las  más  altas  civilizaciones.  Había  adquirido  una
presciencia  de  nuestro  destino  por  comparación  con  China,  la  simple  y  duradera;  con
Asiria,  la  arquitecta;  con  Egipto,  el  astrólogo;  con  Nubia,  más  sutil  que  ninguna,  madre
turbulenta de todas las artes. En la historia 6  de aquellas regiones atisbé un rayo del futuro.
Las artificialidades individuales de las tres últimas nombradas eran enfermedades locales
de la tierra, y en sus caídas individuales habíamos visto la aplicación de remedios locales;
pero en la infección general del mundo yo no podía anticipar regeneración alguna, salvo en
la muerte. Para que el hombre no se extinguiera como raza, comprendí que era necesario
que resucitara.
Y entonces, muy hermosa y muy amada, diariamente envolvimos en sueños nuestros
espíritus.  Y  entonces,  al  atardecer,  discurrimos  sobre  los  días  que  vendrían,  cuando  la
superficie de la tierra, llena de cicatrices del Arte, después de sufrir la única purificación 7 
que borraría sus obscenidades rectangulares, volviera a vestirse con el verdor, las colinas y
las sonrientes aguas del Paraíso, y se convirtiera, por fin, en la morada conveniente para el
hombre; para el hombre purgado por la Muerte, para el hombre en cuyo sublimado intelecto
el conocimiento dejaría de ser un veneno... para el hombre redimido, regenerado, venturoso
y ahora inmortal, aunque material siempre.

Una.—Bien  recuerdo  aquellas  conversaciones,  querido  Monos;  pero  la  época  de  la
ígnea  destrucción  no  estaba  tan  cercana  como  creíamos,  como  la  corrupción  de  que  has
hablado  nos  permitía  con  tanta  seguridad  creer.  Los  hombres  vivían  y  luego  morían
individualmente. También tú enfermaste y descendiste a la tumba, y allí te siguió pronto tu
fiel Una. Y aunque el siglo transcurrido desde entonces, y cuya conclusión nos ha reunido
nuevamente, no torturó nuestros adormilados sentidos con la impaciencia del tiempo, de
todas maneras, Monos mío, fue un siglo.
Monos.—Di más bien que fue un punto en el vago infinito. Mi muerte se produjo, es
verdad, durante la decrepitud de la tierra. Cansado mi corazón por las angustias que nacían
de  aquel  tumulto  y  corrupción  generales,  sucumbí  víctima  de  una  terrible  fiebre.  Tras
algunos  días  de  dolor  y  muchos  de  un  delirio  soñoliento  colmado  de  éxtasis,  cuyas
manifestaciones  tomaste  por  sufrimientos  sin  que  yo  pudiera  comunicarte  la  verdad...
                                                          
5  «Difícil será descubrir un mejor (método de educación) que el descubierto ya por la experiencia de tantas
edades; puede resumírselo en gimnasia para el cuerpo y música para el alma» (República, lib. 2). «Por esta razón
la música es una educación esencial, pues hace que el Ritmo y la Armonía penetren íntimamente en el alma,
afirmándose en ella, llenándola de belleza y embelleciendo la mente humana... Alabará y admirará lo hermoso; lo
recibirá con alegría en su alma, se alimentará de él e identificará con él su propia condición» (id. lib. 3). La música,
µουσική,  tenía  entre  los  atenienses  una  significación  muchísimo  más  amplia  que  entre  nosotros.  No  sólo
abarcaba las armonías de tiempo y melodía, sino la dicción poética, el sentimiento y la creación, todos ellos en
un sentido más amplio. En Atenas el estudio de la música consistía en el cultivo general del gusto —ese gusto
que reconoce lo hermoso— distinguiéndolo claramente de la razón, que sólo atiende a lo verdadero.
6  «Historia», de ίστορείν, contemplar.
7  Purificación parece emplearse aquí con referencia a su raíz griega πϋρ, fuego. después de unos días, como has dicho, me invadió un sopor que me privó del aliento y del
movimiento, y aquellos que me rodeaban lo llamaron Muerte.

Las  palabras  son  cosas  vagas.  Mi  estado  no  me  privaba  de  sensibilidad.  Parecíame
semejante a la quietud de aquel que, después de dormir larga y profundamente, inmóvil y
postrado en un día estival, empieza a recobrar lentamente la conciencia, por agotamiento
natural de su sueño, y sin que ninguna perturbación exterior lo despierte.
No respiraba. El pulso estaba detenido. El corazón había cesado de latir. La voluntad
permanecía, pero era impotente. Mis sentidos se mostraban insólitamente activos, aunque
caprichosos,  usurpándose  al  azar  sus  funciones.  El  gusto  y  el  olfato  estaban
inextricablemente confundidos, constituyendo un solo sentido anormal e intenso. El agua
de rosas con la cual tu ternura había humedecido mis labios hasta el fin provocaba en mí
bellísimas  fantasías  florales;  flores  fantásticas,  mucho  más  hermosas  que  las  de  la  vieja
tierra,  pero  cuyos  prototipos  vemos  florecer  ahora  en  torno  de  nosotros.  Los  párpados,
transparentes y exangües, no se oponían completamente a la visión. Como la voluntad se
hallaba suspendida, las pupilas no podían girar en las órbitas, pero veía con mayor o menor
claridad  todos  los  objetos  al  alcance  del  hemisferio  visual;  los  rayos  que  caían  sobre  la
parte  externa  de  la  retina  o  en  el  ángulo  del  ojo  producían  un  efecto  más  vívido  que
aquellos que incidían en la superficie frontal o anterior. Empero, en el primer caso, este
efecto era tan anómalo que sólo lo aprehendía como sonido —dulce o discordante, según
que los objetos presentes a mi lado fueran claros u oscuros, curvos o angulosos—. El oído,
aunque mucho más sensible, no tenía nada de irregular en su acción y apreciaba los sonidos
reales  con  una  precisión  y  una  sensibilidad  exageradísimas.  El  tacto  había  sufrido  una
alteración más extraña. Recibía con retardo las impresiones, pero las retenía pertinazmente,
produciéndose siempre el más grande de los placeres físicos. Así, la presión de tus dulces
dedos sobre mis párpados, sólo reconocidos al principio por la visión, llenaron más tarde
todo mi ser de una inconmensurable delicia sensual. Sí, de una delicia sensual. Todas mis
percepciones eran puramente sensuales. Los elementos proporcionados por los sentidos al
pasivo cerebro no eran elaborados en absoluto por aquella inteligencia muerta. Poco dolor
sentía y mucho placer; pero ningún dolor o placer morales. Así, tus desgarradores sollozos
flotaban en mi oído con todas sus dolorosas cadencias y eran apreciados por aquél en cada
una de sus tristes variaciones; pero eran tan sólo suaves sonidos musicales; no provocaban
en la extinta razón la sospecha de las angustias de donde nacían, y así también las copiosas
y  continuas  lágrimas  que  caían  sobre  mi  rostro,  y  que  para  todos  los  asistentes  eran
testimonio de un corazón destrozado, estremecían de éxtasis cada fibra de mi ser. Y ésa era
la Muerte, de la cual los presentes hablaban reverentemente, susurrando, y tú, dulce Una,
entre sollozos y gritos.
Me prepararon para el ataúd —tres o cuatro figuras sombrías que iban continuamente
de  un  lado  a  otro—.  Cuando  atravesaban  la  línea  directa  de  mi  visión,  las  sentía  como
formas, pero al colocarse a mi lado sus imágenes me impresionaban con la idea de alaridos,
gemidos  y  otras  atroces  expresiones  del  horror  y  la  desesperación.  Sólo  tú,  vestida  de
blanco, pasabas musicalmente para mí en todas direcciones.
Transcurrió el día y, a medida que la luz se degradaba, me sentí poseído por un vago
malestar,  una  ansiedad  como  la  que  experimenta  el  durmiente  cuando  llegan  a  su  oído
constantes  y  tristes  sones,  lejanas  y  profundas  campanadas  solemnes,  a  intervalos
prolongados, pero iguales, y entremezclándose con sueños melancólicos. Anocheció y con
la  sombra  vino  una  pesada  aflicción.  Oprimía  mi  cuerpo  como  si  pesara  sobre  él,  y  era
palpable. Oíase asimismo  una  lamentación, semejante al lejano fragor de la resaca, pero más continuo, y que, nacido con el crepúsculo, había ganado en fuerza a medida que crecía
la  oscuridad.  De  pronto,  la  habitación  se  llenó  de  luces  y  aquel  fragor  se  cambió  en
frecuentes estallidos desiguales del mismo sonido, pero menos lóbrego y menos distinto. La
penosa  opresión  que  me  agobiaba  disminuyó  mucho  y,  emanando  de  la  llama  de  cada
lámpara—pues  había  varias—,  fluyó  hasta  mis  oídos  un  canto  continuo  de  melodiosa
monotonía.  Y  cuando  tú,  querida  Una,  acercándote  al  lecho  donde  yacía  yo  tendido,  te
sentaste gentilmente a mi lado, perfumándome con tus dulces labios, y los posaste en mi
frente, surgió entonces en mi pecho, trémulo, mezclándose con las sensaciones meramente
físicas que las circunstancias engendraban, algo que se parecía al sentimiento, un sentir que
en parte aprehendí, y en parte respondía a tu profundo amor y a tu tristeza; pero aquel sentir
no  tenía  sus  raíces  en  el  inmóvil  corazón,  y  más  parecía  una  sombra  que  una  realidad;
pronto  se  desvaneció,  primero  en  un  profundo  reposo,  y  luego  en  un  placer  puramente
sensual como antes.
Y entonces, del naufragio y el caos de los sentidos usuales pareció nacer en mí un sexto
sentido, absolutamente perfecto. Hallé en su ejercicio una extraña delicia, que seguía siendo
una delicia física en cuanto el entendimiento no participaba de ella. En el ser animal todo
movimiento había cesado. No se estremecía ningún músculo, no vibraba ningún nervio, no
latía  ninguna  arteria.  Pero  en  mi  cerebro  parecía  haber  surgido  eso  para  lo  cual  no  hay
palabras que puedan dar una concepción aun borrosa a la inteligencia meramente humana.
Permíteme denominarlo una pulsación pendular mental. Era la encarnación moral de la idea
humana abstracta del Tiempo. La absoluta coordinación de este movimiento o de alguno
equivalente  había  regulado  los  cielos  de  los  globos  celestes.  Por  él  medía  ahora  las
irregularidades del reloj colocado sobre la chimenea y de los relojes de los presentes. Sus
latidos llegaban sonoros a mis oídos. La más ligera desviación de la medida exacta (y esas
desviaciones prevalecían en todos ellos) me afectaban del mismo modo que las violaciones
de la verdad abstracta afectan en la tierra el sentido moral. Aunque ninguno de los relojes
en la habitación coincidía con otro en marcar exactamente los segundos, no me costaba, sin
embargo,  retener  el  tono  y  los  errores  momentáneos  de  cada  uno.  Y  este  penetrante,
perfecto sentimiento de duración existente por sí mismo, este sentimiento existente (como
el hombre no podría haber imaginado que existiera) con independencia de toda sucesión de
eventos, esta idea, este sexto sentido, brotando de las cenizas de todo el resto, fue el primer
evidente y seguro paso del alma intemporal en los umbrales de la Eternidad temporal.
Era ya media noche y tú seguías a mi lado. Los demás habíanse marchado de la cámara
mortuoria. Descansaba yo en el ataúd. Las lámparas ardían intermitentemente, pues así me
lo indicaba lo trémulo de las monótonas melodías. Súbitamente aquellos cantos perdieron
claridad y volumen, hasta cesar del todo. El perfume dejó de impresionar mi olfato. Las
formas no afectaban ya mi visión. El peso de la Tiniebla se alzó por sí mismo de mi pecho.
Un choque apagado, como una descarga eléctrica, recorrió mi cuerpo y fue seguido por una
pérdida total de la idea de contacto. Todo aquello que el hombre llama sentidos se sumió en
la  sola  conciencia  de  entidad  y  en  el  sentimiento  de  duración  único  que  perduraba.  El
cuerpo mortal había sido al fin golpeado por la mano de la letal Corrupción.
Y,  sin  embargo,  no  toda  sensibilidad  se  había  apagado,  pues  la  conciencia  y  el
sentimiento  remanentes  cumplían  algunas  de  sus  funciones  a  través  de  una  letárgica
intuición. Apreciaba el espantoso cambio que se estaba operando en mi carne, y tal como el
soñador advierte a voces la presencia corporal de aquel que se inclina sobre su lecho, así,
dulce  Una,  sentía  yo  que  aún  seguías  a  mi  lado.  Y  cuando  llegó  el  segundo  mediodía,
tampoco  dejé  de  tener  conciencia  de  los  movimientos  que  te  alejaron  de  mi  lado,  me encerraron en el ataúd, llevándome a la carroza fúnebre, me transportaron hasta la tumba,
bajándome a ella, amontonando pesadamente la tierra sobre mí, dejándome en la tiniebla y
en la corrupción, entregado a mi triste y solemne sueño en compañía de los gusanos.
Y  aquí,  en  la  prisión  que  pocos  secretos  tiene  para  revelar,  pasaron  los  días,  y  las
semanas,  y  los  meses,  y  el  alma  observaba  atentamente  el  vuelo  de  cada  segundo,
registrándolo sin esfuerzo; sin esfuerzo y sin objeto.
Pasó un año. La conciencia de ser se había vuelto de hora en hora más indistinta, y la
de  mera  situación  había  usurpado  en  gran  medida  su  puesto.  La  idea  de  entidad  estaba
confundiéndose con la de lugar. El angosto espacio que rodeaba lo que había sido el cuerpo
iba a ser ahora el cuerpo mismo. Por fin, como ocurre con frecuencia al durmiente (sólo el
sueño y su mundo permiten figurar la Muerte), tal como a veces ocurría en la tierra al que
estaba  sumido  en  profundo  sueño,  cuando  algún  resplandor  lo  despertaba  a  medias,
dejándolo empero envuelto en ensoñaciones, así, a mí, ceñido en el abrazo de la Sombra,
me llegó aquella única luz capaz de sobresaltarme... la luz del Amor duradero. Los hombres
acudieron  a  cavar  en  la  tumba  donde  yacía  oscuramente.  Levantaron  la  húmeda  tierra.
Sobre el polvo de mis huesos bajó el ataúd de Una.
Y otra vez todo fue vacío. La nebulosa se había extinguido. El débil estremecimiento
habíase  apagado  en  reposo.  Muchos  lustros  transcurrieron.  El  polvo  tornó  al  polvo.  No
había ya alimento para el gusano. El sentimiento de ser había desaparecido por completo y
en su lugar, en lugar de todas las cosas, dominantes y perpetuos, reinaban autocráticamente
el Lugar y el Tiempo. Para eso que no era, para eso que no tenía forma, para eso que no
tenía pensamiento, para eso que no tenía sensibilidad, para eso que no tenía alma, para eso
que  no  tenía  materia,  para  toda  esa  nada  y,  sin  embargo,  para  toda  esa  inmortalidad,  la
tumba era todavía una morada, y las corrosivas horas, compañeras.

