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miércoles, 6 de septiembre de 2017

Silencio

-Cuento corto/Fábula


Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες 
Πρώονες τε καˆ χαράδραι
(Las crestas montañosas duermen; los valles,
los riscos y las grutas están en silencio.)
 (ALCMÁN [60(10),646])

  Escúchame —dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza—. La región de que
hablo  es  una  lúgubre  región  en  Libia,  a  orillas  del  río  Zaire.  Y  allá  no  hay  ni  calma  ni
silencio.
Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia
el  mar,  sino  que  palpitan  por  siempre  bajo  el  ojo  purpúreo  del  sol,  con  un  movimiento
tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho
del  río,  se  tiende  un  pálido  desierto  de  gigantescos  nenúfares.  Suspiran  entre  sí  en  esa
soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y
otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del
agua subterránea. Y suspiran entre sí.
Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí,
como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca
el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente
resonar.  Y  de  sus  altas  copas  se  filtran,  gota  a  gota,  rocíos  eternos.  Y  en  sus  raíces  se
retuercen,  en  un  inquieto  sueño,  extrañas  flores  venenosas.  Y  en  lo  alto,  con  un  agudo
sonido  susurrante,  las  nubes  grises  corren  por  siempre  hacia  el  oeste,  hasta  rodar  en
cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las
orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.
Era  de  noche  y  llovía,  y  al  caer  era  lluvia,  pero  después  de  caída  era  sangre.  Y  yo
estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares
suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.
Y  de  improviso  levantóse  la  luna  a  través  de  la  fina  niebla  espectral  y  su  color  era
carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río,
iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En
su faz había caracteres grabados en la  piedra, y  yo  anduve  por  la  marisma  de  nenúfares
hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos.
Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y
mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.
Y  miré  hacia  arriba  y  en  lo  alto  de  la  roca  había  un  hombre,  y  me  oculté  entre  los
nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y
estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta
era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la
noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su
cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas  de  sus  mejillas  leí  las  fábulas  de  la  tristeza,  del  cansancio,  del  disgusto  de  la
humanidad, y el anhelo de estar solo.
Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación.
Miró  los  inquietos  matorrales,  y  los  altos  árboles  primitivos,  y  más  arriba  el  susurrante
cielo,  y  la  luna  carmesí.  Y  yo  me  mantuve  al  abrigo  de  los  nenúfares,  observando  las
acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él
continuaba sentado en la roca.
Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las
amarillas,  siniestras  aguas  y  las  pálidas  legiones  de  nenúfares.  Y  el  hombre  escuchó  los
suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y
observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche
transcurría y él continuaba sentado en la roca.
Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad
de  los  nenúfares,  y  llamé  a  los  hipopótamos  que  moran  entre  los  pantanos  en  las
profundidades  de  la  marisma.  Y  los  hipopótamos  oyeron  mi  llamada  y  vinieron  con  los
behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía
oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la
noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.
Entonces  maldije  los  elementos  con  la  maldición  del  tumulto,  y  una  espantosa
tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido
con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río
se  desbordaron,  y  el  río  atormentado  se  cubría  de  espuma,  y  los  nenúfares  alzaban
clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la
roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel
hombre.  Y  el  hombre  tembló  en  la  soledad;  pero  la  noche  transcurría  y  él  continuaba
sentado.
Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y
el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron
malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo
no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se
estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se
oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto
desierto  ilimitado. Y  miré  los  caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres
decían: SILENCIO.
Y  mis  ojos  cayeron  sobre  el  rostro  de  aquel  hombre,  y  su  rostro  estaba  pálido.  Y
bruscamente  alzó  la  cabeza,  que  apoyaba  en  la  mano  y,  poniéndose  de  pie  en  la  roca,
escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres
sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a
toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos
libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo
y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el
majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas,
y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a
Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio,
que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no
pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la
tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El Coloquio de Monos y Una

Μέλλοντα ταύτα

Cosas del futuro inmediato. 
 (SÓFOCLES, Antígona) 
Una.- ¿Resucitado?
Monos.- Sí, hermosa yt muy amada Una, "resucitado". ésta era la palabra sobre cuyo místico sentido medité tanto timepo, rechazando la explicación sacerdotal, hasta que la muerte misma me develó el secreto.
Una.- ¡La Muerte!
Monos.- ¡De que extraña manera, dulce Una, repites mis palabras! Observo que tu paso vacila y qye hay una jubilosa inquietud en tus ojos. Te seintes ofendida, oprimida por la majestuosa novedad de la vida eterna. Sí, nombre a la muerte. Y aquí ¡cuán singularmente suena esa palabra que antes llevaba el terror a todos los corazones, que manchaba todos los placeres!
Una.—¡Ah, muerte, espectro presente en todas las fiestas! ¡Cuántas veces, Monos, nos
perdimos en especulaciones sobre su naturaleza! ¡Cuan misteriosa se erguía como un límite
a  la  beatitud  humana...  diciéndole:  «Hasta  aquí,  y  no  más»!  Aquel  profundo  amor
recíproco,  Monos,  que  ardía  en  nuestro  pecho...  ¡cuán  vanamente  nos  jactamos,  en  la
felicidad de sus primeras palpitaciones, de que nuestra felicidad se fortalecería en la suya!
¡Ay,  a  medida  que  crecía  aumentaba  también  en nuestros corazones  el  temor  de  aquella
hora aciaga que acudía precipitada a separarnos! Y así, con el tiempo, el amor se nos hizo
penoso. Y el odio hubiera sido una misericordia.
Monos.—No hables aquí de aquellas penas, querida Una... ¡ahora para siempre, para
siempre mía!
Una.—Pero el recuerdo del dolor pasado, ¿no es alegría presente? Mucho tengo que
decir aún de las cosas que fueron. Ardo sobre todo por conocer los incidentes de tu pasaje a
través del oscuro Valle y de la Sombra.
Monos.—¿Y cuándo la radiante Una pidió en vano alguna cosa a su Monos? Todo te lo
narraré en detalle... Pero, ¿dónde habrá de empezar el sobrecogedor relato?
Una.—¿Dónde?
Monos.—Sí.
Una.—Te comprendo. En la muerte hemos aprendido ambos la propensión del hombre
a definir lo indefinible. No te diré, pues, que comiences por el momento en que cesó tu
vida,  sino  en  aquel  triste,  triste  instante  cuando,  habiéndote  abandonado  la  fiebre,  te
hundiste en un sopor sin aliento ni movimiento y yo te cerré los pálidos párpados con los
apasionados dedos del amor.
Monos.—Permíteme decir algo, Una, acerca de la condición general de los hombres en
aquella  época.  Recordarás  que  uno  o  dos  sabios  entre  nuestros  antecesores  —sabios  de
verdad, aunque no gozaran de la estimación del mundo— se habían atrevido a poner en
duda la propiedad de la palabra «progreso» aplicada al avance de nuestra civilización. En
cada uno de los cinco o seis siglos que precedieron nuestra disolución, hubo momentos en los  cuales  surgió  algún  intelecto  vigoroso  que  contendía  audazmente  por  aquellos
principios  cuya  verdad  parece  ahora  tan  evidente  a  nuestra  razón  despojada  de  sus
franquicias; principios que deberían haber enseñado a nuestra raza a someterse a la guía de
las  leyes  naturales,  en  vez  de  pretender  dirigirlas.  Muy  de  tiempo  en  tiempo  aparecían
mentes geniales que consideraban cada avance de la ciencia práctica como un retroceso con
respecto  a  la  verdadera  utilidad.  En  ocasiones,  la  inteligencia  poética  —esa  inteligencia
que, ahora lo sabemos, era la más excelsa de todas, pues aquellas verdades de imperecedera
importancia  para  nosotros  sólo  podían  ser  alcanzadas  por  la  analogía,  que  habla
irrebatiblemente a la sola imaginación y que no pesa en la razón aislada—, esa inteligencia
poética se adelantó en ocasiones a la evolución de la vaga concepción filosófica y halló en
la mística parábola que habla del árbol de la ciencia y de su fruto prohibido y letal, un claro
indicio de que el conocimiento no era bueno para el hombre en esa etapa aún infantil de su
alma.  Y  aquellos  poetas,  que  vivieron  y  murieron  despreciados  por  los  «utilitaristas»  —
zafios pedantes que se arrogaban un título que sólo merecían los despreciados por ellos—,
aquellos poetas evocaron dolorosa, pero sabiamente, los días de antaño, cuando nuestras
necesidades eran tan simples como penetrantes nuestros gozos, días en que el regocijo era
una palabra desconocida, tan profundamente solemne era la felicidad; santos, augustos y
beatos días en que los ríos azules corrían sin diques entre colinas intactas, penetrando en las
soledades de las florestas primitivas, fragantes e inexploradas.
Y, sin embargo, aquellas nobles excepciones a la falsa regla general sólo servían para
reforzarla por contraste. ¡Ay, habíamos llegado a los más aciagos de nuestros aciagos días!
El gran «movimiento» —tal era la jerigonza que se empleaba— seguía adelante; era una
perturbación mórbida, tanto moral como física. El arte —en sus diversas formas— erguíase
supremo, y, una vez entronizado, encadenaba al intelecto que lo había elevado al poder.
Como  el  hombre  no  podía  dejar  de  reconocer  la  majestad  de  la  Naturaleza,  incurría  en
pueriles entusiasmos por su creciente dominio sobre los elementos de aquélla. Mientras se
pavoneaba como un dios en su propia fantasía, lo dominaba una imbecilidad infantil. Tal
como era de suponer por el origen de su trastorno, sufrió la infección de los sistemas y de la
abstracción.  Se  envolvió  en  generalidades.  Entre  otras  ideas  extrañas,  la  de  la  igualdad
universal ganó terreno, y aun frente a la analogía y a Dios, a pesar de las claras advertencias
de las leyes de gradación que tan visiblemente dominan todas las cosas en la tierra y en el
cielo, se empeñó obstinado en lograr una democracia que imperara por doquier.
Y, sin embargo, este mal surgía necesariamente del mal principal, el Conocimiento. El
hombre no podía al mismo tiempo conocer y someterse. Entretanto, se alzaron enormes e
innumerables ciudades humeantes. Las verdes hojas se arrugaban ante el ardiente aliento de
los hornos. El bello rostro de la Naturaleza se deformó como si lo arrasara alguna horrorosa
enfermedad. Y pienso, dulce Una, que nuestro sentido de lo que es forzado y artificial, aun
a  medias  dormido,  podría  habernos  detenido  en  ese  punto.  Pero  habíamos  preparado  el
camino de la destrucción al pervertir nuestro gusto o más bien al descuidar ciegamente su
cultivo  en  las  escuelas.  Pues  en  verdad,  frente  a  aquella  crisis,  tan  sólo  el  gusto  —esa
facultad que, ocupando una situación intermedia entre el intelecto puro y el sentido moral,
jamás  podía  ser  descuidada  sin  peligro—  habría  podido  devolvernos  dulcemente  a  la
Belleza, a la Naturaleza y a la Vida, ¡ay del espíritu puramente contemplativo y la magna
intuición de Platón! ¡Ay de la (µουσική, que aquel sabio consideraba con justicia educación
suficiente  para  el  alma!  ¡Ay  de  él  y  de  ella!  ¡Cuando  más  desesperadamente  se  los necesitaba, más olvidados o despreciados estaban! 5
Pascal, un filósofo que tú y yo amamos, ¡cuan verdaderamente ha dicho que tout notre
misonnement se réduit à ceder au sentiment! Y no es imposible que el sentimiento de lo
natural, de haberlo permitido el tiempo, hubiese recobrado su antiguo ascendiente sobre la
dura razón matemática de las escuelas. Pero ello no pudo ser. Prematuramente descarriada
por  la  intemperancia  del  conocimiento,  la  vejez  del  mundo  se  acentuó.  La  masa  de  la
humanidad no lo advertía, o bien, viviendo depravadamente, aunque sin felicidad, pretendía
no  advertirlo.  En  cuanto  a  mí,  los  documentos  de  la  tierra  me  habían  enseñado  que  las
ruinas  más  grandes  son  el  precio  de  las  más  altas  civilizaciones.  Había  adquirido  una
presciencia  de  nuestro  destino  por  comparación  con  China,  la  simple  y  duradera;  con
Asiria,  la  arquitecta;  con  Egipto,  el  astrólogo;  con  Nubia,  más  sutil  que  ninguna,  madre
turbulenta de todas las artes. En la historia 6  de aquellas regiones atisbé un rayo del futuro.
Las artificialidades individuales de las tres últimas nombradas eran enfermedades locales
de la tierra, y en sus caídas individuales habíamos visto la aplicación de remedios locales;
pero en la infección general del mundo yo no podía anticipar regeneración alguna, salvo en
la muerte. Para que el hombre no se extinguiera como raza, comprendí que era necesario
que resucitara.
Y entonces, muy hermosa y muy amada, diariamente envolvimos en sueños nuestros
espíritus.  Y  entonces,  al  atardecer,  discurrimos  sobre  los  días  que  vendrían,  cuando  la
superficie de la tierra, llena de cicatrices del Arte, después de sufrir la única purificación 7 
que borraría sus obscenidades rectangulares, volviera a vestirse con el verdor, las colinas y
las sonrientes aguas del Paraíso, y se convirtiera, por fin, en la morada conveniente para el
hombre; para el hombre purgado por la Muerte, para el hombre en cuyo sublimado intelecto
el conocimiento dejaría de ser un veneno... para el hombre redimido, regenerado, venturoso
y ahora inmortal, aunque material siempre.

