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sábado, 2 de septiembre de 2017

El Coloquio de Monos y Una

Μέλλοντα ταύτα

Cosas del futuro inmediato. 
 (SÓFOCLES, Antígona) 
Una.- ¿Resucitado?
Monos.- Sí, hermosa yt muy amada Una, "resucitado". ésta era la palabra sobre cuyo místico sentido medité tanto timepo, rechazando la explicación sacerdotal, hasta que la muerte misma me develó el secreto.
Una.- ¡La Muerte!
Monos.- ¡De que extraña manera, dulce Una, repites mis palabras! Observo que tu paso vacila y qye hay una jubilosa inquietud en tus ojos. Te seintes ofendida, oprimida por la majestuosa novedad de la vida eterna. Sí, nombre a la muerte. Y aquí ¡cuán singularmente suena esa palabra que antes llevaba el terror a todos los corazones, que manchaba todos los placeres!
Una.—¡Ah, muerte, espectro presente en todas las fiestas! ¡Cuántas veces, Monos, nos
perdimos en especulaciones sobre su naturaleza! ¡Cuan misteriosa se erguía como un límite
a  la  beatitud  humana...  diciéndole:  «Hasta  aquí,  y  no  más»!  Aquel  profundo  amor
recíproco,  Monos,  que  ardía  en  nuestro  pecho...  ¡cuán  vanamente  nos  jactamos,  en  la
felicidad de sus primeras palpitaciones, de que nuestra felicidad se fortalecería en la suya!
¡Ay,  a  medida  que  crecía  aumentaba  también  en nuestros corazones  el  temor  de  aquella
hora aciaga que acudía precipitada a separarnos! Y así, con el tiempo, el amor se nos hizo
penoso. Y el odio hubiera sido una misericordia.
Monos.—No hables aquí de aquellas penas, querida Una... ¡ahora para siempre, para
siempre mía!
Una.—Pero el recuerdo del dolor pasado, ¿no es alegría presente? Mucho tengo que
decir aún de las cosas que fueron. Ardo sobre todo por conocer los incidentes de tu pasaje a
través del oscuro Valle y de la Sombra.
Monos.—¿Y cuándo la radiante Una pidió en vano alguna cosa a su Monos? Todo te lo
narraré en detalle... Pero, ¿dónde habrá de empezar el sobrecogedor relato?
Una.—¿Dónde?
Monos.—Sí.
Una.—Te comprendo. En la muerte hemos aprendido ambos la propensión del hombre
a definir lo indefinible. No te diré, pues, que comiences por el momento en que cesó tu
vida,  sino  en  aquel  triste,  triste  instante  cuando,  habiéndote  abandonado  la  fiebre,  te
hundiste en un sopor sin aliento ni movimiento y yo te cerré los pálidos párpados con los
apasionados dedos del amor.
Monos.—Permíteme decir algo, Una, acerca de la condición general de los hombres en
aquella  época.  Recordarás  que  uno  o  dos  sabios  entre  nuestros  antecesores  —sabios  de
verdad, aunque no gozaran de la estimación del mundo— se habían atrevido a poner en
duda la propiedad de la palabra «progreso» aplicada al avance de nuestra civilización. En
cada uno de los cinco o seis siglos que precedieron nuestra disolución, hubo momentos en los  cuales  surgió  algún  intelecto  vigoroso  que  contendía  audazmente  por  aquellos
principios  cuya  verdad  parece  ahora  tan  evidente  a  nuestra  razón  despojada  de  sus
franquicias; principios que deberían haber enseñado a nuestra raza a someterse a la guía de
las  leyes  naturales,  en  vez  de  pretender  dirigirlas.  Muy  de  tiempo  en  tiempo  aparecían
mentes geniales que consideraban cada avance de la ciencia práctica como un retroceso con
respecto  a  la  verdadera  utilidad.  En  ocasiones,  la  inteligencia  poética  —esa  inteligencia
que, ahora lo sabemos, era la más excelsa de todas, pues aquellas verdades de imperecedera
importancia  para  nosotros  sólo  podían  ser  alcanzadas  por  la  analogía,  que  habla
irrebatiblemente a la sola imaginación y que no pesa en la razón aislada—, esa inteligencia
poética se adelantó en ocasiones a la evolución de la vaga concepción filosófica y halló en
la mística parábola que habla del árbol de la ciencia y de su fruto prohibido y letal, un claro
indicio de que el conocimiento no era bueno para el hombre en esa etapa aún infantil de su
alma.  Y  aquellos  poetas,  que  vivieron  y  murieron  despreciados  por  los  «utilitaristas»  —
zafios pedantes que se arrogaban un título que sólo merecían los despreciados por ellos—,
aquellos poetas evocaron dolorosa, pero sabiamente, los días de antaño, cuando nuestras
necesidades eran tan simples como penetrantes nuestros gozos, días en que el regocijo era
una palabra desconocida, tan profundamente solemne era la felicidad; santos, augustos y
beatos días en que los ríos azules corrían sin diques entre colinas intactas, penetrando en las
soledades de las florestas primitivas, fragantes e inexploradas.
Y, sin embargo, aquellas nobles excepciones a la falsa regla general sólo servían para
reforzarla por contraste. ¡Ay, habíamos llegado a los más aciagos de nuestros aciagos días!
El gran «movimiento» —tal era la jerigonza que se empleaba— seguía adelante; era una
perturbación mórbida, tanto moral como física. El arte —en sus diversas formas— erguíase
supremo, y, una vez entronizado, encadenaba al intelecto que lo había elevado al poder.
Como  el  hombre  no  podía  dejar  de  reconocer  la  majestad  de  la  Naturaleza,  incurría  en
pueriles entusiasmos por su creciente dominio sobre los elementos de aquélla. Mientras se
pavoneaba como un dios en su propia fantasía, lo dominaba una imbecilidad infantil. Tal
como era de suponer por el origen de su trastorno, sufrió la infección de los sistemas y de la
abstracción.  Se  envolvió  en  generalidades.  Entre  otras  ideas  extrañas,  la  de  la  igualdad
universal ganó terreno, y aun frente a la analogía y a Dios, a pesar de las claras advertencias
de las leyes de gradación que tan visiblemente dominan todas las cosas en la tierra y en el
cielo, se empeñó obstinado en lograr una democracia que imperara por doquier.
Y, sin embargo, este mal surgía necesariamente del mal principal, el Conocimiento. El
hombre no podía al mismo tiempo conocer y someterse. Entretanto, se alzaron enormes e
innumerables ciudades humeantes. Las verdes hojas se arrugaban ante el ardiente aliento de
los hornos. El bello rostro de la Naturaleza se deformó como si lo arrasara alguna horrorosa
enfermedad. Y pienso, dulce Una, que nuestro sentido de lo que es forzado y artificial, aun
a  medias  dormido,  podría  habernos  detenido  en  ese  punto.  Pero  habíamos  preparado  el
camino de la destrucción al pervertir nuestro gusto o más bien al descuidar ciegamente su
cultivo  en  las  escuelas.  Pues  en  verdad,  frente  a  aquella  crisis,  tan  sólo  el  gusto  —esa
facultad que, ocupando una situación intermedia entre el intelecto puro y el sentido moral,
jamás  podía  ser  descuidada  sin  peligro—  habría  podido  devolvernos  dulcemente  a  la
Belleza, a la Naturaleza y a la Vida, ¡ay del espíritu puramente contemplativo y la magna
intuición de Platón! ¡Ay de la (µουσική, que aquel sabio consideraba con justicia educación
suficiente  para  el  alma!  ¡Ay  de  él  y  de  ella!  ¡Cuando  más  desesperadamente  se  los necesitaba, más olvidados o despreciados estaban! 5
Pascal, un filósofo que tú y yo amamos, ¡cuan verdaderamente ha dicho que tout notre
misonnement se réduit à ceder au sentiment! Y no es imposible que el sentimiento de lo
natural, de haberlo permitido el tiempo, hubiese recobrado su antiguo ascendiente sobre la
dura razón matemática de las escuelas. Pero ello no pudo ser. Prematuramente descarriada
por  la  intemperancia  del  conocimiento,  la  vejez  del  mundo  se  acentuó.  La  masa  de  la
humanidad no lo advertía, o bien, viviendo depravadamente, aunque sin felicidad, pretendía
no  advertirlo.  En  cuanto  a  mí,  los  documentos  de  la  tierra  me  habían  enseñado  que  las
ruinas  más  grandes  son  el  precio  de  las  más  altas  civilizaciones.  Había  adquirido  una
presciencia  de  nuestro  destino  por  comparación  con  China,  la  simple  y  duradera;  con
Asiria,  la  arquitecta;  con  Egipto,  el  astrólogo;  con  Nubia,  más  sutil  que  ninguna,  madre
turbulenta de todas las artes. En la historia 6  de aquellas regiones atisbé un rayo del futuro.
Las artificialidades individuales de las tres últimas nombradas eran enfermedades locales
de la tierra, y en sus caídas individuales habíamos visto la aplicación de remedios locales;
pero en la infección general del mundo yo no podía anticipar regeneración alguna, salvo en
la muerte. Para que el hombre no se extinguiera como raza, comprendí que era necesario
que resucitara.
Y entonces, muy hermosa y muy amada, diariamente envolvimos en sueños nuestros
espíritus.  Y  entonces,  al  atardecer,  discurrimos  sobre  los  días  que  vendrían,  cuando  la
superficie de la tierra, llena de cicatrices del Arte, después de sufrir la única purificación 7 
que borraría sus obscenidades rectangulares, volviera a vestirse con el verdor, las colinas y
las sonrientes aguas del Paraíso, y se convirtiera, por fin, en la morada conveniente para el
hombre; para el hombre purgado por la Muerte, para el hombre en cuyo sublimado intelecto
el conocimiento dejaría de ser un veneno... para el hombre redimido, regenerado, venturoso
y ahora inmortal, aunque material siempre.

Una.—Bien  recuerdo  aquellas  conversaciones,  querido  Monos;  pero  la  época  de  la
ígnea  destrucción  no  estaba  tan  cercana  como  creíamos,  como  la  corrupción  de  que  has
hablado  nos  permitía  con  tanta  seguridad  creer.  Los  hombres  vivían  y  luego  morían
individualmente. También tú enfermaste y descendiste a la tumba, y allí te siguió pronto tu
fiel Una. Y aunque el siglo transcurrido desde entonces, y cuya conclusión nos ha reunido
nuevamente, no torturó nuestros adormilados sentidos con la impaciencia del tiempo, de
todas maneras, Monos mío, fue un siglo.
Monos.—Di más bien que fue un punto en el vago infinito. Mi muerte se produjo, es
verdad, durante la decrepitud de la tierra. Cansado mi corazón por las angustias que nacían
de  aquel  tumulto  y  corrupción  generales,  sucumbí  víctima  de  una  terrible  fiebre.  Tras
algunos  días  de  dolor  y  muchos  de  un  delirio  soñoliento  colmado  de  éxtasis,  cuyas
manifestaciones  tomaste  por  sufrimientos  sin  que  yo  pudiera  comunicarte  la  verdad...
                                                          
5  «Difícil será descubrir un mejor (método de educación) que el descubierto ya por la experiencia de tantas
edades; puede resumírselo en gimnasia para el cuerpo y música para el alma» (República, lib. 2). «Por esta razón
la música es una educación esencial, pues hace que el Ritmo y la Armonía penetren íntimamente en el alma,
afirmándose en ella, llenándola de belleza y embelleciendo la mente humana... Alabará y admirará lo hermoso; lo
recibirá con alegría en su alma, se alimentará de él e identificará con él su propia condición» (id. lib. 3). La música,
µουσική,  tenía  entre  los  atenienses  una  significación  muchísimo  más  amplia  que  entre  nosotros.  No  sólo
abarcaba las armonías de tiempo y melodía, sino la dicción poética, el sentimiento y la creación, todos ellos en
un sentido más amplio. En Atenas el estudio de la música consistía en el cultivo general del gusto —ese gusto
que reconoce lo hermoso— distinguiéndolo claramente de la razón, que sólo atiende a lo verdadero.
6  «Historia», de ίστορείν, contemplar.
7  Purificación parece emplearse aquí con referencia a su raíz griega πϋρ, fuego. después de unos días, como has dicho, me invadió un sopor que me privó del aliento y del
movimiento, y aquellos que me rodeaban lo llamaron Muerte.