sábado, 15 de julio de 2017

El Hombre de la Multitud


Ce grand malheur de ne pouvoir être seul. 
 (LA BRUYÈRE)

Bien se ha dicho de cierto libro alemán que er lässt sich nicht lesen —no se deja leer—.
Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus
lechos,  estrechando  convulsivamente  las  manos  de  espectrales  confesores,  mirándolos
lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a
causa  de  esos  misterios  que  no  permiten  que  se  los  revele.  Una  y  otra  vez,  ¡ay!,  la
conciencia del hombre soporta una carga tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la
tumba. Y así la esencia de todo crimen queda inexpresada. No hace mucho tiempo, en un
atardecer de otoño, hallábame sentado junto a la gran ventana que sirve de mirador al café
D..., en Londres. Después de varios meses de enfermedad, me sentía convaleciente y con el
retorno de mis fuerzas, notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto del ennui;
disposición llena de apetencia, en la que se desvanecen los vapores de la visión interior   —
άχλϋς ή πριν έπήεν— y el intelecto electrizado sobrepasa su nivel cotidiano, así como la
vívida aunque ingenua razón de Leibniz sobrepasa la alocada y endeble retórica de Gorgias.
El  solo  hecho  de  respirar  era  un  goce,  e  incluso  de  muchas  fuentes  legítimas  del  dolor
extraía  yo  un  placer.  Sentía  un  interés  sereno,  pero  inquisitivo,  hacia  todo  lo  que  me
rodeaba. Con un cigarro en los labios y un periódico en las rodillas, me había entretenido
gran parte de la tarde, ya leyendo los anuncios, ya contemplando la variada concurrencia
del salón, cuando no mirando hacia la calle a través de los cristales velados por el humo.
Dicha calle es una de las principales avenidas de la ciudad, y durante todo el día había
transitado  por  ella  una  densa  multitud.  Al  acercarse  la  noche,  la  afluencia  aumentó,  y
cuando  se  encendieron  las  lámparas  pudo  verse  una  doble  y  continua  corriente  de
transeúntes  pasando  presurosos  ante  la  puerta.  Nunca  me  había  hallado  a  esa  hora  en  el
café, y el tumultuoso mar de cabezas humanas me llenó de una emoción deliciosamente
nueva.  Terminé  por  despreocuparme  de  lo  que  ocurría  adentro  y  me  absorbí  en  la
contemplación de la escena exterior.
Al  principio,  mis  observaciones  tomaron  un  giro  abstracto  y  general.  Miraba  a  los
viandantes  en  masa  y  pensaba  en  ellos  desde  el  punto  de  vista  de  su  relación  colectiva.
Pronto,  sin  embargo,  pasé  a  los  detalles,  examinando  con  minucioso  interés  las
innumerables  variedades  de  figuras,  vestimentas,  apariencias,  actitudes,  rostros  y
expresiones.
La gran mayoría de los que iban pasando tenían un aire tan serio como satisfecho, y
sólo parecían pensar en la manera de abrirse paso en el apiñamiento. Fruncían las cejas y
giraban  vivamente  los  ojos;  cuando  otros  transeúntes  los  empujaban,  no  daban  ninguna
señal de impaciencia, sino que se alisaban la ropa y continuaban presurosos. Otros, también
en gran número, se movían incansables, rojos los rostros, hablando y gesticulando consigo
mismos como si la densidad de la masa que los rodeaba los hiciera sentirse solos. Cuando
hallaban  un  obstáculo  a  su  paso  cesaban  bruscamente  de  mascullar  pero  redoblaban  sus
gesticulaciones,  esperando  con  sonrisa  forzada  y  ausente  que  los  demás  les  abrieran camino. Cuando los empujaban, se deshacían en saludos hacia los responsables, y parecían
llenos de confusión. Pero, fuera de lo que he señalado, no se advertía nada distintivo en
esas  dos  clases  tan  numerosas.  Sus  ropas  pertenecían  a  la  categoría  tan  agudamente
denominada decente. Se trataba fuera de duda de gentileshombres, comerciantes, abogados,
traficantes y agiotistas; de los eupátridas y la gente ordinaria de la sociedad; de hombres
dueños  de  su  tiempo,  y  hombres  activamente  ocupados  en  sus  asuntos  personales,  que
dirigían  negocios  bajo  su  responsabilidad.  Ninguno  de  ellos  llamó  mayormente  mi
atención.
El grupo de los amanuenses era muy evidente, y en él discerní dos notables divisiones.
Estaban  los  empleados  menores  de  las  casas  ostentosas,  jóvenes  de  ajustadas  chaquetas,
zapatos relucientes, cabellos con pomada y bocas desdeñosas. Dejando de lado una cierta
apostura  que,  a  falta  de  mejor  palabra,  cabría  denominar  oficinesca,  el  aire  de  dichas
personas  me  parecía  el  exacto  facsímil  de  lo  que  un  año  o  año  y  medio  antes  había
constituido  la  perfección  del  bon  ton.  Afectaban  las  maneras  ya  desechadas  por  la  clase
media —y esto, creo, da la mejor definición posible de su clase.
La  división  formada  por  los  empleados  superiores  de  las  firmas  sólidas,  los  «viejos
tranquilos», era inconfundible. Se los reconocía por sus chaquetas y pantalones negros o
castaños, cortados con vistas a la comodidad; las corbatas y chalecos, blancos; los zapatos,
anchos  y  sólidos,  y  las  polainas  o  los  calcetines,  espesos  y  abrigados.  Todos  ellos
mostraban señales de calvicie, y la oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho
un  lapicero,  aparecía  extrañamente  separada.  Noté  que  siempre  se  quitaban  o  ponían  el
sombrero con ambas manos y que llevaban relojes con cortas cadenas de oro de maciza y
antigua  forma.  Era  la  suya  la  afectación  de  respetabilidad,  si  es  que  puede  existir  una
afectación tan honorable.
Había aquí y allá numerosos individuos de brillante apariencia, que fácilmente reconocí
como  pertenecientes  a  esa  especie  de  carteristas  elegantes  que  infesta  todas  las  grandes
ciudades. Miré a dicho personaje con suma detención y me resultó difícil concebir cómo los
caballeros podían confundirlos con sus semejantes. Lo exagerado del puño de sus camisas y
su aire de excesiva franqueza los traicionaba inmediatamente.
Los  jugadores  profesionales  —y  había  no  pocos—  eran  aún  más  fácilmente
reconocibles. Vestían toda clase de trajes, desde el pequeño tahúr de feria, con su chaleco
de  terciopelo,  corbatín  de  fantasía,  cadena  dorada  y  botones  de  filigrana,  hasta  el  pillo,
vestido  con  escrupulosa  y  clerical  sencillez,  que  en  modo  alguno  se  presta  a  despertar
sospechas. Sin embargo, todos ellos se distinguían por el color terroso y atezado de la piel,
la mirada vaga y perdida y los labios pálidos y apretados. Había, además, otros dos rasgos
que  me  permitían  identificarlos  siempre;  un  tono  reservadamente  bajo  al  conversar,  y  la
extensión más que ordinaria del pulgar, que se abría en ángulo recto con los dedos. Junto a
estos tahúres observé muchas veces a hombres vestidos de manera algo diferente, sin dejar
de  ser  pájaros  del  mismo  plumaje.  Cabría  definirlos  como  caballeros  que  viven  de  su
ingenio. Parecen precipitarse sobre el público en dos batallones: el de los dandys y el de los
militares.  En  el  primer  grupo,  los  rasgos  característicos  son  los  cabellos  largos  y  las
sonrisas; en el segundo, los levitones y el aire cejijunto.
Bajando por la escala de lo que da en llamarse superioridad social, encontré temas de
especulación más sombríos y profundos. Vi buhoneros judíos, con ojos de halcón brillando
en  rostros  cuyas  restantes  facciones  sólo  expresaban  abyecta  humildad;  empedernidos
mendigos  callejeros  profesionales,  rechazando  con  violencia  a  otros  mendigos  de  mejor
estampa, a quienes sólo la desesperación había arrojado a la calle a pedir limosna; débiles y espectrales inválidos, sobre los cuales la muerte apoyaba una firme mano y que avanzaban
vacilantes  entre  la  muchedumbre,  mirando  cada rostro  con  aire  de  imploración,  como  si
buscaran  un  consuelo  casual  o  alguna  perdida  esperanza;  modestas  jóvenes  que  volvían
tarde de su penosa labor y se encaminaban a sus fríos hogares, retrayéndose más afligidas
que indignadas ante las ojeadas de los rufianes, cuyo contacto directo no les era posible
evitar;  rameras  de  toda  clase  y  edad,  con  la  inequívoca  belleza  en  la  plenitud  de  su
feminidad, que llevaba a pensar en la estatua de Luciano, por fuera de mármol de Paros y
por dentro llena de basura; la horrible leprosa harapienta, en el último grado de la ruina; el
vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos, que hace un último esfuerzo para salvar la
juventud; la niña de formas apenas núbiles, pero a quien una larga costumbre inclina a las
horribles coqueterías de su profesión, mientras arde en el devorador deseo de igualarse con
sus mayores en el vicio; innumerables e indescriptibles borrachos, algunos harapientos y
remendados, tambaleándose, incapaces de articular palabra, amoratado el rostro y opacos
los ojos; otros con ropas enteras aunque sucias, el aire provocador pero vacilante, gruesos
labios sensuales y rostros rubicundos y abiertos; otros vestidos con trajes que alguna vez
fueron buenos y que todavía están cepillados cuidadosamente, hombres que caminan con
paso  más  firme  y  más  vivo  que  el  natural,  pero  cuyos  rostros  se  ven  espantosamente
pálidos, los ojos inyectados en sangre, y que mientras avanzan a través de la multitud se
toman con dedos temblorosos todos los objetos a su alcance; y, junto a ellos, pasteleros,
mozos  de  cordel,  acarreadores  de  carbón,  deshollinadores,  organilleros,  exhibidores  de
monos amaestrados, cantores callejeros, los que venden mientras los otros cantan, artesanos
desastrados, obreros de todas clases, vencidos por la fatiga, y todo ese conjunto estaba lleno
de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en
los ojos una sensación dolorosa.
A medida que la noche se hacía más profunda, también era más profundo mi interés por
la  escena;  no  sólo  el  aspecto  general  de  la  multitud  cambiaba  materialmente  (pues  sus
rasgos  más  agradables  desaparecían  a  medida  que  el  sector  ordenado  de  la  población  se
retiraba  y  los  más  ásperos  se  reforzaban  con  el  surgir  de  todas  las  especies  de  infamia
arrancadas a sus guaridas por lo avanzado de la hora), sino que los resplandores del gas,
débiles al comienzo de la lucha contra el día, ganaban por fin ascendiente y esparcían en
derredor una luz agitada y deslumbrante. Todo era negro y, sin embargo, espléndido, como
el ébano con el cual fue comparado el estilo de Tertuliano.
Los extraños efectos de la luz me obligaron a examinar individualmente las caras de la
gente y, aunque la rapidez con que aquel mundo pasaba delante de la ventana me impedía
lanzar  más  de  una  ojeada  a  cada  rostro,  me  pareció  que,  en  mi  singular  disposición  de