Una.—Bien  recuerdo  aquellas  conversaciones,  querido  Monos;  pero  la  época  de  la
ígnea  destrucción  no  estaba  tan  cercana  como  creíamos,  como  la  corrupción  de  que  has
hablado  nos  permitía  con  tanta  seguridad  creer.  Los  hombres  vivían  y  luego  morían
individualmente. También tú enfermaste y descendiste a la tumba, y allí te siguió pronto tu
fiel Una. Y aunque el siglo transcurrido desde entonces, y cuya conclusión nos ha reunido
nuevamente, no torturó nuestros adormilados sentidos con la impaciencia del tiempo, de
todas maneras, Monos mío, fue un siglo.
Monos.—Di más bien que fue un punto en el vago infinito. Mi muerte se produjo, es
verdad, durante la decrepitud de la tierra. Cansado mi corazón por las angustias que nacían
de  aquel  tumulto  y  corrupción  generales,  sucumbí  víctima  de  una  terrible  fiebre.  Tras
algunos  días  de  dolor  y  muchos  de  un  delirio  soñoliento  colmado  de  éxtasis,  cuyas
manifestaciones  tomaste  por  sufrimientos  sin  que  yo  pudiera  comunicarte  la  verdad...
                                                          
5  «Difícil será descubrir un mejor (método de educación) que el descubierto ya por la experiencia de tantas
edades; puede resumírselo en gimnasia para el cuerpo y música para el alma» (República, lib. 2). «Por esta razón
la música es una educación esencial, pues hace que el Ritmo y la Armonía penetren íntimamente en el alma,
afirmándose en ella, llenándola de belleza y embelleciendo la mente humana... Alabará y admirará lo hermoso; lo
recibirá con alegría en su alma, se alimentará de él e identificará con él su propia condición» (id. lib. 3). La música,
µουσική,  tenía  entre  los  atenienses  una  significación  muchísimo  más  amplia  que  entre  nosotros.  No  sólo
abarcaba las armonías de tiempo y melodía, sino la dicción poética, el sentimiento y la creación, todos ellos en
un sentido más amplio. En Atenas el estudio de la música consistía en el cultivo general del gusto —ese gusto
que reconoce lo hermoso— distinguiéndolo claramente de la razón, que sólo atiende a lo verdadero.
6  «Historia», de ίστορείν, contemplar.
7  Purificación parece emplearse aquí con referencia a su raíz griega πϋρ, fuego. después de unos días, como has dicho, me invadió un sopor que me privó del aliento y del
movimiento, y aquellos que me rodeaban lo llamaron Muerte.