Las  palabras  son  cosas  vagas.  Mi  estado  no  me  privaba  de  sensibilidad.  Parecíame
semejante a la quietud de aquel que, después de dormir larga y profundamente, inmóvil y
postrado en un día estival, empieza a recobrar lentamente la conciencia, por agotamiento
natural de su sueño, y sin que ninguna perturbación exterior lo despierte.
No respiraba. El pulso estaba detenido. El corazón había cesado de latir. La voluntad
permanecía, pero era impotente. Mis sentidos se mostraban insólitamente activos, aunque
caprichosos,  usurpándose  al  azar  sus  funciones.  El  gusto  y  el  olfato  estaban
inextricablemente confundidos, constituyendo un solo sentido anormal e intenso. El agua
de rosas con la cual tu ternura había humedecido mis labios hasta el fin provocaba en mí
bellísimas  fantasías  florales;  flores  fantásticas,  mucho  más  hermosas  que  las  de  la  vieja
tierra,  pero  cuyos  prototipos  vemos  florecer  ahora  en  torno  de  nosotros.  Los  párpados,
transparentes y exangües, no se oponían completamente a la visión. Como la voluntad se
hallaba suspendida, las pupilas no podían girar en las órbitas, pero veía con mayor o menor
claridad  todos  los  objetos  al  alcance  del  hemisferio  visual;  los  rayos  que  caían  sobre  la
parte  externa  de  la  retina  o  en  el  ángulo  del  ojo  producían  un  efecto  más  vívido  que
aquellos que incidían en la superficie frontal o anterior. Empero, en el primer caso, este
efecto era tan anómalo que sólo lo aprehendía como sonido —dulce o discordante, según
que los objetos presentes a mi lado fueran claros u oscuros, curvos o angulosos—. El oído,
aunque mucho más sensible, no tenía nada de irregular en su acción y apreciaba los sonidos
reales  con  una  precisión  y  una  sensibilidad  exageradísimas.  El  tacto  había  sufrido  una
alteración más extraña. Recibía con retardo las impresiones, pero las retenía pertinazmente,
produciéndose siempre el más grande de los placeres físicos. Así, la presión de tus dulces
dedos sobre mis párpados, sólo reconocidos al principio por la visión, llenaron más tarde
todo mi ser de una inconmensurable delicia sensual. Sí, de una delicia sensual. Todas mis
percepciones eran puramente sensuales. Los elementos proporcionados por los sentidos al
pasivo cerebro no eran elaborados en absoluto por aquella inteligencia muerta. Poco dolor
sentía y mucho placer; pero ningún dolor o placer morales. Así, tus desgarradores sollozos
flotaban en mi oído con todas sus dolorosas cadencias y eran apreciados por aquél en cada
una de sus tristes variaciones; pero eran tan sólo suaves sonidos musicales; no provocaban
en la extinta razón la sospecha de las angustias de donde nacían, y así también las copiosas
y  continuas  lágrimas  que  caían  sobre  mi  rostro,  y  que  para  todos  los  asistentes  eran
testimonio de un corazón destrozado, estremecían de éxtasis cada fibra de mi ser. Y ésa era
la Muerte, de la cual los presentes hablaban reverentemente, susurrando, y tú, dulce Una,
entre sollozos y gritos.
Me prepararon para el ataúd —tres o cuatro figuras sombrías que iban continuamente
de  un  lado  a  otro—.  Cuando  atravesaban  la  línea  directa  de  mi  visión,  las  sentía  como
formas, pero al colocarse a mi lado sus imágenes me impresionaban con la idea de alaridos,
gemidos  y  otras  atroces  expresiones  del  horror  y  la  desesperación.  Sólo  tú,  vestida  de
blanco, pasabas musicalmente para mí en todas direcciones.
Transcurrió el día y, a medida que la luz se degradaba, me sentí poseído por un vago
malestar,  una  ansiedad  como  la  que  experimenta  el  durmiente  cuando  llegan  a  su  oído
constantes  y  tristes  sones,  lejanas  y  profundas  campanadas  solemnes,  a  intervalos
prolongados, pero iguales, y entremezclándose con sueños melancólicos. Anocheció y con
la  sombra  vino  una  pesada  aflicción.  Oprimía  mi  cuerpo  como  si  pesara  sobre  él,  y  era
palpable. Oíase asimismo  una  lamentación, semejante al lejano fragor de la resaca, pero más continuo, y que, nacido con el crepúsculo, había ganado en fuerza a medida que crecía
la  oscuridad.  De  pronto,  la  habitación  se  llenó  de  luces  y  aquel  fragor  se  cambió  en
frecuentes estallidos desiguales del mismo sonido, pero menos lóbrego y menos distinto. La
penosa  opresión  que  me  agobiaba  disminuyó  mucho  y,  emanando  de  la  llama  de  cada
lámpara—pues  había  varias—,  fluyó  hasta  mis  oídos  un  canto  continuo  de  melodiosa
monotonía.  Y  cuando  tú,  querida  Una,  acercándote  al  lecho  donde  yacía  yo  tendido,  te
sentaste gentilmente a mi lado, perfumándome con tus dulces labios, y los posaste en mi
frente, surgió entonces en mi pecho, trémulo, mezclándose con las sensaciones meramente
físicas que las circunstancias engendraban, algo que se parecía al sentimiento, un sentir que
en parte aprehendí, y en parte respondía a tu profundo amor y a tu tristeza; pero aquel sentir
no  tenía  sus  raíces  en  el  inmóvil  corazón,  y  más  parecía  una  sombra  que  una  realidad;
pronto  se  desvaneció,  primero  en  un  profundo  reposo,  y  luego  en  un  placer  puramente
sensual como antes.
Y entonces, del naufragio y el caos de los sentidos usuales pareció nacer en mí un sexto
sentido, absolutamente perfecto. Hallé en su ejercicio una extraña delicia, que seguía siendo
una delicia física en cuanto el entendimiento no participaba de ella. En el ser animal todo
movimiento había cesado. No se estremecía ningún músculo, no vibraba ningún nervio, no
latía  ninguna  arteria.  Pero  en  mi  cerebro  parecía  haber  surgido  eso  para  lo  cual  no  hay
palabras que puedan dar una concepción aun borrosa a la inteligencia meramente humana.
Permíteme denominarlo una pulsación pendular mental. Era la encarnación moral de la idea
humana abstracta del Tiempo. La absoluta coordinación de este movimiento o de alguno
equivalente  había  regulado  los  cielos  de  los  globos  celestes.  Por  él  medía  ahora  las
irregularidades del reloj colocado sobre la chimenea y de los relojes de los presentes. Sus
latidos llegaban sonoros a mis oídos. La más ligera desviación de la medida exacta (y esas
desviaciones prevalecían en todos ellos) me afectaban del mismo modo que las violaciones
de la verdad abstracta afectan en la tierra el sentido moral. Aunque ninguno de los relojes
en la habitación coincidía con otro en marcar exactamente los segundos, no me costaba, sin
embargo,  retener  el  tono  y  los  errores  momentáneos  de  cada  uno.  Y  este  penetrante,
perfecto sentimiento de duración existente por sí mismo, este sentimiento existente (como
el hombre no podría haber imaginado que existiera) con independencia de toda sucesión de
eventos, esta idea, este sexto sentido, brotando de las cenizas de todo el resto, fue el primer
evidente y seguro paso del alma intemporal en los umbrales de la Eternidad temporal.
Era ya media noche y tú seguías a mi lado. Los demás habíanse marchado de la cámara
mortuoria. Descansaba yo en el ataúd. Las lámparas ardían intermitentemente, pues así me
lo indicaba lo trémulo de las monótonas melodías. Súbitamente aquellos cantos perdieron
claridad y volumen, hasta cesar del todo. El perfume dejó de impresionar mi olfato. Las
formas no afectaban ya mi visión. El peso de la Tiniebla se alzó por sí mismo de mi pecho.
Un choque apagado, como una descarga eléctrica, recorrió mi cuerpo y fue seguido por una
pérdida total de la idea de contacto. Todo aquello que el hombre llama sentidos se sumió en
la  sola  conciencia  de  entidad  y  en  el  sentimiento  de  duración  único  que  perduraba.  El
cuerpo mortal había sido al fin golpeado por la mano de la letal Corrupción.
Y,  sin  embargo,  no  toda  sensibilidad  se  había  apagado,  pues  la  conciencia  y  el
sentimiento  remanentes  cumplían  algunas  de  sus  funciones  a  través  de  una  letárgica
intuición. Apreciaba el espantoso cambio que se estaba operando en mi carne, y tal como el
soñador advierte a voces la presencia corporal de aquel que se inclina sobre su lecho, así,
dulce  Una,  sentía  yo  que  aún  seguías  a  mi  lado.  Y  cuando  llegó  el  segundo  mediodía,
tampoco  dejé  de  tener  conciencia  de  los  movimientos  que  te  alejaron  de  mi  lado,  me encerraron en el ataúd, llevándome a la carroza fúnebre, me transportaron hasta la tumba,
bajándome a ella, amontonando pesadamente la tierra sobre mí, dejándome en la tiniebla y
en la corrupción, entregado a mi triste y solemne sueño en compañía de los gusanos.
Y  aquí,  en  la  prisión  que  pocos  secretos  tiene  para  revelar,  pasaron  los  días,  y  las
semanas,  y  los  meses,  y  el  alma  observaba  atentamente  el  vuelo  de  cada  segundo,
registrándolo sin esfuerzo; sin esfuerzo y sin objeto.
Pasó un año. La conciencia de ser se había vuelto de hora en hora más indistinta, y la
de  mera  situación  había  usurpado  en  gran  medida  su  puesto.  La  idea  de  entidad  estaba
confundiéndose con la de lugar. El angosto espacio que rodeaba lo que había sido el cuerpo
iba a ser ahora el cuerpo mismo. Por fin, como ocurre con frecuencia al durmiente (sólo el
sueño y su mundo permiten figurar la Muerte), tal como a veces ocurría en la tierra al que
estaba  sumido  en  profundo  sueño,  cuando  algún  resplandor  lo  despertaba  a  medias,
dejándolo empero envuelto en ensoñaciones, así, a mí, ceñido en el abrazo de la Sombra,
me llegó aquella única luz capaz de sobresaltarme... la luz del Amor duradero. Los hombres
acudieron  a  cavar  en  la  tumba  donde  yacía  oscuramente.  Levantaron  la  húmeda  tierra.
Sobre el polvo de mis huesos bajó el ataúd de Una.
Y otra vez todo fue vacío. La nebulosa se había extinguido. El débil estremecimiento
habíase  apagado  en  reposo.  Muchos  lustros  transcurrieron.  El  polvo  tornó  al  polvo.  No
había ya alimento para el gusano. El sentimiento de ser había desaparecido por completo y
en su lugar, en lugar de todas las cosas, dominantes y perpetuos, reinaban autocráticamente
el Lugar y el Tiempo. Para eso que no era, para eso que no tenía forma, para eso que no
tenía pensamiento, para eso que no tenía sensibilidad, para eso que no tenía alma, para eso
que  no  tenía  materia,  para  toda  esa  nada  y,  sin  embargo,  para  toda  esa  inmortalidad,  la
tumba era todavía una morada, y las corrosivas horas, compañeras.