ánimo, era capaz de leer la historia de muchos años en el breve intervalo de una mirada.
Pegada la frente a los cristales, ocupábame en observar la multitud, cuando de pronto se
me  hizo  visible  un  rostro  (el  de  un  anciano  decrépito  de  unos  sesenta  y  cinco  o  setenta
años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad
de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese remotamente a esa expresión. Me
acuerdo de que, al contemplarla, mi primer pensamiento fue que, si Retzch la hubiera visto,
la  hubiera  preferido  a  sus  propias  encarnaciones  pictóricas  del  demonio.  Mientras
procuraba,  en  el  breve  instante  de  mi  observación,  analizar  el  sentido  de  lo  que  había
experimentado,  crecieron  confusa  y  paradójicamente  en  mi  Cerebro  las  ideas  de  enorme
capacidad  mental,  cautela,  penuria,  avaricia,  frialdad,  malicia,  sed  de  sangre,  triunfo,
alborozo,  terror  excesivo,  y  de  intensa,  suprema  desesperación.  «¡Qué  extraordinaria
historia está escrita en ese pecho!», me dije. Nacía en mí un ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de saber más sobre él. Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando
sombrero y bastón, salí a la calle y me abrí paso entre la multitud en la dirección que le
había visto tomar, pues ya había desaparecido. Después de algunas dificultades terminé por
verlo otra vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque cautelosamente, a fin de no llamar
su atención. Tenía ahora una buena oportunidad para examinarlo. Era de escasa estatura,
flaco y aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas; pero, cuando la
luz de un farol lo alumbraba de lleno, pude advertir que su camisa, aunque sucia, era de
excelente  tela,  y,  si  mis  ojos  no  se  engañaban,  a  través  de  un  desgarrón  del  abrigo  de
segunda mano que lo envolvía apretadamente alcancé a ver el resplandor de un diamante y
de  un  puñal.  Estas  observaciones  enardecieron  mi  curiosidad  y  resolví  seguir  al
desconocido a dondequiera que fuese.
Era ya noche cerrada y la espesa niebla húmeda que envolvía la ciudad no tardó en
convertirse  en  copiosa  lluvia.  El  cambio  de  tiempo  produjo  un  extraño  efecto  en  la
multitud, que volvió a agitarse y se cobijó bajo un mundo de paraguas. La ondulación, los
empujones y el rumor se hicieron diez veces más intensos. Por mi parte la lluvia no me
importaba mucho; en mi organismo se escondía una antigua fiebre para la cual la humedad
era  un  placer  peligrosamente  voluptuoso.  Me  puse  un  pañuelo  sobre  la  boca  y  seguí
andando. Durante media hora el viejo se abrió camino dificultosamente a lo largo de la gran
avenida, y yo seguía pegado a él por miedo a perderlo de vista. Como jamás se volvía, no
me vio. Entramos al fin en una calle transversal que, aunque muy concurrida, no lo estaba
tanto  como  la  que  acabábamos  de  abandonar.  Inmediatamente  advertí  un  cambio  en  su
actitud. Caminaba más despacio, de manera menos decidida que antes, y parecía vacilar.
Cruzó repetidas veces a un lado y otro de la calle, sin propósito aparente; la multitud era
todavía tan densa que me veía obligado a seguirlo de cerca. La calle era angosta y larga y la
caminata  duró  casi  una  hora,  durante  la  cual  los  viandantes  fueron  disminuyendo  hasta
reducirse  al  número  que  habitualmente  puede  verse  a  mediodía  en  Broadway,  cerca  del
parque (pues tanta es la diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad
norteamericana  más  populosa).  Un  nuevo  cambio  de  dirección  nos  llevó  a  una  plaza
brillantemente iluminada y rebosante de vida. El desconocido recobró al punto su actitud
primitiva. Dejó caer el mentón sobre el pecho, mientras sus ojos giraban extrañamente bajo
el  entrecejo  fruncido,  mirando  en  todas  direcciones  hacia  los  que  le  rodeaban.  Se  abría
camino con firmeza y perseverancia. Me sorprendió, sin embargo, advertir que, luego de
completar  la  vuelta  a  la  plaza,  volvía  sobre sus  pasos.  Y  mucho  más  me  asombró  verlo
repetir  varias  veces  el  mismo  camino,  en  una  de  cuyas  ocasiones  estuvo  a  punto  de
descubrirme cuando se volvió bruscamente.
Otra hora transcurrió en esta forma, al fin de la cual los transeúntes habían disminuido
sensiblemente. Seguía lloviendo con fuerza, hacía fresco y la gente se retiraba a sus casas.
Con  un  gesto  de  impaciencia  el  errabundo  entró  en  una  calle  lateral  comparativamente
desierta. Durante cerca de un cuarto de milla anduvo por ella con una agilidad que jamás
hubiera soñado en una persona de tanta edad, y me obligó a gastar mis fuerzas para poder
seguirlo. En pocos minutos llegamos a una feria muy grande y concurrida, cuya disposición
parecía ser familiar al desconocido. Inmediatamente recobró su actitud anterior, mientras se
abría  paso  a  un  lado  y  otro,  sin  propósito  alguno,  mezclado  con  la  muchedumbre  de
compradores y vendedores.
Durante  la  hora  y  media  aproximadamente  que  pasamos  en  el  lugar  debí  obrar  con
suma cautela para mantenerme cerca sin ser descubierto. Afortunadamente llevaba chanclos
que me permitían andar sin hacer el menor ruido. En ningún momento notó el viejo que lo espiaba. Entró de tienda en tienda, sin informarse de nada, sin decir palabra y mirando las
mercancías con ojos ausentes y extraviados. A esta altura me sentía lleno de asombro ante
su conducta, y estaba resuelto a no perderle pisada hasta satisfacer mi curiosidad. Un reloj
dio sonoramente las once, y los concurrentes empezaron a abandonar la feria. Al cerrar un
postigo, uno de los tenderos empujó al viejo, e instantáneamente vi que corría por su cuerpo
un  estremecimiento.  Lanzóse  a  la  calle,  mirando  ansiosamente  en  todas  direcciones,  y
corrió con increíble velocidad por varias callejuelas sinuosas y abandonadas, hasta volver a
salir a la gran avenida de donde habíamos partido, la calle del hotel D... Pero el aspecto del
lugar había cambiado. Las luces de gas brillaban todavía, mas la lluvia redoblaba su fuerza
y  sólo  alcanzaban  a  verse  contadas  personas.  El  desconocido  palideció.  Con  aire
apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa, y luego, con un
profundo  suspiro,  giró  en  dirección  al  río  y,  sumergiéndose  en  una  complicada  serie  de
atajos  y  callejas,  llegó  finalmente  ante  uno  de  los  más  grandes  teatros  de  la  ciudad.  Ya
cerraban sus puertas y la multitud salía a la calle. Vi que el viejo jadeaba como si buscara
aire fresco en el momento en que se lanzaba a la multitud, pero me pareció que el intenso
tormento que antes mostraba su rostro se había calmado un tanto. Otra vez cayó su cabeza
sobre el pecho; estaba tal como lo había visto al comienzo. Noté que seguía el camino que
tomaba  el  grueso  del  público,  pero  me  era  imposible  comprender  lo  misterioso  de  sus
acciones.
Mientras  andábamos  los  grupos  se  hicieron  menos  compactos  y  la  inquietud  y
vacilación del viejo volvieron a manifestarse. Durante un rato siguió de cerca a una ruidosa
banda  formada  por  diez  o  doce  personas;  pero  poco  a  poco  sus  integrantes  se  fueron
separando, hasta que sólo tres de ellos quedaron juntos en una calleja angosta y sombría,
casi  desierta.  El  desconocido  se  detuvo  y  por  un  momento  pareció  perdido  en  sus
pensamientos; luego, lleno de agitación, siguió rápidamente una ruta que nos llevó a los
límites  de  la  ciudad  y  a  zonas  muy  diferentes  de  las  que  habíamos  atravesado  hasta
entonces.  Era  el  barrio  más  ruidoso  de  Londres,  donde  cada  cosa  ostentaba  los  peores
estigmas de la pobreza y del crimen. A la débil luz de uno de los escasos faroles se veían
altos, antiguos y carcomidos edificios de madera, peligrosamente inclinados de manera tan
rara y caprichosa que apenas sí podía discernirse entre ellos algo así como un pasaje. Las
piedras del pavimento estaban sembradas al azar, arrancadas de sus lechos por la cizaña. La
más horrible inmundicia se acumulaba en las cunetas. Toda la atmósfera estaba bañada en
desolación. Sin embargo, a medida que avanzábamos los sonidos de la vida humana crecían
gradualmente y al final nos encontramos entre grupos del más vil populacho de Londres,
que se paseaban tambaleantes de un lado a otro. Otra vez pareció reanimarse el viejo, como
una lámpara cuyo aceite está a punto de extinguirse. Otra vez echó a andar con elásticos
pasos. Doblamos bruscamente en una esquina, nos envolvió una luz brillante y nos vimos
frente a uno de los enormes templos suburbanos de la Intemperancia, uno de los palacios
del demonio Ginebra.
Faltaba ya poco para el amanecer, pero gran cantidad de miserables borrachos entraban
y salían todavía por la ostentosa puerta. Con un sofocado grito de alegría el viejo se abrió
paso hasta el interior, adoptó al punto su actitud primitiva y anduvo de un lado a otro entre
la  multitud,  sin  motivo  aparente.  No  llevaba  mucho  tiempo  así,  cuando  un  súbito
movimiento general hacia la puerta reveló que la casa estaba a punto de ser cerrada. Algo
aún más intenso que la desesperación se pintó entonces en las facciones del extraño ser a
quien venía observando con tanta pertinacia. No vaciló, sin embargo, en su carrera, sino
que  con  una  energía  de  maniaco  volvió  sobre  sus  pasos  hasta  el  corazón  de  la  enorme Londres. Corrió rápidamente y durante largo tiempo, mientras yo lo seguía, en el colmo del
asombro, resuelto a no abandonar algo que me interesaba más que cualquier otra cosa. Salió
el  sol  mientras  seguíamos  andando  y,  cuando  llegamos  de  nuevo  a  ese  punto  donde  se
concentra la actividad comercial de la populosa ciudad, a la calle del hotel D..., la vimos
casi tan llena de gente y de actividad como la tarde anterior. Y aquí, largamente, entre la
confusión  que  crecía  por  momentos,  me  obstiné  en  mi  persecución  del  extranjero.  Pero,
como siempre, andando de un lado a otro, y durante todo el día no se alejó del torbellino de
aquella calle. Y cuando llegaron las sombras de la segunda noche, y yo me sentía cansado a
morir, enfrenté al errabundo y me detuve, mirándolo fijamente en la cara. Sin reparar en mí,
reanudó su solemne paseo, mientras yo, cesando de perseguirlo, me quedaba sumido en su
contemplación.
—Este viejo —dije por fin—representa el arquetipo y el genio del profundo crimen. Se
niega  a  estar  solo.  Es  el  hombre  de  la  multitud.  Sería  vano  seguirlo,  pues  nada  más
aprenderé sobre él y sus acciones. El peor corazón del mundo es un libro más repelente que
el Hortulus Animae 7 , y quizá sea una de las grandes mercedes de Dios el que er lässt sich
nicht lesen.
                                                          
