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sábado, 5 de agosto de 2017

La CONVERSACIÓN DE EIROS Y CHARMION


Te traeré el fuego. 
 (EURÍPIDES, Andrómaca)

Eiros.—¿Por qué me llamas Eiros?
Charmion.—Así te llamarás desde ahora y para siempre. A tu vez, debes olvidar mi
nombre terreno y llamarme Charmion.
Eiros.—¡Esto no es un sueño!
Charmion.—Ya  no  hay  sueños  entre  nosotros;  pero  dejemos  para  después  estos
misterios. Me alegro de verte dueño de tu razón, y tal como si estuvieras vivo. El velo de la
sombra se ha apartado ya de tus ojos. Ten ánimo y nada temas. Los días de sopor que te
estaban asignados se han cumplido, y mañana te introduciré yo mismo en las alegrías y las
maravillas de tu nueva existencia.
Eiros.—Es verdad, el sopor ha pasado. El extraño vértigo y la terrible oscuridad me
han abandonado, y ya no oigo ese sonido enloquecedor, turbulento, horrible, semejante a
«la voz de muchas aguas». Y sin embargo, Charmion, mis sentidos están perturbados por
esta penetrante percepción de lo nuevo.
Charmion.—Eso cesará en pocos días, pero comprendo muy bien lo que sientes. Hace
ya  diez  años  terrestres  que  pasé  por  lo  que  pasas  tú  y,  sin  embargo,  su  recuerdo  no  me
abandona. Empero ya has sufrido todo el dolor que sufrirás en Aidenn 4 .
Eiros.—¿En Aidenn?
Charmion.—En Aidenn.
Eiros.—¡Oh, Dios! ¡Charmion, apiádate de mí! Me siento agobiado por la majestad de
todas las cosas... de lo desconocido de pronto revelado... del Futuro, una conjetura fundida
en el augusto y cierto Presente.
Charmion.—No te empeñes por ahora en pensar de esa manera. Mañana hablaremos de
ello.  Tu  mente  vacila,  y  encontrará  alivio  a  su  agitación  en  el  ejercicio  de  los  simples
recuerdos. No mires alrededor, ni hacia adelante; mira hacia atrás. Ardo de ansiedad por
conocer  los  detalles  del  prodigioso  acontecer  que  te  ha  traído  entre  nosotros.  Cuéntame.
Hablemos  de  cosas  familiares,  en  el  viejo  lenguaje  familiar  del  mundo  que  tan
espantosamente ha perecido.
Eiros.—¡Oh, sí, espantosamente! ¡Esto no es un sueño!
Charmion.—No hay más sueños. Eiros mío, ¿fui muy llorada?
Eiros.—¿Llorada,  Charmion?  ¡Oh,  cuan  llorada!  Hasta  aquella  última  hora  cernióse
sobre tu casa una nube de profunda pena y devota tristeza.
Charmion.—Y esa última hora... háblame de ella. Recuerda que, fuera del hecho en sí
de la catástrofe, nada sé. Cuando abandoné la humanidad, entrando en la Noche a través de
la Tumba, en ese período, si recuerdo bien, la calamidad que os abrumó era por completo
insospechada. Cierto es que poco conocía yo la filosofía especulativa de entonces.
Eiros.—Como  has  dicho,  aquella  calamidad  era  enteramente  insospechada,  pero
desgracias análogas habían dado a los astrónomos motivo de discusión. Apenas necesito decirte,  amiga  mía,  que  ya  cuando  nos  dejaste  los  hombres  coincidían  en  interpretar  los
pasajes de las muy santas escrituras que hablan de la destrucción final de todas las cosas
por  el  fuego,  como  referidos  solamente  al  globo  terráqueo.  Las  especulaciones,  empero,
sobre la causa inmediata del fin, no llegaban a ninguna conclusión desde la época en que la
ciencia  astronómica  había  despojado  a  los  cometas  del  terrible  carácter  incendiario  que
antes  se  les  atribuía.  Bien  establecida  se  hallaba  la  escasa  densidad  de  aquellos  cuerpos
celestes.  Se  los  había  observado  pasar  entre  los  satélites  de  Júpiter,  sin  que  produjeran
ninguna  alteración  sensible  en  las  masas  o  las  órbitas  de  aquellos  planetas  secundarios.
Hacía  mucho  que  considerábamos  a  esos  errabundos  como  creaciones  vaporosas  de
inconcebible  tenuidad,  incapaces  de  dañar  nuestro  macizo  globo  aun  en  el  caso  de  un
choque directo. No sentíamos temor alguno de un contacto, pues los elementos de todos los
cometas eran perfectamente conocidos. Hacía muchos años que se consideraba inadmisible
buscar entre ellos al agente de la destrucción por el fuego. Pero en aquellos días finales las
conjeturas  y  las  extravagantes  fantasías  abundaban  singularmente  entre  los  hombres,  y
aunque  el  temor  sólo  asaltaba  a  unos  pocos  ignorantes,  el  anuncio  de  un  nuevo  cometa
formulado  por  los  astrónomos  fue  recibido  con  no  sé  qué  agitación  y  desconfianza
generales.
Los  elementos  del  extraño  astro  fueron  inmediatamente  calculados,  y  todos  los
observadores coincidieron en que su paso, en el perihelio, lo aproximaría mucho a la tierra.
Dos o tres astrónomos de renombre secundario sostuvieron resueltamente que el choque era
inevitable. Imposible expresar el efecto de esta noticia en las gentes. Durante unos pocos
días  no  quisieron  creer  en  una  afirmación  que  su  inteligencia,  tanto  tiempo  aplicada  a
consideraciones mundanas, no podía aprehender de ninguna manera. Pero la verdad de un
hecho de importancia vital se abre paso en el entendimiento del más estólido. Los hombres
comprendieron  finalmente  que  los  astrónomos  no  mentían,  y  esperaron  el  cometa.  Al
principio su acercamiento no parecía muy rápido, y nada de insólito había en su aspecto.
Era  de  un  rojo  oscuro,  con  una  cola  apenas  perceptible.  Durante  siete  u  ocho  días  no
advertimos  ningún  aumento  en  su  diámetro  aparente,  y  su  color  cambió  muy  poco.
Entretanto  los  negocios  ordinarios  de  la  humanidad  habían  sido  suspendidos  y  todos  los
intereses  se  concentraban  en  las  discusiones  científicas  referentes  a  la  naturaleza  del
cometa. Aun los más ignorantes forzaban sus indolentes inteligencias para entenderlas. Y
los  sabios  consagraron  entonces  su  intelecto,  su  alma,  no  ya  a  aliviar  los  temores  o  a
sostener sus amadas teorías, sino a buscar la verdad, a buscarla desesperadamente. Gemían
en procura del conocimiento perfecto. La verdad se alzó en toda la pureza de su fuerza y de
su excelsa majestad, y los sensatos se inclinaron y adoraron.
La opinión según la cual nuestro globo o sus habitantes sufrirían daños materiales de
resultas del temible contacto, perdía diariamente fuerza entre los sabios, y a éstos les era
dado ahora gobernar la razón y la fantasía de la multitud. Se demostró que la densidad del
núcleo del cometa era mucho menor que la de nuestro gas más raro; el inofensivo pasaje de