sábado, 5 de agosto de 2017

La CONVERSACIÓN DE EIROS Y CHARMION


Te traeré el fuego. 
 (EURÍPIDES, Andrómaca)

Eiros.—¿Por qué me llamas Eiros?
Charmion.—Así te llamarás desde ahora y para siempre. A tu vez, debes olvidar mi
nombre terreno y llamarme Charmion.
Eiros.—¡Esto no es un sueño!
Charmion.—Ya  no  hay  sueños  entre  nosotros;  pero  dejemos  para  después  estos
misterios. Me alegro de verte dueño de tu razón, y tal como si estuvieras vivo. El velo de la
sombra se ha apartado ya de tus ojos. Ten ánimo y nada temas. Los días de sopor que te
estaban asignados se han cumplido, y mañana te introduciré yo mismo en las alegrías y las
maravillas de tu nueva existencia.
Eiros.—Es verdad, el sopor ha pasado. El extraño vértigo y la terrible oscuridad me
han abandonado, y ya no oigo ese sonido enloquecedor, turbulento, horrible, semejante a
«la voz de muchas aguas». Y sin embargo, Charmion, mis sentidos están perturbados por
esta penetrante percepción de lo nuevo.
Charmion.—Eso cesará en pocos días, pero comprendo muy bien lo que sientes. Hace
ya  diez  años  terrestres  que  pasé  por  lo  que  pasas  tú  y,  sin  embargo,  su  recuerdo  no  me
abandona. Empero ya has sufrido todo el dolor que sufrirás en Aidenn 4 .
Eiros.—¿En Aidenn?
Charmion.—En Aidenn.
Eiros.—¡Oh, Dios! ¡Charmion, apiádate de mí! Me siento agobiado por la majestad de
todas las cosas... de lo desconocido de pronto revelado... del Futuro, una conjetura fundida
en el augusto y cierto Presente.
Charmion.—No te empeñes por ahora en pensar de esa manera. Mañana hablaremos de
ello.  Tu  mente  vacila,  y  encontrará  alivio  a  su  agitación  en  el  ejercicio  de  los  simples
recuerdos. No mires alrededor, ni hacia adelante; mira hacia atrás. Ardo de ansiedad por
conocer  los  detalles  del  prodigioso  acontecer  que  te  ha  traído  entre  nosotros.  Cuéntame.
Hablemos  de  cosas  familiares,  en  el  viejo  lenguaje  familiar  del  mundo  que  tan
espantosamente ha perecido.
Eiros.—¡Oh, sí, espantosamente! ¡Esto no es un sueño!
Charmion.—No hay más sueños. Eiros mío, ¿fui muy llorada?
Eiros.—¿Llorada,  Charmion?  ¡Oh,  cuan  llorada!  Hasta  aquella  última  hora  cernióse
sobre tu casa una nube de profunda pena y devota tristeza.
Charmion.—Y esa última hora... háblame de ella. Recuerda que, fuera del hecho en sí
de la catástrofe, nada sé. Cuando abandoné la humanidad, entrando en la Noche a través de
la Tumba, en ese período, si recuerdo bien, la calamidad que os abrumó era por completo
insospechada. Cierto es que poco conocía yo la filosofía especulativa de entonces.
Eiros.—Como  has  dicho,  aquella  calamidad  era  enteramente  insospechada,  pero
desgracias análogas habían dado a los astrónomos motivo de discusión. Apenas necesito decirte,  amiga  mía,  que  ya  cuando  nos  dejaste  los  hombres  coincidían  en  interpretar  los
pasajes de las muy santas escrituras que hablan de la destrucción final de todas las cosas
por  el  fuego,  como  referidos  solamente  al  globo  terráqueo.  Las  especulaciones,  empero,
sobre la causa inmediata del fin, no llegaban a ninguna conclusión desde la época en que la
ciencia  astronómica  había  despojado  a  los  cometas  del  terrible  carácter  incendiario  que
antes  se  les  atribuía.  Bien  establecida  se  hallaba  la  escasa  densidad  de  aquellos  cuerpos
celestes.  Se  los  había  observado  pasar  entre  los  satélites  de  Júpiter,  sin  que  produjeran
ninguna  alteración  sensible  en  las  masas  o  las  órbitas  de  aquellos  planetas  secundarios.
Hacía  mucho  que  considerábamos  a  esos  errabundos  como  creaciones  vaporosas  de
inconcebible  tenuidad,  incapaces  de  dañar  nuestro  macizo  globo  aun  en  el  caso  de  un
choque directo. No sentíamos temor alguno de un contacto, pues los elementos de todos los
cometas eran perfectamente conocidos. Hacía muchos años que se consideraba inadmisible
buscar entre ellos al agente de la destrucción por el fuego. Pero en aquellos días finales las
conjeturas  y  las  extravagantes  fantasías  abundaban  singularmente  entre  los  hombres,  y
aunque  el  temor  sólo  asaltaba  a  unos  pocos  ignorantes,  el  anuncio  de  un  nuevo  cometa
formulado  por  los  astrónomos  fue  recibido  con  no  sé  qué  agitación  y  desconfianza
generales.
Los  elementos  del  extraño  astro  fueron  inmediatamente  calculados,  y  todos  los
observadores coincidieron en que su paso, en el perihelio, lo aproximaría mucho a la tierra.
Dos o tres astrónomos de renombre secundario sostuvieron resueltamente que el choque era
inevitable. Imposible expresar el efecto de esta noticia en las gentes. Durante unos pocos
días  no  quisieron  creer  en  una  afirmación  que  su  inteligencia,  tanto  tiempo  aplicada  a
consideraciones mundanas, no podía aprehender de ninguna manera. Pero la verdad de un
hecho de importancia vital se abre paso en el entendimiento del más estólido. Los hombres
comprendieron  finalmente  que  los  astrónomos  no  mentían,  y  esperaron  el  cometa.  Al
principio su acercamiento no parecía muy rápido, y nada de insólito había en su aspecto.
Era  de  un  rojo  oscuro,  con  una  cola  apenas  perceptible.  Durante  siete  u  ocho  días  no
advertimos  ningún  aumento  en  su  diámetro  aparente,  y  su  color  cambió  muy  poco.
Entretanto  los  negocios  ordinarios  de  la  humanidad  habían  sido  suspendidos  y  todos  los
intereses  se  concentraban  en  las  discusiones  científicas  referentes  a  la  naturaleza  del
cometa. Aun los más ignorantes forzaban sus indolentes inteligencias para entenderlas. Y
los  sabios  consagraron  entonces  su  intelecto,  su  alma,  no  ya  a  aliviar  los  temores  o  a
sostener sus amadas teorías, sino a buscar la verdad, a buscarla desesperadamente. Gemían
en procura del conocimiento perfecto. La verdad se alzó en toda la pureza de su fuerza y de
su excelsa majestad, y los sensatos se inclinaron y adoraron.
La opinión según la cual nuestro globo o sus habitantes sufrirían daños materiales de
resultas del temible contacto, perdía diariamente fuerza entre los sabios, y a éstos les era
dado ahora gobernar la razón y la fantasía de la multitud. Se demostró que la densidad del
núcleo del cometa era mucho menor que la de nuestro gas más raro; el inofensivo pasaje de
un visitante similar entre los satélites de Júpiter era argüido como un ejemplo convincente,
capaz de calmar los temores. Los teólogos, con un celo inflamado por el miedo, insistían en
la profecía bíblica, explicándola al pueblo con una precisión y una simplicidad que jamás se
había visto antes. La destrucción final de la tierra se operaría por intervención del fuego; así
lo  enseñaban  con  un  brío  que  imponía  convicción  por  doquier;  y  el  que  los  cometas  no
fueran de naturaleza ígnea (como todos sabían ahora) constituía una verdad que liberaba en
gran medida de las aprensiones sobre la gran calamidad predicha. Es de hacer notar que los
prejuicios populares y los errores del vulgo concernientes a las pestes y a las guerras —errores que antes prevalecían a cada aparición de un cometa— eran ahora completamente
desconocidos.
Como  naciendo  de  un  súbito  movimiento  convulsivo,  la  razón  había  destronado  de
golpe a la superstición. La más débil de las inteligencias extraía vigor del exceso de interés.
Los  daños  menores  que  pudieran  resultar  del  contacto  con  el  cometa  eran  tema  de
minuciosas discusiones. Los entendidos hablaban de ligeras perturbaciones geológicas, de
probables alteraciones del clima y, por consiguiente, de la vegetación, aludiendo también a
posibles  influencias  magnéticas  y  eléctricas.  Muchos  sostenían  que  los  efectos  no  serían
visibles  ni  apreciables.  Y  mientras  las  discusiones  proseguían,  su  objeto  se  aproximaba
gradualmente,  aumentaba  su  diámetro  y  más  brillante  se  volvía  su  color.  La  humanidad
palidecía al verlo acercarse. Todas las actividades humanas estaban suspendidas.
La evolución de los sentimientos generales llegó a su culminación cuando el cometa
hubo alcanzado por fin un tamaño que sobrepasaba toda aparición anterior. Desechando las
últimas esperanzas de que los astrónomos se hubieran equivocado, los hombres sintieron la
certidumbre del mal. Todo lo quimérico de sus terrores había desaparecido. El corazón de
los  más  valientes  de  nuestra  raza  latía  precipitadamente  en  su  pecho.  Y  sin  embargo
bastaron  pocos  días  para  que  aun  esos  sentimientos  se  fundieran  en  otros  todavía  más
insoportables. Ya no podíamos aplicar a aquel extraño astro ninguna idea ordinaria. Sus
atributos  históricos  habían  desaparecido.  Nos  oprimía  con  una  emoción  espantosamente
nueva. No lo veíamos como un fenómeno astronómico de los cielos, sino como un íncubo
sobre nuestros corazones y una sombra sobre nuestros cerebros. Con inconcebible rapidez
había tomado la apariencia de un gigantesco manto de llamas muy tenues extendido de un
horizonte al otro.
Pasó otro día, y los hombres respiraron con mayor libertad. No cabía duda de que nos
hallábamos  bajo  la  influencia  del  cometa,  y  sin  embargo  vivíamos.  Hasta  sentimos  una
insólita agilidad corporal y mental. La extraordinaria tenuidad del objeto de nuestro terror
era  ya  aparente,  pues  todos  los  cuerpos  celestes  se  percibían  a  través  de  él.  Entretanto
nuestra  vegetación  se  había  alterado  sensiblemente  y,  como  ello  nos  había  sido
pronosticado,  cobramos  aún  más  fe  en  la  previsión  de  los  sabios.  Un  follaje  lujurioso,
completamente desconocido hasta entonces, se desató en todos los vegetales.
Pasó otro día más... y la calamidad no nos había dominado todavía. Era evidente que el
núcleo  del  cometa  chocaría  con  la  tierra.  Un  espantoso  cambio  se  había  operado  en  los
hombres, y la primera sensación de dolor fue la terrible señal para las lamentaciones y el
espanto.  Aquella  primera  sensación  de  dolor  consistía  en  una  rigurosa  constricción  del
pecho y los pulmones, y una insoportable sequedad de la piel. Imposible negar que nuestra
atmósfera  estaba  radicalmente  afectada;  su  composición  y  las  posibles  modificaciones  a
que  podía  verse  sujeta  constituían  ahora  el  tema  de  discusión.  El  resultado  del  examen
produjo un estremecimiento eléctrico de terror en el corazón universal del hombre.
Se  sabía  desde  hacía  mucho  que  el  aire  que  nos  circundaba  era  un  compuesto  de
oxígeno y nitrógeno, en proporción respectiva de veintiuno y setenta y nueve por ciento. El
oxígeno, principio de la combustión y vehículo del calor, era absolutamente necesario para
la  vida  animal,  y  constituía  el  agente  más  poderoso  y  enérgico  en  la  naturaleza.  El
nitrógeno, por el contrario, era incapaz de mantener la vida animal y la combustión. Un
exceso  anómalo  de  oxígeno  produciría,  según  estaba  probado,  una  exaltación  de  los
espíritus animales, tal como la habíamos sentido en esos días. Lo que provocaba el espanto
era la extensión de esta idea hasta su límite. ¿Cuál sería el resultado de una extracción total
del  nitrógeno?  Una  combustión  irresistible,  devoradora,  todopoderosa,  inmediata:  el cumplimiento total, en sus minuciosos y terribles detalles, de las llameantes y aterradoras
anunciaciones de las profecías del Santo Libro.
¿Necesito  pintarte,  Charmion,  el  desencadenado  frenesí  de  la  humanidad?  Aquella
tenuidad del cometa que nos había inspirado previamente una esperanza era ahora la fuente
de  la  más  amarga  desesperación.  En  su  impalpable,  gaseosa  naturaleza  percibíamos
claramente la consumación  del  Destino. Y entretanto pasó otro día, llevándose con él la
última  sombra  de  la  Esperanza.  Jadeábamos  en  aquel  aire  rápidamente  modificado.  La
sangre arterial batía tumultuosamente en sus estrechos canales. Un delirio furioso se había
posesionado de todos los hombres y, con los brazos rígidamente tendidos hacia los cielos
amenazantes, temblaban y clamaban. Pero el núcleo del destructor llegaba ya a nosotros;
aun  aquí,  en  el  Aidenn,  me  estremezco  al  hablar.  Déjame  ser  breve...  breve  como  la
destrucción  que  nos  asoló.  Durante  un  momento  vimos  una  terrible,  cárdena  luz  que
penetraba en todas las cosas. Entonces... ¡inclinémonos Charmion, ante la sublime majestad
de Dios el grande!, entonces se alzó un clamoroso y penetrante sonido, tal como si brotara
de Su boca, y toda la masa de éter, dentro de la cual existíamos, reventó instantáneamente
en algo como una intensa llama roja, cuya insuperable brillantez y abrasante calor no tienen
nombre, ni siquiera entre los ángeles del alto cielo del conocimiento puro. Así acabó todo. 