7  El Hortulus Animae cum Oratiunculis Aliquibis Superadditis, de Grünninger.
 

La Caja Oblonga

Hace años, a fin de viajar de Charleston, en la Carolina del Sur, a Nueva York, reservé
pasaje a bordo del excelente paquebote Independence, al mando del capitán Hardy. Si el
tiempo lo permitía, zarparíamos el 15 de aquel mes (junio); el día anterior, o sea el 14, subí
a bordo para disponer algunas cosas en mi camarote.
Descubrí  así  que  tendríamos  a  bordo  gran  número  de  pasajeros,  incluyendo  una
cantidad de damas superior a la habitual. Noté que en la lista figuraban varios conocidos y,
entre otros nombres, me alegré de encontrar el de Mr. Cornelius Wyatt, joven artista que
me  inspiraba  un  marcado  sentimiento  amistoso.  Habíamos  sido  condiscípulos  en  la
Universidad  de  C...  y  solíamos  andar  siempre  juntos.  Su  temperamento  era  el  de  todo
hombre de talento y consistía en una mezcla de misantropía, sensibilidad y entusiasmo. A
esas  características  unía  el  corazón  más  ardiente  y  sincero  que  jamás  haya  latido  en  un
pecho humano.
Observé  que  el  nombre  de  mi  amigo  aparecía  colocado  en  las  puertas  de  tres
camarotes, y luego de recorrer otra vez la lista de pasajeros, vi que había sacado pasaje para
sus dos hermanas, su esposa y él mismo. Los  camarotes eran suficientemente amplios y
tenían dos literas, una sobre la otra. Excesivamente estrechas, las literas no podían recibir a
más  de  una  persona;  de  todos  modos  no  alcancé  a  comprender  por  qué,  para  cuatro
pasajeros, se habían reservado tres camarotes. En esa época me hallaba justamente en uno
de  esos  estados  de  melancolía  espiritual  que  inducen  a  un  hombre  a  mostrarse
anormalmente  inquisitivo  sobre  meras  nimiedades;  confieso  avergonzado,  pues,  que  me
entregué a una serie de conjeturas tan enfermizas como absurdas sobre aquel camarote de
más.  No  era  asunto  de  mi  incumbencia,  claro  está,  pero  lo  mismo  me  dediqué
pertinazmente a reflexionar sobre la solución del enigma. Por fin llegué a una conclusión
que me asombró no haber columbrado antes: «Se trata de una criada, por supuesto —me
dije—. ¡Se precisa ser tonto para no pensar antes en algo tan obvio!»
Miré  nuevamente  la  lista  de  pasajeros,  descubriendo  entonces  que  ninguna  criada
habría  de  embarcarse  con  la  familia,  aunque  por  lo  visto  tal  había  sido  en  principio  la
intención, ya que luego de escribir: «y criada», habían tachado las palabras. «Pues entonces
se trata de un exceso de equipaje —me dije—, algo que Wyatt no quiere hacer bajar a la
cala y prefiere tener a mano... ¡Ah, ya veo: un cuadro! Por eso es que ha andado tratando
con Nicolino, el judío italiano.»

