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domingo, 16 de julio de 2017

Sombra Parábola


Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.

 (Salmo de David, XXIII) 


Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado
hace  mucho  en  la  región  de  las  sombras.  Pues  en  verdad  ocurrirán  muchas  cosas,  y  se
sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito.
Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos
habrá  que  encuentren  razones  para  meditar  frente  a  los  caracteres  aquí  grabados  con  un
estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los
cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a
lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para
aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para
mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel
año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el
anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no
sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en
las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un  noble palacio,  nos  hallábamos  una
noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a
nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el
artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío
aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las
desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos
rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la
pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese
terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están
agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto
nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que
nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas
de  hierro  que  iluminaban  nuestra  orgía.  Alzándose  en  altas  y  esbeltas  líneas  de  luz,
continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la
redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio
rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo,
reíamos  y  nos  alegrábamos  a  nuestro  modo  —lleno  de  histeria—,  y  cantábamos  las
canciones  de  Anacreonte  —llenas  de  locura—,  y  bebíamos  copiosamente,  aunque  el
purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en
la  persona  del  joven  Zoilo.  Muerto  y  amortajado  yacía  tendido  cuan  largo  era,  genio  y
demonio  de  la  escena.  ¡Ay,  no  participaba  de  nuestro  regocijo!  Pero  su  rostro,
convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se
interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del
muerto  estaban  fijos  en  mí,  me  obligaba  a  no  percibir  la  amargura  de  su  expresión,  y
mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta
y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre
las  tenebrosas  colgaduras  de  la  cámara,  se  debilitaron  hasta  volverse  inaudibles  y  se
apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los
sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como
la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la
sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un
instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie
de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de
un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la
sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin
moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si
recuerdo  bien,  se  alzaba  frente  a  los  pies  del  joven  Zoilo  amortajado.  Mas  nosotros,  los
siete  allí  congregados,  al  ver  cómo  la  sombra  avanzaba  desde  las  colgaduras,  no  nos
atrevimos  a  contemplarla  de  lleno,  sino  que  bajamos  los  ojos  y  miramos  fijamente  las
profundidades  del  espejo  de  ébano.  Y  al  final  yo,  Oinos,  hablando  en  voz  muy  baja,
pregunté  a  la  sombra  cuál  era  su  morada  y  su  nombre.  Y  la  sombra  contestó:  «Yo  soy
SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras
planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y  entonces  los  siete  nos  levantamos  llenos  de  horror  y  permanecimos  de  pie
temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de
un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a
otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados
de mil y mil amigos muertos.

F I N

sábado, 15 de julio de 2017

La Cita

Venecia



¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte
en el profundo valle.
(HENRY KING, obispo de Chichester, 
Funerales en la muerte de su esposa)

Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginación,
ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a contemplarte! De
nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío valle, en la sombra!,
sino como debiste de ser, derrochando una vida de magnífica meditación en aquella ciudad
de  confusas  visiones,  tu  Venecia,  Elíseo  del  mar,  amada  de  las  estrellas,  cuyos  amplios
balcones de los palacios de Palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento los
secretos  de  sus  silentes  aguas.  ¡Sí,  lo  repito:  como  debiste  de  ser!  Sin  duda  hay  otros
mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que
las  del  sofista.  ¿Quién,  entonces,  podría  poner  en  tela  de  juicio  tu  conducta?  ¿Quién  te
reprocharía  tus  horas  visionarias,  o  denunciaría  tu  modo  de  vivir  como  un  despilfarro,
cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías?
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte di Sospiri, donde encontré
por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro
acuden  confusamente  a  mi  recuerdo.  Y,  sin  embargo,  veo...  ¡ah,  cómo  olvidar!...  la
profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el genio del romance
que erraba por el angosto canal.
Venecia estaba extrañamente oscura. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta
hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vacía, mientras
las  luces  del  viejo  Palacio  Ducal  extinguíanse  una  tras  otra.  Volvía  a  casa  desde  la
Piazzetta, siguiendo el Gran Canal. Cuando mi góndola llegó ante la boca del canal de San
Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la noche un alarido
prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras el gondolero dejaba
resbalar  su  único  remo  y  lo  perdía  en  la  profunda  oscuridad,  sin  que  le  fuera  posible
recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el
canal  mayor  hacia  el  pequeño.  Semejantes  a  un  pesado  cóndor  de  negras  alas  nos
deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas,
llameando  desde  las  ventanas  y  las  escalinatas  del  Palacio  Ducal,  convirtieron
instantáneamente aquella profunda oscuridad en un lívido día preternatural. Escapando  de  los  brazos  de  su  madre,  un  niño  acababa  de  caer  desde  una  de  las
ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se
habían  cerrado  silenciosas  sobre  su  víctima.  Aunque  mi  góndola  era  la  única  a  la  vista,
muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente
en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes
losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el
agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la
marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres
—allí donde todas eran bellas—, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del
hermoso  niño,  su  primer  y  único  vástago  que,  sumido  en  las  profundidades  del  agua
lóbrega,  estaría  recordando  amargamente  las  dulces  caricias  de  su  madre  y  agotando  su
débil vida en los esfuerzos por llamarla.
La marquesa permanecía sola. Sus diminutos y plateados pies desnudos resplandecían
en el negro espejo de mármol que pisaba. Su cabello, que conservaba a medias el peinado
del baile, rodeaba entre una lluvia de diamantes su clásica cabeza, llena de bucles parecidos
al jacinto joven. Una túnica alba como la nieve y semejante a la gasa parecía ser la única
protección de sus delicadas formas; pero el aire estival de aquella medianoche era caliente,
denso,  estático,  y  aquella  imagen  estatuaria  tampoco  hacía  el  menor  movimiento  que
alterara  los  pliegues  de  la  vestidura  como  de  vapor  que  la  envolvía,  tal  como  el  pesado
mármol  envuelve  la  imagen  de  Niobe.  Y,  sin  embargo,  ¡cosa  extraña!,  sus  grandes  y
brillantes ojos no miraban hacia abajo, en dirección a la tumba donde su mejor esperanza
había  sido  sepultada,  sino  que  aparecían  como  clavados  en  una  dirección  por  completo
diferente. La prisión de la antigua República es, según creo, el edificio más majestuoso de
Venecia; pero, ¿cómo podía aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras allí abajo se
estaba  ahogando  su  único  hijo?  Un  negro,  lúgubre  nicho  hallábase  situado  exactamente
frente a la ventana del aposento de la marquesa. ¿Qué podía haber, pues, en sus sombras, en
su  arquitectura,  en  sus  solemnes  cornisas  cubiertas  de  hiedra,  que  la  dama  no  hubiera
contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Quién no recuerda que, en momentos como
ése, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las imágenes de su desolación y ve
en innumerables lugares lejanos la pena más cercana?
Varios escalones más arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta se veía
a Mentoni, todavía con su traje de fiesta, semejante a un sátiro. Ocupábase por momentos
de rasguear las cuerdas de una guitarra y parecía ennuyé en extremo, mientras, de cuando
en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo. Estupefacto y despavorido, no
había podido moverme de la posición en que me colocara al escuchar el grito; seguía de pie
y debí de presentar a ojos del agitado grupo una apariencia ominosa y espectral, mientras
pasaba, pálido y rígido, en aquella fúnebre góndola.
Todos los esfuerzos parecían vanos. Los más decididos en la búsqueda empezaban a
cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba ya de salvar al
niño  (¡y  cuánto  más  desesperada  estaría  la  madre!).  Pero  entonces,  desde  el  interior  de
aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la prisión de la antigua
República —y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa—, una silueta embozada
avanzó hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del abismo líquido, zambullóse
de cabeza en el canal. Un minuto después, al emerger llevando en sus brazos al niño que
aún respiraba y alzarse en los peldaños de mármol del lado de la marquesa, la empapada
capa se soltó de sus hombros y, cayendo a sus pies, mostró a los estupefactos espectadores
la graciosa figura de un hombre joven, cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa. Ni una  palabra pronunció  el  salvador. Pero la  marquesa...  ¡Ah,  ya  iba  a  recibir  a  su
hijo! ¡Ya iba a estrechar en sus brazos el pequeño cuerpo y reanimarlo con sus caricias!
Mas, ¡ay!, los brazos de otro lo alzaban, los brazos de otro se lo llevaban, lo introducían en
el palacio. ¿Y la marquesa?... Sus labios, sus hermosos labios temblaban; las lágrimas se
arracimaban  en  sus  ojos,  esos  ojos  que,  como  el  acanto  de  Plinio,  eran  «suaves  y  casi
líquidos». Sí, las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y de pronto todo el cuerpo de aquella
mujer se estremeció con un temblor que le venía del alma... ¡Y la estatua recobró vida! Vi
súbitamente cómo la palidez marmórea de sus facciones, el alentar de su seno y la pureza
de  sus  blancos  pies  se  anegaban  en  una  incontenible  marea  carmesí.  Y  un  leve  temblor
agitó su delicado cuerpo, como la brisa gentil de Nápoles agita los plateados lirios en el
campo.
¿Por  qué  se  sonrojaba  la  dama?  No  hay  respuesta  a  tal  pregunta.  Verdad  es  que,  al
abandonar,  con  el  apresuramiento  y  el  terror  de  un  corazón  materno  la  intimidad  de  su
boudoir, la marquesa había olvidado aprisionar sus menudos pies en chinelas y cubrir sus
hombros venecianos con el manto que les correspondía... ¿Qué otra razón podía tener para
sonrojarse así? ¿Y la mirada de esos ojos que imploraban desesperadamente? ¿Y el tumulto
del agitado seno? ¿Y la convulsiva presión de aquella mano temblorosa que, en momentos
en  que  Mentoni  retornaba  al  palacio,  se  posó  accidentalmente  sobre  la  mano  del
desconocido?  ¿Y  qué  razón  podía  haber  para  aquellas  palabras  en  voz  baja,  en  voz  tan
extrañamente baja, aquellas palabras sin sentido que la dama murmuró presurosamente en
el instante de despedirlo?
—Has  vencido  —dijo,  a  menos  que  el  murmullo  del  agua  me  engañara—.  Has
vencido... Una hora después de la salida del sol... ¡Así sea!