Las  palabras  son  cosas  vagas.  Mi  estado  no  me  privaba  de  sensibilidad.  Parecíame
semejante a la quietud de aquel que, después de dormir larga y profundamente, inmóvil y
postrado en un día estival, empieza a recobrar lentamente la conciencia, por agotamiento
natural de su sueño, y sin que ninguna perturbación exterior lo despierte.
No respiraba. El pulso estaba detenido. El corazón había cesado de latir. La voluntad
permanecía, pero era impotente. Mis sentidos se mostraban insólitamente activos, aunque
caprichosos,  usurpándose  al  azar  sus  funciones.  El  gusto  y  el  olfato  estaban
inextricablemente confundidos, constituyendo un solo sentido anormal e intenso. El agua
de rosas con la cual tu ternura había humedecido mis labios hasta el fin provocaba en mí
bellísimas  fantasías  florales;  flores  fantásticas,  mucho  más  hermosas  que  las  de  la  vieja
tierra,  pero  cuyos  prototipos  vemos  florecer  ahora  en  torno  de  nosotros.  Los  párpados,
transparentes y exangües, no se oponían completamente a la visión. Como la voluntad se
hallaba suspendida, las pupilas no podían girar en las órbitas, pero veía con mayor o menor
claridad  todos  los  objetos  al  alcance  del  hemisferio  visual;  los  rayos  que  caían  sobre  la
parte  externa  de  la  retina  o  en  el  ángulo  del  ojo  producían  un  efecto  más  vívido  que
aquellos que incidían en la superficie frontal o anterior. Empero, en el primer caso, este
efecto era tan anómalo que sólo lo aprehendía como sonido —dulce o discordante, según
que los objetos presentes a mi lado fueran claros u oscuros, curvos o angulosos—. El oído,
aunque mucho más sensible, no tenía nada de irregular en su acción y apreciaba los sonidos
reales  con  una  precisión  y  una  sensibilidad  exageradísimas.  El  tacto  había  sufrido  una
alteración más extraña. Recibía con retardo las impresiones, pero las retenía pertinazmente,
produciéndose siempre el más grande de los placeres físicos. Así, la presión de tus dulces
dedos sobre mis párpados, sólo reconocidos al principio por la visión, llenaron más tarde
todo mi ser de una inconmensurable delicia sensual. Sí, de una delicia sensual. Todas mis
percepciones eran puramente sensuales. Los elementos proporcionados por los sentidos al
pasivo cerebro no eran elaborados en absoluto por aquella inteligencia muerta. Poco dolor
sentía y mucho placer; pero ningún dolor o placer morales. Así, tus desgarradores sollozos
flotaban en mi oído con todas sus dolorosas cadencias y eran apreciados por aquél en cada
una de sus tristes variaciones; pero eran tan sólo suaves sonidos musicales; no provocaban
en la extinta razón la sospecha de las angustias de donde nacían, y así también las copiosas
y  continuas  lágrimas  que  caían  sobre  mi  rostro,  y  que  para  todos  los  asistentes  eran
testimonio de un corazón destrozado, estremecían de éxtasis cada fibra de mi ser. Y ésa era
la Muerte, de la cual los presentes hablaban reverentemente, susurrando, y tú, dulce Una,
entre sollozos y gritos.
Me prepararon para el ataúd —tres o cuatro figuras sombrías que iban continuamente
de  un  lado  a  otro—.  Cuando  atravesaban  la  línea  directa  de  mi  visión,  las  sentía  como
formas, pero al colocarse a mi lado sus imágenes me impresionaban con la idea de alaridos,
gemidos  y  otras  atroces  expresiones  del  horror  y  la  desesperación.  Sólo  tú,  vestida  de
blanco, pasabas musicalmente para mí en todas direcciones.
Transcurrió el día y, a medida que la luz se degradaba, me sentí poseído por un vago
malestar,  una  ansiedad  como  la  que  experimenta  el  durmiente  cuando  llegan  a  su  oído
constantes  y  tristes  sones,  lejanas  y  profundas  campanadas  solemnes,  a  intervalos
prolongados, pero iguales, y entremezclándose con sueños melancólicos. Anocheció y con
la  sombra  vino  una  pesada  aflicción.  Oprimía  mi  cuerpo  como  si  pesara  sobre  él,  y  era
palpable. Oíase asimismo  una  lamentación, semejante al lejano fragor de la resaca, pero más continuo, y que, nacido con el crepúsculo, había ganado en fuerza a medida que crecía
la  oscuridad.  De  pronto,  la  habitación  se  llenó  de  luces  y  aquel  fragor  se  cambió  en
frecuentes estallidos desiguales del mismo sonido, pero menos lóbrego y menos distinto. La
penosa  opresión  que  me  agobiaba  disminuyó  mucho  y,  emanando  de  la  llama  de  cada
lámpara—pues  había  varias—,  fluyó  hasta  mis  oídos  un  canto  continuo  de  melodiosa
monotonía.  Y  cuando  tú,  querida  Una,  acercándote  al  lecho  donde  yacía  yo  tendido,  te
sentaste gentilmente a mi lado, perfumándome con tus dulces labios, y los posaste en mi
frente, surgió entonces en mi pecho, trémulo, mezclándose con las sensaciones meramente
físicas que las circunstancias engendraban, algo que se parecía al sentimiento, un sentir que
en parte aprehendí, y en parte respondía a tu profundo amor y a tu tristeza; pero aquel sentir
no  tenía  sus  raíces  en  el  inmóvil  corazón,  y  más  parecía  una  sombra  que  una  realidad;
pronto  se  desvaneció,  primero  en  un  profundo  reposo,  y  luego  en  un  placer  puramente
sensual como antes.
Y entonces, del naufragio y el caos de los sentidos usuales pareció nacer en mí un sexto
sentido, absolutamente perfecto. Hallé en su ejercicio una extraña delicia, que seguía siendo
una delicia física en cuanto el entendimiento no participaba de ella. En el ser animal todo
movimiento había cesado. No se estremecía ningún músculo, no vibraba ningún nervio, no
latía  ninguna  arteria.  Pero  en  mi  cerebro  parecía  haber  surgido  eso  para  lo  cual  no  hay
palabras que puedan dar una concepción aun borrosa a la inteligencia meramente humana.
Permíteme denominarlo una pulsación pendular mental. Era la encarnación moral de la idea
humana abstracta del Tiempo. La absoluta coordinación de este movimiento o de alguno
equivalente  había  regulado  los  cielos  de  los  globos  celestes.  Por  él  medía  ahora  las
irregularidades del reloj colocado sobre la chimenea y de los relojes de los presentes. Sus
latidos llegaban sonoros a mis oídos. La más ligera desviación de la medida exacta (y esas
desviaciones prevalecían en todos ellos) me afectaban del mismo modo que las violaciones
de la verdad abstracta afectan en la tierra el sentido moral. Aunque ninguno de los relojes
en la habitación coincidía con otro en marcar exactamente los segundos, no me costaba, sin
embargo,  retener  el  tono  y  los  errores  momentáneos  de  cada  uno.  Y  este  penetrante,
perfecto sentimiento de duración existente por sí mismo, este sentimiento existente (como
el hombre no podría haber imaginado que existiera) con independencia de toda sucesión de
eventos, esta idea, este sexto sentido, brotando de las cenizas de todo el resto, fue el primer
evidente y seguro paso del alma intemporal en los umbrales de la Eternidad temporal.
Era ya media noche y tú seguías a mi lado. Los demás habíanse marchado de la cámara
mortuoria. Descansaba yo en el ataúd. Las lámparas ardían intermitentemente, pues así me
lo indicaba lo trémulo de las monótonas melodías. Súbitamente aquellos cantos perdieron
claridad y volumen, hasta cesar del todo. El perfume dejó de impresionar mi olfato. Las
formas no afectaban ya mi visión. El peso de la Tiniebla se alzó por sí mismo de mi pecho.
Un choque apagado, como una descarga eléctrica, recorrió mi cuerpo y fue seguido por una
pérdida total de la idea de contacto. Todo aquello que el hombre llama sentidos se sumió en
la  sola  conciencia  de  entidad  y  en  el  sentimiento  de  duración  único  que  perduraba.  El
cuerpo mortal había sido al fin golpeado por la mano de la letal Corrupción.
Y,  sin  embargo,  no  toda  sensibilidad  se  había  apagado,  pues  la  conciencia  y  el
sentimiento  remanentes  cumplían  algunas  de  sus  funciones  a  través  de  una  letárgica
intuición. Apreciaba el espantoso cambio que se estaba operando en mi carne, y tal como el
soñador advierte a voces la presencia corporal de aquel que se inclina sobre su lecho, así,
dulce  Una,  sentía  yo  que  aún  seguías  a  mi  lado.  Y  cuando  llegó  el  segundo  mediodía,
tampoco  dejé  de  tener  conciencia  de  los  movimientos  que  te  alejaron  de  mi  lado,  me encerraron en el ataúd, llevándome a la carroza fúnebre, me transportaron hasta la tumba,
bajándome a ella, amontonando pesadamente la tierra sobre mí, dejándome en la tiniebla y
en la corrupción, entregado a mi triste y solemne sueño en compañía de los gusanos.
Y  aquí,  en  la  prisión  que  pocos  secretos  tiene  para  revelar,  pasaron  los  días,  y  las
semanas,  y  los  meses,  y  el  alma  observaba  atentamente  el  vuelo  de  cada  segundo,
registrándolo sin esfuerzo; sin esfuerzo y sin objeto.
Pasó un año. La conciencia de ser se había vuelto de hora en hora más indistinta, y la
de  mera  situación  había  usurpado  en  gran  medida  su  puesto.  La  idea  de  entidad  estaba
confundiéndose con la de lugar. El angosto espacio que rodeaba lo que había sido el cuerpo
iba a ser ahora el cuerpo mismo. Por fin, como ocurre con frecuencia al durmiente (sólo el
sueño y su mundo permiten figurar la Muerte), tal como a veces ocurría en la tierra al que
estaba  sumido  en  profundo  sueño,  cuando  algún  resplandor  lo  despertaba  a  medias,
dejándolo empero envuelto en ensoñaciones, así, a mí, ceñido en el abrazo de la Sombra,
me llegó aquella única luz capaz de sobresaltarme... la luz del Amor duradero. Los hombres
acudieron  a  cavar  en  la  tumba  donde  yacía  oscuramente.  Levantaron  la  húmeda  tierra.
Sobre el polvo de mis huesos bajó el ataúd de Una.
Y otra vez todo fue vacío. La nebulosa se había extinguido. El débil estremecimiento
habíase  apagado  en  reposo.  Muchos  lustros  transcurrieron.  El  polvo  tornó  al  polvo.  No
había ya alimento para el gusano. El sentimiento de ser había desaparecido por completo y
en su lugar, en lugar de todas las cosas, dominantes y perpetuos, reinaban autocráticamente
el Lugar y el Tiempo. Para eso que no era, para eso que no tenía forma, para eso que no
tenía pensamiento, para eso que no tenía sensibilidad, para eso que no tenía alma, para eso
que  no  tenía  materia,  para  toda  esa  nada  y,  sin  embargo,  para  toda  esa  inmortalidad,  la
tumba era todavía una morada, y las corrosivas horas, compañeras.