La suposición me satisfizo y por el momento dejé de lado mi curiosidad.
Conocía muy bien a las dos hermanas de Wyatt, jóvenes tan amables como inteligentes.
En cuanto a su esposa, como aquél llevaba poco tiempo de casado, aún no había podido
verla. Wyatt había hablado muchas veces de ella en mi presencia, con su estilo habitual
lleno  de  entusiasmo.  La  describía  como  de  espléndida  belleza,  llena  de  ingenio  y
cualidades. De ahí que me sintiera muy ansioso por conocerla.
El día en que visité el barco (el 14), el capitán me informó que también Wyatt y los
suyos acudirían a bordo, por lo cual me quedé una hora con la esperanza de ser presentado
a la joven esposa. Pero al fin se me informó que «la señora Wyatt se hallaba indispuesta y
que no acudiría a bordo hasta el día siguiente, a la hora de zarpar».
Llegó el momento, y me encaminaba de mi hotel al embarcadero cuando encontré al capitán Hardy, quien me dijo que, «debido a las circunstancias» (frase tan estúpida como
conveniente), el Independence no se haría a la mar hasta uno o dos días después, y que,
cuando todo estuviera listo, me mandaría avisar para que me embarcara.
Encontré esto bastante extraño, ya que soplaba una sostenida brisa del Sur, pero como
«las circunstancias» no salían a luz, pese a que indagué todo lo posible al respecto, no tuve
más remedio que volverme al hotel y devorar a solas mi impaciencia.
Pasó casi una semana sin que llegara el esperado aviso del capitán. Lo recibí por fin y
me  embarqué  de  inmediato.  El  barco  estaba  atestado  de  pasajeros  y  había  la  confusión
habitual en el momento de izar velas. El grupo de Wyatt llegó unos diez minutos después
que yo. Estaban allí las dos hermanas, la esposa y el artista —este último en uno de sus
habituales  accesos  de  melancólica  misantropía—.  Demasiado  conocía  su  humor,  sin
embargo,  para  prestarle  especial  atención.  Ni  siquiera  se  molestó  en  presentarme  a  su
esposa, quedando este deber de cortesía a cargo de su hermana Marian, tan amable como
inteligente, quien con breves y presurosas palabras nos presentó el uno a la otra.
La señora Wyatt se cubría con un espeso velo y, cuando lo levantó para contestar a mi
saludo,  debo  reconocer  que  me  quedé  profundamente  asombrado.  Pero  mucho  más  me
hubiera  asombrado  de  no  tener  ya  el  hábito  de  aceptar  a  beneficio  de  inventario  las
entusiastas  descripciones  de  mi  amigo,  toda  vez  que  se  explayaba  sobre  la  hermosura
femenina.  Cuando  la  belleza  constituía  su  tema,  sabía  de  sobra  con  qué  facilidad  se
remontaba a las regiones del puro ideal.
La  verdad  es  que  no  pude  dejar  de  advertir  que  la  señora  Wyatt  era  una  mujer
decididamente vulgar. Si no fea del todo, me temo que no le andaba muy lejos. Vestía, sin
embargo, con exquisito gusto, y no dudé de que había cautivado el corazón de mi amigo
con las gracias más perdurables del intelecto y del alma. Pronunció muy pocas palabras, e
inmediatamente entró en el camarote en compañía de su esposo.
Mi anterior curiosidad volvió a dominarme. No había ninguna criada, y de eso no cabía
duda. Me puse a observar en busca del equipaje extra. Luego de alguna demora, llegó al
embarcadero un carro conteniendo una caja oblonga de pino, que al parecer era lo único
que  se  esperaba.  Apenas  a  bordo  la  caja,  levamos  ancla,  y  poco  después  de  cruzar
felizmente la barra enfrentamos el mar abierto.
He dicho que la caja en cuestión era oblonga. Tendría unos seis pies de largo por dos y
medio de ancho. La observé atentamente, y además me gusta ser preciso. Ahora bien, su
forma era peculiar y, tan pronto la hube contemplado en detalle, me felicité por lo acertado
de mis conjeturas. Se recordará que, de acuerdo con éstas, el equipaje extra de mi amigo el
artista debía consistir en cuadros, o por lo menos en un cuadro. No ignoraba que durante
varias semanas, Wyatt había mantenido conversaciones con Nicolino, y ahora veía a bordo
una caja que, a juzgar por su forma, sólo podía servir para guardar una copia de La última
cena  de  Leonardo;  no  ignoraba,  además,  que  una  copia  de  esa  pintura,  ejecutada  en
Florencia  por  Rubini  el  joven,  había  estado  cierto  tiempo  en  posesión  de  Nicolino.  Me
pareció, pues, que la cuestión quedaba suficientemente resuelta. Me reí, quizá demasiado,
pensando en mi perspicacia. Era la primera vez que, hasta donde podía saberlo, Wyatt me
ocultaba alguno de sus secretos artísticos; pero no cabía duda de que en esta ocasión trataba
de  hacerme  una  treta  y  pasar  de  contrabando  a  Nueva  York  una  magnífica  pintura,
confiando  en  que  no  me  daría  cuenta  de  nada.  Resolví  tomarme  un  buen  desquite,  sin
esperar mucho.
Había  no  obstante  algo  que  me  fastidiaba.  La  caja  no  fue  colocada  en  el  camarote
sobrante, sino depositada en el de Wyatt, donde ocupaba casi por completo el piso para evidente incomodidad del artista y de su esposa, acrecentada además porque la brea o la
pintura con la cual se habían trazado grandes letras emitía un olor muy fuerte, desagradable
y,  para  mí,  especialmente  repugnante.  Sobre  la  tapa  aparecían  estas  palabras:  «Sra.
Adelaide  Curtis,  Albany,  Nueva  York.  Envío  de  Cornelius  Wyatt,  Esq.  Este  lado  hacia
arriba. Trátese con cuidado.»
Estaba  yo  enterado  de  que  la  señora  Adelaide  Curtis,  de  Albany,  era  la  suegra  del
artista,  pero  consideré  que  éste  había  hecho  estampar  su  nombre  a  fin  de  mistificarme
mejor. Me sentía seguro de que la caja y su contenido no seguirían viaje a Albany, sino que
quedarían en el estudio de mi misantrópico amigo, en Chambers Street, Nueva York.
Durante los primeros tres o cuatro días tuvimos un tiempo excelente a pesar del viento
de  proa  —pues  había  virado  al  Norte  apenas  hubimos  perdido  de  vista  la  costa—.  Por
consiguiente,  los  pasajeros  estaban  de  muy  buen  humor  y  dispuestos  a  la  sociabilidad.
Tengo que exceptuar, sin embargo, a Wyatt y a sus hermanas, que se mostraban reservados
y fríos, en forma que no pude menos de considerar descortés hacia el resto del pasaje. De la
conducta  de  Wyatt  no  me  preocupaba  mucho.  Estaba  melancólico  más  allá  de  lo
acostumbrado en él; incluso diré que se mostraba lúgubre, pero no podía extrañarme dadas
sus  excentricidades.  En  cambio  me  resultaba  imposible  excusar  a  sus  hermanas.  Se
encerraban en su camarote la mayor parte del día, negándose terminantemente, a pesar de
mi insistencia, a alternar con nadie a bordo.
La señora Wyatt era, en cambio, mucho más agradable. Vale decir que era parlanchina,
y  esto  tiene  mucha  importancia  en  un  viaje  por  mar.  Pronto  se  mostró  excesivamente
familiar  con  la  mayoría  de  las  señoras  y,  para  mi  profunda  estupefacción,  mostró  una
tendencia poco disimulada a coquetear con los hombres. A todos nos divertía muchísimo.
Digo  «divertía»,  pero  apenas  si  sé  cómo  explicarme.  La  verdad  es  que  muy  pronto
advertí  que  la  gente  se  reía  más  de  ella  que  por  ella.  Los  caballeros  reservaban  sus
opiniones, pero las damas no tardaron en declararla «una excelente mujer, nada bonita, sin
la menor educación y decididamente vulgar». Lo que asombraba a todos era cómo Wyatt
había podido caer en la trampa de semejante matrimonio. Se pensaba, claro está, en razones
de fortuna, pero yo sabía que la solución no residía en eso, pues Wyatt me había informado
de que su esposa no aportaba un solo centavo al matrimonio, ni tenía la menor esperanza de
heredar. Se había casado con ella —según me dijo— por amor y solamente por amor, pues
su esposa era más que merecedora de cariño.