El  tumulto  se  había  apaciguado,  murieron  las  luces  en  el  interior  del  palacio  y  el
desconocido, a quien yo, sin embargo, había reconocido, permanecía solo en la escalinata.
Estremecióse con inconcebible agitación y sus ojos miraron en todas direcciones buscando
una góndola. No podía menos de ofrecerle la mía, y la aceptó. Luego de obtener un remo en
una  compuerta,  continuamos  juntos  hasta  su  residencia,  mientras  mi  huésped  recobraba
rápidamente el dominio de sí mismo y se refería a nuestra superficial relación en términos
de gran cordialidad.
Frente  a  ciertos  temas,  me  gusta  ser  minucioso.  La  persona  del  desconocido  —
permitidme  llamarlo  así,  ya  que  lo  era  todavía  para  el  mundo  entero—,  la  persona  del
desconocido  constituye  uno  de  esos  temas.  Su  estatura  era  algo  inferior  a  la  mediana,
aunque  en  momentos  de  intensa  pasión  su  cuerpo  crecía  como  para  desmentir  esa
afirmación. La liviana  y  esbelta  simetría de su figura antes anunciaba la vivaz actividad
demostrada en el Puente de los Suspiros, que la hercúlea fuerza que, en ocasiones de mayor
peligro, había desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y mentón eran los de una deidad;
los ojos, singulares, ardientes, enormes, líquidos, de una tonalidad fluctuando entre el puro
castaño y el más intenso y brillante azabache; una profusión de cabello negro y rizado, bajo
el cual se destacaba una frente de no común anchura, que por momentos resplandecía como
marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan clásicamente regulares que jamás he visto otros
semejantes, salvo, quizá, en las imágenes del emperador Cómodo. Y, sin embargo, su rostro
era de esos que todo hombre ha visto en algún momento de su vida, pero que no ha vuelto a
encontrar nunca más. No tenía nada peculiar, ninguna expresión predominante que fijar en
la  memoria;  un  rostro  visto  e  instantáneamente  olvidado,  pero  olvidado  con  un  vago  y
continuo deseo de recordarlo otra vez. Y no porque el espíritu de cada rápida pasión no dejara de imprimir su propia y clara imagen en el espejo de aquel rostro; pero el espejo, al
igual que todos los espejos, perdía todo vestigio de la pasión apenas desaparecía.
Al despedirnos la noche de aquella aventura me pidió, de una manera que me pareció
urgente, que no dejara de visitarlo muy temprano por la mañana. Poco después de la salida
del  sol  llegué  a  su  Palazzo,  uno  de  aquellos  enormes  edificios  de  sombría  y  fantástica
pompa  que  se  alzan  sobre  las  aguas  del  Gran  Canal,  en  la  vecindad  del  Rialto.  Fui
conducido  por  una  ancha  escalinata  de  mosaico  hasta  un  aposento  cuyo  incomparable
esplendor irrumpía por las puertas abiertas, con lujo tal que me cegó y me confundió.
No ignoraba que mi conocido era rico. Los rumores circulantes se referían a sus bienes
en términos que yo me había atrevido a calificar de ridículas exageraciones. Pero, cuando
miré  en  torno,  no  pude  creer  que  la  riqueza  de  un  europeo  hubiese  sido  capaz  de
proporcionar la principesca magnificencia que ardía y brillaba en todas partes.
Aunque,  como  ya  he  dicho,  ya  había  salido  el  sol,  el  aposento  seguía  profusamente
iluminado. Juzgué por esta circunstancia, así como por la expresión de fatiga del rostro de
mi amigo, que no se había acostado en toda la noche.
Tanto la arquitectura como la ornamentación de la cámara tenían por finalidad evidente
la  de  deslumbrar  y  confundir.  Poca  atención  se  había  prestado  a  lo  que  técnicamente  se
denomina armonía, o a las características nacionales. La mirada erraba de objeto en objeto,
sin detenerse en ninguno, fueran los grotesques de los pintores griegos, las esculturas de las
mejores épocas italianas, o las pesadas tallas del rústico Egipto. Ricas colgaduras, en todos
los  ángulos  del  aposento,  vibraban  bajo  los  acentos  de  una  suave  y  melancólica  música
cuyo  origen  era  imposible  adivinar.  Los  sentidos  quedaban  oprimidos  por  la  mezcla  de
diversos  perfumes  que  brotaban  de  extraños  incensarios  convolutos,  junto  con  múltiples
lenguas oscilantes y resplandecientes de fuegos violeta y esmeralda. Los rayos del sol que
apenas  asomaban  caían  sobre  aquel  conjunto  a  través  de  ventanas  formadas  por  un  solo
cristal  carmesí.  Saltando  de  un  lado  a  otro,  en  mil  refracciones,  desde  las  cortinas  que
bajaban  de  sus  cornisas  como  cataratas  de  plata  fundida,  los  rayos  del  astro  rey  se
mezclaban por fin con la luz artificial y caían en masas vencidas y temblorosas sobre una