un visitante similar entre los satélites de Júpiter era argüido como un ejemplo convincente,
capaz de calmar los temores. Los teólogos, con un celo inflamado por el miedo, insistían en
la profecía bíblica, explicándola al pueblo con una precisión y una simplicidad que jamás se
había visto antes. La destrucción final de la tierra se operaría por intervención del fuego; así
lo  enseñaban  con  un  brío  que  imponía  convicción  por  doquier;  y  el  que  los  cometas  no
fueran de naturaleza ígnea (como todos sabían ahora) constituía una verdad que liberaba en
gran medida de las aprensiones sobre la gran calamidad predicha. Es de hacer notar que los
prejuicios populares y los errores del vulgo concernientes a las pestes y a las guerras —errores que antes prevalecían a cada aparición de un cometa— eran ahora completamente
desconocidos.
Como  naciendo  de  un  súbito  movimiento  convulsivo,  la  razón  había  destronado  de
golpe a la superstición. La más débil de las inteligencias extraía vigor del exceso de interés.
Los  daños  menores  que  pudieran  resultar  del  contacto  con  el  cometa  eran  tema  de
minuciosas discusiones. Los entendidos hablaban de ligeras perturbaciones geológicas, de
probables alteraciones del clima y, por consiguiente, de la vegetación, aludiendo también a
posibles  influencias  magnéticas  y  eléctricas.  Muchos  sostenían  que  los  efectos  no  serían
visibles  ni  apreciables.  Y  mientras  las  discusiones  proseguían,  su  objeto  se  aproximaba
gradualmente,  aumentaba  su  diámetro  y  más  brillante  se  volvía  su  color.  La  humanidad
palidecía al verlo acercarse. Todas las actividades humanas estaban suspendidas.
La evolución de los sentimientos generales llegó a su culminación cuando el cometa
hubo alcanzado por fin un tamaño que sobrepasaba toda aparición anterior. Desechando las
últimas esperanzas de que los astrónomos se hubieran equivocado, los hombres sintieron la
certidumbre del mal. Todo lo quimérico de sus terrores había desaparecido. El corazón de
los  más  valientes  de  nuestra  raza  latía  precipitadamente  en  su  pecho.  Y  sin  embargo
bastaron  pocos  días  para  que  aun  esos  sentimientos  se  fundieran  en  otros  todavía  más
insoportables. Ya no podíamos aplicar a aquel extraño astro ninguna idea ordinaria. Sus
atributos  históricos  habían  desaparecido.  Nos  oprimía  con  una  emoción  espantosamente
nueva. No lo veíamos como un fenómeno astronómico de los cielos, sino como un íncubo
sobre nuestros corazones y una sombra sobre nuestros cerebros. Con inconcebible rapidez
había tomado la apariencia de un gigantesco manto de llamas muy tenues extendido de un
horizonte al otro.
Pasó otro día, y los hombres respiraron con mayor libertad. No cabía duda de que nos
hallábamos  bajo  la  influencia  del  cometa,  y  sin  embargo  vivíamos.  Hasta  sentimos  una
insólita agilidad corporal y mental. La extraordinaria tenuidad del objeto de nuestro terror
era  ya  aparente,  pues  todos  los  cuerpos  celestes  se  percibían  a  través  de  él.  Entretanto
nuestra  vegetación  se  había  alterado  sensiblemente  y,  como  ello  nos  había  sido
pronosticado,  cobramos  aún  más  fe  en  la  previsión  de  los  sabios.  Un  follaje  lujurioso,
completamente desconocido hasta entonces, se desató en todos los vegetales.
Pasó otro día más... y la calamidad no nos había dominado todavía. Era evidente que el
núcleo  del  cometa  chocaría  con  la  tierra.  Un  espantoso  cambio  se  había  operado  en  los
hombres, y la primera sensación de dolor fue la terrible señal para las lamentaciones y el
espanto.  Aquella  primera  sensación  de  dolor  consistía  en  una  rigurosa  constricción  del
pecho y los pulmones, y una insoportable sequedad de la piel. Imposible negar que nuestra
atmósfera  estaba  radicalmente  afectada;  su  composición  y  las  posibles  modificaciones  a
que  podía  verse  sujeta  constituían  ahora  el  tema  de  discusión.  El  resultado  del  examen
produjo un estremecimiento eléctrico de terror en el corazón universal del hombre.
Se  sabía  desde  hacía  mucho  que  el  aire  que  nos  circundaba  era  un  compuesto  de
oxígeno y nitrógeno, en proporción respectiva de veintiuno y setenta y nueve por ciento. El
oxígeno, principio de la combustión y vehículo del calor, era absolutamente necesario para
la  vida  animal,  y  constituía  el  agente  más  poderoso  y  enérgico  en  la  naturaleza.  El
nitrógeno, por el contrario, era incapaz de mantener la vida animal y la combustión. Un
exceso  anómalo  de  oxígeno  produciría,  según  estaba  probado,  una  exaltación  de  los
espíritus animales, tal como la habíamos sentido en esos días. Lo que provocaba el espanto
era la extensión de esta idea hasta su límite. ¿Cuál sería el resultado de una extracción total
del  nitrógeno?  Una  combustión  irresistible,  devoradora,  todopoderosa,  inmediata:  el cumplimiento total, en sus minuciosos y terribles detalles, de las llameantes y aterradoras
anunciaciones de las profecías del Santo Libro.
¿Necesito  pintarte,  Charmion,  el  desencadenado  frenesí  de  la  humanidad?  Aquella
tenuidad del cometa que nos había inspirado previamente una esperanza era ahora la fuente
de  la  más  amarga  desesperación.  En  su  impalpable,  gaseosa  naturaleza  percibíamos
claramente la consumación  del  Destino. Y entretanto pasó otro día, llevándose con él la
última  sombra  de  la  Esperanza.  Jadeábamos  en  aquel  aire  rápidamente  modificado.  La
sangre arterial batía tumultuosamente en sus estrechos canales. Un delirio furioso se había
posesionado de todos los hombres y, con los brazos rígidamente tendidos hacia los cielos
amenazantes, temblaban y clamaban. Pero el núcleo del destructor llegaba ya a nosotros;
aun  aquí,  en  el  Aidenn,  me  estremezco  al  hablar.  Déjame  ser  breve...  breve  como  la
destrucción  que  nos  asoló.  Durante  un  momento  vimos  una  terrible,  cárdena  luz  que
penetraba en todas las cosas. Entonces... ¡inclinémonos Charmion, ante la sublime majestad
de Dios el grande!, entonces se alzó un clamoroso y penetrante sonido, tal como si brotara
de Su boca, y toda la masa de éter, dentro de la cual existíamos, reventó instantáneamente
en algo como una intensa llama roja, cuya insuperable brillantez y abrasante calor no tienen
nombre, ni siquiera entre los ángeles del alto cielo del conocimiento puro. Así acabó todo. 