Pensando en estas frases de mi amigo me sentí perplejo más allá de toda descripción.
¿Podía ser que estuviera perdiendo la razón? ¿Qué otra cosa podía pensar? Él, tan refinado,
tan intelectual, tan exquisito, con una percepción finísima de todo lo imperfecto, con tan
aguda apreciación de la belleza. A decir verdad, la dama parecía muy enamorada de él —
especialmente en su ausencia—, y se ponía en ridículo al citar repetidamente lo que había
dicho «su adorado esposo, el señor Wyatt». La palabra «esposo» parecía siempre —para
usar una de sus delicadas expresiones— «en la punta de su lengua». Pero entretanto todos
advirtieron que él la evitaba de la manera más evidente y que prefería encerrarse solo en su
camarote, donde bien podía decirse que vivía, dejando plena libertad a su esposa para que
se divirtiera a gusto en las reuniones del salón.
De lo que había visto y oído extraje la conclusión de que el artista, movido por algún
inexplicable capricho del destino, o presa quizá de un acceso de pasión tan entusiasta como
fantástico, se había unido a una persona por completo inferior a él, y que no había tardado
en sucumbir a la consecuencia natural, o sea a la más viva repugnancia. Me apiadé de él
desde lo más profundo de mi corazón, pero no por ello pude perdonarle el secreto que había mantenido sobre el embarque de La última cena. Continué, pues, resuelto a saborear mi
venganza.
Un  día  subió  Wyatt  al  puente  y,  luego  de  tomarlo  del  brazo  como  era  mi  antigua
costumbre,  echamos  a  andar  de  un  lado  a  otro.  Su  melancolía  (que  yo  encontraba  muy
natural dadas las circunstancias) continuaba invariable. Habló poco, con tono malhumorado
y  haciendo  un  gran  esfuerzo.  Aventuré  una  broma  y  vi  que  luchaba  penosamente  por
sonreír. ¡Pobre diablo! Pensando en su esposa, me maravillaba que fuera incluso capaz de
aparentar  alegría.  Pero,  finalmente,  me  determiné  a  sondearlo  a  fondo,  comenzando  una
serie de veladas insinuaciones sobre la caja oblonga, a fin de que, poco a poco, se diera
cuenta de que yo no era para nada víctima de su pequeña mistificación. Con tal propósito, y
a  fin  de  descubrir  mis  baterías,  dije  algo  sobre  la  «curiosa  forma  de  esa  caja»;  y  al
pronunciar  estas  palabras  le  hice  una  sonrisa  de  inteligencia,  le  guiñé  un  ojo,  todo  esto
mientras le daba suavemente con el dedo en las costillas.
La manera con que Wyatt recibió tan inocente broma me convenció al punto de que se
había  vuelto  loco.  Primeramente  me  miró  como  si  le  resultara  imposible  comprender  el
ingenio de mi observación; pero, a medida que mis palabras iban abriéndose lentamente
paso  en  su  cerebro,  los  ojos  parecieron  querer  salírsele  de  las  órbitas.  Su  rostro  se  puso
escarlata, luego palideció espantosamente y, como si lo que yo había insinuado le divirtiera
muchísimo, estalló en carcajadas que, para mi estupefacción, se prolongaron cada vez con
más fuerza durante largos minutos. Finalmente se desplomó pesadamente sobre cubierta;
mientras me esforzaba por levantarle, tuve la impresión de que había muerto.
Pedí auxilio y, con mucho trabajo, le hicimos volver en sí. Apenas reaccionó se puso a
hablar  incoherentemente,  hasta  que  le  sangramos  y  le  metimos  en  cama.  A  la  mañana
siguiente se había recobrado del todo, por lo menos en lo que se refiere a la salud física. De
su  mente  prefiero  no  decir  nada.  Evité  encontrarme  con  él  durante  el  resto  del  viaje,
siguiendo el consejo del capitán, quien parecía coincidir plenamente conmigo en que Wyatt
estaba loco, pero me pidió que no dijese nada a los restantes pasajeros.
Inmediatamente después de la crisis de mi amigo ocurrieron varias cosas que exaltaron
todavía  más  la  curiosidad  que  me  poseía.  Entre  otras,  señalaré  la  siguiente:  Me  sentía
nervioso por haber bebido demasiado té verde, y dormía mal, tanto que durante dos noches
no pude pegar los ojos. Mi camarote daba al salón principal, o salón comedor, como todos
los camarotes ocupados por hombres solos. Las tres cabinas de Wyatt comunicaban con el
salón posterior, el cual estaba separado del principal por una liviana puerta corrediza que no
se cerraba nunca, ni siquiera de noche. Como seguíamos navegando con viento en contra, el
barco escoraba acentuadamente a sotavento y, cada vez que el lado de estribor se inclinaba
en  ese  sentido,  la  puerta  divisoria  se  corría  y  quedaba  en  esa  posición,  sin  que  nadie  se
molestara en levantarse y cerrarla. Mi camarote hallábase en una posición tal que, cuando
tenía  abierta  la  puerta  (lo  que  ocurría  siempre,  a  causa  del  calor),  podía  ver  con  toda
claridad el salón posterior, e incluso esa parte adonde daban los camarotes de Wyatt. Pues
bien, durante dos noches (no consecutivas), en que me hallaba despierto, vi que, a eso de
las once, la señora Wyatt salía cautelosamente del camarote de su esposo y entraba en el
camarote sobrante, donde permanecía hasta la madrugada, hora en que Wyatt iba a buscarla
y la hacía entrar nuevamente en su cabina. Resultaba claro, pues, que el matrimonio estaba
separado. Ocupaban habitaciones aparte, sin duda a la espera de un divorcio más absoluto;
y pensé que en eso residía, después de todo, el misterio del camarote suplementario.
Mucho me interesó, además, otra circunstancia. Durante las dos noches de insomnio a
que he aludido, e inmediatamente después que la señora Wyatt hubo entrado en el tercer camarote, atrajeron mi atención ciertos singulares sonidos ahogados que brotaban del de su
esposo.  Tras  de  escuchar  un  tiempo,  logré  explicarme  perfectamente  su  significado.
Aquellos ruidos los producía el artista al abrir la caja oblonga mediante un escoplo y una
maza, esta última envuelta en alguna materia algodonosa o de lana que amortiguaba los
golpes.
A fuerza de escuchar me pareció que podía distinguir el preciso momento en que Wyatt
levantaba la tapa, y también cuando la retiraba a fin de depositarla en la litera superior de su
cabina. Me di cuenta de esto último a causa de los golpecitos que daba la tapa contra los
tabiques  de  madera  del  camarote,  mientras  que  Wyatt  trataba  de  depositarla  con  toda
suavidad en la litera, por no haber espacio en el suelo. A eso seguía un profundo silencio,
sin que volviera a escuchar nada hasta el amanecer, como no fuera, si cabe mencionarlo, un
leve sonido semejante a sollozos o suspiros, tan sofocados que resultaban casi inaudibles —
a menos que se tratara de un producto de mi imaginación—. He dicho que aquello hacía
pensar en sollozos o suspiros, pero muy bien podía tratarse de otra cosa; más bien cabía
pensar en una ilusión auditiva. Sin duda, de acuerdo con sus hábitos, Wyatt se entregaba a
uno de sus caprichos, dejándose llevar por un arrebato de entusiasmo artístico, y abría la
caja oblonga a fin de regalar sus ojos con el tesoro pictórico que encerraba. Por supuesto,
nada había en esto que justificara un rumor de sollozos; repito, pues, que debía tratarse de
una alucinación de mi mente, excitada por el té verde del excelente capitán Hardy. En las
dos noches de que he hablado, poco antes del alba oí cómo Wyatt volvía a colocar la tapa
sobre  la  caja  oblonga,  introduciendo  los  clavos  en  sus  agujeros  por  medio  de  la  maza
envuelta en trapos. Hecho esto salía de su camarote completamente vestido e iba en busca
de la señora Wyatt, que se hallaba en la otra cabina.
Llevábamos siete días en el mar y habíamos pasado ya el cabo Hatteras, cuando nos
asaltó un fortísimo viento del sudoeste. Como el tiempo se había mostrado amenazante, no
nos tomó desprevenidos. Todo a bordo estaba bien aparejado y, cuando el viento se hizo
más intenso, nos dejamos llevar con dos rizos de la mesana cangreja y el trinquete.
Con este velamen navegamos sin mayor peligro durante cuarenta y ocho horas, ya que
el barco resultó ser muy marino y no hacía agua. Pero, al cumplirse este tiempo, el viento se
transformó en huracán y la mesana cangreja se hizo pedazos, con lo cual quedamos de tal
modo a merced de los elementos que de inmediato nos barrieron varias olas enormes, en
rápida sucesión. Este accidente nos hizo perder tres hombres, aparte de quedar destrozadas
las amuradas de babor y la cocina. Apenas habíamos recobrado algo de calma cuando el
trinquete voló en jirones, lo que nos obligó a izar una vela de estay, pudiendo así resistir
algunas horas, pues el barco capeaba el temporal con mayor estabilidad que antes.
Pero el huracán mantenía toda su fuerza, sin dar señales de amainar. Pronto se vio que
la enjarciadura estaba en mal estado, soportando una excesiva tensión; al tercer día de la
tempestad,  a  las  cinco  de  la  tarde,  un  terrible  bandazo  a  barlovento  mandó  por  la  borda
nuestro palo de mesana. Durante más de una hora luchamos por terminar de desprenderlo
del buque, a causa del terrible rolido; antes de lograrlo, el carpintero subió a anunciarnos
que  había  cuatro  pies  de  agua  en  la  sentina.  Para  colmo  de  males  descubrimos  que  las
bombas estaban atascadas y que apenas servían.
Todo  era  ahora  confusión  y  angustia,  pero  continuamos  luchando  para  aligerar  el
buque, tirando por la borda la mayor parte del cargamento y cortando los dos mástiles que
quedaban. Todo esto se llevó a cabo, pero las bombas seguían inutilizables y la vía de agua
continuaba inundando la cala.
A  la  puesta  del  sol  el  huracán  había  amainado  sensiblemente  y,  como  el  mar  se calmara, abrigábamos todavía esperanzas de salvarnos en los botes. A las ocho de la noche
las nubes se abrieron a barlovento y tuvimos la ventaja de que nos iluminara la luna llena,
lo cual devolvió el ánimo a nuestros abatidos espíritus.
Después de una increíble labor pudimos por fin botar al agua la chalupa y embarcamos
en ella a la totalidad de la tripulación y a la mayor parte de los pasajeros. Alejóse la chalupa
y, al cabo de muchísimos sufrimientos, llegó finalmente sana y salva a Ocracoke Inlet, tres
días después del naufragio.
Catorce pasajeros quedamos a bordo con el capitán, resueltos a intentar fortuna en el
botequín de popa. Lo botamos sin dificultad, aunque sólo por milagro no se volcó al tocar
el agua, y embarcaron en él el capitán y su esposa, Wyatt y su familia, un oficial mexicano
con su esposa y sus cuatro hijos, y yo con mi criado de color.
Como  es  natural,  no  había  allí  espacio  para  otra  cosa  que  unos  pocos  instrumentos
imprescindibles,  provisiones  y  las  ropas  que  llevábamos  puestas.  Nadie  había  pensado
siquiera  en  salvar  otros  bienes.  ¡Cuál  no  sería  nuestra  estupefacción  cuando,  apenas
alejados del barco, vimos a Wyatt que se ponía de pie en la popa del bote y, fríamente,
pedía  al  capitán  Hardy  que  nos  acercáramos  otra  vez  al  barco  para  embarcar  su  caja
oblonga!
—Siéntese usted, señor Wyatt —replicó el capitán con alguna severidad—. Terminará
por hacer zozobrar el bote si no se está quieto. ¿No ve que la borda está al ras del agua?
—¡La caja! —vociferó Wyatt, siempre de pie—. ¡La caja, le digo! Capitán Hardy, no
puede usted rehusarme lo que le pido... ¡No, no puede! ¡No pesa casi nada.... apenas una
nada!  ¡Por  la  madre  que  le  dio  a  luz,  por  el  amor  del  cielo,  por  lo  que  más  quiera...  le
imploro que volvamos a buscar la caja!
Durante un momento el capitán pareció conmovido por las súplicas, pero no tardó en
recobrar su aire adusto y replicó:
—Señor Wyatt, usted está loco, y no lo escucharé. ¡Siéntese le digo, o hará zozobrar el
bote! ¡Vosotros, sujetadlo... pronto... o saltará al agua...! ¡Ah... demasiado tarde!
En efecto, al decir el capitán estas palabras, Wyatt se había arrojado al agua y, como
todavía estábamos al socaire del buque, logró, tras un sobrehumano esfuerzo, sujetarse de
una  cuerda  que  colgaba  a  proa.  Un  instante  después  trepaba  a  cubierta  y  corría
frenéticamente hacia la escotilla que llevaba a los camarotes.
Entretanto habíamos sido llevados hacia la popa del barco y, sin la protección de su
casco,  quedamos  inmediatamente  a  merced  del  terrible  oleaje.  Nos  esforzamos  por
acercarnos  otra  vez,  pero  nuestro  pequeño  bote  era  como  una  pluma  en  el  soplo  de  la
tempestad.  Nos  bastó  una  ojeada  para  comprender  que  el  destino  del  infortunado  artista
estaba sellado.
A medida que aumentaba nuestra distancia del buque casi sumergido, vimos que el loco
(ya que sólo podíamos considerarlo como tal) aparecía otra vez en cubierta y, con fuerzas
que  parecían  las  de  un  gigante,  arrastraba  consigo  la  caja  oblonga.  Mientras  lo
contemplábamos  en  el  colmo  de  la  estupefacción,  vimos  que  arrollaba  rápidamente  una
cuerda a la caja y la pasaba luego varias veces por su cuerpo. Un instante después ambos
caían al mar, desapareciendo instantáneamente y para siempre.
Por un momento detuvimos el movimiento de los remos, clavados los ojos en el lugar
del drama. Por fin reanudamos nuestros esfuerzos, y pasó una hora sin que nadie dijera una
palabra. Yo me atreví, por fin, a insinuar una observación.
—¿Reparó usted, capitán, en cómo se hundieron de golpe? ¿No es sumamente curioso?
Confieso que, por un momento, tuve una débil esperanza de que Wyatt se salvaría, al ver que se ataba a la caja y se confiaba así al mar.
—Por supuesto que se hundieron, y con la rapidez de una bala de plomo —repuso el
capitán—. Sin embargo volverán a subir a la superficie... pero no antes de que la sal se
disuelva.
—¡La sal! —exclamé.
—¡Sh...!  —dijo  el  capitán,  señalándome  a  la  esposa  y  hermanas  del  muerto—.  Ya
hablaremos de esas cosas en un momento más oportuno.

Mucho  sufrimos,  y  escapamos  por  muy  poco  de  la  muerte,  pero  la  fortuna  nos
favoreció al igual que a nuestros camaradas de la chalupa. Más muertos que vivos, después
de cuatro días de horrible angustia, tocamos tierra en la playa opuesta a Roanoke Island.
Permanecimos  allí  una  semana,  pues  los  raqueros  no  nos  trataron  mal,  y  finalmente
hallamos la manera de llegar a Nueva York.
Un  mes  después  de  la  pérdida  del  Independence,  me  encontré  casualmente  en
Broadway  con  el  capitán  Hardy.  Como  es  natural,  nuestra  conversación  versó  sobre  el
naufragio y, en especial, sobre el triste destino del pobre Wyatt. En esa ocasión me enteré
de los detalles siguientes:
El artista había tomado pasaje para él, su esposa, sus dos hermanas y una criada. Tal
como él la había descrito, su esposa era la más encantadora y cultivada de las mujeres. En
la mañana del 14 de junio (día en que visité por primera vez el barco), la señora Wyatt
enfermó  repentinamente  y  murió.  El  joven  esposo  estaba  enloquecido  de  dolor,  pero  las
circunstancias le impedían aplazar su viaje a Nueva York. Era necesario que llevara a su
madre el cuerpo de la esposa adorada, aunque, por otra parte, no ignoraba que un prejuicio
universal  le  impediría  hacerlo  abiertamente.  De  cada  diez  pasajeros,  nueve  habrían
abandonado el barco antes de hacerse a la mar en compañía de un cadáver.
En este dilema, el capitán Hardy consintió en que el cuerpo, parcialmente embalsamado
y colocado entre espesas capas de sal en una caja de dimensiones adecuadas, fuera subido a
bordo como si se tratara de una mercancía. Nada se diría sobre el fallecimiento de la dama;
mas, como ya era sabido que Wyatt había tomado pasaje para él y su esposa, fue preciso
encontrar a alguien que desempeñara el papel de esta última durante el viaje. La doncella de
la difunta aceptó ese papel voluntariamente. El camarote sobrante, que en principio había
sido tomado para la criada, fue, naturalmente, conservado. Allí dormía aquélla, como se
supondrá, todas las noches. De día representaba, en la medida de sus posibilidades, el papel
de ama —cuya persona era totalmente desconocida para los pasajeros de a bordo, como se
tuvo buen cuidado de verificar previamente.
En cuanto a mi engaño, nació de un temperamento demasiado negligente, inquisidor e
impulsivo. Pero, desde entonces, es muy raro que duerma bien de noche. De cualquier lado
que me vuelva, hay siempre un rostro que me hostiga. Y una risa histérica resonará para
siempre en mis oídos.