sábado, 5 de agosto de 2017

La CONVERSACIÓN DE EIROS Y CHARMION


Te traeré el fuego. 
 (EURÍPIDES, Andrómaca)

Eiros.—¿Por qué me llamas Eiros?
Charmion.—Así te llamarás desde ahora y para siempre. A tu vez, debes olvidar mi
nombre terreno y llamarme Charmion.
Eiros.—¡Esto no es un sueño!
Charmion.—Ya  no  hay  sueños  entre  nosotros;  pero  dejemos  para  después  estos
misterios. Me alegro de verte dueño de tu razón, y tal como si estuvieras vivo. El velo de la
sombra se ha apartado ya de tus ojos. Ten ánimo y nada temas. Los días de sopor que te
estaban asignados se han cumplido, y mañana te introduciré yo mismo en las alegrías y las
maravillas de tu nueva existencia.
Eiros.—Es verdad, el sopor ha pasado. El extraño vértigo y la terrible oscuridad me
han abandonado, y ya no oigo ese sonido enloquecedor, turbulento, horrible, semejante a
«la voz de muchas aguas». Y sin embargo, Charmion, mis sentidos están perturbados por
esta penetrante percepción de lo nuevo.
Charmion.—Eso cesará en pocos días, pero comprendo muy bien lo que sientes. Hace
ya  diez  años  terrestres  que  pasé  por  lo  que  pasas  tú  y,  sin  embargo,  su  recuerdo  no  me
abandona. Empero ya has sufrido todo el dolor que sufrirás en Aidenn 4 .
Eiros.—¿En Aidenn?
Charmion.—En Aidenn.
Eiros.—¡Oh, Dios! ¡Charmion, apiádate de mí! Me siento agobiado por la majestad de
todas las cosas... de lo desconocido de pronto revelado... del Futuro, una conjetura fundida
en el augusto y cierto Presente.
Charmion.—No te empeñes por ahora en pensar de esa manera. Mañana hablaremos de
ello.  Tu  mente  vacila,  y  encontrará  alivio  a  su  agitación  en  el  ejercicio  de  los  simples
recuerdos. No mires alrededor, ni hacia adelante; mira hacia atrás. Ardo de ansiedad por
conocer  los  detalles  del  prodigioso  acontecer  que  te  ha  traído  entre  nosotros.  Cuéntame.
Hablemos  de  cosas  familiares,  en  el  viejo  lenguaje  familiar  del  mundo  que  tan
espantosamente ha perecido.
Eiros.—¡Oh, sí, espantosamente! ¡Esto no es un sueño!
Charmion.—No hay más sueños. Eiros mío, ¿fui muy llorada?
Eiros.—¿Llorada,  Charmion?  ¡Oh,  cuan  llorada!  Hasta  aquella  última  hora  cernióse
sobre tu casa una nube de profunda pena y devota tristeza.
Charmion.—Y esa última hora... háblame de ella. Recuerda que, fuera del hecho en sí
de la catástrofe, nada sé. Cuando abandoné la humanidad, entrando en la Noche a través de
la Tumba, en ese período, si recuerdo bien, la calamidad que os abrumó era por completo
insospechada. Cierto es que poco conocía yo la filosofía especulativa de entonces.
Eiros.—Como  has  dicho,  aquella  calamidad  era  enteramente  insospechada,  pero
desgracias análogas habían dado a los astrónomos motivo de discusión. Apenas necesito decirte,  amiga  mía,  que  ya  cuando  nos  dejaste  los  hombres  coincidían  en  interpretar  los
pasajes de las muy santas escrituras que hablan de la destrucción final de todas las cosas
por  el  fuego,  como  referidos  solamente  al  globo  terráqueo.  Las  especulaciones,  empero,
sobre la causa inmediata del fin, no llegaban a ninguna conclusión desde la época en que la
ciencia  astronómica  había  despojado  a  los  cometas  del  terrible  carácter  incendiario  que
antes  se  les  atribuía.  Bien  establecida  se  hallaba  la  escasa  densidad  de  aquellos  cuerpos
celestes.  Se  los  había  observado  pasar  entre  los  satélites  de  Júpiter,  sin  que  produjeran
ninguna  alteración  sensible  en  las  masas  o  las  órbitas  de  aquellos  planetas  secundarios.
Hacía  mucho  que  considerábamos  a  esos  errabundos  como  creaciones  vaporosas  de
inconcebible  tenuidad,  incapaces  de  dañar  nuestro  macizo  globo  aun  en  el  caso  de  un
choque directo. No sentíamos temor alguno de un contacto, pues los elementos de todos los
cometas eran perfectamente conocidos. Hacía muchos años que se consideraba inadmisible
buscar entre ellos al agente de la destrucción por el fuego. Pero en aquellos días finales las
conjeturas  y  las  extravagantes  fantasías  abundaban  singularmente  entre  los  hombres,  y
aunque  el  temor  sólo  asaltaba  a  unos  pocos  ignorantes,  el  anuncio  de  un  nuevo  cometa
formulado  por  los  astrónomos  fue  recibido  con  no  sé  qué  agitación  y  desconfianza
generales.
Los  elementos  del  extraño  astro  fueron  inmediatamente  calculados,  y  todos  los
observadores coincidieron en que su paso, en el perihelio, lo aproximaría mucho a la tierra.
Dos o tres astrónomos de renombre secundario sostuvieron resueltamente que el choque era
inevitable. Imposible expresar el efecto de esta noticia en las gentes. Durante unos pocos
días  no  quisieron  creer  en  una  afirmación  que  su  inteligencia,  tanto  tiempo  aplicada  a
consideraciones mundanas, no podía aprehender de ninguna manera. Pero la verdad de un
hecho de importancia vital se abre paso en el entendimiento del más estólido. Los hombres
comprendieron  finalmente  que  los  astrónomos  no  mentían,  y  esperaron  el  cometa.  Al
principio su acercamiento no parecía muy rápido, y nada de insólito había en su aspecto.
Era  de  un  rojo  oscuro,  con  una  cola  apenas  perceptible.  Durante  siete  u  ocho  días  no
advertimos  ningún  aumento  en  su  diámetro  aparente,  y  su  color  cambió  muy  poco.
Entretanto  los  negocios  ordinarios  de  la  humanidad  habían  sido  suspendidos  y  todos  los
intereses  se  concentraban  en  las  discusiones  científicas  referentes  a  la  naturaleza  del
cometa. Aun los más ignorantes forzaban sus indolentes inteligencias para entenderlas. Y
los  sabios  consagraron  entonces  su  intelecto,  su  alma,  no  ya  a  aliviar  los  temores  o  a
sostener sus amadas teorías, sino a buscar la verdad, a buscarla desesperadamente. Gemían
en procura del conocimiento perfecto. La verdad se alzó en toda la pureza de su fuerza y de
su excelsa majestad, y los sensatos se inclinaron y adoraron.
La opinión según la cual nuestro globo o sus habitantes sufrirían daños materiales de
resultas del temible contacto, perdía diariamente fuerza entre los sabios, y a éstos les era
dado ahora gobernar la razón y la fantasía de la multitud. Se demostró que la densidad del
núcleo del cometa era mucho menor que la de nuestro gas más raro; el inofensivo pasaje de
un visitante similar entre los satélites de Júpiter era argüido como un ejemplo convincente,
capaz de calmar los temores. Los teólogos, con un celo inflamado por el miedo, insistían en
la profecía bíblica, explicándola al pueblo con una precisión y una simplicidad que jamás se
había visto antes. La destrucción final de la tierra se operaría por intervención del fuego; así
lo  enseñaban  con  un  brío  que  imponía  convicción  por  doquier;  y  el  que  los  cometas  no
fueran de naturaleza ígnea (como todos sabían ahora) constituía una verdad que liberaba en
gran medida de las aprensiones sobre la gran calamidad predicha. Es de hacer notar que los
prejuicios populares y los errores del vulgo concernientes a las pestes y a las guerras —errores que antes prevalecían a cada aparición de un cometa— eran ahora completamente
desconocidos.
Como  naciendo  de  un  súbito  movimiento  convulsivo,  la  razón  había  destronado  de
golpe a la superstición. La más débil de las inteligencias extraía vigor del exceso de interés.
Los  daños  menores  que  pudieran  resultar  del  contacto  con  el  cometa  eran  tema  de
minuciosas discusiones. Los entendidos hablaban de ligeras perturbaciones geológicas, de
probables alteraciones del clima y, por consiguiente, de la vegetación, aludiendo también a
posibles  influencias  magnéticas  y  eléctricas.  Muchos  sostenían  que  los  efectos  no  serían
visibles  ni  apreciables.  Y  mientras  las  discusiones  proseguían,  su  objeto  se  aproximaba
gradualmente,  aumentaba  su  diámetro  y  más  brillante  se  volvía  su  color.  La  humanidad
palidecía al verlo acercarse. Todas las actividades humanas estaban suspendidas.
La evolución de los sentimientos generales llegó a su culminación cuando el cometa
hubo alcanzado por fin un tamaño que sobrepasaba toda aparición anterior. Desechando las
últimas esperanzas de que los astrónomos se hubieran equivocado, los hombres sintieron la
certidumbre del mal. Todo lo quimérico de sus terrores había desaparecido. El corazón de
los  más  valientes  de  nuestra  raza  latía  precipitadamente  en  su  pecho.  Y  sin  embargo
bastaron  pocos  días  para  que  aun  esos  sentimientos  se  fundieran  en  otros  todavía  más
insoportables. Ya no podíamos aplicar a aquel extraño astro ninguna idea ordinaria. Sus
atributos  históricos  habían  desaparecido.  Nos  oprimía  con  una  emoción  espantosamente
nueva. No lo veíamos como un fenómeno astronómico de los cielos, sino como un íncubo
sobre nuestros corazones y una sombra sobre nuestros cerebros. Con inconcebible rapidez
había tomado la apariencia de un gigantesco manto de llamas muy tenues extendido de un
horizonte al otro.
Pasó otro día, y los hombres respiraron con mayor libertad. No cabía duda de que nos
hallábamos  bajo  la  influencia  del  cometa,  y  sin  embargo  vivíamos.  Hasta  sentimos  una
insólita agilidad corporal y mental. La extraordinaria tenuidad del objeto de nuestro terror
era  ya  aparente,  pues  todos  los  cuerpos  celestes  se  percibían  a  través  de  él.  Entretanto
nuestra  vegetación  se  había  alterado  sensiblemente  y,  como  ello  nos  había  sido
pronosticado,  cobramos  aún  más  fe  en  la  previsión  de  los  sabios.  Un  follaje  lujurioso,
completamente desconocido hasta entonces, se desató en todos los vegetales.
Pasó otro día más... y la calamidad no nos había dominado todavía. Era evidente que el
núcleo  del  cometa  chocaría  con  la  tierra.  Un  espantoso  cambio  se  había  operado  en  los
hombres, y la primera sensación de dolor fue la terrible señal para las lamentaciones y el
espanto.  Aquella  primera  sensación  de  dolor  consistía  en  una  rigurosa  constricción  del
pecho y los pulmones, y una insoportable sequedad de la piel. Imposible negar que nuestra
atmósfera  estaba  radicalmente  afectada;  su  composición  y  las  posibles  modificaciones  a
que  podía  verse  sujeta  constituían  ahora  el  tema  de  discusión.  El  resultado  del  examen
produjo un estremecimiento eléctrico de terror en el corazón universal del hombre.
Se  sabía  desde  hacía  mucho  que  el  aire  que  nos  circundaba  era  un  compuesto  de
oxígeno y nitrógeno, en proporción respectiva de veintiuno y setenta y nueve por ciento. El
oxígeno, principio de la combustión y vehículo del calor, era absolutamente necesario para
la  vida  animal,  y  constituía  el  agente  más  poderoso  y  enérgico  en  la  naturaleza.  El
nitrógeno, por el contrario, era incapaz de mantener la vida animal y la combustión. Un
exceso  anómalo  de  oxígeno  produciría,  según  estaba  probado,  una  exaltación  de  los
espíritus animales, tal como la habíamos sentido en esos días. Lo que provocaba el espanto
era la extensión de esta idea hasta su límite. ¿Cuál sería el resultado de una extracción total
del  nitrógeno?  Una  combustión  irresistible,  devoradora,  todopoderosa,  inmediata:  el cumplimiento total, en sus minuciosos y terribles detalles, de las llameantes y aterradoras
anunciaciones de las profecías del Santo Libro.
¿Necesito  pintarte,  Charmion,  el  desencadenado  frenesí  de  la  humanidad?  Aquella
tenuidad del cometa que nos había inspirado previamente una esperanza era ahora la fuente
de  la  más  amarga  desesperación.  En  su  impalpable,  gaseosa  naturaleza  percibíamos
claramente la consumación  del  Destino. Y entretanto pasó otro día, llevándose con él la
última  sombra  de  la  Esperanza.  Jadeábamos  en  aquel  aire  rápidamente  modificado.  La
sangre arterial batía tumultuosamente en sus estrechos canales. Un delirio furioso se había
posesionado de todos los hombres y, con los brazos rígidamente tendidos hacia los cielos
amenazantes, temblaban y clamaban. Pero el núcleo del destructor llegaba ya a nosotros;
aun  aquí,  en  el  Aidenn,  me  estremezco  al  hablar.  Déjame  ser  breve...  breve  como  la
destrucción  que  nos  asoló.  Durante  un  momento  vimos  una  terrible,  cárdena  luz  que
penetraba en todas las cosas. Entonces... ¡inclinémonos Charmion, ante la sublime majestad
de Dios el grande!, entonces se alzó un clamoroso y penetrante sonido, tal como si brotara
de Su boca, y toda la masa de éter, dentro de la cual existíamos, reventó instantáneamente
en algo como una intensa llama roja, cuya insuperable brillantez y abrasante calor no tienen
nombre, ni siquiera entre los ángeles del alto cielo del conocimiento puro. Así acabó todo. 