alfombra tejida con riquísimo oro de Chile, que daba la impresión de líquido.
—¡Ja, ja, ja! —rió el señor de aquel palacio, ofreciéndome asiento y tendiéndose en
una  otomana—.  Bien  veo  —agregó  al  advertir  que  no  alcanzaba  a  adaptarme
inmediatamente a la bienséance de un recibimiento tan singular—, bien veo que está usted
asombrado de mi cámara, mis estatuas, mis pinturas, la originalidad de mi concepción en
materia de arquitectura y tapicería... ¿Verdad que se siente como embriagado frente a mi
magnificencia? Pero, perdóneme usted, querido señor —y aquí el tono de su voz descendió
hasta  tocar  el  espíritu  mismo  de  la  cordialidad—,  perdóneme  mi  poco  caritativa  risa.
¡Parecía usted tan completamente asombrado! Por lo demás, ciertas cosas son a tal punto
cómicas,  que  uno  tiene  que  reír  o morirse.  ¡Morirse  de  risa  debe  ser  el  más  glorioso  de
todos  los  fines!  Sir  Thomas  More...,  ¡y  qué  hombre  era  sir  Thomas  More!...,  murió
riéndose,  como  usted  sabe.  En  los  Absurdos  de  Ravisius  Textor  hay  una  larga  lista  de
personajes que terminaron de la misma magnífica manera. Y ha de saber usted —continuó,
pensativo— que en Esparta (que se llama ahora Palaeochori), hacia el oeste de la ciudadela,
entre un caos de ruinas apenas visibles, existe una especie de socle, en el cual todavía son
legibles  las  letras  ΛΑΣΜ.  Indudablemente,  forman  parte  de  ΙΕΛΑΣΜΑ.  Ahora  bien,  en
Esparta  se  alzaban  mil  templos  y  altares  dedicados  a  mil  divinidades  distintas.  ¡Qué
extraordinariamente  raro  que  el  altar  de  la  Risa  sea  el  único  que  ha  sobrevivido  a  los
demás!  Pero  en  este  momento  —agregó,  mientras  su  voz  y  su  actitud  variaban extrañamente— no tengo derecho de estar alegre a expensas de usted. Y no me extraña que
se haya quedado estupefacto al entrar. Europa no es capaz de producir nada tan hermoso
como mi pequeño gabinete real. El resto de las habitaciones no se le parecen para nada; son
simples ultras de insipidez a la moda. Pero esto es mejor que la moda, ¿no le parece? Y, sin
embargo, bastaría que vieran este aposento para que se iniciara la moda más furiosa... entre
aquellos, claro está, que pudieran pagarla al precio de su entero patrimonio. Pero me he
cuidado de semejante profanación. Salvo una persona, es usted el único ser humano, fuera
de mí y de mi valet, que ha sido admitido en los misterios de estos aposentos reales desde el
día en que fueron adornados como puede verlo...
Me incliné en señal de agradecimiento, ya que aquel lujo sobrecogedor, los perfumes,
la música y la inesperada excentricidad del tono y la actitud de mi huésped me impedían
expresar con palabras lo que de otra manera hubieran constituido un elogio.
—Aquí —dijo él, levantándose y apoyándose en mi brazo, mientras íbamos de un lado
a otro de la estancia—, aquí hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y de Cimabue
hasta  la  hora  actual.  Muchas  han  sido  escogidas,  como  puede  usted  ver,  con  muy  poco
respeto por las opiniones de los entendidos. Y, sin embargo, constituyen una decoración
adecuada para un aposento como éste. Hay asimismo algunos chefs d’oeuvre de grandes
desconocidos... y aquí figuran dibujos inconclusos de hombres que fueron celebrados en su
día y cuyos nombres han quedado reservados al silencio y a mí, gracias a la perspicacia de
las academias. ¿Qué piensa usted —dijo, volviéndose bruscamente mientras hablaba— de
esta Madonna della Pietà?
—¡Es la obra de Guido! —exclamé con todo el entusiasmo de mi espíritu, pues había
estado  contemplando  intensamente  su  incomparable hermosura—. ¡Es la obra de Guido!
¿Cómo  pudo  usted  obtenerla?  ¡No  cabe  duda  de  que  es  en  pintura  lo  que  la  Venus  en
escultura...!
—¡Ah! —dijo pensativamente—. Venus... la hermosa Venus... ¿La Venus de Médicis?
¿La de la pequeña cabeza y el resplandeciente cabello? Parte del brazo izquierdo —aquí su
voz se tornó tan baja que me costó oírla— y todo el derecho han sido restaurados; pienso
que en la coquetería de ese brazo derecho reside la quintaesencia de la afectación. ¡Para mí,
la  Venus  de  Canova!  El  mismo  Apolo  es  una  copia...  no  cabe  la  menor  duda...  ¡Oh,
estúpido  y  ciego  que  soy,  incapaz  de  alcanzar  la  tan  mentada  inspiración  del  Apolo!
Perdóneme  usted,  pero  no  puedo  evitar...,  ¡téngame  lástima!...,  una  preferencia  por  el
Antinoo. ¿No fue Sócrates quien afirmó que el escultor encuentra su estatua en el bloque de
mármol? En ese caso, Miguel Ángel no se mostró nada original en sus versos:

Non ha l’ottimo artista alcun concetto 
Che un marmo solo in se non circonscriva.

Se ha afirmado —o debería afirmarse— que en la actitud del verdadero gentleman cabe
advertir siempre una diferencia con el comportamiento del hombre vulgar, sin que en el
instante pueda precisarse en qué consiste. Suponiendo que dicha observación se aplicara
con toda su fuerza a la conducta exterior de mi amigo, aquella memorable mañana sentí que
correspondía referirla aún más a su temperamento moral y a su carácter. Para definir esa
peculiaridad de espíritu que parecía apartarlo esencialmente del resto de los seres humanos,
la llamaré un hábito de intenso y continuo pensamiento, que invadía incluso sus acciones
más triviales, penetraba en sus momentos de gozo y se entrelazaba con sus estallidos de
alegría, como los áspides que surgen de los ojos de las máscaras sonrientes en las cornisas de los templos de Persépolis.
No pude menos de observar, sin embargo, que, a pesar del tono alternado de liviandad
y solemnidad que mi huésped adoptaba para referirse a cuestiones de menuda importancia,
había en él una cierta vacilación, algo como un fervor nervioso en la acción y la palabra,
una inquieta excitabilidad de conducta que en todo momento me pareció inexplicable y que
a  ratos  llegó  a  alarmarme.  Con  frecuencia,  deteniéndose  a  mitad  de  una  frase  cuyo
comienzo  había  aparentemente  olvidado,  quedábase  escuchando  con  la  más  profunda
atención, tal como si esperara la llegada de un visitante u oyera sonidos que sólo existían en
su imaginación.
Ocurrió que, durante una de esas ensoñaciones o pausas de aparente abstracción, me
puse  a  hojear  la  hermosa  tragedia  del  poeta  y  humanista  Poliziano,  Orfeo  —la  primera
tragedia  italiana—,  que  había  encontrado  a  mi  alcance  sobre  una  otomana.  Al  hacerlo,
descubrí  un  pasaje  subrayado  con  lápiz.  Correspondía  al  final  del  tercer  acto,  y  era  un
fragmento apasionadamente emocionante un pasaje que, aunque manchado de impurezas,
no podría ser leído por hombre alguno sin despertar en él nuevos estremecimientos y hacer
suspirar a las mujeres. Aquella página estaba borrosa de lágrimas recién vertidas y, en la
parte en blanco del folio opuesto, leí los siguientes versos en inglés, escritos con una letra
tan diferente de la muy singular de mi amigo, que al principio me costó darme cuenta de
que era la misma:

Tú fuiste para mí, oh amor,
todo lo que mi espíritu anhelaba,
isla verde en el mar,
fuente y santuario,
con guirnaldas de frutas y de flores,
oh amor, que fueron mías.