f i n 

jueves, 22 de junio de 2017

El Rey del Trébol

La verdad -observé dejando el Daily Newsmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción.
La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de nuevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:
-¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!
Sin enojarme por la evidente ironía, di un golpecito sobre el periódico que acababa de soltar de la mano.
-¿Lo ha leído ya? -pregunté.
-Sí. Y después de leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente. No lo he tirado al suelo como acaba usted de hacer, con una lamentable falta de orden y de método.
(Esto es lo peor de Poirot. El Orden y el Método son sus dioses. Y les atribuye todos sus éxitos.)
-¿Entonces ha leído la nota del asesinato de Henry Reedbum, el empresario? Él ha originado mi reciente observación. Porque es cierto que no solo la verdad es más fuerte que la ficción, sino, asimismo, mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida familia de clase media, los Ogiander. El padre, la madre, el hijo, la hija son típicos, como tantos cientos de familias de este país. Los hombres van al centro de la ciudad todos los días; las mujeres se ocupan de la casa. Sus vidas son pacíficas, monótonas incluso. Anoche estuvieron sentados en el salón de su casa de Daisymead, en Streatham, jugando al bridge. De improviso, se abre una puerta de cristales y entra en la habitación una mujer tambaleándose. Lleva manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes de caer desmayada al suelo dice una sola palabra: «asesinado». La familia la reconoce al punto. Es Valerie Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo Londres.
-¿Habla usted por sí mismo o está refiriendo lo que dice el Daily Newmonger? -interrogó Poirot con ánimo de puntualizar.
-El periódico entró a último momento en prensa y se contentó con narrar hechos escuetos. A mí me han impresionado enseguida las posibilidades dramáticas del suceso.
Poirot aprobó pensativo mis palabras.
-Dondequiera que exista la naturaleza humana existe el drama. Solo que no siempre es como uno se lo imagina. Recuérdelo. Sin embargo, me interesa ese caso porque es posible que me vea relacionado con él.
-¿De verdad?
-Sí. Esta mañana me llamó por teléfono un caballero para solicitar una entrevista en nombre del príncipe Paúl de Mauritania.
-Pero ¿qué tiene eso que ver con lo ocurrido?
-Usted no lee todos nuestros periódicos. Me refiero a esos que relatan acontecimientos escandalosos y que comienzan por: «Nos cuenta un ratoncito…» o «A un pajarito le gustaría saber…». Vea esto.
Yo seguí el párrafo que me señalaba con el grueso índice.
-…desearíamos saber si el príncipe extranjero y la famosa bailarina poseen en realidad afinidades y, ¡si a la dama le gustaba la nueva sortija de diamantes!
-Bueno, continúe su historia. Quedamos en que mademoiselle Sinclair se desmayó en Daisymead sobre la alfombra del salón, ¿lo recuerda?
Yo me encogí de hombros.
-Como resultado de sus palabras, los dos Ogiander salieron; uno en busca de un médico que asistiera a la dama, que sufría una terrible conmoción nerviosa, y el otro a la jefatura de policía, desde donde, tras contar lo ocurrido, los acompañó a Mon Désir, la magnífica villa del señor Reedburn, que se halla a corta distancia de Daisymead. Allí encontraron al gran hombre, que, dicho sea de paso, goza de mala fama, tendido en la mitad de la biblioteca con la cabeza abierta.
-Yo he criticado su estilo -dijo Poirot con afecto-. Perdóneme, se lo ruego. ¡Oh, aquí tenemos al príncipe!
Nos anunciaron al distinguido visitante con el nombre de conde Feodor. Era un joven alto, extraño, de barbilla débil, con la famosa boca de los Mauranberg y los ojos ardientes y oscuros de un fanático.
-¿Monsieur Poirot?
Mí amigo se inclinó.
-Monsieur, me encuentro en un apuro tan grande que no puede expresarse con palabras…
Poirot hizo un ademán de inteligencia.
-Comprendo su ansiedad. Mademoiselle Sinclair es una amiga querida, ¿no es cierto?
El príncipe repuso sencillamente:
-Confío en que será mi mujer.
Poirot se incorporó con los ojos muy abiertos.
El príncipe continuó:
-No seré yo el primero de la familia que contraiga matrimonio morganático. Mi hermano Alejandro ha desafiado también las iras del emperador. Hoy vivimos en otros tiempos, más adelantados, libres de prejuicios de casta. Además, mademoiselle Sinclair es igual a mí, posee rango. Supongo que conocerá su historia, o por lo menos una parte de ella.
-Corren por ahí, en efecto, muchas románticas versiones de su origen. Dicen unos que es hija de una irlandesa gitana; otros, que su madre es una aristócrata, una archiduquesa rusa.
-La primera versión es una tontería, desde luego -repuso el príncipe-. Pero la segunda es verdadera. Aunque está obligada a guardar el secreto, Valerie me ha dado a entender eso. Además, lo demuestra, sin darse cuenta, y yo creo en la ley de herencia, monsieur Poirot.
-También yo creo en ella -repuso Poirot, pensativo-. Yo, moi qui vous parle, he presenciado cosas muy raras… Pero vamos a lo que importa, monsieur le prince. ¿Qué quiere de mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada mademoiselle de algún modo con ese crimen? Porque conocía al señor Reedburn, naturalmente…
-Sí. Él confesaba su amor por ella.
-¿Y ella?
-Ella no tenía nada que decirle.
Poirot le dirigió una mirada penetrante.
-Pero, ¿le temía? ¿Tenía motivos?
El joven titubeó.
-Le diré… ¿Conoce a Zara, la vidente?
-No.
-Es maravillosa. Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo fuimos a verla la semana pasada. Y nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas nubes que asomaban en el horizonte y le predijo males inminentes; luego volvió la última carta. Era el rey de trébol. Dijo a Valerie: «Tenga mucho cuidado. Existe un hombre que la tiene en su poder. Usted le teme, se expone a un gran peligro. ¿Sabe de quién le hablo?». Valerie estaba blanca hasta los labios. Hizo un gesto afirmativo y contestó: «Sí, sí, lo sé». Las últimas palabras de Zara a Valerie fueron: «Cuidado con el rey de trébol. ¡Le amenaza un peligro!». Entonces la interrogué. Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada. Pero ahora, después de lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie vio a Reedburn en el rey de trébol y de que él era el hombre a quien temía.
El príncipe guardó brusco silencio.
-Ahora comprenderá mi agitación cuando abrí el periódico esta mañana. Suponiendo que en un ataque de locura, Valerie… pero no, ¡es imposible…!, ¡no puedo concebirlo, ni en sueños!
Poirot se levantó del sillón y dio unas palmaditas afectuosas en el hombro del joven.
-No se aflija, se lo ruego. Déjelo todo en mis manos.
-¿Irá a Streatham? Sé que está en Daisymead, postrada por la conmoción sufrida.
-Iré en seguida.
-Ya lo he arreglado todo por medio de la embajada. Tendrá usted acceso a todas partes.
-Marchemos entonces. Hastings, ¿quiere acompañarme? Au revoir, monsieur le prince.
Mon Désir era una preciosa villa moderna y cómoda. Una calzada para coches conducía a ella y detrás de la casa tenía un terreno de varias hectáreas de magníficos jardines.
En cuanto mencionamos al príncipe Paúl, el mayordomo que nos abrió la puerta nos llevó al instante al lugar de la tragedia. La biblioteca era una habitación magnífica que ocupaba toda la fachada del edificio con una ventana a cada extremo, de las cuales una daba a la calzada y otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última. No hacía mucho que se lo habían llevado después de concluir su examen la policía.
-¡Qué lástima! -murmuré al oído de Poirot-. La de pruebas que habrán destruido.
Mi amigo sonrió.
-¡Eh, eh! ¿Cuántas veces habré de decirle que las pruebas vienen de dentro? En las pequeñas células grises del cerebro es donde se halla la solución de cada misterio.
Se volvió al mayordomo y preguntó:
-Supongo que a excepción del levantamiento del cadáver no se habrá tocado la habitación.
-No, señor. Se halla en el mismo estado que cuando llegó la policía anoche.
-Veamos. Veo que esas cortinas pueden correrse y que ocultan el alféizar de la ventana. Lo mismo sucede con las cortinas de la ventana opuesta. ¿Estaban corridas anoche también?
-Sí, señor. Yo verifico la operación todas las noches.
-Entonces, ¿debió descorrerlas el propio Reedburn?
-Así parece, señor.
-¿Sabía usted que esperaba visita?
-No me lo dijo, señor. Pero dio orden de que no se le molestase después de la cena. Ve, señor, por esa puerta se sale de la biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio entrada a alguien por ella.
-¿Tenía por costumbre hacerlo así?
El mayordomo tosió discretamente.
-Creo que sí, señor.
Poirot se dirigió a aquella puerta. No estaba cerrada con llave. En vista de ello salió a la terraza que iba a parar a la calzada sita a su derecha; a la izquierda se levantaba una pared de ladrillo rojo.
-Al otro lado está el huerto, señor. Más allá hay otra puerta que conduce a él, pero permanece cerrada desde las seis de la tarde.
Poirot entró en la biblioteca seguido del mayordomo.
-¿Oyó algo de los acontecimientos de anoche? -preguntó Poirot.
-Oímos, señor, voces, una de ellas de mujer, en la biblioteca, poco antes de dar las nueve. Pero no era un hecho extraordinario. Luego, cuando nos retiramos al vestíbulo de servicio que está a la derecha del edificio, ya no oímos nada, naturalmente. Y la policía llegó a las once en punto.
-¿Cuántas voces oyeron?
-No sabría decírselo, señor. Solo reparé en la voz de mujer.
-¡Ah!
-Perdón, señor. Si desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.
La idea nos pareció de perlas y poco después se reunió con nosotros el doctor, hombre de edad madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot los informes que solicitaba. Se encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana con la cabeza apoyada en el asiento de mármol adosado a aquella. Tenía dos heridas: una entre ambos ojos; otra, la fatal, en la nuca.