f i n 

domingo, 16 de julio de 2017

Sombra Parábola


Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.

 (Salmo de David, XXIII) 


Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado
hace  mucho  en  la  región  de  las  sombras.  Pues  en  verdad  ocurrirán  muchas  cosas,  y  se
sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito.
Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos
habrá  que  encuentren  razones  para  meditar  frente  a  los  caracteres  aquí  grabados  con  un
estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los
cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a
lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para
aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para
mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel
año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el
anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no
sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en
las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un  noble palacio,  nos  hallábamos  una
noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a
nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el
artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío
aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las
desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos
rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la
pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese
terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están
agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto
nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que
nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas
de  hierro  que  iluminaban  nuestra  orgía.  Alzándose  en  altas  y  esbeltas  líneas  de  luz,
continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la
redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio
rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo,
reíamos  y  nos  alegrábamos  a  nuestro  modo  —lleno  de  histeria—,  y  cantábamos  las
canciones  de  Anacreonte  —llenas  de  locura—,  y  bebíamos  copiosamente,  aunque  el
purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en
la  persona  del  joven  Zoilo.  Muerto  y  amortajado  yacía  tendido  cuan  largo  era,  genio  y
demonio  de  la  escena.  ¡Ay,  no  participaba  de  nuestro  regocijo!  Pero  su  rostro,
convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se
interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del
muerto  estaban  fijos  en  mí,  me  obligaba  a  no  percibir  la  amargura  de  su  expresión,  y
mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta
y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre
las  tenebrosas  colgaduras  de  la  cámara,  se  debilitaron  hasta  volverse  inaudibles  y  se
apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los
sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como
la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la
sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un
instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie
de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de
un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la
sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin
moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si
recuerdo  bien,  se  alzaba  frente  a  los  pies  del  joven  Zoilo  amortajado.  Mas  nosotros,  los
siete  allí  congregados,  al  ver  cómo  la  sombra  avanzaba  desde  las  colgaduras,  no  nos
atrevimos  a  contemplarla  de  lleno,  sino  que  bajamos  los  ojos  y  miramos  fijamente  las
profundidades  del  espejo  de  ébano.  Y  al  final  yo,  Oinos,  hablando  en  voz  muy  baja,
pregunté  a  la  sombra  cuál  era  su  morada  y  su  nombre.  Y  la  sombra  contestó:  «Yo  soy
SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras
planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y  entonces  los  siete  nos  levantamos  llenos  de  horror  y  permanecimos  de  pie
temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de
un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a
otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados
de mil y mil amigos muertos.