¡Ah hermoso sueño, por hermoso efímero! 
¡Ah estrellada Esperanza que surgiste
para pronto morir! 
Una voz del futuro me reclama: 
—¡Adelante!¡Adelante!—. Mas se cierne 
sobre el pasado (¡negro abismo!) mi alma 
medrosa, inmóvil, muda.

¡Ay, ya no está conmigo
la luz de mi existencia!
«Ya nunca... nunca... nunca»
(así murmura el mar solemne
a las arenas de la playa),
ya nunca el árbol roto dará flores
ni el águila muriente alzará su vuelo.
Hoy mis días son vanos
y mis nocturnos sueños
andan allá donde tus ojos grises
miran, donde pisan tus plantas,
¡oh, en qué danzas etéreas, a la orilla de itálicos arroyos!

¡Ay, en qué aciago día
por el mar te llevaron
robándote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Robándote a mi amor, a nuestra tierra
donde lloran los sauces en la niebla!

Que  aquellos  versos  hubieran  sido  escritos  en  inglés  —idioma  con  el  cual  no  creía
familiarizado  a  mi  huésped—  me  sorprendió  poco. Demasiado sabía la extensión de sus
conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los demás. Pero el
lugar  donde  estaba  fechado  el  poema  me  causó,  debo  admitirlo,  no  poca  confusión.  La
palabra  original  era  Londres,  y,  aunque  aparecía  cuidadosamente  tachada,  podía,  sin
embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me causó no poca confusión,
pues bien recordaba una conversación anterior con mi amigo durante la cual le preguntara
si  alguna  vez  había  conocido  en  Londres  a  la  marquesa  de  Mentoni  (la  cual  residía  en
aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta me dio a entender
que jamás había pisado la metrópoli inglesa. Bien puedo mencionar de paso que muchas
veces  había  oído  decir  (sin  dar  crédito  a  un  rumor,  al  parecer,  tan  improbable)  que  el
hombre de quien hablo era no sólo por su nacimiento, sino por su educación, inglés.

—Hay una pintura —dijo él, sin advertir que yo había estado leyendo la tragedia— que
todavía no ha visto usted.
Y,  apartando  una  colgadura,  descubrió  un  retrato  de  tamaño  natural  de  la  marquesa
Afrodita.
El arte humano no podía haber hecho más en el trazado de su belleza sobrehumana. La
misma etérea figura  que  se  alzaba  ante mí la noche  anterior en la  escalinata  del  Palacio
Ducal volvía a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresión de su rostro, que resplandecía
sonriente,  se  insinuaba                    —¡incomprensible  anomalía!—  esa  incierta  mácula  de
melancolía, que siempre será inseparable de la perfección de la hermosura.
El  brazo  derecho  de  la  marquesa  aparecía  doblado  sobre  el  seno.  Con  el  izquierdo
mostraba, en la parte inferior del cuadro, un vaso de extraña factura. Un diminuto pie como
de  hada,  apenas  visible,  parecía  rozar  la  tierra;  y,  apenas  discernible  en  la  brillante
atmósfera  que  parecía  circundar  y  envolver  su  belleza,  flotaba  un  par  de  alas  de  la  más
delicada concepción.
Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras del
Bussy d’Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:

Está erguido
Como una estatua romana. ¡Y así permanecerá 
Hasta que la muerte lo haya vuelto mármol!