f i n 

viernes, 14 de julio de 2017

El Entierro Prematuro

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de
una  obra  de  ficción.  El  mero  escritor  romántico  debe  evitarlos  si  no  desea  ofender  o
desagradar. Sólo se los usa con propiedad cuando lo severo y lo majestuoso de la verdad los
santifican  y  los  sostienen.  Nos  estremecemos  con  el  más  intenso  de  los  «dolores
agradables» ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de
Londres y de la matanza de San Bartolomé, o la asfixia de los ciento veintitrés prisioneros
en el Pozo Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la
historia. Como invenciones nos inspirarían simple aversión.
He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la
historia; pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que con
tanta vivacidad impresiona la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y
horripilante  catálogo  de  miserias  humanas,  podría  haber  elegido  muchos  ejemplos
individuales  más  llenos  de  sufrimiento  esencial  que  cualquiera  de  estos  vastos  desastres
generales.  La  verdadera  desgracia,  el  infortunio  por  esencia,  es  particular,  no  difuso.
¡Agradezcamos  a  Dios  misericordioso  que  los  horribles  extremos  de  agonía  sean
soportados por el hombre solo y nunca por el hombre en masa!
Ser  enterrado  vivo  es,  fuera  de  toda  discusión,  el  más  terrible  de  los  extremos  que
jamás  haya  caído  en  suerte  al  simple  mortal.  Que  ha  caído  con  frecuencia,  con  mucha
frecuencia, nadie capaz de pensar lo negará. Los límites que separan la Vida de la Muerte
son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y
dónde  empieza  la  otra?  Sabemos  que  hay  enfermedades  en  las  cuales  se  produce  una
cesación total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, esa cesación es una
simple  suspensión  para  darle  su  justo  nombre.  Hay  tan  sólo  pausas  temporarias  en  el
incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto
pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas de hechicería. La cuerda de
plata  no  estaba  suelta  para  siempre,  ni  irreparablemente  roto  el  vaso  de  oro.  Pero,
entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
Sin  embargo,  fuera  de  la  inevitable  conclusión  a  priori  de  que  tales  causas  deben
producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso deben provocar
naturalmente, una y otra vez, prematuros entierros, fuera de esta consideración tenemos el
testimonio  directo  de  la  experiencia  médica  y  vulgar  para  probar  que  realmente  un  gran
número  de  estas  inhumaciones  se  lleva  a  cabo.  Yo  podría  referir  de  inmediato,  si  fuera
necesario,  cien  ejemplos  bien  probados.  Uno  de  características  muy  notables,  y  cuyas
circunstancias quizá se conserven frescas todavía en la memoria de algunos de mis lectores,
aconteció  no  hace  mucho  en  la  vecina  ciudad  de  Baltimore,  donde  provocó  una  penosa,
intensa  y  dilatada  conmoción.  La  mujer  de  uno  de  los  más  respetables  ciudadanos  —
abogado  eminente  y  miembro  del  Consejo—  fue  atacada  por  una  súbita  e  inexplicable
enfermedad que burló el ingenio de sus médicos. Después de mucho padecer murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, a decir verdad, ni había razón para sospechar, que no
estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro
tenía  el  habitual  contorno  contraído,  sumido.  Los  labios  mostraban  la  habitual  palidez
marmórea.  Los  ojos  carecían  de  brillo.  Faltaba  el  calor.  Las  pulsaciones  habían  cesado. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
El  funeral,  en  suma,  fue  apresurado  a  causa  del  rápido  avance  de  lo  que  se  supuso  era
descomposición.
La señora fue depositada en la bóveda familiar, que permaneció cerrada durante los tres
años siguientes. Al expirar este plazo fue abierta para la recepción de un sarcófago; mas,
¡ah!,  ¡qué  espantoso  choque  aguardaba  al  marido  cuando  abrió  en  persona  la  puerta!  Al
empujar los batientes, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el
esqueleto de su mujer con la mortaja todavía puesta.
Una  cuidadosa  investigación  brindó  la  evidencia  de  que  había  revivido  dos  días
después de su sepultura; que su lucha dentro del ataúd había provocado la caída de éste
desde un nicho o estante al suelo, y que al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció
vacía una lámpara que había quedado accidentalmente llena de aceite dentro de la tumba;
quizá  se  hubiera  agotado,  sin  embargo,  por  evaporación.  En  el  peldaño  superior  de  la
escalera que descendía a la espantosa cámara había un gran fragmento del ataúd, con el
cual, según las apariencias, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta
de hierro. Mientras lo hacía, probablemente, se desmayó o quizá murió de puro terror, y al
caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que se proyectaba hacia adentro. Allí
quedó y así se pudrió, erecta.
En  el  año  1810  hubo  en  Francia  un  caso  de  inhumación  prematura,  rodeado  de
circunstancias que justifican ampliamente el aserto de que la verdad es más extraña que la
ficción.  La  heroína  de  la  historia  era  mademoiselle  Victorine  Lafourcade,  una  joven  de
ilustre familia, rica y de gran belleza. Entre sus numerosos cortejantes se contaba Julien
Bossuet,  un  pobre  littérateur  o  periodista  de  París.  Su  talento  y  su  afabilidad  general  lo
habían señalado a la atención de la heredera, quien parecía haberse enamorado realmente de
él,  pero  su  orgullo  de  casta  la  decidió,  por  último,  a  rechazarlo  y  a  casarse  con  un  tal
monsieur Renelle, banquero  y  diplomático de  cierta  distinción.  Después  del  matrimonio,
este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a maltratarla de hecho. Después de pasar
juntos  algunos  años  desdichados,  ella  murió;  por  lo  menos,  su  estado  semejaba  tanto  la
muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue inhumada no en una bóveda, sino en una
tumba  común,  en  su  aldea  natal.  Lleno  de  desesperación,  y  todavía  inflamado  por  el
recuerdo  de  su  profundo  cariño,  el  enamorado  viaja  de  la  capital  a  la  remota  provincia
donde  se  encuentra  la  aldea,  con  el  propósito  romántico  de  desenterrar  el  cuerpo  y
apoderarse  de  sus  exuberantes  trenzas.  Llega  a  la  tumba.  A  medianoche  desentierra  el
ataúd,  lo  destapa  y,  en  el  momento  de  desprender  el  cabello,  lo  detienen  los  ojos  de  la
amada,  que  se  abren.  La  mujer  había  sido  enterrada  viva.  La  vitalidad  no  había
desaparecido  del  todo,  y  las  caricias  del  enamorado  la  despertaron  del  letargo  que  fuera
equivocadamente tomado por la muerte. El joven la llevó frenético a su alojamiento en la
aldea. Empleó ciertos poderosos reconstituyentes aconsejados por no pocos conocimientos
médicos. Al fin, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que, lenta y
gradualmente, recobró toda su salud. Su corazón no era empedernido, y esta última lección
de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió más junto a su marido;
ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos
regresaron a Francia, persuadidos de que el tiempo había cambiado tanto la apariencia de la
señora  que  sus  amigos  no  podrían  reconocerla.  Pero  se  equivocaron,  pues  al  primer
encuentro  monsieur  Renelle  reconoció,  efectivamente,  a  su  mujer  y  la  reclamó.  Ella
rechazó  el  reclamo  y  el  tribunal  la  apoyó,  resolviendo  que  las  peculiares  circunstancias,
junto con el largo lapso transcurrido, habían abolido, no sólo desde el punto de vista de la equidad, sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algunos
libreros americanos harían bien en traducir y editar, relata en uno de los últimos números
un suceso muy penoso que presenta las características en cuestión.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y robusta salud, fue derribado
por un caballo indomable, recibiendo una contusión muy fuerte en la cabeza que en seguida
le hizo perder el sentido. Tenía una ligera fractura de cráneo, pero sin peligro inmediato. La
trepanación se realizó con éxito. Se le practicó una sangría y se adoptaron otros muchos
métodos comunes de alivio. Pero cayó gradualmente en un sopor cada vez más grave y, por
último, se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos.
Sus funerales se realizaron un día jueves. El domingo siguiente frecuentaban el cementerio,
como  de  costumbre,  numerosos  visitantes  cuando,  alrededor  de  mediodía,  se  produjo  un
gran revuelo provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la
tumba del oficial, sintió claramente una conmoción en la tierra, como si alguien estuviera
luchando  debajo.  Al  principio  nadie  prestó  atención  a  las  palabras  del  hombre,  pero  su
evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia tuvieron, al fin, naturales
efectos  sobre  la  multitud.  Algunos  consiguieron  de  inmediato  unas  palas,  y  la  tumba,
vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó ver la cabeza de
su  ocupante.  Daba  la  impresión  de  estar  muerto,  pero  aparecía  casi  sentado  dentro  del
ataúd, cuya tapa, en una furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Fue llevado en seguida al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en
estado de asfixia. Después de algunas horas reaccionó, reconoció a sus amigos y, con frases
entrecortadas, habló de sus angustias en el sepulcro.
A través de su relato resultó claro que la víctima debía haber conservado conciencia de
la vida durante más de una hora después de la inhumación, hasta perder el sentido. La fosa
había sido llenada descuidadamente con una tierra muy porosa, sin apisonarla, y así le llegó
algo de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y trató a su vez de hacerse oír. El
tumulto en el interior de la tierra, dijo, fue lo que pareció despertarlo de un profundo sueño,
pero apenas despierto comprendió el espantoso horror de su estado.
Este  paciente,  según  se  dice,  iba  mejorando  y  parecía  encaminado  hacia  un
restablecimiento  definitivo,  cuando  sucumbió  víctima  del  charlatanismo  de  la
experimentación médica. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos
paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien
conocido y muy extraordinario, donde su acción brindó la manera de volver a la vida a un
joven abogado de Londres que estuviera enterrado durante dos días. Esto ocurrió en 1831, y
en el momento causó profunda sensación en todas partes donde fue tema de conversación.
El  paciente,  Mr.  Edward  Stapleton,  había  muerto  aparentemente  de  fiebre  tifus,
acompañada  de  algunos  síntomas  anómalos  que  excitaron  la  curiosidad  de  sus  médicos.
Después de su aparente deceso, se solicitó a los amigos una autorización para un examen
post  mortem, pero éstos se negaron  a  permitirlo.  Como sucede con frecuencia ante tales
negativas, los médicos resolvieron desenterrar el cuerpo y disecarlo a gusto, en privado. Se
hicieron fáciles arreglos con algunos de los numerosos ladrones de cadáveres que abundan
en  Londres,  y  la  tercera  noche  después  de  la  inhumación  el  supuesto  cadáver  fue
desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en la sala operatoria
de un hospital privado. Al  practicarse  una  incisión  de  cierta  longitud  en  el  abdomen,  el  aspecto  fresco  e
incorrupto  del  sujeto  sugirió  la  conveniencia  de  aplicar  la  batería.  Se  hicieron  sucesivos
experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada peculiar en ningún sentido, salvo, en
una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor que la ordinaria en la acción convulsiva.
Era tarde. Estaba por amanecer y se juzgó oportuno, al fin, proceder de inmediato a la
disección. Pero uno de los estudiantes tenía especiales deseos de probar una teoría propia e
insistió en la aplicación de la batería a uno de los músculos pectorales. Después de practicar
una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hasta el centro del
recinto, miró extrañado a su alrededor unos instantes y entonces... habló. Lo que dijo fue
ininteligible, pero pronunció unas palabras; el silabeo era claro. Después de hablar, cayó
pesadamente al suelo.
Por  un  momento  todos  quedaron  paralizados  de  espanto,  pero  la  urgencia  del  caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que Mr. Stapleton estaba vivo, aunque en
síncope. Después de administrársele éter revivió y recobró rápidamente la salud, retornando
a  la  sociedad  de  sus  amigos,  a  quienes  se  ocultó,  sin  embargo,  toda  noticia  de  su
resurrección hasta que ya no hubo peligro de una recaída. Es de imaginar la maravilla de
aquéllos y su arrobado asombro.
La nota más espeluznante de este incidente se encuentra, sin embargo, en lo que afirma
el mismo Mr. Stapleton. Declara que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un
modo oscuro y confuso percibía lo que le estaba ocurriendo desde el momento en que fuera
declarado  muerto  por  los  médicos  hasta  aquel  en  que  cayó  desmayado  sobre  el  piso  del
hospital. «Estoy vivo», fueron las palabras incomprensibles que, después de reconocer la
sala de disección, había intentado en su apuro proferir.
Sería cosa fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo porque, en realidad,