-¿Yacía de espaldas?
-Sí. Ahí está la prueba.
El doctor nos indicó una pequeña mancha negra en el suelo.
-¿Y no pudo ocasionarle la caída el golpe que recibió en la cabeza?
-Imposible. Porque el arma, sea cualquiera que fuese, penetró en el cráneo.
Poirot miró pensativo el vacío. En el vano de cada ventana había un asiento, esculpido, de mármol, cuyas armas representaban la cabeza de un león. Los ojos de Poirot se iluminaron.
-Suponiendo que cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente de león y que de ella resbalase hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una herida como la que usted describe?
-Sí, es posible. Pero el ángulo en que yacía nos obliga a considerar esa teoría imposible. Además, hubiera dejado huellas de sangre en el asiento de mármol.
-Sí, contando con que no se hayan borrado.
El doctor se encogió de hombros.
-Es improbable. Sobre todo porque no veo qué ventaja puede aportar convertir un accidente en crimen.
-No, claro está. ¿Qué le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de los dos golpes?
-Oh, no, señor. Supongo que está pensando en mademoiselle Sinclair.
-No pienso en ninguna persona determinada -repuso con acento suave Poirot.
Concentró su atención en la ventaba abierta mientras decía el doctor:
-Mademoiselle Sinclair huyó por allí. Vean cómo se divisa Daisymead por entre los árboles. Naturalmente, que hay muchas otras casas en la carretera, frente a esta, pero Daisymead es la única visible por este lado.
-Gracias por sus informes, doctor -dijo Poirot-. Venga, Hastings. Vamos a seguir los pasos de mademoiselle.
Echó a andar delante de mí y en este orden pasamos por el jardín, dejando atrás la verja de hierro y llegamos, también por la puerta del jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa, que poseía media hectárea de terreno. Un pequeño tramo de escalera conducía a la puerta de cristales a la francesa. Poirot me la indicó con el gesto.
-Por ahí entró anoche mademoiselle Sinclair. Nosotros no tenemos ninguna prisa y lo haremos por la puerta principal.
La doncella que nos abrió la puerta nos llevó al salón, donde nos dejó para ir en busca de la señora Ogiander. Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el día anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de bridge colocada en el centro con una jota boca arriba y varias manos de naipes puestas aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor innumerables objetos de adorno y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, colgados de las paredes.
Poirot los examinó con más indulgencia que la que mostré yo, enderezando uno o dos que se habían ladeado.
-¡Qué lazo tan fuerte el de la famille! El sentimiento ocupa en ella el lugar de la estética.
Yo asentí a estas palabras sin separar la vista de un grupo fotográfico compuesto de un caballero con patillas, de una señora de moño alto, de un muchacho fornido y de dos muchachas adornadas con una multitud de lazos innecesarios. Suponiendo que era la familia Ogiander de los tiempos pasados la contemplé con interés.
En este momento se abrió la puerta del salón y entró una mujer joven. Llevaba bien peinado el cabello oscuro y vestía un jersey y una falda a cuadros.
Poirot avanzó unos pasos como respuesta a una mirada de interrogación de la recién llegada.
-¿Señora Ogiander? –dijo-. Lamento tener que molestarla… sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha sido espantoso!
-Sí, y nos tiene a todos muy trastornados -confesó la muchacha sin demostrar emoción.
Yo empezaba a creer que los elementos del drama pasaban inadvertidos para la señora Ogiander, que su falta de imaginación era superior a cualquier tragedia, y me confirmó en esta creencia su actitud, cuando continuó diciendo:
-Disculpen el desorden de la habitación. Los sirvientes están muy excitados.
-¿Es aquí donde pasaron ustedes la velada anoche, n ‘est-ce pas?
-Sí, jugábamos al bridge después de cenar cuando…
-Perdón. ¿Cuánto hacía que jugaban ustedes?
-Pues… -la señora Ogiander reflexionó- la verdad es que no lo recuerdo. Supongo que comenzamos a las diez.
-¿Dónde estaba usted sentada?
-Frente a la puerta de cristales. Jugaba con mi madre y acababa de echar una carta. De súbito, sin previo aviso, se abrió la puerta y entró la señorita Sinclair tambaleándose en el salón.
-¿La reconoció?
-Me di vaga cuenta de que su rostro me era familiar.
-Sigue aquí, ¿verdad?
-Sí, pero está postrada y no quiere ver a nadie.
-Creo que me recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe Paúl de Mauritania.
Me pareció que el nombre del príncipe alteraba la calma imperturbable de la señora Ogiander. Pero salió sin hacer comentarios del salón y volvió casi en seguida para comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su dormitorio.
La seguimos y por la escalera llegamos a una bonita habitación, bien iluminada, empapelada de color claro. En un diván, junto a la ventana, vimos a una señorita que volvió la cabeza al hacer nuestra entrada. El contraste que ella y la señora Ogiander ofrecían me llamó en seguida la atención, pues si bien en las facciones y en el color del cabello se parecían, ¡qué diferencia tan notable existía entre las dos! La palabra, el gesto de Valerie Sinclair constituían un poema. De ella se desprendía un aura romántica. Vestía una prenda muy casera, una bata de franela encarnada que le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad le daba un sabor exótico y semejaba una vestidura oriental de encendido color. En cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.
-¿Vienen de parte de Paúl? -su voz armonizaba con su aspecto, era lánguida y llena.
-Sí, mademoiselle. Estoy aquí para servir a él… y a usted.
-¿Qué es lo que desea saber?
-Todo lo que sucedió anoche, ¡absolutamente todo!
La bailarina sonrió con visible expresión de cansancio.
-¿Supone que voy a mentir? No soy tan estúpida. Veo con claridad que no debo ocultarle nada. Ese hombre, me refiero al que ha muerto, poseía un secreto mío y me amenazaba con él. Por el bien de Paúl traté de llegar a un acuerdo con él. No podía arriesgarme a perder al príncipe. Ahora que ha muerto me siento segura, pero no lo maté.
Poirot meneó la cabeza, sonriendo.
-No es necesario que lo afirme, mademoiselle –dijo-. Cuénteme lo que sucedió la noche pasada.
-Parecía dispuesto a hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero. Me citó en su casa a las nueve en punto. Yo conocía ya Mon Désir, había estado en ella. Debía entrar en la biblioteca por la puerta falsa para que no me vieran los criados.
-Perdón, mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y por la noche?
¿Lo imaginé o Valerie hizo una pausa antes de contestar?
-Sí, es posible. Pero no podía pedir a nadie que me acompañara y estaba desesperada. Reedburn me recibió en la biblioteca. ¡Celebro que haya muerto! ¡Oh, qué hombre! Jugó conmigo como el gato y el ratón. Me puso los nervios en tensión. Yo le rogué, le supliqué de rodillas, le ofrecí todas mis joyas. ¡Todo en vano! Luego me dictó sus condiciones. Ya adivinará las que fueron. Me negué a complacerle. Le dije lo que pensaba de él, rabié, me encolericé. Él sonreía sin perder la calma. Y de pronto, en un momento de silencio, sonó algo en la ventana, tras la cortina corrida. Reedburn lo oyó también. Se acercó a ella y la descorrió rápidamente. Detrás había un hombre escondido, era un vagabundo de feo aspecto. Atacó al señor Reedburn, al que dio primero un golpe… luego otro. Reedburn cayó al suelo. El vagabundo me asió entonces con la mano cubierta de sangre, pero yo me solté, me deslicé al exterior por la ventana y corrí para salvar la vida. En aquel momento distinguí las luces de esta casa y a ella me encaminé. Los visillos estaban descorridos y vi que los habitantes de la casa jugaban al bridge. Entré, tropezando, en el salón. Recuerdo que pude gritar: «asesinado», y luego caí al suelo y ya no vi nada…
-Gracias, mademoiselle. El espectáculo debió constituir un gran choque para su sistema nervioso. ¿Podría describirme al vagabundo? ¿Recuerda lo que llevaba puesto?
-No. Fue todo tan rápido… Pero su rostro está grabado en mi pensamiento y estoy segura de poder conocerlo en cuanto lo vea.
-Una pregunta todavía, mademoiselle. ¿Estaban corridas las cortinas de la otra ventana, de la que mira a la calzada?
En el rostro de la bailarina se pintó por vez primera una expresión de perplejidad. Pero trató de recordar con precisión.
-¿Eh, bien mademoiselle?
-Creo… casi estoy segura… ¡sí, segurísima!, de que no estaban corridas.
-Es curioso, sobre todo estando corridas las primeras. No importa, la cosa tiene poca importancia. ¿Permanecerá todavía aquí mucho tiempo, mademoiselle?
-El doctor cree que mañana podré volver a la ciudad.
Valerie miró a su alrededor. La señora Ogiander había salido.
-Estas gentes son muy amables, pero… no pertenecen a mi esfera. Yo las escandalizo… bien, no simpatizo con la bourgeoisie.
Sus palabras tenían un matiz de amargura.
Poirot repuso:
-Comprendo y confío en que no la habré fatigado con mis preguntas.
-Nada de eso, monsieur. No deseo más sino que Paúl lo sepa todo lo antes posible.
-Entonces, ¡muy buenos días, mademoiselle!
Antes de salir Poirot de la habitación se paró y preguntó señalando un par de zapatos de piel.
-¿Son suyos, mademoiselle?
-Sí. Ya están limpios. Me los acaban de traer.
-¡Ah! -exclamó Poirot mientras bajábamos la escalera-. Los criados estaban muy excitados, pero por lo visto no lo están para limpiar un par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me pareció interesante, de momento, pero se me figura que se está concluyendo.
-Pero ¿y el asesino?