—¡Vamos! —exclamó por fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza, ricamente
esmaltada,  sobre  la  cual  aparecían  algunas  copas  fantásticamente  coloreadas,  juntamente
con  dos  grandes  vasos  etruscos,  semejantes  en  su  factura  al  extraordinario  modelo  que
aparecía en la parte inferior del retrato, y llenos de lo que me pareció ser Johannisberger. —¡Vamos! —repitió bruscamente—. Es muy temprano, pero lo mismo beberemos. Sí,
ciertamente  es  temprano  —continuó  pensativo,  en  momentos  en  que  un  querubín
descargaba  su  pesado  martillo  de  oro,  haciendo  resonar  la  estancia  con  la  primera  hora
posterior  a  la  salida  del  sol—.  ¡Oh,  sí,  es  temprano!  Pero,  ¿qué  importa?  ¡Bebamos!
¡Brindemos como ofrenda a ese solemne sol que nuestras brillantes lámparas e incensarios
se obstinan en someter!
Y, después de brindar conmigo, bebió sucesivamente varias copas de vino.
—Soñar  —continuó,  recobrando  el  tono  de  su  inconexa  conversación—,  soñar  ha
constituido  el  fin  de  mi  vida.  Por  eso  he  construido,  como  ve  usted,  este  lugar  para  los
sueños. ¿Podría haber creado uno mejor en pleno corazón de Venecia? Cierto que lo que se
percibe  es  una  mezcla  de  ornamentaciones  arquitectónicas.  La  castidad  jónica  se  ve
ofendida por las formas antediluvianas, y las esfinges egipcias se tienden sobre alfombras
de  oro.  Sin  embargo,  el  efecto  sólo  resulta  incongruente  para  un  espíritu  tímido.  Las
unidades, las convenciones de lugar y, sobre todo, de tiempo, son los espantajos que aterran
a la humanidad y la apartan de la contemplación de las magnificencias. Yo mismo profesé
en  un  tiempo  ese  rigor,  pero  semejante  sublimación  de  la  locura  acabó  por  estragar  mi
alma. Lo que ahora me rodea es lo más adecuado a mi propósito. Como esos incensarios de
arabescos, mi espíritu se retuerce en el fuego, y el delirio de esta escena me prepara a las
visiones más exaltadas de esa tierra de sueños reales hacia donde voy a partir en seguida.
Detúvose bruscamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho y pareció escuchar un sonido
que mis oídos no percibían. Por fin, enderezándose, miró hacia arriba y prorrumpió en los
versos del obispo de Chichester:

¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte 
En el profundo valle.

Un instante después, cediendo a la fuerza del vino, se dejó caer cuan largo era sobre
una otomana.
Oyéronse pasos presurosos en la escalera y resonaron pesados golpes en la puerta. Me
disponía  a  impedir  que  volvieran  a  molestarnos  cuando  un  paje  de  la  casa  de  Mentoni
irrumpió  en  el  aposento  y  gritó,  con  palabras  que  la  emoción  ahogaba  y  volvía
incoherentes:
—¡Mi señora... mi señora... envenenada... envenenada...! ¡Oh la hermosa... la hermosa
Afrodita!
Estupefacto, me precipité a la otomana y traté de que el durmiente recobrara el uso de
los  sentidos.  Pero  sus  miembros  estaban  rígidos,  lívidos  los  labios,  y  aquellos  ojos
brillantes aparecían ahora fijos para siempre por la muerte. Retrocedí tambaleándome hasta
la mesa y mi mano cayó sobre una copa rota y ennegrecida. Y la conciencia de la entera, de
la terrible verdad, se abrió paso como un rayo en mi alma.

F I N

Metzengerstein


Pestis eram vivus-moriens tua mors ero.
(MARTÍN LUTERO)

El horror y la fatalidad han estado al acecho en todas las edades. ¿Para qué, entonces,
atribuir una fecha a la historia que he de contar? Baste decir que en la época de que hablo
existía en el interior de Hungría una firme aunque oculta creencia en las doctrinas de la
metempsicosis.  Nada  diré  de  las  doctrinas  mismas,  de  su  falsedad  o  su  probabilidad.
Afirmo,  sin  embargo,  que  mucha  de  nuestra  incredulidad  (como  lo  dice  La  Bruyère  de
nuestra infelicidad) vient de ne pouvoir être seuls 6 .
Pero, en algunos puntos, la superstición húngara se aproximaba mucho a lo absurdo.
Diferían en esto por completo de sus autoridades orientales. He aquí un ejemplo: El alma
—afirmaban (según lo hace notar un agudo e inteligente parisiense)— ne demeure qu’une
seule fois dans un corps sensible: au reste, un cheval, un chien, un homme même, n’est que
la ressemblance peu tangible de ces animaux.
Las  familias  de  Berlifitzing  y  Metzengerstein  hallábanse  enemistadas  desde  hacía
siglos. Jamás hubo dos casas tan ilustres separadas por una hostilidad tan letal. El origen de
aquel  odio  parecía  residir  en  las  palabras  de  una  antigua  profecía:  «Un  augusto  nombre
sufrirá  una  terrible  caída  cuando,  como  el  jinete  en  su  caballo,  la  mortalidad  de
Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing.»
Las palabras en sí significaban poco o nada. Pero causas aún más triviales han tenido
—y  no  hace  mucho—  consecuencias  memorables.  Además,  los  dominios  de  las  casas
rivales eran contiguos y ejercían desde hacía mucho una influencia rival en los negocios del
Gobierno. Los vecinos inmediatos son pocas veces amigos, y los habitantes del castillo de
Berlifitzing  podían  contemplar  desde  sus  encumbrados  contrafuertes,  las  ventanas  del
palacio de Metzengerstein. La más que feudal magnificencia de este último se prestaba muy
poco  a  mitigar  los  irritables  sentimientos  de  los  Berlifitzing,  menos  antiguos  y  menos
acaudalados.  ¿Cómo  maravillarse  entonces  de  que  las  tontas  palabras  de  una  profecía
lograran hacer estallar y mantener vivo el antagonismo entre dos familias ya predispuestas
a querellarse por todas las razones de un orgullo hereditario? La profecía parecía entrañar
—si entrañaba alguna cosa— el triunfo final de la casa más poderosa, y los más débiles y
menos influyentes la recordaban con amargo resentimiento.
Wilhelm, conde de Berlifitzing, aunque de augusta ascendencia, era, en el tiempo de
nuestra narración, un anciano inválido y chocho que sólo se hacía notar por una excesiva
cuanto inveterada antipatía personal hacia la familia de su rival, y por un amor apasionado
hacia la equitación y la caza, a cuyos peligros ni sus achaques corporales ni su incapacidad
                                                          