no  nos  hacen  falta  para  sentar  el  hecho  de  que  se  producen  entierros  prematuros.  Al
reflexionar en las muy raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad
de conocerlos, debemos de admitir que han de ocurrir frecuentemente sin que lo sepamos.
En  realidad,  rara  vez  se  ha  removido  con  cierta  extensión  un  cementerio,  por  cualquier
motivo,  sin  que  aparecieran  esqueletos  en  posturas  que  insinúan  la  más  horrible  de  las
sospechas.
¡Horrible, sí, la sospecha, pero más horrible el destino! Puede asegurarse sin vacilación
que ningún suceso se presta tan terriblemente como la inhumación antes de la muerte para
llevar al colmo de la angustia física y mental. La intolerable opresión de los pulmones, las
sofocantes  emanaciones  de  la  tierra  húmeda,  las  vestiduras  fúnebres  que  se  adhieren,  el
rígido abrazo de la morada estrecha, la negrura de la noche absoluta, el silencio como un
mar abrumador, la invisible pero palpable presencia del vencedor gusano, estas cosas, junto
con los recuerdos del aire y la hierba que crecen arriba, la memoria de los amigos queridos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca
podrán enterarse de él, de que nuestra suerte desesperanzada es la de los muertos de verdad,
estas  consideraciones,  digo,  llevan  al  corazón  aún  palpitante  a  un  grado  de  espantoso  e
intolerable horror, ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan
angustioso en la Tierra, no podemos pensar en nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tópico tienen un interés profundo;
interés  que,  sin  embargo,  en  el  sagrado  espanto  del  tópico  mismo,  depende  justa  y
específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar
ahora es mi propio conocimiento real, mí experiencia efectiva y personal. Durante  varios  años  sufrí  accesos  de  ese  singular  trastorno  que  los  médicos  se  han
puesto de acuerdo en llamar catalepsia, a falta de un nombre más definitivo. Aunque tanto
las  causas  inmediatas  como  las  predisposiciones  y  aun  el  diagnóstico  real  de  esta
enfermedad  siguen  siendo  misteriosos,  su  carácter  evidente  y  manifiesto  es  de  sobra
conocido. Las variaciones parecen serlo especialmente de grado. A veces el paciente yace
sólo un día, o un período aún más breve, en una especie de exagerado letargo. Está privado
de conocimiento y aparentemente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente, quedan algunas huellas de calor, una ligera coloración se demora en el centro
de las mejillas y, aplicando un espejo a los labios, podemos descubrir una torpe, desigual y
vacilante  actividad  de  los  pulmones.  Otras  veces  el  trance  dura  semanas  y  aun  meses,
mientras  el  examen  más  minucioso  y  las  más  rigurosas  pruebas  médicas  no  logran
establecer  ninguna  distinción  material  entre  el  estado  del  paciente  y  lo  que  concebimos
como muerte absoluta. Muy a menudo lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que lo
sabían  ya  atacado  de  catalepsia,  y  la  consiguiente  sospecha,  pero  sobre  todo  lo  salva  su
apariencia  incorrupta.  La  enfermedad  avanza,  por  fortuna,  gradualmente.  Las  primeras
manifestaciones,  aunque  marcadas,  son  inequívocas.  Los  ataques  son  cada  vez  más
característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la seguridad principal en
cuanto a la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera el carácter grave que en
ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente depositado vivo en la tumba.
Mi caso difería en características sin importancia de los mencionados en los libros de
medicina.  A  veces,  sin  ninguna  causa  aparente,  me  sumía  poco  a  poco  en  un  estado  de
semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad para moverme o para
hablar  o  pensar,  pero  con  una  confusa  conciencia  letárgica  de  vida  y  de  la  presencia  de
aquellos que rodeaban mi lecho, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía,
de improviso, el perfecto conocimiento. Otras veces el acceso era rápido, fulminante. Me
sentía  enfermo,  aterido,  helado,  con  vértigo  y,  de  pronto,  caía  postrado.  Entonces  todo
estaba vacío semanas enteras, y negro, silencioso, y la nada se convertía en el universo. La
total aniquilación no podía ser mayor. De estos últimos ataques despertaba, sin embargo, en
una lenta gradación comparada con la instantaneidad del acceso. Así como amanece el día
para  el  mendigo  sin  casa  y  sin  amigos,  para  el  que  rueda  por  las  calles  en  la  larga  y
desolada noche de invierno, así, tan tardía, tan cansada, tan alegre volvía a mí la luz del
Alma.
Pero, fuera de la tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera
advertido  que  sufría  tal  enfermedad  a  menos  que  una  peculiaridad  de  mi  sueño  pudiera
considerarse como provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar de inmediato
la posesión de mis sentidos y permanecía siempre durante algunos minutos en un estado de
extravío y perplejidad, pues las facultades mentales en general y la memoria en especial se
hallaban en absoluta suspensión.
En  todos  mis  padecimientos  no  había  sufrimiento  físico,  sino  una  infinita  angustia
moral. Mi imaginación se tornó macabra. Hablaba «de gusanos, de tumbas, de epitafios».
Me perdía en ensueños de muerte, y la idea del entierro prematuro poseía permanentemente
mi espíritu. El horrible peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante
el  primero,  la  tortura  de  la  meditación  era  excesiva;  durante  la  segunda,  era  suprema.
Cuando  las  torvas  tinieblas  se  extendían  sobre  la  Tierra,  entonces,  presa  de  los  más
horrendos  pensamientos,  temblaba,  temblaba  como  los  trémulos  penachos  de  la  carroza
fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no podía soportar la vigilia, luchaba antes de consentir en
dormirme, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, al fin, me hundía en el sueño, era sólo para precipitarme de pronto en
un mundo de fantasmas sobre el cual se cernía con sus vastas, negras alas tenebrosas, la
única, la sepulcral Idea.
De las innumerables imágenes lúgubres que me oprimían en sueños elijo para mi relato
una visión solitaria. Soñé que había caído en trance cataléptico de duración y profundidad
mayores que las habituales. De pronto una mano helada se posó en mi frente y una voz
impaciente, farfullante, susurró en mi oído:« ¡Levántate! »
Me senté. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado.
No podía traer a la memoria ni el período durante el cual había caído en trance, ni el lugar
donde yacía ahora. Mientras permanecía inmóvil, intentando reunir mis pensamientos, la
fría mano me aferró con fuerza de la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz
farfullante decía de nuevo:
—¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras?
—Y tú—pregunté—, ¿quién eres?
—No tengo nombre en las regiones donde habito—replicó la voz, plañidera—. Fui un
hombre y soy un demonio. Soy implacable, pero digno de lástima. Tú has de sentir que me
estremezco. Me rechinan los dientes mientras hablo y, sin embargo, no es por el frío de la
noche,  de  la  noche  sin  fin.  Pero  este  horror  es  insoportable.  ¿Cómo  puedes  tú  dormir
tranquilo? No me dejan descansar los gritos de esas grandes agonías. Estos espectáculos
son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior y deja que
te muestre las tumbas. ¿No es éste un espectáculo de dolor? ¡Contempla!
Miré, y la figura invisible que seguía aferrándome la muñeca hizo abrir las tumbas de
toda  la  humanidad,  y  de  cada  una  salían  las  débiles  irradiaciones  fosfóricas  de  la
putrefacción, de modo que pude ver en sus más recónditos escondrijos, y el espectáculo de
los  cuerpos  amortajados  en  su  triste  y  solemne  sueño  con  el  gusano.  Pero,  ¡ay!,  los
verdaderos durmientes eran menos, entre muchos millones, que aquellos que no dormían, y
había una débil lucha, y había un triste desasosiego general, y de las profundidades de los
innúmeros  pozos  salía  el  melancólico  frotar  de  las  vestiduras  de  los  enterrados.  Y  entre
aquellos que parecían reposar tranquilos vi gran número que había cambiado, en mayor o
menor grado, la rígida e incómoda posición en que habían sido originariamente sepultos. Y
la voz me dijo de nuevo, mientras yo miraba:
—¿No es, acaso, ¡ah!, no es, acaso, un lastimoso espectáculo?
Pero  antes  de  que  hallara  palabras  para  replicarle,  la  figura  dejó  de  aferrarme  la
muñeca,  las  luces  fosforescentes  se  extinguieron  y  las  tumbas  se  cerraron  con  súbita
violencia, mientras de ellas brotaba un tumulto de gritos desesperados que repetían: «¿No
es acaso, ¡oh Dios!, no es acaso un espectáculo lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia
aun  a  mis  horas  de  vigilia.  Mis  nervios  se  trastornaron  y  fui  presa  de  perpetuo  horror.
Vacilaba en cabalgar, en caminar o practicar cualquier ejercicio que me apartara de casa.
En realidad, ya no me atrevía a confiar en mí mismo fuera de la inmediata presencia de
aquellos  que  conocían  mi  propensión  a  la  catalepsia,  por  miedo  de  que,  en  uno  de  mis
habituales ataques, me enterraran antes de que se determinara mi verdadero estado. Dudaba
del cuidado, de la fidelidad de mis amigos más queridos. Me asustaba pensar que, en un
trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que no tenía remedio. Llegaba a
temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar cualquier
ataque  muy  prolongado  como  excusa  suficiente  para  librarse  de  mí  definitivamente.  En
vano  trataban  de  tranquilizarme  con  las  más  solemnes  promesas.  Les  exigía,  por  los juramentos  más  sagrados,  que  en  ninguna  circunstancia  me  enterraran  hasta  que  la
descomposición material estuviera tan avanzada que impidiese toda conservación. Y aun
entonces  mis  terrores  mortales  no  atendían  a  ninguna  razón,  no  aceptaba  consuelo.
Comencé  una  serie  de  laboriosas  precauciones.  Entre  otras  cosas  mandé  rehacer  de  tal
manera  la  bóveda  familiar,  que  era  posible  abrirla  fácilmente  desde  el  interior.  La  más
ligera presión de una larga palanca que se extendía dentro de la cripta bastaba para abrir
rápidamente los portales de hierro. También estaba prevista la libre admisión de aire y luz,
y  adecuados  receptáculos  para  alimentos  y  agua,  al  alcance  del  ataúd  preparado  para
recibirme. Este ataúd estaba forrado con un material cálido y suave y provisto de una tapa
elaborada según el principio de la puerta de la bóveda, con el añadido de resortes ideados
de tal modo que el más débil movimiento del cuerpo hubiera sido suficiente para soltarla.
Además de todo esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana cuya soga (estaba
previsto) entraría por un agujero en el ataúd, siendo atada a una de las manos del cadáver.
Mas, ¡ay!, ¿de qué sirve la vigilancia contra el Destino del hombre? ¡Ni siquiera esas bien
urdidas seguridades bastaban para librar de las más extremadas angustias de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó  una  época  —como  ya  había  ocurrido  a  menudo—  en  que  me  encontré  a  mí
mismo emergiendo de una total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de
existencia. Lentamente, con gradación de tortuga, se acercaba el alba gris, pálida, del día
psíquico.  Un  desasosiego  aletargado.  Una  sensación  apática  de  dolor  sordo.  Ninguna
preocupación,  ninguna  esperanza,  ningún  esfuerzo.  Después  de  un  largo  intervalo,  un
retintín  en  los  oídos;  luego,  tras  un  lapso  aún  más  largo,  una  sensación  de  hormigueo  o
comezón  en  las  extremidades;  luego,  un  período  aparentemente  eterno  de  placentera
quietud,  durante  el  cual  las  sensaciones  que  despiertan  luchan  por  convertirse  en
pensamientos; luego, otra breve zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado, e inmediatamente después, un choque eléctrico
de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes de las sienes al corazón. Y
entonces el primer esfuerzo positivo por pensar. Y entonces el primer intento de recordar. Y
entonces  un  éxito  parcial  y  evanescente.  Y  entonces  la  memoria  ha  recobrado  tanto  su
dominio,  que  en  cierta  medida  tengo  conciencia  de  mi  estado.  Siento  que  no  estoy
despertando de un sueño ordinario. Recuerdo que he padecido de catalepsia. Y entonces,
por fin, como si fuera la embestida de un océano, abruma mi alma estremecida el único
peligro horrendo, la única idea espectral, siempre dominante.
Durante unos minutos, ya poseído por esta fantasía, permanecí inmóvil. ¿Y por qué?
No  podía  reunir  valor  para  moverme.  No  me  atrevía  a  hacer  el  esfuerzo  que  había  de
tranquilizarme sobre mi destino, y, sin embargo, algo en el corazón me susurraba que era
seguro.  La  desesperación  —tal  como  ninguna  otra  desdicha  produce—,  sólo  la
desesperación me apremió, después de una larga duda, a levantar los pesados párpados. Los
levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Supe que el ataque había terminado. Supe que la crisis
de  mi  trastorno  había  pasado  ya.  Supe  que  había  recobrado  el  uso  de  mis  facultades
visuales, y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, con la intensa y total capacidad de la
Noche que dura para siempre.

Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivos, pero ninguna
voz brotó de los cavernosos pulmones que, oprimidos como por el peso de una montaña,
jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El  movimiento  de  las  mandíbulas  en  el  esfuerzo  por  gritar  me  mostró  que  estaban
atadas, como se hace habitualmente con los muertos. Sentí también que yacía sobre una sustancia áspera y que algo similar, a los costados, me estrechaba. Hasta ese momento no
me había atrevido a mover ninguno de los miembros, pero entonces levanté violentamente
los brazos que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Golpearon una sustancia sólida,
leñosa, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no pude
dudar de que reposaba al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de mi infinita desgracia, vino dulcemente la Esperanza, como un
querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí y ejecuté espasmódicos conatos para
forzar la tapa; no se movía. Me palpé las muñecas en busca de la soga: no la encontré. Y así
la Consoladora huyó para siempre y una desesperación aún más vehemente reinó triunfal,
pues no podía menos de advertir la ausencia de las almohadillas que había preparado tan
cuidadosamente, y entonces llegó de improviso a mis narices el fuerte y peculiar olor de la
tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la bóveda. Había caído en trance
fuera  de  mi  casa,  entre  extraños,  dónde  y  cómo  no  podía  recordarlo,  y  ellos  me  habían
enterrado como a un perro, metido en un ataúd común claveteado, y arrojado a lo profundo,
en lo profundo y para siempre, de alguna tumba ordinaria, anónima.
Cuando esta horrible convicción se abrió paso en las más íntimas estancias de mi alma,
luché  una  vez  más  por  gritar.  Y  este  segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje grito
continuo, un alarido de agonía resonó en los ámbitos de la noche subterránea.
—Vamos, vamos, ¿qué es eso?—dijo una voz áspera, en respuesta.
—¿Qué diablos pasa ahora?—dijo un segundo.
—¡Fuera de ahí! —exclamó un tercero.
—¿Por qué aúlla de esa manera, como si fuese un gato montés?—dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos muy rústicos me sujetaron y me sacudieron sin ceremonias.
No  me  despertaron  de  mi  sueño,  pues  estaba  bien  despierto  cuando  grité,  pero  me
devolvieron a la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurría cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo me
había internado, en una expedición de caza, varias millas abajo a orillas del río James. Se
acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa
anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos brindó el único abrigo disponible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las
dos  únicas  literas;  no  hace  falta  describir  las  literas  de  una  chalupa  de  sesenta  o  setenta
toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Su ancho era de dieciocho pulgadas.
La distancia entre el fondo y la cubierta era precisamente la misma. Me resultó dificilísimo
introducirme  en  ella.  Sin  embargo  dormí  profundamente  y  toda  mi  visión,  pues  no  era
sueño  ni  pesadilla,  surgió  naturalmente  de  las  circunstancias  de  mi  posición,  del  giro
habitual  de  mis  pensamientos  y  de  la  dificultad,  a la  cual  he  aludido, de  concentrar  mis
sentidos y especialmente de recobrar la memoria durante largo tiempo después de despertar
de un sueño. Los hombres que me sacudieron eran la tripulación de la chalupa y algunos
jornaleros contratados para cargarla. De la carga misma procedía el olor a tierra. La venda
alrededor de las mandíbulas era un pañuelo de seda con el cual me había atado la cabeza a
falta de mi acostumbrado gorro de dormir.
Las  torturas  sufridas  fueron  indudablemente  iguales  en  aquel  momento  a  las  de  la
verdadera sepultura. Eran espantosas, de un horror inconcebible; pero del Mal procede el
Bien,  porque  su  mismo  exceso  provocó  en  mi  espíritu  una  inevitable  reacción.  Mi  alma
adquirió vigor, adquirió temple. Viajé al extranjero. Hice vigorosos ejercicios. Respiré el
aire  libre  del  cielo.  Pensé  en  otros  temas  que  la  muerte.  Dejé  a  un  lado  mis  libros  de
medicina. Quemé a Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En poco tiempo me convertí en un hombre
nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre
mis aprensiones sepulcrales, y con ellas se desvanecieron los trastornos catalépticos, de los
cuales fueran, quizá, menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste
humanidad puede cobrar la apariencia del infierno, pero la imaginación del hombre no es
Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores
sepulcrales no puede considerarse totalmente imaginaria, pero, como los Demonios en cuya
compañía Afrasiab realizó su viaje por el Oxus, deben dormir o nos devorarán, debemos
permitirles el sueño, o pereceremos.

sábado, 24 de junio de 2017

Manuscrito Hallado en una Botella

Qui n’a plus qu’un moment à vivre
N’a plus rien à dissimuler.
(QUINAULT, Atys)


De mi país y mi familia poco tengo que decir. Un trato injusto y el andar de los años
me arrancaron del uno y me alejaron de la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una
educación esmerada, y la tendencia contemplativa de mi espíritu me facultó para ordenar
metódicamente las nociones que mis tempranos estudios habían acumulado. Las obras de
los moralistas alemanes me proporcionaban un placer superior a cualquier otro; no porque
admirara equivocadamente su elocuente locura, sino por la facilidad con que mis rígidos
hábitos mentales me permitían descubrir sus falsedades. Con frecuencia se me ha
reprochado la aridez de mi inteligencia, imputándome como un crimen una imaginación
deficiente; el pirronismo de mis opiniones me ha dado fama en todo tiempo. En realidad
temo que mi predilección por la filosofía física haya inficionado mi mente con un error
muy frecuente en nuestra época: aludo a la costumbre de referir todo hecho, aun el menos
susceptible de dicha referencia, a los principios de aquella disciplina. En general, no creo
que nadie esté menos sujeto que yo a desviarse de los severos límites de la verdad,
arrastrado por los ignes fatui de la superstición. Me ha parecido apropiado hacer este
proemio, para que el increíble relato que he de hacer no sea considerado como el delirio de
una imaginación desenfrenada, en vez de la experiencia positiva de una inteligencia para
quien los ensueños de la fantasía son letra muerta y nulidad.
Después de varios años pasados en viajes por el extranjero, me embarqué en el año
18... en el puerto de Batavia, capital de la rica y populosa isla de Java, para hacer un
crucero al archipiélago de las islas de la Sonda. Me hice a la mar en calidad de pasajero, sin
otro motivo que una especie de inquietud nerviosa que me hostigaba como si fuera un
demonio.