F I N

sábado, 15 de julio de 2017

La Cita

Venecia



¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte
en el profundo valle.
(HENRY KING, obispo de Chichester, 
Funerales en la muerte de su esposa)

Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginación,
ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a contemplarte! De
nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío valle, en la sombra!,
sino como debiste de ser, derrochando una vida de magnífica meditación en aquella ciudad
de  confusas  visiones,  tu  Venecia,  Elíseo  del  mar,  amada  de  las  estrellas,  cuyos  amplios
balcones de los palacios de Palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento los
secretos  de  sus  silentes  aguas.  ¡Sí,  lo  repito:  como  debiste  de  ser!  Sin  duda  hay  otros
mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que
las  del  sofista.  ¿Quién,  entonces,  podría  poner  en  tela  de  juicio  tu  conducta?  ¿Quién  te
reprocharía  tus  horas  visionarias,  o  denunciaría  tu  modo  de  vivir  como  un  despilfarro,
cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías?
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte di Sospiri, donde encontré
por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro
acuden  confusamente  a  mi  recuerdo.  Y,  sin  embargo,  veo...  ¡ah,  cómo  olvidar!...  la
profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el genio del romance
que erraba por el angosto canal.
Venecia estaba extrañamente oscura. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta
hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vacía, mientras
las  luces  del  viejo  Palacio  Ducal  extinguíanse  una  tras  otra.  Volvía  a  casa  desde  la
Piazzetta, siguiendo el Gran Canal. Cuando mi góndola llegó ante la boca del canal de San
Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la noche un alarido
prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras el gondolero dejaba
resbalar  su  único  remo  y  lo  perdía  en  la  profunda  oscuridad,  sin  que  le  fuera  posible
recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el
canal  mayor  hacia  el  pequeño.  Semejantes  a  un  pesado  cóndor  de  negras  alas  nos
deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas,
llameando  desde  las  ventanas  y  las  escalinatas  del  Palacio  Ducal,  convirtieron
instantáneamente aquella profunda oscuridad en un lívido día preternatural. Escapando  de  los  brazos  de  su  madre,  un  niño  acababa  de  caer  desde  una  de  las
ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se
habían  cerrado  silenciosas  sobre  su  víctima.  Aunque  mi  góndola  era  la  única  a  la  vista,
muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente
en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes
losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el
agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la
marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres
—allí donde todas eran bellas—, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del
hermoso  niño,  su  primer  y  único  vástago  que,  sumido  en  las  profundidades  del  agua
lóbrega,  estaría  recordando  amargamente  las  dulces  caricias  de  su  madre  y  agotando  su
débil vida en los esfuerzos por llamarla.
La marquesa permanecía sola. Sus diminutos y plateados pies desnudos resplandecían
en el negro espejo de mármol que pisaba. Su cabello, que conservaba a medias el peinado
del baile, rodeaba entre una lluvia de diamantes su clásica cabeza, llena de bucles parecidos
al jacinto joven. Una túnica alba como la nieve y semejante a la gasa parecía ser la única
protección de sus delicadas formas; pero el aire estival de aquella medianoche era caliente,
denso,  estático,  y  aquella  imagen  estatuaria  tampoco  hacía  el  menor  movimiento  que
alterara  los  pliegues  de  la  vestidura  como  de  vapor  que  la  envolvía,  tal  como  el  pesado
mármol  envuelve  la  imagen  de  Niobe.  Y,  sin  embargo,  ¡cosa  extraña!,  sus  grandes  y
brillantes ojos no miraban hacia abajo, en dirección a la tumba donde su mejor esperanza
había  sido  sepultada,  sino  que  aparecían  como  clavados  en  una  dirección  por  completo
diferente. La prisión de la antigua República es, según creo, el edificio más majestuoso de
Venecia; pero, ¿cómo podía aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras allí abajo se
estaba  ahogando  su  único  hijo?  Un  negro,  lúgubre  nicho  hallábase  situado  exactamente
frente a la ventana del aposento de la marquesa. ¿Qué podía haber, pues, en sus sombras, en
su  arquitectura,  en  sus  solemnes  cornisas  cubiertas  de  hiedra,  que  la  dama  no  hubiera
contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Quién no recuerda que, en momentos como
ése, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las imágenes de su desolación y ve
en innumerables lugares lejanos la pena más cercana?
Varios escalones más arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta se veía
a Mentoni, todavía con su traje de fiesta, semejante a un sátiro. Ocupábase por momentos
de rasguear las cuerdas de una guitarra y parecía ennuyé en extremo, mientras, de cuando
en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo. Estupefacto y despavorido, no
había podido moverme de la posición en que me colocara al escuchar el grito; seguía de pie
y debí de presentar a ojos del agitado grupo una apariencia ominosa y espectral, mientras
pasaba, pálido y rígido, en aquella fúnebre góndola.
Todos los esfuerzos parecían vanos. Los más decididos en la búsqueda empezaban a
cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba ya de salvar al
niño  (¡y  cuánto  más  desesperada  estaría  la  madre!).  Pero  entonces,  desde  el  interior  de
aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la prisión de la antigua
República —y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa—, una silueta embozada
avanzó hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del abismo líquido, zambullóse
de cabeza en el canal. Un minuto después, al emerger llevando en sus brazos al niño que
aún respiraba y alzarse en los peldaños de mármol del lado de la marquesa, la empapada
capa se soltó de sus hombros y, cayendo a sus pies, mostró a los estupefactos espectadores
la graciosa figura de un hombre joven, cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa. Ni una  palabra pronunció  el  salvador. Pero la  marquesa...  ¡Ah,  ya  iba  a  recibir  a  su
hijo! ¡Ya iba a estrechar en sus brazos el pequeño cuerpo y reanimarlo con sus caricias!
Mas, ¡ay!, los brazos de otro lo alzaban, los brazos de otro se lo llevaban, lo introducían en
el palacio. ¿Y la marquesa?... Sus labios, sus hermosos labios temblaban; las lágrimas se
arracimaban  en  sus  ojos,  esos  ojos  que,  como  el  acanto  de  Plinio,  eran  «suaves  y  casi
líquidos». Sí, las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y de pronto todo el cuerpo de aquella
mujer se estremeció con un temblor que le venía del alma... ¡Y la estatua recobró vida! Vi
súbitamente cómo la palidez marmórea de sus facciones, el alentar de su seno y la pureza
de  sus  blancos  pies  se  anegaban  en  una  incontenible  marea  carmesí.  Y  un  leve  temblor
agitó su delicado cuerpo, como la brisa gentil de Nápoles agita los plateados lirios en el
campo.
¿Por  qué  se  sonrojaba  la  dama?  No  hay  respuesta  a  tal  pregunta.  Verdad  es  que,  al
abandonar,  con  el  apresuramiento  y  el  terror  de  un  corazón  materno  la  intimidad  de  su
boudoir, la marquesa había olvidado aprisionar sus menudos pies en chinelas y cubrir sus
hombros venecianos con el manto que les correspondía... ¿Qué otra razón podía tener para
sonrojarse así? ¿Y la mirada de esos ojos que imploraban desesperadamente? ¿Y el tumulto
del agitado seno? ¿Y la convulsiva presión de aquella mano temblorosa que, en momentos
en  que  Mentoni  retornaba  al  palacio,  se  posó  accidentalmente  sobre  la  mano  del
desconocido?  ¿Y  qué  razón  podía  haber  para  aquellas  palabras  en  voz  baja,  en  voz  tan
extrañamente baja, aquellas palabras sin sentido que la dama murmuró presurosamente en
el instante de despedirlo?
—Has  vencido  —dijo,  a  menos  que  el  murmullo  del  agua  me  engañara—.  Has
vencido... Una hora después de la salida del sol... ¡Así sea!