-¿Cree que Hércules Poirot se dedica a la caza de vagabundos? -replicó con acento grandilocuente el detective.
Al llegar al vestíbulo nos tropezamos con la señora Ogiander que salía a nuestro encuentro.
-Háganme el favor de esperar en el salón. Mamá quiere hablar con ustedes -nos dijo.
La habitación seguía sin arreglar y Poirot tomó la baraja y comenzó a barajar los naipes al azar con sus manos pequeñas y bien cuidadas.
-¿Sabe lo que pienso, amigo mío?
-¡No! -repuse ansiosamente.
-Pues que la señora Ogiander hizo mal en no echar un triunfo. Debió poner sobre la mesa el tres de picas.
-¡Poirot! Es usted el colmo.
Mon Dieu! No voy a estar siempre hablando de rayos y de sangre.
De repente olfateó el aire y dijo:
-Hastings, Hastings, mire. Falta el rey de trébol de la baraja.
-¡Zara! -exclamé.
-¿Cómo?
-De momento Poirot no comprendió mi alusión. Maquinalmente guardó las barajas, ordenadas, en sus cajas. Su rostro asumía una expresión grave.
-Hastings -dijo por fin-. Yo, Hércules Poirot, he estado a punto de cometer un error, un gran error.
Lo miré impresionado, pero sin comprender. Lo interrumpió la entrada en el salón de una hermosa señora de alguna edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le dedicó un galante saludo. La dama le preguntó:
-Según tengo entendido, es usted amigo de… la señorita Sinclair.
-Precisamente su amigo, no, señora. He venido de parte de un amigo.
-Ah, comprendo. Me pareció que…
Poirot señaló bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:
-¿Anoche tenían ustedes corridos los visillos?
-No, y supongo que por eso vio luz la señorita Sinclair y se orientó.
-Anoche estaba la luna llena. ¿Vio usted a la señorita Sinclair, sentada como estaba delante de la ventana?
-No, porque me abstraía el juego. Además porque, naturalmente, nunca nos ha sucedido nada parecido a esto.
-Lo creo, madame. Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse mañana.
-¡Oh! -el rostro de la dama se iluminó.
-Le deseo muy buenos días, madame.
Una criada limpiaba la escalera cuando salimos por la puerta principal de la casa. Poirot dijo:
-¿Fue usted la que limpió los zapatos de la señora forastera?
La doncella meneó la cabeza.
-No, señor. No creo tampoco que haya que limpiarlos.
-¿Quién los limpió entonces? -pregunté a Poirot mientras bajábamos por la calzada.
-Nadie. No estaban sucios.
-Concedo que por bajar por el camino o por un sendero, en una noche de luna, no se ensucien, pero después de aplastar con ellos la hierba del jardín se manchan y ensucian.
-Sí, estoy de acuerdo -repuso Poirot con una sonrisa singular.
-Entonces…
-Tenga paciencia, amigo mío. Vamos a volver a Mon Désir.
El mayordomo nos vio llegar con visible sorpresa, pero no se opuso a que volviéramos a entrar en la biblioteca.
-Oiga, Poirot, se equivoca de ventana -exclamé al ver que se aproximaba a la que daba sobre la calzada de coches.
-Me parece que no. Vea -repuso indicándome la cabeza marmórea del león en la que vi una mancha oscura.
Poirot levantó un dedo y me mostró otra parecida en el suelo.
-Alguien asestó a Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre los dos ojos. Cayó hacia atrás sobre la protuberante cabeza de mármol y a continuación resbaló hasta el suelo. Luego lo arrastraron hasta la otra ventana y allí lo dejaron, pero no en el mismo ángulo como observó el doctor.
-Pero ¿por qué? No parece que fuera necesario.
-Por el contrario, era esencial. Y también es la clave de la identidad del asesino aunque sepa usted que no tuvo intención de matar a Reedburn y que por ello no podemos tacharlo de criminal. ¡Debe poseer mucha fuerza!
-¿Porque pudo arrastrar a Reedburn por el suelo?
-No. Este es un caso muy interesante. Pero me he portado como un imbécil.
-¿De manera que se ha terminado, que ya sabe usted todo lo sucedido?
-Sí.
-¡No! -exclamé recordando algo de repente-. Todavía hay algo que ignora.
-¿Qué?
-Ignora dónde se halla el rey de trébol.
-¡Bah! Pero qué tontería. ¡Qué tontería, mon ami!
-¿Por qué?
-Porque lo tengo en el bolsillo.
Y, en efecto, Poirot lo sacó y me lo mostró.
-¡Oh! -dije alicaído-. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?
-No tiene nada de sensacional. Estaba dentro de la caja de la baraja. No la utilizaron.
-¡Hum! De todas maneras sirvió para darle alguna idea, ¿verdad?
-Sí, amigo mío. Y ofrezco mis respetos a Su Majestad.
-Y ¡a madame Zara!
-Ah, sí, también a esa señora.
-Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?
-Volver a Londres. Pero antes de ausentarme deseo decirle dos palabras a una persona que vive en Daisymead.
La misma doncella nos abrió la puerta.
-Están en el comedor, señor. Si desea ver a la señorita Sinclair se halla descansando.
-Deseo ver a la señora Ogiander. Haga el favor de llamarla. Es cuestión de un instante.
Nos condujeron al salón y allí esperamos. Al pasar por delante del comedor distinguí a la familia Ogiander, acrecentada ahora por la presencia de dos fornidos caballeros, uno afeitado, otro con barba y bigote.
Poco después entró la señora Ogiander en el salón mirando con aire de interrogación a Poirot, que se inclinó ante ella.
-Madame, en mi país sentimos suma ternura, un gran respeto por la madre. La mere de famille es todo para nosotros -dijo.
La señora Ogiander lo miró con asombro.
-Y esta única razón es la que me trae aquí, en estos momentos, pues deseo disipar su ansiedad. No tema, el asesino del señor Reedburn no será descubierto. Yo, Hércules Poirot, se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la ansiedad de una esposa la que debo calmar?
Hubo un momento de silencio en el que la señora Ogiander dirigió a Poirot una mirada penetrante. Por fin repuso en voz baja:
-No sé lo que quiere decir pero, sí, dice usted bien sin duda.
Poirot hizo un gesto con el rostro grave.
-Eso es, madame. No se inquiete. La policía inglesa no posee los ojos de Hércules Poirot.
Así diciendo dio un golpecito sobre el retrato de la familia que pendía de la pared e interrogó:
-¿Usted tuvo dos hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?
Hubo una pausa durante la cual la señora Ogiander volvió a dirigir una mirada profunda a mi amigo. Luego respondió:
-Sí, ha muerto.
-¡Ah! -exclamó Poirot vivamente-. Bien, vamos a volver a la ciudad. Permítame que le devuelva el rey de trébol y que lo coloque en la caja. Constituye su único resbalón. Comprenda que no se puede jugar al bridge, por espacio de una hora, con únicamente cincuenta y una cartas para cuatro personas. Nadie que sepa jugar creerá en su palabra. ¡Bonjour!
Cuando emprendimos el camino de la estación me dijo:
-Y ahora, amigo mío, ¿se da cuenta de lo ocurrido?
-¡En absoluto! –contesté-. ¿Quién mató a Reedburn?
-John Ogiander, hijo. Yo no estaba seguro de si había sido él o su padre, pero me pareció que debía ser el hijo el culpable por ser el más joven y el más fuerte de los dos. Asimismo tuvo que ser culpable uno de ellos a causa de las ventanas.
-¿Por qué?
-Mire, la biblioteca tiene cuatro salidas: dos puertas, dos ventanas; y de estas eligió una sola. La tragedia se desarrolló delante de una ventana que lo mismo que las dos puertas da, directa o indirectamente, a la parte de delante de la casa. Pero se simuló que se había desarrollado ante la ventana que cae sobre la puerta de atrás para que pareciera pura casualidad que Valerie eligiera Daisymead como refugio. En realidad, lo que sucedió fue que se desmayó y que John se la echó sobre los hombros. Por eso dije y ahora afirmo que posee mucha fuerza.
-¿De modo que los hermanos se dirigieron juntos a Mon Désir?
-Sí. Recordará la vacilación de Valerie cuando le pregunté si no tuvo miedo de ir sola a casa de Reedburn. John Ogiander la acompañó, suscitando la cólera de Reedburn, si no me engaño. El tercero disputó y probablemente un insulto dirigido por el dueño de la casa a Valerie motivó que Ogiander le pegase un puñetazo. Ya conoce el resto.
-Pero ¿por qué motivo le llamó la atención la partida de bridge?
-Porque para jugar a él se requieren cuatro jugadores y únicamente tres personas ocuparon, durante la velada, el salón.
Yo seguía perplejo.
-Pero ¿qué tienen que ver los Ogiander con la bailarina Sinclair?- pregunté-. No acabo de comprenderlo.
-Amigo, me maravilla que no se haya dado cuenta, a pesar de que miró con más atención que yo la fotografía de la familia que adorna la pared del salón. No dudo de que para dicha familia haya muerto la hija segunda de la señora Ogiander, pero el mundo la conoce ¡con el nombre de Valerie Sinclair!
-¿Qué?
-¿De veras no se ha dado cuenta del parecido de las dos hermanas?
-No –confesé-. Por el contrario, me dije que no podían ser más distintas.
-Es porque, querido Hastings, su imaginación se halla abierta a las románticas impresiones exteriores. Las facciones de las dos son idénticas lo mismo que el color de sus ojos y cabello. Pero lo más gracioso es que Valerie se avergüenza de los suyos y que los suyos se avergüenzan de ella. Sin embargo, en un momento de peligro pidió ayuda a su hermano y cuando las cosas adoptaron un giro desagradable y amenazador todos se unieron de manera notable. ¡No hay ni existe nada tan maravilloso como el amor de la familia! Y esta sabe representar. De ella ha sacado Valerie su talento. ¡Yo, lo mismo que el príncipe Paúl, creo en la ley de la herencia! Ellos me engañaron. Pero por una feliz casualidad y una pregunta dirigida a la señora Ogiander que contradecía la explicación, acerca de cómo estaban sentados alrededor de la mesa de bridge, que nos hizo su hija, no salió Hércules Poirot chasqueado.
-¿Qué dirá usted al príncipe?
-Que Valerie no ha cometido ese crimen y que dudo mucho que pueda llegar a darse con el vagabundo asesino. Asimismo que transmita mis cumplidos a Zara. ¡Qué curiosa coincidencia! Me parece que voy a ponerle a este pequeño caso un titulo: «La aventura del rey del trébol». ¿Le gusta, amigo mío?