Nuestro excelente navío, de unas cuatrocientas toneladas, tenía remaches de cobre y

había sido construido en Bombay con teca de Malabar. Llevaba una carga de algodón en
rama y aceite procedente de las islas Laquevidas. También teníamos a bordo bonote,
melaza, aceite de manteca, cocos y algunos cajones de opio. El arrumaje había sido mal
hecho y, por lo tanto, el barco escoraba.
Iniciamos el viaje con muy poco viento a favor, y durante varios días permanecimos a
lo largo de la costa oriental javanesa, sin otro incidente para amenguar la monotonía de
nuestro derrotero que el encuentro ocasional con alguno de los pequeños grabs del
archipiélago al cual nos encaminábamos.
Una tarde, mientras me hallaba apoyado en el coronamiento, observé hacia el noroeste
una nube aislada de extraño aspecto. Era notable tanto por su color como por ser la primera
que veíamos desde nuestra partida de Batavia. La observé continuamente hasta la puesta del
sol, en que comenzó a expandirse rápidamente hacia el este y el oeste, cerniendo el
horizonte con una angosta faja de vapor y dando la impresión de una dilatada playa baja.
Pronto mi atención se vio requerida por la coloración rojo-oscuro que presentaba la luna y
la extraña apariencia del mar. Operábase en éste una rápida transformación, y el agua
parecía más transparente que de costumbre. Aunque me era posible distinguir muy bien el
fondo, lancé la sonda y descubrí que había quince brazas. El aire se había vuelto
intolerablemente cálido y se cargaba de exhalaciones en espiral semejantes a las que brotan
del hierro al rojo. A medida que caía la noche cesó la más ligera brisa y hubiera sido
imposible concebir calma más absoluta. La llama de una bujía colocada en la popa no
oscilaba en lo más mínimo, y un cabello, sostenido entre dos dedos, colgaba sin que fuera
posible advertir la menor vibración. Empero, como el capitán manifestara que no veía
ninguna indicación de peligro pero que estábamos derivando hacia la costa, mandó arriar
las velas y echar el ancla. No se apostó ningún vigía y la tripulación, formada
principalmente por malayos, se tendió sobre el puente a descansar. En cuanto a mí, bajé a la
cámara, apremiado por un penoso presentimiento de desgracia. Todas las apariencias me
hacían ver la inminencia de un huracán. Transmití mis temores al capitán, pero no prestó
atención a mis palabras y se marchó sin haberse dignado contestarme. Mi inquietud, sin
embargo, no me dejaba dormir, y hacia media noche subí a cubierta. Cuando apoyaba el pie
en el último peldaño de la escala de toldilla, me sorprendió un fuerte rumor semejante al
zumbido que podría producir una rueda de molino girando rápidamente y, antes de que
pudiera asegurarme de su significado, sentí que el barco vibraba. Un instante después un
mar de espuma nos caía de través y, pasando sobre el puente, barría la cubierta de proa a
popa.
La excesiva violencia de la ráfaga significó en gran medida la salvación del navío.
Aunque totalmente sumergido, como todos sus mástiles habían volado por la borda, surgió
lentamente a la superficie al cabo de un minuto y, vacilando unos instantes bajo la terrible
presión de la tempestad, acabó por enderezarse.
Imposible me sería decir por qué milagro escapé a la destrucción. Aturdido por el
choque del agua volvía en mí para encontrarme encajado entre el codaste y el gobernalle.
Me puse de pie con gran dificultad y, mirando en torno presa de vértigo, se me ocurrió que
habíamos chocado contra los arrecifes, tan terrible e inimaginable era el remolino que
formaban las montañas de agua y espuma en que estábamos sumidos. Un momento después
oí la voz de un viejo sueco que se había embarcado con nosotros en el momento en que el
buque se hacía a la mar. Lo llamé con todas mis fuerzas y vino tambaleándose. No
tardamos en descubrir que éramos los únicos supervivientes de la catástrofe. Todo lo que se
hallaba en el puente había sido barrido por las olas; el capitán y los oficiales debían haber
muerto mientras dormían, ya que los camarotes estaban completamente inundados. Sin
ayuda, poco era lo que podíamos hacer, y nos sentimos paralizados por la idea de que no
tardaríamos en zozobrar. Como se supondrá, el cable del ancla se había roto como un
bramante al primer embate del huracán, ya que de no ser así nos habríamos hundido en un
instante. Corríamos a espantosa velocidad, y las olas rompían sobre cubierta. El maderamen
de popa estaba muy destrozado y todo el navío presentaba gravísimas averías; empero,
vimos con alborozo que las bombas no se habían atascado y que el lastre no parecía haberse
desplazado. Ya la primera furia de la ráfaga estaba amainando y no corríamos mucho
peligro por causa del viento; pero nos aterraba la idea de que cesara completamente,
sabedores de que naufragaríamos en el agitado oleaje que seguiría de inmediato. Este
legítimo temor no se vio, sin embargo, verificado. Durante cinco días y cinco noches —
durante los cuales nos alimentamos con una pequeña cantidad de melaza de azúcar,
trabajosamente obtenida en el castillo de proa—, el desmelenado navío corrió a una
velocidad que desafiaba toda medida, impulsado por sucesivas ráfagas que, sin igualar la
violencia de la primera, eran sin embargo más aterradoras que cualquier otra tempestad que
hubiera visto antes. Con pequeñas variantes navegamos durante los primeros cuatro días
hacia el sud-sudeste y debimos de pasar cerca de la costa de Nueva Holanda. Al quinto día
el tiempo se puso muy frío, aunque el viento había girado un punto hacia el norte. El sol se
alzó con una coloración amarillenta y enfermiza y remontó unos pocos grados sobre el
horizonte, sin irradiar una luz intensa. No se veían nubes y, sin embargo, el viento arreciaba
más y más, soplando con furiosas ráfagas irregulares. Hacia mediodía —hasta donde
podíamos calcular la hora— el sol nos llamó de nuevo la atención. No daba luz que
mereciera propiamente tal nombre, sino un resplandor apagado y lúgubre, sin reflejos,
como si todos sus rayos estuvieran polarizados. Poco antes de hundirse en el henchido mar,
su fuego central se extinguió bruscamente, como si un poder inexplicable acabara de
apagarlo. Sólo quedó un aro pálido y plateado, sumergiéndose en el insondable mar.
Esperamos en vano la llegada del sexto día; para mí ese día no ha llegado, y para el
sueco no llegó jamás. Desde aquel momento quedamos envueltos en profundas tinieblas, al
punto que no hubiéramos podido ver nada a veinte pasos del barco. La noche eterna
continuó rodeándonos, ni siquiera amenguada por esa brillantez fosfórica del mar a la cual
nos habíamos habituado en los trópicos. Observamos además que, si bien la tempestad
continuaba con inflexible violencia, no se observaba ya el oleaje espumoso que nos
envolvía antes. Alrededor de nosotros todo era horror, profunda oscuridad y un negro
desierto de ébano. El espanto supersticioso ganaba poco a poco el espíritu del viejo sueco, y
mi alma estaba envuelta en silencioso asombro. Descuidamos toda atención del barco, por
considerarla ociosa, y nos aseguramos lo mejor posible en el tocón del palo de mesana,
mirando amargamente hacia el inmenso océano. No teníamos manera de calcular el tiempo
y era imposible deducir nuestra posición. Advertíamos, sin embargo, que llevábamos
navegando hacia el sur una distancia mayor que la recorrida por cualquier navegante, y
mucho nos asombró no encontrar los habituales obstáculos de hielo. Entre tanto, cada
minuto amenazaba con ser el último de nuestras vidas, y olas grandes como montañas se
precipitaban para aniquilarnos. El oleaje sobrepasaba todo lo que yo había creído; sólo por
milagro no zozobrábamos a cada instante. Mi compañero aludió a la ligereza de nuestro
cargamento, recordándome las excelentes cualidades del barco. Yo no podía dejar de sentir
la total inutilidad de la esperanza y me preparaba tristemente a una muerte que, en mi
opinión, no podía ya demorarse más de una hora, puesto que a cada nudo que recorríamos
el oleaje de aquel horrendo mar tenebroso se volvía más y más violento. Por momentos
jadeábamos en procura de aire, remontados a una altura superior a la del albatros; y en otros
nos mareaba la velocidad del descenso a un infierno líquido, donde el aire parecía
estancado y ningún sonido turbaba el sueño del «kraken».
Nos hallábamos en la profundidad de uno de esos abismos, cuando un súbito clamor de
mi compañero se alzó horriblemente en la noche. «¡Mire, mire!», me gritaba al oído. «¡Dios
todopoderoso, mire, mire!»
Mientras hablaba, advertí un apagado resplandor rojizo que corría por los lados del
enorme abismo donde nos habíamos hundido, arrojando una incierta lumbre sobre nuestra
cubierta. Alzando los ojos, contemplé un espectáculo que me heló la sangre. A una
espantosa elevación, inmediatamente por encima de nosotros, y al borde mismo de aquel
precipicio líquido, se cernía un gigantesco navío, de quizá cuatro mil toneladas. Aunque en
la cresta de una ola tan enorme que lo sobrepasaba cien veces en altura, sus medidas
excedían las de cualquier barco de línea o de la Compañía de Indias Orientales. Su enorme
casco era de un negro profundo y opaco, y no tenía ninguno de los mascarones o adornos
propios de un navío. Por las abiertas portañolas asomaba una sola hilera de cañones de
bronce, cuyas relucientes superficies reflejaban las luces de innumerables linternas de
combate balanceándose en las jarcias. Pero lo que más me llenó de horror y estupefacción
fue ver que el barco tenía todas las velas desplegadas en medio de aquel huracán
ingobernable y aquel mar sobrenatural. Cuando lo vimos por primera vez sólo se distinguía
su proa, mientras lentamente se alzaba sobre el tenebroso y horrible golfo de donde venía.
Durante un segundo de inconcebible espanto se mantuvo inmóvil sobre el vertiginoso
pináculo, como si estuviera contemplando su propia sublimidad. Luego tembló, vaciló... y
lo vimos precipitarse sobre nosotros.
No sé qué repentino dominio de mí mismo ganó mi espíritu en aquel instante.
Retrocediendo todo lo posible esperé sin temor la catástrofe que iba a aniquilarnos. Nuestro
barco había renunciado ya a luchar y se estaba hundiendo de proa. El choque de la masa
descendente lo alcanzó, pues, en su estructura ya medio sumergida, y como resultado
inevitable me lanzó con violencia irresistible sobre el cordaje del nuevo buque.
En el momento en que caí, el barco viró de bordo, y supuse que la confusión reinante
me había hecho pasar inadvertido a los ojos de la tripulación. Me abrí camino sin dificultad
hasta la escotilla principal, que se hallaba parcialmente abierta, y no tardé en encontrar una
oportunidad de esconderme en la cala. No podría explicar la razón de mi conducta. Quizá
se debiera al sentimiento de temor que desde el primer momento me habían inspirado los
tripulantes de aquel buque, No me atrevía a confiarme a individuos que, después de la
rápida ojeada que había podido echarles, me producían tanta extrañeza como duda y
aprensión. Me pareció mejor, pues, buscar un escondrijo en la cala. Pronto lo hallé