El  tumulto  se  había  apaciguado,  murieron  las  luces  en  el  interior  del  palacio  y  el
desconocido, a quien yo, sin embargo, había reconocido, permanecía solo en la escalinata.
Estremecióse con inconcebible agitación y sus ojos miraron en todas direcciones buscando
una góndola. No podía menos de ofrecerle la mía, y la aceptó. Luego de obtener un remo en
una  compuerta,  continuamos  juntos  hasta  su  residencia,  mientras  mi  huésped  recobraba
rápidamente el dominio de sí mismo y se refería a nuestra superficial relación en términos
de gran cordialidad.
Frente  a  ciertos  temas,  me  gusta  ser  minucioso.  La  persona  del  desconocido  —
permitidme  llamarlo  así,  ya  que  lo  era  todavía  para  el  mundo  entero—,  la  persona  del
desconocido  constituye  uno  de  esos  temas.  Su  estatura  era  algo  inferior  a  la  mediana,
aunque  en  momentos  de  intensa  pasión  su  cuerpo  crecía  como  para  desmentir  esa
afirmación. La liviana  y  esbelta  simetría de su figura antes anunciaba la vivaz actividad
demostrada en el Puente de los Suspiros, que la hercúlea fuerza que, en ocasiones de mayor
peligro, había desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y mentón eran los de una deidad;
los ojos, singulares, ardientes, enormes, líquidos, de una tonalidad fluctuando entre el puro
castaño y el más intenso y brillante azabache; una profusión de cabello negro y rizado, bajo
el cual se destacaba una frente de no común anchura, que por momentos resplandecía como
marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan clásicamente regulares que jamás he visto otros
semejantes, salvo, quizá, en las imágenes del emperador Cómodo. Y, sin embargo, su rostro
era de esos que todo hombre ha visto en algún momento de su vida, pero que no ha vuelto a
encontrar nunca más. No tenía nada peculiar, ninguna expresión predominante que fijar en
la  memoria;  un  rostro  visto  e  instantáneamente  olvidado,  pero  olvidado  con  un  vago  y
continuo deseo de recordarlo otra vez. Y no porque el espíritu de cada rápida pasión no dejara de imprimir su propia y clara imagen en el espejo de aquel rostro; pero el espejo, al
igual que todos los espejos, perdía todo vestigio de la pasión apenas desaparecía.
Al despedirnos la noche de aquella aventura me pidió, de una manera que me pareció
urgente, que no dejara de visitarlo muy temprano por la mañana. Poco después de la salida
del  sol  llegué  a  su  Palazzo,  uno  de  aquellos  enormes  edificios  de  sombría  y  fantástica
pompa  que  se  alzan  sobre  las  aguas  del  Gran  Canal,  en  la  vecindad  del  Rialto.  Fui
conducido  por  una  ancha  escalinata  de  mosaico  hasta  un  aposento  cuyo  incomparable
esplendor irrumpía por las puertas abiertas, con lujo tal que me cegó y me confundió.
No ignoraba que mi conocido era rico. Los rumores circulantes se referían a sus bienes
en términos que yo me había atrevido a calificar de ridículas exageraciones. Pero, cuando
miré  en  torno,  no  pude  creer  que  la  riqueza  de  un  europeo  hubiese  sido  capaz  de
proporcionar la principesca magnificencia que ardía y brillaba en todas partes.
Aunque,  como  ya  he  dicho,  ya  había  salido  el  sol,  el  aposento  seguía  profusamente
iluminado. Juzgué por esta circunstancia, así como por la expresión de fatiga del rostro de
mi amigo, que no se había acostado en toda la noche.
Tanto la arquitectura como la ornamentación de la cámara tenían por finalidad evidente
la  de  deslumbrar  y  confundir.  Poca  atención  se  había  prestado  a  lo  que  técnicamente  se
denomina armonía, o a las características nacionales. La mirada erraba de objeto en objeto,
sin detenerse en ninguno, fueran los grotesques de los pintores griegos, las esculturas de las
mejores épocas italianas, o las pesadas tallas del rústico Egipto. Ricas colgaduras, en todos
los  ángulos  del  aposento,  vibraban  bajo  los  acentos  de  una  suave  y  melancólica  música
cuyo  origen  era  imposible  adivinar.  Los  sentidos  quedaban  oprimidos  por  la  mezcla  de
diversos  perfumes  que  brotaban  de  extraños  incensarios  convolutos,  junto  con  múltiples
lenguas oscilantes y resplandecientes de fuegos violeta y esmeralda. Los rayos del sol que
apenas  asomaban  caían  sobre  aquel  conjunto  a  través  de  ventanas  formadas  por  un  solo
cristal  carmesí.  Saltando  de  un  lado  a  otro,  en  mil  refracciones,  desde  las  cortinas  que
bajaban  de  sus  cornisas  como  cataratas  de  plata  fundida,  los  rayos  del  astro  rey  se
mezclaban por fin con la luz artificial y caían en masas vencidas y temblorosas sobre una
alfombra tejida con riquísimo oro de Chile, que daba la impresión de líquido.
—¡Ja, ja, ja! —rió el señor de aquel palacio, ofreciéndome asiento y tendiéndose en
una  otomana—.  Bien  veo  —agregó  al  advertir  que  no  alcanzaba  a  adaptarme
inmediatamente a la bienséance de un recibimiento tan singular—, bien veo que está usted
asombrado de mi cámara, mis estatuas, mis pinturas, la originalidad de mi concepción en
materia de arquitectura y tapicería... ¿Verdad que se siente como embriagado frente a mi
magnificencia? Pero, perdóneme usted, querido señor —y aquí el tono de su voz descendió
hasta  tocar  el  espíritu  mismo  de  la  cordialidad—,  perdóneme  mi  poco  caritativa  risa.
¡Parecía usted tan completamente asombrado! Por lo demás, ciertas cosas son a tal punto
cómicas,  que  uno  tiene  que  reír  o morirse.  ¡Morirse  de  risa  debe  ser  el  más  glorioso  de
todos  los  fines!  Sir  Thomas  More...,  ¡y  qué  hombre  era  sir  Thomas  More!...,  murió
riéndose,  como  usted  sabe.  En  los  Absurdos  de  Ravisius  Textor  hay  una  larga  lista  de
personajes que terminaron de la misma magnífica manera. Y ha de saber usted —continuó,
pensativo— que en Esparta (que se llama ahora Palaeochori), hacia el oeste de la ciudadela,
entre un caos de ruinas apenas visibles, existe una especie de socle, en el cual todavía son
legibles  las  letras  ΛΑΣΜ.  Indudablemente,  forman  parte  de  ΙΕΛΑΣΜΑ.  Ahora  bien,  en
Esparta  se  alzaban  mil  templos  y  altares  dedicados  a  mil  divinidades  distintas.  ¡Qué
extraordinariamente  raro  que  el  altar  de  la  Risa  sea  el  único  que  ha  sobrevivido  a  los
demás!  Pero  en  este  momento  —agregó,  mientras  su  voz  y  su  actitud  variaban extrañamente— no tengo derecho de estar alegre a expensas de usted. Y no me extraña que
se haya quedado estupefacto al entrar. Europa no es capaz de producir nada tan hermoso
como mi pequeño gabinete real. El resto de las habitaciones no se le parecen para nada; son
simples ultras de insipidez a la moda. Pero esto es mejor que la moda, ¿no le parece? Y, sin
embargo, bastaría que vieran este aposento para que se iniciara la moda más furiosa... entre
aquellos, claro está, que pudieran pagarla al precio de su entero patrimonio. Pero me he
cuidado de semejante profanación. Salvo una persona, es usted el único ser humano, fuera
de mí y de mi valet, que ha sido admitido en los misterios de estos aposentos reales desde el
día en que fueron adornados como puede verlo...
Me incliné en señal de agradecimiento, ya que aquel lujo sobrecogedor, los perfumes,
la música y la inesperada excentricidad del tono y la actitud de mi huésped me impedían
expresar con palabras lo que de otra manera hubieran constituido un elogio.
—Aquí —dijo él, levantándose y apoyándose en mi brazo, mientras íbamos de un lado
a otro de la estancia—, aquí hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y de Cimabue
hasta  la  hora  actual.  Muchas  han  sido  escogidas,  como  puede  usted  ver,  con  muy  poco
respeto por las opiniones de los entendidos. Y, sin embargo, constituyen una decoración
adecuada para un aposento como éste. Hay asimismo algunos chefs d’oeuvre de grandes
desconocidos... y aquí figuran dibujos inconclusos de hombres que fueron celebrados en su
día y cuyos nombres han quedado reservados al silencio y a mí, gracias a la perspicacia de
las academias. ¿Qué piensa usted —dijo, volviéndose bruscamente mientras hablaba— de
esta Madonna della Pietà?
—¡Es la obra de Guido! —exclamé con todo el entusiasmo de mi espíritu, pues había
estado  contemplando  intensamente  su  incomparable hermosura—. ¡Es la obra de Guido!
¿Cómo  pudo  usted  obtenerla?  ¡No  cabe  duda  de  que  es  en  pintura  lo  que  la  Venus  en
escultura...!
—¡Ah! —dijo pensativamente—. Venus... la hermosa Venus... ¿La Venus de Médicis?
¿La de la pequeña cabeza y el resplandeciente cabello? Parte del brazo izquierdo —aquí su
voz se tornó tan baja que me costó oírla— y todo el derecho han sido restaurados; pienso
que en la coquetería de ese brazo derecho reside la quintaesencia de la afectación. ¡Para mí,
la  Venus  de  Canova!  El  mismo  Apolo  es  una  copia...  no  cabe  la  menor  duda...  ¡Oh,
estúpido  y  ciego  que  soy,  incapaz  de  alcanzar  la  tan  mentada  inspiración  del  Apolo!
Perdóneme  usted,  pero  no  puedo  evitar...,  ¡téngame  lástima!...,  una  preferencia  por  el
Antinoo. ¿No fue Sócrates quien afirmó que el escultor encuentra su estatua en el bloque de
mármol? En ese caso, Miguel Ángel no se mostró nada original en sus versos:

Non ha l’ottimo artista alcun concetto 
Che un marmo solo in se non circonscriva.