F I N

martes, 20 de junio de 2017

Una Broma Extraña

-Y esta -dijo Juana Helier completando la presentación- es la señorita Marple.

Como era actriz, supo darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo.

Resultaba extraño que el objeto tan orgullosamente proclamado fuese una solterona de aspecto amable y remilgado. En los ojos de los dos jóvenes que acababan de trabar conocimiento con ella gracias a Juana, se leía incredulidad y una ligera decepción. Era una pareja muy atractiva; ella, Charmian Straud, esbelta y morena… él era Eduardo Rossiter, un gigante rubio y afable.

Charmian dijo, algo cortada:

-¡Oh!, estamos encantados de conocerla.

Mas sus ojos no corroboraban tales palabras y los dirigió interrogadores a Juana Helier.

-Querida -dijo ésta, respondiendo a la mirada-, es maravillosa. Déjenselo todo a ella. Te dije que la traería aquí y eso he hecho -se dirigió a la señorita Marple-. Usted lo arreglará. Le será fácil.

La señorita Marple volvió sus ojos de un color azul porcelana hacia el señor Rossiter.

-¿No quiere decirme de qué se trata? -le dijo.

-Juana es amiga nuestra -intervino Charmian, impaciente-. Eduardo y yo estamos en un apuro. Y Juana nos dijo que si veníamos a su fiesta nos presentaría a alguien que era… que haría… que podría…

Eduardo acudió en su ayuda.

-Juana nos dijo que era usted la última palabra en sabuesos, señorita Marple.

Los ojos de la solterona parpadearon de placer, mas protestó con modestia:

-¡Oh, no, no! Nada de eso. Lo que pasa es que viviendo en un pueblecito como vivo yo, una aprende a conocer a sus semejantes. ¡Pero la verdad es que ha despertado usted mi curiosidad! Cuénteme su problema.

-Me temo que sea algo vulgar… Se trata de un tesoro enterrado -explicó Eduardo Rossiter.

-¿De veras? ¡Pues me parece muy interesante!

-¿Sí? ¡Como la Isla del Tesoro! Nuestro problema carece de detalles románticos. No hay un mapa señalado con una calavera y dos tibias cruzadas, ni indicaciones como por ejemplo…, «cuatro pasos a la izquierda; dirección noroeste». Es terriblemente prosaico… Ni tan solo sabemos dónde hemos de escarbar.

-¿Lo ha intentado ya?

-Yo diría que hemos removido dos acres cuadrados. Todo el terreno lo hemos convertido casi en un huerto, y sólo nos falta decidir si sembramos coles o papas.

-¿Podemos contárselo todo? -dijo Charmian con cierta brusquedad.

-Pues claro, querida.

-Entonces busquemos un sitio tranquilo. Vamos, Eduardo.

Y abrió la marcha en dirección a una salita del segundo piso, luego de abandonar aquella estancia tan concurrida y llena de humo.

Cuando estuvieron sentados, Charmian comenzó su relato.

-¡Bueno, ahí va! La historia comienza con tío Mathew, nuestro tío… o mejor dicho, tío abuelo de los dos. Era muy viejo. Eduardo y yo éramos sus únicos parientes. Nos quería y siempre dijo que a su muerte repartiría su dinero entre nosotros. Bien, murió (el mes de marzo pasado) y dejó dispuesto que todo debía repartirse entre Eduardo y yo. Tal vez por lo que he dicho le parezca a usted algo dura… no quiero decir que hizo bien en morirse… los dos lo queríamos…, pero llevaba mucho tiempo enfermo. El caso es que ese «todo» que nos había dejado resultó ser prácticamente nada. Y eso, con franqueza, fue un golpe para los dos, ¿no es cierto, Eduardo?

El bueno de Eduardo asintió:

-Habíamos contado con ello -explicó-. Quiero decir que cuando uno sabe que va a heredar un buen puñado de dinero…, bueno, no se preocupa demasiado en ganarlo. Yo estoy en el ejército… y no cuento con nada más, aparte de mi paga… y Charmian no tiene un peso. Trabaja como directora de escena de un teatro… cosa muy interesante… pero que no da dinero. Teníamos el propósito de casarnos, pero no nos preocupaba la parte monetaria, porque ambos sabíamos que llegaría un día en que heredaríamos.

-¡Y ahora resulta que no heredamos nada! -exclamó Charmian-. Lo que es más, Ansteys… que es la casa solariega, y que tanto queremos Eduardo y yo, tendrá que venderse. ¡Y no podemos soportarlo! Pero si no encontramos el dinero de tío Mathew, tendremos que venderla.

-Charmian, tú sabes que todavía no hemos llegado al punto vital -dijo el joven.

-Bien, habla tú entonces.

Eduardo se volvió hacia la señorita Marple.

-Verá usted -dijo-. A medida que tío Mathew iba envejeciendo, se volvía cada vez más suspicaz, y no confiaba en nadie.

-Muy inteligente por su parte -replicó la señorita Marple-. La corrupción de la naturaleza humana es inconcebible.

-Bueno, tal vez tenga usted razón. De todas formas, tío Mathew lo pensó así. Tenía un amigo que perdió todo su dinero en un Banco, y otro que se arruinó por confiar en su abogado, y él mismo perdió algo en una compañía fraudulenta. De este modo se fue convenciendo de que lo único seguro era convertir el dinero en barras de oro y plata y enterrarlo en algún lugar adecuado.

-¡Ah! -dijo la señorita Marple-. Empiezo a comprender algo.

-Sí. Sus amigos discutían con él, haciéndole ver que de este modo no obtendría interés alguno de aquel capital, pero él sostenía que eso no le importaba. «El dinero -decía- hay que guardarlo en una caja debajo de la cama o enterrarlo en el jardín». Y cuando murió era muy rico. Por eso suponemos que debió enterrar su fortuna. Descubrimos que había vendido valores y sacado grandes sumas de dinero de vez en cuando, sin que nadie sepa lo que hizo con ellas. Pero parece probable que fiel a sus principios comprara oro para enterrarlo y quedar tranquilo -explicó Charmian.

-¿No dijo nada antes de morir? ¿No dejó ningún papel? ¿O una carta?

-Esto es lo más enloquecedor de todo. No lo hizo. Había estado inconsciente durante varios días, pero recobró el conocimiento antes de morir. Nos miró a los dos, se rió… con una risita débil y burlona, y dijo: «Estarán muy bien, pareja de tortolitos.» Y señalándose un ojo… el derecho… nos lo guiñó. Y entonces murió…

-Se señaló un ojo -repitió la señorita Marple, pensativa.

-¿Saca alguna consecuencia de esto? -lepreguntó Eduardo con ansiedad-. A mí me hace pensar en el cuento de Arsenio Lupin. Algo escondido en un ojo de cristal. Pero nuestro tío Mathew no tenía ningún ojo de cristal.

-No -dijo la señorita Marple meneando la cabeza-. No se me ocurre nada, de momento.

-¡Juana nos dijo que usted nos diría en seguida dónde teníamos que buscar! -se lamentó Charmian, contrariada.

-No soy precisamente una adivina -la señorita Marple sonreía-. No conocí a su tío, ni sé la clase de hombre que era, ni he visto la casa que les legó ni sus alrededores.

-¿Y si visitase aquello, lo sabría? -preguntó Charmian.