F I N

Metzengerstein


Pestis eram vivus-moriens tua mors ero.
(MARTÍN LUTERO)

El horror y la fatalidad han estado al acecho en todas las edades. ¿Para qué, entonces,
atribuir una fecha a la historia que he de contar? Baste decir que en la época de que hablo
existía en el interior de Hungría una firme aunque oculta creencia en las doctrinas de la
metempsicosis.  Nada  diré  de  las  doctrinas  mismas,  de  su  falsedad  o  su  probabilidad.
Afirmo,  sin  embargo,  que  mucha  de  nuestra  incredulidad  (como  lo  dice  La  Bruyère  de
nuestra infelicidad) vient de ne pouvoir être seuls 6 .
Pero, en algunos puntos, la superstición húngara se aproximaba mucho a lo absurdo.
Diferían en esto por completo de sus autoridades orientales. He aquí un ejemplo: El alma
—afirmaban (según lo hace notar un agudo e inteligente parisiense)— ne demeure qu’une
seule fois dans un corps sensible: au reste, un cheval, un chien, un homme même, n’est que
la ressemblance peu tangible de ces animaux.
Las  familias  de  Berlifitzing  y  Metzengerstein  hallábanse  enemistadas  desde  hacía
siglos. Jamás hubo dos casas tan ilustres separadas por una hostilidad tan letal. El origen de
aquel  odio  parecía  residir  en  las  palabras  de  una  antigua  profecía:  «Un  augusto  nombre
sufrirá  una  terrible  caída  cuando,  como  el  jinete  en  su  caballo,  la  mortalidad  de
Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing.»
Las palabras en sí significaban poco o nada. Pero causas aún más triviales han tenido
—y  no  hace  mucho—  consecuencias  memorables.  Además,  los  dominios  de  las  casas
rivales eran contiguos y ejercían desde hacía mucho una influencia rival en los negocios del
Gobierno. Los vecinos inmediatos son pocas veces amigos, y los habitantes del castillo de
Berlifitzing  podían  contemplar  desde  sus  encumbrados  contrafuertes,  las  ventanas  del
palacio de Metzengerstein. La más que feudal magnificencia de este último se prestaba muy
poco  a  mitigar  los  irritables  sentimientos  de  los  Berlifitzing,  menos  antiguos  y  menos
acaudalados.  ¿Cómo  maravillarse  entonces  de  que  las  tontas  palabras  de  una  profecía
lograran hacer estallar y mantener vivo el antagonismo entre dos familias ya predispuestas
a querellarse por todas las razones de un orgullo hereditario? La profecía parecía entrañar
—si entrañaba alguna cosa— el triunfo final de la casa más poderosa, y los más débiles y
menos influyentes la recordaban con amargo resentimiento.
Wilhelm, conde de Berlifitzing, aunque de augusta ascendencia, era, en el tiempo de
nuestra narración, un anciano inválido y chocho que sólo se hacía notar por una excesiva
cuanto inveterada antipatía personal hacia la familia de su rival, y por un amor apasionado
hacia la equitación y la caza, a cuyos peligros ni sus achaques corporales ni su incapacidad
                                                          