removiendo una pequeña parte de la armazón movible, de manera de asegurarme un lugar
adecuado entre las enormes cuadernas del navío.
Apenas había completado mi trabajo, cuando unos pasos en la cala me obligaron a
hacer uso del mismo. Desde mi refugio vi venir a un hombre que se movía con pasos
débiles e inseguros. No le vi la cara, pero pude observar su apariencia general. En toda su
persona se notaban las huellas de una avanzada edad. Le temblaban las rodillas bajo el peso
de los años y su cuerpo parecía agobiado por aquella carga. Hablaba consigo mismo,
murmurando en voz baja y entrecortada unas palabras de un idioma que no pude
comprender, y anduvo tanteando en un rincón entre una pila de singulares instrumentos y
viejas cartas de navegación. En su actitud había una extraña mezcla del malhumor de la
segunda infancia con la solemne dignidad de un dios. Por fin volvió a subir al puente y no
lo vi más.
Un sentimiento para el cual no encuentro nombre se ha posesionado de mi alma; es una
sensación que no admite análisis, frente a la cual las lecciones de tiempos pasados no me
sirven y cuya clave me temo que no me será dada por el futuro. Para una mente constituida
como la mía, esta última consideración es un tormento. Nunca, sé que nunca llegaré a
conocer la naturaleza de mis concepciones. Y sin embargo no es de asombrarme que esas
concepciones sean indefinidas, puesto que se originan en fuentes tan extraordinariamente
nuevas. Un nuevo sentido, una nueva entidad se incorpora a mi alma.
Hace ya mucho que subí por primera vez al puente de este terrible navío y pienso que
los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. ¡Hombres incomprensibles!
Envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar, pasan a mi lado sin reparar
en mí. Ocultarme es una completa locura, pues esa gente no quiere ver. Hace apenas un
instante que pasé delante de los ojos del segundo; no hace mucho que me aventuré en el
camarote privado del capitán y tomé de allí los materiales con que escribo esto y lo que
antecede. De tiempo en tiempo seguiré redactando este diario. Cierto que puedo no
encontrar oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero no dejaré de intentarlo. En el
último momento encerraré el manuscrito en una botella y lo arrojaré al mar.
Un incidente ocurrido me ha dado nuevos motivos de meditación. ¿Ocurren estas cosas
por la operación de un azar ingobernado? Había subido a cubierta y estaba tendido, sin
llamar la atención, en una pila de frenillos y viejas velas depositadas en el fondo de un bote.
Mientras pensaba en la singularidad de mi destino iba pintarrajeando inadvertidamente con
un pincel lleno de brea los bordes de un ala de trinquete que aparecía cuidadosamente
doblada sobre un barril a mi lado. La vela está ahora tendida y los toques irreflexivos del
pincel se despliegan formando la palabra «descubrimiento».
En este último tiempo he hecho muchas observaciones sobre la estructura del navío.
Aunque bien armado, no me parece que se trate de un barco de guerra. Sus jarcias,
construcción y equipo contradicen una suposición semejante. Puedo percibir fácilmente lo
que el barco no es; me temo que no puedo decir lo que es. No sé cómo, pero al escrutar su
extraño modelo y su tipo de mástiles, su enorme tamaño y su extraordinario velamen, su
proa severamente sencilla y su anticuada popa, por momentos cruza por mi mente una
sensación de cosas familiares; y con esa imprecisa sombra de recuerdo se mezcla siempre
una inexplicable remembranza de antiguas crónicas extranjeras y de edades remotas.
Estuve mirando el maderamen del navío. Está construido con un material que
desconozco. Hay en la madera algo extraño que me da la impresión de que no se aplica al
propósito a que ha sido destinada. Aludo a su extrema porosidad, que no tiene nada que ver
con los daños causados por los gusanos, lo cual es consecuencia de la navegación en estos
mares, y con la podredumbre resultante de su edad. Parecerá quizá que esta observación es
excesivamente curiosa, pero dicha madera tendría todas las características del roble
español, si el roble español fuera dilatado por medios artificiales.
Al leer la frase que antecede viene a mi recuerdo un extraño dicho de un viejo lobo de
mar holandés: «Tan seguro es —afirmaba siempre que alguien ponía en duda su
veracidad— como que hay un mar donde los barcos crecen como el cuerpo viviente de un
marino.»
Hace unas horas me mostré lo bastante osado como para mezclarme con un grupo de
tripulantes. No me prestaron la menor atención y, aunque me hallaba en medio de ellos, no
dieron ninguna señal de haber reparado en mi presencia. Al igual que el primero que había
visto en la cala, todos mostraban señales de una avanzada edad. Sus rodillas achacosas
temblaban, sus hombros se doblaban de decrepitud, su piel arrugada temblaba bajo el
viento; hablaban con voces bajas, trémulas, quebradas; en sus ojos brillaba el humor de la
vejez y sus grises cabellos se agitaban terriblemente en la tempestad. Alrededor, en toda la
cubierta, yacían esparcidos instrumentos matemáticos de la más extraña y anticuada
construcción.
Mencioné hace algún tiempo que un ala del trinquete había sido izada. Desde ese
momento, arrebatado por el viento el navío ha seguido su aterradora carrera hacia el sud,
con todo el trapo desplegado desde la punta de los mástiles hasta los botalones inferiores,
hundiendo a cada momento los penoles de las vergas del juanete en el más espantoso
infierno de agua que imaginación humana alcance a concebir. Acabo de abandonar el
puente, donde me es imposible mantenerme de pie aunque la tripulación no parece
experimentar inconveniente alguno. Para mí es un milagro de milagros que nuestra enorme
masa no sea tragada de una vez y para siempre. Seguramente estamos destinados a rondar
continuamente al borde de la eternidad, sin precipitarnos por fin en el abismo. Pasamos a
través de olas mil veces más gigantescas que las que he visto jamás, con la facilidad de una
gaviota; las colosales aguas alzan sus cabezas sobre nosotros como demonios de la
profundidad, pero son demonios limitados a simples amenazas y a quienes se les ha
prohibido destruir. Me siento inclinado a atribuir esta continua sobrevivencia a la única
causa natural que puede explicar semejante efecto. Supongo que el barco está sometido a la
influencia de alguna poderosa corriente, o de una impetuosa resaca.
He visto al capitán cara a cara, en su propia cabina; pero, como lo suponía, no me
prestó la menor atención. Aunque para un observador casual nada hay en su apariencia que
pueda parecer por encima o por debajo de lo humano, un sentimiento de incontenible
reverencia y temor se mezcló al asombro con que lo contemplaba. Tiene casi mi estatura, es
decir, cinco pies ocho pulgadas. Su cuerpo es proporcionado y sólido, sin ser especialmente
robusto ni destacarse en nada. Mas la singularidad de su expresión, la intensa, la
asombrosa, la estremecedora evidencia de una vejez tan grande, tan absoluta, dominó mi
espíritu con una sensación, con un sentimiento inefable. Aunque poco arrugada, su frente
parece soportar el sello de una miríada de años. Sus cabellos grises son crónicas del pasado,
y sus ojos, aún más grises, son sibilas del futuro. El piso del camarote estaba cubierto de
extraños infolios con broches de hierro, estropeados instrumentos científicos y viejísimas
cartas de navegación fuera de uso. El capitán apoyaba la cabeza en las manos, mientras
contemplaba con llameantes e inquietos ojos un papel que tomé por una comisión, y que en
todo caso ostentaba la firma de un monarca. Murmuraba para sí mismo, como lo había
hecho el primer marinero a quien vi en la cala, palabras confusas y malhumoradas en un
idioma extranjero, y, aunque estaba a un paso de mí, su voz parecía llegar a mis oídos desde
una milla.
El barco y todo lo que contiene está impregnado por el espíritu de la Vejez. La
tripulación se desliza de aquí para allá, como los fantasmas de siglos sepultados; sus ojos
reflejan un pensar ansioso e intranquilo; y cuando sus dedos se iluminan bajo el extraño
resplandor de las linternas de combate, me siento como no me he sentido jamás, aunque
durante toda mi vida me interesaron las antigüedades y me saturé con las sombras de rotas
columnas en Baalbek, en Tadmor y en Persépolis, hasta que mi propia alma se convirtió en
una ruina.
Al mirar en torno, me avergüenzo de mis anteriores aprensiones. Si temblé ante el
huracán que nos ha perseguido hasta ahora, ¿cómo no quedar transido de horror frente al
asalto de un viento y un océano para los cuales las palabras tornado y tempestad resultan
triviales e ineficaces? En la vecindad inmediata del navío reina la tiniebla de la noche
eterna y un caos de agua sin espuma; pero a una legua, a cada lado, alcanzan a verse a
intervalos y borrosamente, gigantescas murallas de hielo que se alzan hasta el desolado cielo y que parecen las paredes del universo.
Tal como imaginaba, no hay duda de que el navío está en una corriente —si cabe dar
semejante nombre a una marea que, aullando y clamando entre las paredes de blanco hielo,
corre hacia el sud con la resonancia de un trueno y la velocidad de una catarata cayendo a
pico.
Supongo que es absolutamente imposible concebir el horror de mis sensaciones; sin
embargo, sobre mi desesperación predomina la curiosidad de penetrar en los misterios de
estas horribles regiones, y me reconcilia con la más atroz apariencia de la muerte. Es
evidente que nos precipitamos hacia algún apasionante descubrimiento, un secreto
incomunicable cuyo conocimiento entraña la destrucción. Quizá esta corriente nos lleva
hacia el polo Sur mismo. Preciso es confesar que una suposición tan desorbitada en
apariencia tiene todas las probabilidades a su favor.
La tripulación recorre el puente con pasos inquietos y vacilantes; pero noto en sus
fisonomías una expresión donde el ardor de la esperanza sobrepasa la apatía de la
desesperación.
El viento sigue, entretanto, de popa, y como llevamos desplegadas todas las velas, hay
momentos en que el barco se ve levantado sobre el mar. ¡Oh, horror de horrores! ¡El hielo
acaba de abrirse a la derecha y a la izquierda, y estamos girando vertiginosamente, en
inmensos círculos concéntricos, bordeando un gigantesco anfiteatro, cuyas paredes se
pierden hacia arriba en la oscuridad y la distancia! ¡Pero poco tiempo me queda para pensar
en mi destino! Los círculos se están reduciendo rápidamente..., nos precipitarnos en el
torbellino... y entre el rugir, el aullar y el tronar del océano y la tempestad el barco se
estremece... ¡oh, Dios..., y se hunde!...
NOTA. El Manuscrito hallado en una botella se publicó por primera vez en 1831;
pasaron muchos años antes de que llegaran a mi conocimiento los mapas de Mercator, en
los cuales se representa al océano como precipitándose por cuatro bocas en el golfo Polar
(Norte), para ser absorbido por las entrañas de la tierra. El Polo aparece representado por
una roca negra, que se eleva a una altura prodigiosa. —E. A. P.

F I N

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...