-Bueno, la verdad es que entonces resultaría bastante sencillo -replicó la señorita Marple.

-¡Sencillo! -repitió Charmian-. ¡Venga usted a Ansteys y vea si descubre algo!

Tal vez no esperaba que la señorita Marple tomara en serio sus palabras, pero la solterona repuso con presteza:

-Bien, querida, es usted muy amable. Siempre he deseado tener ocasión de buscar un tesoro enterrado. ¡Y, además, en beneficio de una pareja de enamorados! -concluyó con una sonrisa resplandeciente.



-¡Ya ha visto usted! -exclamó Charmian con gesto dramático.

Acababan de realizar el recorrido completo de Ansteys. Estuvieron en la huerta, convertida en un campo atrincherado. En los bosquecillos, donde se había cavado al pie de cada árbol importante, y contemplaron tristemente lo que antes fuera una cuidada pradera de césped. Subieron al ático, contemplando los viejos baúles y cofres con su contenido esparcido por el suelo. Bajaron al sótano, donde cada baldosa había sido levantada. Midieron y golpearon las paredes y la señorita Marple inspeccionó todos los muebles que tenían o pudieran tener algún cajón secreto.

Sobre una mesa había un montón de papeles… todos los que había dejado el fallecido Mathew Straud. No se destruyó ninguno y Charmian y Eduardo repasaban una y otra vez las facturas, invitaciones y correspondencia comercial, con la esperanza de descubrir alguna pista.

-Cree usted que nos hemos olvidado de mirar en algún sitio? -le preguntó Charmian a la señorita Marple.

-Me parece que ya lo han mirado todo, querida -dijo la solterona moviendo la cabeza-. Tal vez si me permiten decirlo, han mirado demasiado. Siempre he pensado que hay que tener un plan. Es como mi amiga la señorita Eldritch, que tenía una doncella estupenda que enceraba el linóleo a las mil maravillas, pero era tan concienzuda que incluso enceró el suelo del cuarto de baño, y cuando la señora Eldritch salía de la ducha, la alfombrita se escurrió bajo sus pies, y tuvo tan mala caída que se rompió una pierna. Fue muy desagradable, pues naturalmente la puerta del cuarto de baño estaba cerrada y el jardinero tuvo que coger una escalera y entrar por la ventana… con gran disgusto de la señora Eldritch, que era una mujer muy pudorosa.

Eduardo se removió, inquieto.

-Por favor, perdóneme -apresuró a decir la señorita Marple-. Siempre tengo tendencia a salirme por la tangente. Pero es que una cosa me recuerda otra, y algunas veces me resulta provechoso. Lo que quise decir es que tal vez si intentáramos aguzar nuestro ingenio y pensar en un lugar apropiado…

-Piénselo usted, señorita Marple -dijo Eduardo, contrariado-. Charmian y yo tenemos el cerebro en blanco.

-Vamos, vamos. Claro… es una dura prueba para ustedes. Si no les importa voy a repasar bien estos papales. Es decir, si no hay nada personal… no me gustaría que pensaran ustedes que me meto en lo que no me importa.

-Oh, puede hacerlo. Pero me temo que no va a encontrar nada.

Se sentó a la mesa y metódicamente fue mirando el fajo de documentos… y clasificándolos en varios montoncitos. Cuando hubo concluido se quedó mirando al vacío durante varios minutos.

Eduardo le preguntó, no sin cierta malicia:

-¿Y bien, señorita Marple?

Miss Marple se rehizo con un ligero sobresalto.

-Le ruego me perdone. Estos documentos me han servido de gran ayuda.

-¿Ha descubierto algo importante?

-¡Oh!, no, nada de eso. Pero creo que ya sé qué clase de hombre era su tío Mathew… bastante parecido a mi tío Enrique, que era muy aficionado a las bromas. Un solterón sin duda… me pregunto por qué… ¿tal vez a causa de un desengaño prematuro? Metódico hasta cierto punto, pero poco amigo de sentirse atado…, como casi todos los solterones.

A espaldas de la señorita Marple, Charmian hizo un gesto a Eduardo que significaba: «Está loca del todo.»

Miss Marple seguía hablando de su difunto tío Enrique.

-Era muy aficionado a las charadas -explicaba-. Para algunas personas las charadas resultan muy difíciles y les molestan. Un mero juego de palabras puede irritarles. También era un hombre receloso. Siempre pensaba que los criados le robaban. Y algunas veces era verdad, aunque no siempre. Se convirtió en su obsesión. Hacia el fin de su vida pensó que envenenaban su comida, y se negó a comer otra cosa que huevos pasados por agua. Decía que nadie podía alterar el contenido de un huevo. Pobre tío Enrique, ¡era tan alegre en otros tiempos! Le gustaba mucho tomar café después de cenar. Solía decir: «Este café es muy negro», y con ello quería significar que deseaba otra taza.

Eduardo pensó que si oía algo más sobre el tío Enrique se volvería loco.

-Le gustaban mucho las personas jóvenes -proseguía la señorita Marple-, pero se sentía inclinado a atormentarlos un poco… no sé si me entenderán… Solía poner bolsas de caramelos donde los niños no pudieran alcanzarlas.

Dejando los cumplidos a un lado, Charmian exclamó:

-¡Me parece horrible!

-¡Oh, no, querida!, sólo era un viejo solterón, y no estaba acostumbrado a los pequeños. Y la verdad es que no era nada tonto. Acostumbraba a guardar mucho dinero en la casa, y tenía un escondite seguro. Armaba mucho alboroto por ello… diciendo lo bien escondido que estaba. Y por hablar demasiado, una noche entraron los ladrones y abrieron un boquete en el escondrijo.

-Le estuvo muy bien empleado -exclamó Eduardo.

-Pero no encontraron nada -replicó la señorita Marple-. La verdad es que guardaba su dinero en otra parte… detrás de unos libros de sermones, en la biblioteca. ¡Decía que nadie los sacaba nunca de aquel estante!

-Oiga, es una idea -interrumpió Eduardo, excitado-. ¿Qué le parece si miráramos en la biblioteca?

Charmian meneó la cabeza.

-¿Crees que no he pensado en eso? El martes pasado miré todos los libros cuando tú fuiste a Portsmouth. Los saqué uno por uno y los sacudí. Tampoco en la biblioteca hay nada.

Eduardo exhaló un suspiro. Levantándose de su asiento se dispuso a deshacerse con tacto de su insoportable visitante.

-Ha sido usted muy amable al intentar ayudarnos. Siento que no haya servido de nada. Comprendo que hemos abusado de su tiempo. No obstante… sacaré el coche y podrá alcanzar el tren de las tres treinta…

-¡Oh! -repuso la señorita Marple-, pero antes tenemos que encontrar el dinero, ¿verdad? No debe darse por vencido, señor Rossiter. Si la primera vez no tiene éxito, hay que intentarlo otra y otra, y otra vez.

-¿Quiere decir que va a continuar intentándolo?

-Pues para hablar con exactitud -replicó la solterona- todavía no he empezado. Primero se coge la liebre… como dice la señora Beeton en su libro de cocina… un libro estupendo, pero terriblemente imposible… la mayoría de sus recetas empiezan diciendo: «Se toma una docena de huevos y una libra de mantequilla.» Déjeme pensar…, ¿por dónde iba? Oh, sí. Bien, ya tenemos, por así decirlo, nuestra liebre, que es, naturalmente, el tío Mathew, y ahora sólo nos falta decidir dónde podría haber escondido el dinero. Puede que sea bien sencillo.

-¿Sencillo? -se extrañó Charmian.

-Oh, sí, querida. Estoy segura de que habrá utilizado el medio más fácil. Un cajón secreto… ésa es mi solución.

Eduardo dijo con sequedad:

-No pueden guardarse muchos lingotes de oro en un cajoncito secreto.

-No, no, claro que no. Pero no hay razón para creer que el dinero fuese convertido en oro.

-Él siempre decía…

-¡Y mi tío Enrique siempre hablaba de su escondrijo! Por eso creo firmemente que lo dijo para despistar. Los diamantes pueden esconderse con facilidad en un cajón secreto.

-Pero ya lo hemos mirado todo. Hicimos venir a un técnico para que examinase los muebles.

-¿De veras, querida? Hizo usted muy bien. Yo diría que el escritorio de su tío es el lugar más apropiado. ¿Es aquél que está apoyado contra la pared?

-Sí. Voy a enseñárselo.

Charmian se acercó al mueble y lo abrió. En su interior aparecieron varios casilleros y cajoncitos. Luego, accionando una puertecita que había en el centro, tocó un resorte situado en el interior del cajón de la izquierda, El fondo de la caja del centro se adelantó y la joven la sacó dejando un hueco descubierto. Estaba vacío.