6  En  L’an  deux  mille  quatre  cents  quarante,  Mercier  defiende  seriamente  la  doctrina  de  la  metempsicosis,  y  J. d'Israeli  afirma  que  «no  hay  ningún  sistema  tan  sencillo  y  que  repugne  menos  a  la  inteligencia».   
Se  dice asimismo  que  el  coronel  Ethan  Allen,  «el  muchacho  de  las  Montañas  Verdes»,  era  asimismo  un  firme mental le impedían dedicarse diariamente.
Frederick, barón de Metzengerstein, no había llegado, en cambio, a la mayoría de edad.
Su  padre,  el  ministro  G...,  había  muerto  joven,  y  su  madre,  lady  Mary,  lo  siguió  muy
pronto.  En  aquellos  días,  Frederick  tenía  dieciocho  años.  No  es  ésta  mucha  edad  en  las
ciudades; pero en una soledad, y en una soledad tan magnífica como la de aquel antiguo
principado, el péndulo vibra con un sentido más profundo.
Debido a las peculiares circunstancias que rodeaban la administración de su padre, el
joven barón heredó sus vastas posesiones inmediatamente después de muerto aquél. Pocas
veces  se  había  visto  a  un  noble  húngaro  dueño  de  semejantes  bienes.  Sus  castillos  eran
incontables. El más esplendoroso, el más amplio era el palacio Metzengerstein. La línea
limítrofe de sus dominios no había sido trazada nunca claramente, pero su parque principal
comprendía un circuito de cincuenta millas.
En un hombre tan joven, cuyo carácter era ya de sobra conocido, semejante herencia
permitía prever fácilmente su conducta venidera. En efecto, durante los tres primeros días,
el comportamiento del heredero sobrepasó todo lo imaginable y excedió las esperanzas de
sus  más  entusiastas  admiradores.  Vergonzosas  orgías,  flagrantes  traiciones,  atrocidades
inauditas,  hicieron  comprender  rápidamente  a  sus  temblorosos  vasallos  que  ninguna
sumisión servil de su parte y ningún resto de conciencia por parte del amo proporcionarían
en  adelante  garantía  alguna  contra  las  garras  despiadadas  de  aquel  pequeño  Calígula.
Durante  la  noche  del  cuarto  día  estalló  un  incendio  en  las  caballerizas  del  castillo  de
Berlifitzing, y la opinión unánime agregó la acusación de incendiario a la ya horrorosa lista
de los delitos y enormidades del barón.
Empero, durante el tumulto ocasionado por lo sucedido, el joven aristócrata hallábase
aparentemente  sumergido  en  la  meditación  en  un  vasto  y  desolado  aposento  del  palacio
solariego  de  Metzengerstein.  Las  ricas  aunque  desvaídas  colgaduras  que  cubrían
lúgubremente las paredes representaban imágenes sombrías y majestuosas de mil ilustres
antepasados. Aquí, sacerdotes de manto de armiño y dignatarios pontificios, familiarmente
sentados junto al autócrata y al soberano, oponían su veto a los deseos de un rey temporal,
o contenían con el fiat de la supremacía papal el cetro rebelde del archienemigo. Allí, las
atezadas y gigantescas figuras de los príncipes de Metzengerstein, montados en robustos
corceles  de  guerra,  que  pisoteaban  al  enemigo  caído,  hacían  sobresaltar  al  más  sereno
contemplador con su expresión vigorosa; y otra vez aquí, las figuras voluptuosas, como de
cisnes, de las damas de antaño, flotaban en el laberinto de una danza irreal, al compás de
una imaginaria melodía.
Pero  mientras  el  barón  escuchaba  o  fingía  escuchar  el  creciente  tumulto  en  las
caballerizas  de  Berlifitzing  —y  quizá  meditaba  algún  nuevo  acto,  aún  más  audaz—,  sus
ojos se volvían distraídamente hacia la imagen de un enorme caballo, pintado con un color
que  no  era  natural,  y  que  aparecía  en  las  tapicerías  como  perteneciente  a  un  sarraceno,
antecesor de la familia de su rival. En el fondo de la escena, el caballo permanecía inmóvil
y  estatuario,  mientras  aún  más  lejos  su  derribado  jinete  perecía  bajo  el  puñal  de  un
Metzengerstein.
En los labios de Frederick se dibujó una diabólica sonrisa, al darse cuenta de lo que sus
ojos habían estado contemplando inconscientemente. No pudo, sin embargo, apartarlos de
allí.  Antes  bien,  una  ansiedad  inexplicable  pareció  caer  como  un  velo  fúnebre  sobre  sus
sentidos.  Le  resultaba  difícil  conciliar  sus  soñolientas  e  incoherentes  sensaciones  con  la
certidumbre  de  estar  despierto.  Cuanto  más  miraba,  más  absorbente  se  hacía  aquel
encantamiento  y  más  imposible  parecía  que  alguna  vez  pudiera  alejar  sus  ojos  de  la fascinación de aquella tapicería. Pero como afuera el tumulto era cada vez más violento,
logró,  por  fin,  concentrar  penosamente  su  atención  en  los  rojizos  resplandores  que  las
incendiadas caballerizas proyectaban sobre las ventanas del aposento.
Con  todo,  su  nueva  actitud  no  duró  mucho  y  sus  ojos  volvieron  a  posarse
mecánicamente  en  el  muro.  Para  su  indescriptible  horror  y  asombro,  la  cabeza  del
gigantesco  corcel  parecía  haber  cambiado,  entretanto,  de  posición.  El  cuello  del  animal,
antes arqueado como si la compasión lo hiciera inclinarse sobre el postrado cuerpo de su
amo,  tendíase  ahora  en  dirección  al  barón.  Los  ojos,  antes  invisibles,  mostraban  una
expresión enérgica y humana, brillando con un extraño resplandor rojizo como de fuego; y
los  abiertos  belfos  de  aquel  caballo,  aparentemente  enfurecido,  dejaban  a  la  vista  sus
sepulcrales y repugnantes dientes.
Estupefacto de terror, el joven aristócrata se encaminó, tambaleante, hacia la puerta. En
el momento de abrirla, un destello de luz roja, inundando el aposento, proyectó claramente
su sombra contra la temblorosa tapicería, y Frederick se estremeció al percibir que aquella
sombra  (mientras  él  permanecía  titubeando  en  el  umbral)  asumía  la  exacta  posición  y
llenaba completamente el contorno del triunfante matador del sarraceno Berlifitzing.
Para  calmar  la  depresión  de  su  espíritu,  el  barón  corrió  al  aire  libre.  En  la  puerta
principal del palacio encontró a tres escuderos. Con gran dificultad, y a riesgo de sus vidas,
los hombres trataban de calmar los convulsivos saltos de un gigantesco caballo de color de
fuego.
—¿De quién es este caballo? ¿Dónde lo encontrasteis? —demandó el joven, con voz
tan sombría como colérica, al darse cuenta de que el misterioso corcel de la tapicería era la
réplica exacta del furioso animal que estaba contemplando.
—Es vuestro, sire —repuso uno de los escuderos—, o, por lo menos, no sabemos que
nadie lo reclame. Lo atrapamos cuando huía, echando humo y espumante de rabia, de las
caballerizas incendiadas del conde de Berlifitzing. Suponiendo que era uno de los caballos
extranjeros del conde, fuimos a devolverlo a sus hombres. Pero éstos negaron haber visto
nunca al animal, lo cual es raro, pues bien se ve que escapó por muy poco de perecer en las
llamas.
—Las  letras  W.  V.  B.  están  claramente  marcadas  en  su  frente  —interrumpió  otro
escudero—. Como es natural, pensamos que eran las iniciales de Wilhelm Von Berlifitzing,
pero en el castillo insisten en negar que el caballo les pertenezca.
—¡Extraño, muy extraño! —dijo el joven barón con aire pensativo, y sin cuidarse, al
parecer,  del  sentido  de  sus  palabras—.  En  efecto,  es  un  caballo  notable,  un  caballo
prodigioso... aunque, como observáis justamente, tan peligroso como intratable... Pues bien,
dejádmelo  —agregó,  luego  de  una  pausa—.  Quizá  un  jinete  como  Frederick  de
Metzengerstein sepa domar hasta el diablo de las caballerizas de Berlifitzing.
—Os  engañáis,  señor;  este  caballo,  como  creo  haberos  dicho,  no  proviene  de  las
caballadas del conde. Si tal hubiera sido el caso, conocemos demasiado bien nuestro deber
para traerlo a presencia de alguien de vuestra familia.
—¡Cierto! —observó secamente el barón.
En  ese  mismo  instante,  uno  de  los  pajes  de  su  antecámara  vino  corriendo  desde  el
palacio, con el rostro empurpurado. Habló al oído de su amo para informarle de la repentina
desaparición de una pequeña parte de las tapicerías en cierto aposento, y agregó numerosos
detalles  tan  precisos  como  completos.  Como  hablaba  en  voz  muy  baja,  la  excitada
curiosidad de los escuderos quedó insatisfecha.
Mientras  duró  el  relato  del  paje,  el  joven  Frederick  pareció  agitado  por  encontradas emociones. Pronto, sin embargo, recobró la compostura, y mientras se difundía en su rostro
una  expresión  de  resuelta  malignidad,  dio  perentorias  órdenes  para  que  el  aposento  en
cuestión fuera inmediatamente cerrado y se le entregara al punto la llave.
—¿Habéis oído la noticia de la lamentable muerte del viejo cazador Berlifitzing?      —
dijo uno de sus vasallos al barón, quien después de la partida del paje seguía mirando los
botes  y  las  arremetidas  del  enorme  caballo  que  acababa  de  adoptar  como  suyo,  y  que
redoblaba  su  furia  mientras  lo  llevaban  por  la  larga  avenida  que  unía  el  palacio  con  las
caballerizas de los Metzengerstein.
—¡No! —exclamó el  barón,  volviéndose bruscamente hacia el que había hablado—.
¿Muerto, dices?
—Por cierto que sí, sire, y pienso que para el noble que ostenta vuestro nombre no será
una noticia desagradable.
Una rápida sonrisa pasó por el rostro del barón.
—¿Cómo murió?
—Entre las llamas, esforzándose por salvar una parte de sus caballos de caza favoritos.
—¡Re...al...mente!  —exclamó  el  barón,  pronunciando  cada  sílaba  como  si  una
apasionante idea se apoderara en ese momento de él.
—¡Realmente! —repitió el vasallo.
—¡Terrible! —dijo serenamente el joven, y se volvió en silencio al palacio.
Desde  aquel  día,  una  notable  alteración  se  manifestó  en  la  conducta  exterior  del
disoluto  barón  Frederick  de  Metzengerstein.  Su  comportamiento  decepcionó  todas  las
expectativas, y se mostró  en  completo  desacuerdo con las esperanzas de muchas damas,
madres  de  hijas  casaderas;  al  mismo  tiempo,  sus  hábitos  y  manera  de  ser  siguieron
diferenciándose más que nunca de los de la aristocracia circundante. Jamás se le veía fuera
de los límites de sus dominios, y en aquellas vastas extensiones parecía andar sin un solo
amigo  —a  menos  que  aquel  extraño,  impetuoso  corcel  de  ígneo  color,  que  montaba
continuamente, tuviera algún misterioso derecho a ser considerado como su amigo.
Durante  largo  tiempo,  empero,  llegaron  a  palacio  las  invitaciones  de  los  nobles
vinculados con su casa. «¿Honrará el barón nuestras fiestas con su presencia?» «¿Vendrá el
barón a cazar con nosotros el jabalí?» Las altaneras y lacónicas respuestas eran siempre:
«Metzengerstein no irá a la caza», o «Metzengerstein no concurrirá».
Aquellos  repetidos  insultos  no  podían  ser  tolerados  por  una  aristocracia  igualmente
altiva.  Las  invitaciones  se  hicieron  menos  cordiales  y  frecuentes,  hasta  que  cesaron  por
completo. Incluso se oyó a la viuda del infortunado conde Berlifitzing expresar la esperanza
de que «el barón tuviera que quedarse en su casa cuando no deseara estar en ella, ya que
desdeñaba la sociedad de sus pares, y que cabalgara cuando no quisiera cabalgar, puesto
que  prefería  la  compañía  de  un  caballo».  Aquellas  palabras  eran  sólo  el  estallido  de  un
rencor hereditario, y servían apenas para probar el poco sentido que tienen nuestras frases
cuando queremos que sean especialmente enérgicas.
Los  más  caritativos,  sin  embargo,  atribuían  aquel  cambio  en  la  conducta  del  joven
noble a la natural tristeza de un hijo por la prematura pérdida de sus padres; ni que decir
que  echaban  al  olvido  su  odiosa  y  desatada  conducta  en  el  breve  período  inmediato  a
aquellas muertes. No faltaban quienes presumían en el barón un concepto excesivamente
altanero de la dignidad. Otros —entre los cuales cabe mencionar al médico de la familia—
no vacilaban en hablar de una melancolía morbosa y mala salud hereditaria;  mientras la
multitud hacía correr oscuros rumores de naturaleza aún más equívoca.
Por cierto que el obstinado afecto del joven hacia aquel caballo de reciente adquisición —afecto que parecía acendrarse a cada nueva prueba que daba el animal de sus feroces y
demoniacas tendencias— terminó por parecer tan odioso como anormal a ojos de todos los
hombres  de  buen  sentido.  Bajo  el  resplandor  del  mediodía,  en  la  oscuridad  nocturna,
enfermo o sano, con buen tiempo o en plena tempestad, el joven Metzengerstein parecía
clavado en la montura del colosal caballo, cuya intratable fiereza se acordaba tan bien con
su propia manera de ser.
Agregábanse además ciertas circunstancias que, unidas a los últimos sucesos, conferían
un carácter extraterreno y portentoso a la manía del jinete y a las posibilidades del caballo.
Habíase  medido  cuidadosamente  la  longitud  de  alguno  de  sus  saltos,  que  excedían  de
manera  asombrosa  las  más  descabelladas  conjeturas.  El  barón  no  había  dado  ningún
nombre  a  su  caballo,  a  pesar  de  que  todos  los  otros  de  su  propiedad  los  tenían.  Su
caballeriza,  además,  fue  instalada  lejos  de  las otras,  y  sólo  su  amo  osaba  penetrar  allí  y
acercarse  al  animal  para  darle  de  comer  y  ocuparse  de  su  cuidado.  Era  asimismo  de
observar  que,  aunque  los  tres  escuderos  que  se  habían  apoderado  del  caballo  cuando
escapaba del incendio en la casa de los Berlifitzing, lo habían contenido por medio de una
cadena y un lazo, ninguno podía afirmar con certeza que en el curso de la peligrosa lucha, o
en algún momento más tarde, hubiera apoyado la mano en el cuerpo de la bestia. Si bien los
casos de inteligencia extraordinaria en la conducta de un caballo lleno de bríos no tienen
por qué provocar una atención fuera de lo común, ciertas circunstancias se imponían por la
fuerza aun a los más escépticos y flemáticos; se afirmó incluso que en ciertas ocasiones la
boquiabierta multitud que contemplaba a aquel animal había retrocedido horrorizada ante el
profundo e impresionante significado de la terrible apariencia del corcel; ciertas ocasiones
en  que  aun  el  joven  Metzengerstein  palidecía  y  se  echaba  atrás,  evitando  la  viva,  la
interrogante mirada de aquellos ojos que parecían humanos.
Empero, en el séquito del barón nadie ponía en duda el ardoroso y extraordinario efecto
que las fogosas características de su caballo provocaban en el joven aristócrata; nadie, a
menos  que  mencionemos  a  un  insignificante  pajecillo  contrahecho,  que  interponía  su
fealdad en todas partes y cuyas opiniones carecían por completo de importancia. Este paje
(si vale la pena mencionarlo) tenía el descaro de afirmar que su amo jamás se instalaba en
la montura sin un estremecimiento tan imperceptible como inexplicable, y que al volver de
sus  largas  y  habituales  cabalgatas,  cada  rasgo  de  su  rostro  aparecía  deformado  por  una
expresión de triunfante malignidad.
Una noche tempestuosa, al despertar de un pesado sueño, Metzengerstein bajó como un
maniaco  de  su  aposento  y,  montando  a  caballo  con  extraordinaria  prisa,  se  lanzó  a  las
profundidades  de  la  floresta.  Una  conducta  tan  habitual  en  él  no  llamó  especialmente  la
atención, pero sus domésticos esperaron con intensa ansiedad su retorno cuando, después
de  algunas  horas  de  ausencia,  las  murallas  del  magnífico  y  suntuoso  palacio  de  los
Metzengerstein comenzaron a agrietarse y a temblar hasta sus cimientos, envueltas en la
furia ingobernable de un incendio.
Aquellas lívidas y densas llamaradas fueron descubiertas demasiado tarde; tan terrible
era su avance que, comprendiendo la imposibilidad de salvar la menor parte del edificio, la
muchedumbre  se  concentró  cerca  del  mismo,  envuelta  en  silencioso  y  patético  asombro.
Pero  pronto  un  nuevo  y  espantoso  suceso  reclamó  el  interés  de  la  multitud,  probando
cuánto más intensa es la excitación que provoca la contemplación del sufrimiento humano,
que los más espantosos espectáculos que pueda proporcionar la materia inanimada.
Por  la  larga  avenida  de  antiguos  robles  que  llegaba  desde  la  floresta  a  la  entrada
principal del palacio se vio venir un caballo dando enormes saltos, semejante al verdadero Demonio de la Tempestad, y sobre el cual había un jinete sin sombrero y con las ropas
revueltas.
Veíase  claramente  que  aquella  carrera  no  dependía  de  la  voluntad  del  caballero.  La
agonía que se reflejaba en su rostro, la convulsiva lucha de todo su cuerpo, daban pruebas
de sus esfuerzos sobrehumanos; pero ningún sonido, salvo un solo alarido, escapó de sus
lacerados  labios,  que  se  había  mordido  una  y  otra  vez  en  la  intensidad  de  su  terror.
Transcurrió un instante, y el resonar de los cascos se oyó clara y agudamente sobre el rugir
de las llamas y el aullar de los vientos; pasó otro instante y, con un solo salto que le hizo
franquear el portón y el foso, el corcel penetró en la escalinata del palacio llevando siempre
a su jinete y desapareciendo en el torbellino de aquel caótico fuego.
La furia de la tempestad cesó de inmediato, siendo sucedida por una profunda y sorda
calma. Blancas llamas envolvían aún el palacio como una mortaja, mientras en la serena
atmósfera  brillaba  un  resplandor  sobrenatural  que  llegaba  hasta  muy  lejos;  entonces  una
nube de humo se posó pesadamente sobre las murallas, mostrando distintamente la colosal
figura de... un caballo.

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...