Se ha afirmado —o debería afirmarse— que en la actitud del verdadero gentleman cabe
advertir siempre una diferencia con el comportamiento del hombre vulgar, sin que en el
instante pueda precisarse en qué consiste. Suponiendo que dicha observación se aplicara
con toda su fuerza a la conducta exterior de mi amigo, aquella memorable mañana sentí que
correspondía referirla aún más a su temperamento moral y a su carácter. Para definir esa
peculiaridad de espíritu que parecía apartarlo esencialmente del resto de los seres humanos,
la llamaré un hábito de intenso y continuo pensamiento, que invadía incluso sus acciones
más triviales, penetraba en sus momentos de gozo y se entrelazaba con sus estallidos de
alegría, como los áspides que surgen de los ojos de las máscaras sonrientes en las cornisas de los templos de Persépolis.
No pude menos de observar, sin embargo, que, a pesar del tono alternado de liviandad
y solemnidad que mi huésped adoptaba para referirse a cuestiones de menuda importancia,
había en él una cierta vacilación, algo como un fervor nervioso en la acción y la palabra,
una inquieta excitabilidad de conducta que en todo momento me pareció inexplicable y que
a  ratos  llegó  a  alarmarme.  Con  frecuencia,  deteniéndose  a  mitad  de  una  frase  cuyo
comienzo  había  aparentemente  olvidado,  quedábase  escuchando  con  la  más  profunda
atención, tal como si esperara la llegada de un visitante u oyera sonidos que sólo existían en
su imaginación.
Ocurrió que, durante una de esas ensoñaciones o pausas de aparente abstracción, me
puse  a  hojear  la  hermosa  tragedia  del  poeta  y  humanista  Poliziano,  Orfeo  —la  primera
tragedia  italiana—,  que  había  encontrado  a  mi  alcance  sobre  una  otomana.  Al  hacerlo,
descubrí  un  pasaje  subrayado  con  lápiz.  Correspondía  al  final  del  tercer  acto,  y  era  un
fragmento apasionadamente emocionante un pasaje que, aunque manchado de impurezas,
no podría ser leído por hombre alguno sin despertar en él nuevos estremecimientos y hacer
suspirar a las mujeres. Aquella página estaba borrosa de lágrimas recién vertidas y, en la
parte en blanco del folio opuesto, leí los siguientes versos en inglés, escritos con una letra
tan diferente de la muy singular de mi amigo, que al principio me costó darme cuenta de
que era la misma:

Tú fuiste para mí, oh amor,
todo lo que mi espíritu anhelaba,
isla verde en el mar,
fuente y santuario,
con guirnaldas de frutas y de flores,
oh amor, que fueron mías.

¡Ah hermoso sueño, por hermoso efímero! 
¡Ah estrellada Esperanza que surgiste
para pronto morir! 
Una voz del futuro me reclama: 
—¡Adelante!¡Adelante!—. Mas se cierne 
sobre el pasado (¡negro abismo!) mi alma 
medrosa, inmóvil, muda.

¡Ay, ya no está conmigo
la luz de mi existencia!
«Ya nunca... nunca... nunca»
(así murmura el mar solemne
a las arenas de la playa),
ya nunca el árbol roto dará flores
ni el águila muriente alzará su vuelo.
Hoy mis días son vanos
y mis nocturnos sueños
andan allá donde tus ojos grises
miran, donde pisan tus plantas,
¡oh, en qué danzas etéreas, a la orilla de itálicos arroyos!

¡Ay, en qué aciago día
por el mar te llevaron
robándote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Robándote a mi amor, a nuestra tierra
donde lloran los sauces en la niebla!

Que  aquellos  versos  hubieran  sido  escritos  en  inglés  —idioma  con  el  cual  no  creía
familiarizado  a  mi  huésped—  me  sorprendió  poco. Demasiado sabía la extensión de sus
conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los demás. Pero el
lugar  donde  estaba  fechado  el  poema  me  causó,  debo  admitirlo,  no  poca  confusión.  La
palabra  original  era  Londres,  y,  aunque  aparecía  cuidadosamente  tachada,  podía,  sin
embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me causó no poca confusión,
pues bien recordaba una conversación anterior con mi amigo durante la cual le preguntara
si  alguna  vez  había  conocido  en  Londres  a  la  marquesa  de  Mentoni  (la  cual  residía  en
aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta me dio a entender
que jamás había pisado la metrópoli inglesa. Bien puedo mencionar de paso que muchas
veces  había  oído  decir  (sin  dar  crédito  a  un  rumor,  al  parecer,  tan  improbable)  que  el
hombre de quien hablo era no sólo por su nacimiento, sino por su educación, inglés.

—Hay una pintura —dijo él, sin advertir que yo había estado leyendo la tragedia— que
todavía no ha visto usted.
Y,  apartando  una  colgadura,  descubrió  un  retrato  de  tamaño  natural  de  la  marquesa
Afrodita.
El arte humano no podía haber hecho más en el trazado de su belleza sobrehumana. La
misma etérea figura  que  se  alzaba  ante mí la noche  anterior en la  escalinata  del  Palacio
Ducal volvía a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresión de su rostro, que resplandecía
sonriente,  se  insinuaba                    —¡incomprensible  anomalía!—  esa  incierta  mácula  de
melancolía, que siempre será inseparable de la perfección de la hermosura.
El  brazo  derecho  de  la  marquesa  aparecía  doblado  sobre  el  seno.  Con  el  izquierdo
mostraba, en la parte inferior del cuadro, un vaso de extraña factura. Un diminuto pie como
de  hada,  apenas  visible,  parecía  rozar  la  tierra;  y,  apenas  discernible  en  la  brillante
atmósfera  que  parecía  circundar  y  envolver  su  belleza,  flotaba  un  par  de  alas  de  la  más
delicada concepción.
Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras del
Bussy d’Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:

Está erguido
Como una estatua romana. ¡Y así permanecerá 
Hasta que la muerte lo haya vuelto mármol!

—¡Vamos! —exclamó por fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza, ricamente
esmaltada,  sobre  la  cual  aparecían  algunas  copas  fantásticamente  coloreadas,  juntamente
con  dos  grandes  vasos  etruscos,  semejantes  en  su  factura  al  extraordinario  modelo  que
aparecía en la parte inferior del retrato, y llenos de lo que me pareció ser Johannisberger. —¡Vamos! —repitió bruscamente—. Es muy temprano, pero lo mismo beberemos. Sí,
ciertamente  es  temprano  —continuó  pensativo,  en  momentos  en  que  un  querubín
descargaba  su  pesado  martillo  de  oro,  haciendo  resonar  la  estancia  con  la  primera  hora
posterior  a  la  salida  del  sol—.  ¡Oh,  sí,  es  temprano!  Pero,  ¿qué  importa?  ¡Bebamos!
¡Brindemos como ofrenda a ese solemne sol que nuestras brillantes lámparas e incensarios
se obstinan en someter!
Y, después de brindar conmigo, bebió sucesivamente varias copas de vino.
—Soñar  —continuó,  recobrando  el  tono  de  su  inconexa  conversación—,  soñar  ha
constituido  el  fin  de  mi  vida.  Por  eso  he  construido,  como  ve  usted,  este  lugar  para  los
sueños. ¿Podría haber creado uno mejor en pleno corazón de Venecia? Cierto que lo que se
percibe  es  una  mezcla  de  ornamentaciones  arquitectónicas.  La  castidad  jónica  se  ve
ofendida por las formas antediluvianas, y las esfinges egipcias se tienden sobre alfombras
de  oro.  Sin  embargo,  el  efecto  sólo  resulta  incongruente  para  un  espíritu  tímido.  Las
unidades, las convenciones de lugar y, sobre todo, de tiempo, son los espantajos que aterran
a la humanidad y la apartan de la contemplación de las magnificencias. Yo mismo profesé
en  un  tiempo  ese  rigor,  pero  semejante  sublimación  de  la  locura  acabó  por  estragar  mi
alma. Lo que ahora me rodea es lo más adecuado a mi propósito. Como esos incensarios de
arabescos, mi espíritu se retuerce en el fuego, y el delirio de esta escena me prepara a las
visiones más exaltadas de esa tierra de sueños reales hacia donde voy a partir en seguida.
Detúvose bruscamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho y pareció escuchar un sonido
que mis oídos no percibían. Por fin, enderezándose, miró hacia arriba y prorrumpió en los
versos del obispo de Chichester:

¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte 
En el profundo valle.

Un instante después, cediendo a la fuerza del vino, se dejó caer cuan largo era sobre
una otomana.
Oyéronse pasos presurosos en la escalera y resonaron pesados golpes en la puerta. Me
disponía  a  impedir  que  volvieran  a  molestarnos  cuando  un  paje  de  la  casa  de  Mentoni
irrumpió  en  el  aposento  y  gritó,  con  palabras  que  la  emoción  ahogaba  y  volvía
incoherentes:
—¡Mi señora... mi señora... envenenada... envenenada...! ¡Oh la hermosa... la hermosa
Afrodita!
Estupefacto, me precipité a la otomana y traté de que el durmiente recobrara el uso de
los  sentidos.  Pero  sus  miembros  estaban  rígidos,  lívidos  los  labios,  y  aquellos  ojos
brillantes aparecían ahora fijos para siempre por la muerte. Retrocedí tambaleándome hasta
la mesa y mi mano cayó sobre una copa rota y ennegrecida. Y la conciencia de la entera, de
la terrible verdad, se abrió paso como un rayo en mi alma.

F I N

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...