-¿No es casualidad? -exclamó la señorita Marple-. Mi tío Enrique tenía un escritorio igual que éste sólo que era de madera de nogal y éste es de caoba.

-De todas maneras -dijo Charmian-, como puede usted ver, aquí no hay nada.

-Me imagino -replicó la señorita Marple- que ese experto que trajeron ustedes sería joven…, y no lo sabía todo. La gente era muy mañosa para construir sus escondrijos en aquellos tiempos. A veces hay un secreto dentro de otro secreto.

Y quitándose una horquilla de entre sus cuidados cabellos grises, la enderezó y apretó con ella un punto de la caja secreta en el que parecía haber un diminuto agujero tal vez producido por la carcoma, y sin grandes dificultades sacó un cajón pequeñito. En él apareció un fajo de cartas descoloridas y un papel doblado.

Eduardo y Charmian se apoderaron del hallazgo. Eduardo desplegó el papel con dedos temblorosos, mas lo dejó caer con una exclamación de disgusto.

-¡Una receta de cocina! ¡Jamón al horno! ¡Bah!

Charmian estaba desatando la cinta que sujetaba el fajo de cartas. Y sacando una exclamó:

-¡Cartas de amor!

-¡Qué interesante! -exclamó la señorita Marple-. Tal vez nos explique la razón de que no se casara su tío.

Charmian leyó:

«Mi querido Mathew, debo confesarte que el tiempo se me ha hecho muy largo desde que recibí tu última carta. Trato de ocuparme en las distintas tareas que me fueron encomendadas, y me digo a menudo lo afortunada que soy al poder ver tantas partes del globo, aunque bien poco pensaba, cuando me fui a América, que iba a viajar hasta estas lejanas islas.»

Charmian hizo una pausa.

-¿Dónde está fechado esto? ¡Oh, en Hawai!

«Cielos, estos nativos están todavía muy lejos de ver la luz. Viven semidesnudos y en un estado completamente salvaje; pasan la mayor parte del tiempo nadando o bailando, y adornándose con guirnaldas de flores. El señor Gray ha conseguido convertir a algunos, pero es una tarea difícil y él y su esposa se sienten muy descorazonados. Yo procuro hacer lo que puedo para animarlo, mas yo también me siento triste a menudo por la razón que puedes adivinar, querido Mathew. La ausencia es una dura prueba para un corazón enamorado. Tus renovadas promesas de amor me causaron gran alegría. Ahora y siempre te pertenecerá mi corazón, querido Mathew, y seré siempre tuya,

betty martin

P. D.: Dirijo mi carta a nuestra mutua amiga Matilde Graves, como de costumbre. Espero que el Cielo perdone este subterfugio.»

Eduardo lanzó un silbido.

-¡Una misionera! Conque ése fue el amor de tío Mathew. Me pregunto por qué no se casaron.

-Al parecer recorrió casi todo el mundo -dijo Charmian examinando las misivas-. Mauricio… toda clase de sitios. Probablemente moriría víctima de la fiebre amarilla o algo así.

Una risa divertida les sobresaltó. La señorita Marple lo estaba pasando en grande.

-Vaya, vaya -dijo-. ¡Fíjense en esto ahora!

Estaba leyendo para sí la receta de jamón al horno, y al ver sus miradas interrogadoras, prosiguió en voz alta:

«Jamón al horno con espinacas. Se toma un pedazo bonito de jamón, rellénese de dientes de ajo y cúbrase con azúcar moreno. Cuézase a fuego lento. Servirlo con un borde de puré de espinacas.»

-¿Qué opinan de esto?

-Yo creo que debe resultar un asco -dijo Eduardo.

-No, no, tiene que resultar muy bueno…, pero, ¿qué opinan de todo esto?

-¿Usted cree que se trata de una clave… o algo parecido? -exclamó Eduardo con el rostro iluminado y cogiendo el papel-. Escucha, Charmian, ¡podría ser! Por otra parte, no hay razón para guardar una receta de cocina en un lugar secreto.

-Exacto -repuso la señorita Marple.

-Ya sé lo que puede ser… una tinta simpática -dijo Charmian-. Vamos a calentarlo. Enciende una bombilla.

Pero hecha la prueba, no apareció ningún signo de escritura invisible.

-La verdad -dijo la señorita Marple, carraspeando-, creo que lo están complicando demasiado. Esta receta es sólo una indicación, por así decir. Según mi parecer, son las cartas lo significativo.

-¿Las cartas?

-Especialmente la firma.

Mas Eduardo apenas la escuchaba, y gritó excitado:

-¡Charmian! ¡Ven aquí! Tiene razón… Mira… los sobres son bastante antiguos, pero las cartas fueron escritas muchos años después.

-Exacto -repuso la señorita Marple.

-Sólo se ha tratado de que parezcan antiguas. Apuesto a que el propio tío Mathew lo hizo…

-Precisamente -confirmó la solterona.

-Todo esto es un engaño. Nunca existió esa misionera. Debe tratarse de una clave.

-Mis queridos amigos… no hay necesidad de complicar tanto las cosas. Su tío en realidad era un hombre muy sencillo. Quería gastarles una pequeña broma. Eso es todo.

Por primera vez le dedicaron toda su atención.

-¿Qué es exactamente lo que quiere usted decir, señorita Marple? -preguntó Charmian.

-Quiero decir que en este preciso momento tiene usted el dinero en la mano.

Charmian miró el papel.

-La firma, querida. Ahí es donde está la solución. La receta es sólo una indicación. Ajos, azúcar moreno y lo demás, ¿qué es en realidad? Jamón y espinacas. ¿Qué significa? Una tontería. Así que está bien claro que lo importante son las cartas. Y entonces si consideran lo que su tío hizo antes de morir… guiñarles un ojo, según dijeron ustedes. Bien… eso, como ven, les da la pista.

-¿Está usted loca o lo estamos todos? -exclamó Charmian.

-Sin duda, querida, debe haber oído alguna vez la expresión que se emplea para significar que algo no es cierto, ¿o es que ya no se utiliza hoy en día? Tengo más vista que Betty Martin.

Eduardo susurró mirando la carta que tenía en la mano:

-Betty Martin…

-Claro, señor Rossiter. Como usted acaba de decir, no existe… no ha existido jamás semejante persona. Las cartas fueron escritas por su tío, y me atrevo a asegurar que se debió divertir de lo lindo. Como usted dice, la escritura de los sobres es mucho más antigua… en resumen, los sobres no corresponden a las cartas, porque el matasello de una de ellas data de 1851.

Hizo una pausa y repitió con énfasis.

-Mil ochocientos cincuenta y uno. Y eso lo explica todo, ¿verdad?

-A mí no me dice nada absolutamente -repuso Eduardo.

-Pues está bien claro -replicó la señorita Marple-. Confieso que no se me hubiera ocurrido, a no ser por mi sobrino-nieto Lionel. Es un muchacho encantador y un apasionado coleccionista de sellos. Sabe todo lo referente a la filatelia. Fue él quien me habló de ciertos sellos raros y rarísimos, y de un nuevo hallazgo que había sido vendido en subasta. Y ahora recuerdo que mencionó uno… de 1851 de 2 céntimos y color azul. Creo que vale unos veinticinco mil dólares. ¡Imagínese! Me figuro que los demás también serán ejemplares raros y de precio. No dudo de que su tío los compraría por medio de intermediarios y tendría buen cuidado en «despistar», como se dice en los relatos de detectives.

Eduardo lanzó un gemido y, sentándose, escondió el rostro entre las manos.

-¿Qué te ocurre? -quiso saber Charmian.

-Nada. Es sólo de pensar que a no ser por la señorita Marple, pudimos haber quemado esas cartas para no profanar los recuerdos sentimentales de nuestro tío.

-¡Ah! -replicó la señorita Marple-. Eso es lo que no piensan nunca esos viejos aficionados a las bromas. Recuerdo que mi tío Enrique envió a su sobrina favorita un billete de cinco libras como regalo de Navidad. Los metió dentro de una felicitación que pegó de modo que el billete quedara dentro y escribió encima: «Con cariño y mis mejores augurios. Esto es todo lo que puedo mandarte este año.» La pobre chica se disgustó mucho porque lo creyó un tacaño y arrojó al fuego la felicitación. Y claro, entonces él tuvo que darle otro billete.

Los sentimientos de Eduardo hacia tío Enrique habían sufrido un cambio radical.

-SeñoritaMiss Marple -dijo-, voy a buscar una botella de champaña; brindemos a la salud de su tío Enrique.

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...