6  En  L’an  deux  mille  quatre  cents  quarante,  Mercier  defiende  seriamente  la  doctrina  de  la  metempsicosis,  y  J. d'Israeli  afirma  que  «no  hay  ningún  sistema  tan  sencillo  y  que  repugne  menos  a  la  inteligencia».   
Se  dice asimismo  que  el  coronel  Ethan  Allen,  «el  muchacho  de  las  Montañas  Verdes»,  era  asimismo  un  firme mental le impedían dedicarse diariamente.
Frederick, barón de Metzengerstein, no había llegado, en cambio, a la mayoría de edad.
Su  padre,  el  ministro  G...,  había  muerto  joven,  y  su  madre,  lady  Mary,  lo  siguió  muy
pronto.  En  aquellos  días,  Frederick  tenía  dieciocho  años.  No  es  ésta  mucha  edad  en  las
ciudades; pero en una soledad, y en una soledad tan magnífica como la de aquel antiguo
principado, el péndulo vibra con un sentido más profundo.
Debido a las peculiares circunstancias que rodeaban la administración de su padre, el
joven barón heredó sus vastas posesiones inmediatamente después de muerto aquél. Pocas
veces  se  había  visto  a  un  noble  húngaro  dueño  de  semejantes  bienes.  Sus  castillos  eran
incontables. El más esplendoroso, el más amplio era el palacio Metzengerstein. La línea
limítrofe de sus dominios no había sido trazada nunca claramente, pero su parque principal
comprendía un circuito de cincuenta millas.
En un hombre tan joven, cuyo carácter era ya de sobra conocido, semejante herencia
permitía prever fácilmente su conducta venidera. En efecto, durante los tres primeros días,
el comportamiento del heredero sobrepasó todo lo imaginable y excedió las esperanzas de
sus  más  entusiastas  admiradores.  Vergonzosas  orgías,  flagrantes  traiciones,  atrocidades
inauditas,  hicieron  comprender  rápidamente  a  sus  temblorosos  vasallos  que  ninguna
sumisión servil de su parte y ningún resto de conciencia por parte del amo proporcionarían
en  adelante  garantía  alguna  contra  las  garras  despiadadas  de  aquel  pequeño  Calígula.
Durante  la  noche  del  cuarto  día  estalló  un  incendio  en  las  caballerizas  del  castillo  de
Berlifitzing, y la opinión unánime agregó la acusación de incendiario a la ya horrorosa lista
de los delitos y enormidades del barón.
Empero, durante el tumulto ocasionado por lo sucedido, el joven aristócrata hallábase
aparentemente  sumergido  en  la  meditación  en  un  vasto  y  desolado  aposento  del  palacio
solariego  de  Metzengerstein.  Las  ricas  aunque  desvaídas  colgaduras  que  cubrían
lúgubremente las paredes representaban imágenes sombrías y majestuosas de mil ilustres
antepasados. Aquí, sacerdotes de manto de armiño y dignatarios pontificios, familiarmente
sentados junto al autócrata y al soberano, oponían su veto a los deseos de un rey temporal,
o contenían con el fiat de la supremacía papal el cetro rebelde del archienemigo. Allí, las
atezadas y gigantescas figuras de los príncipes de Metzengerstein, montados en robustos
corceles  de  guerra,  que  pisoteaban  al  enemigo  caído,  hacían  sobresaltar  al  más  sereno
contemplador con su expresión vigorosa; y otra vez aquí, las figuras voluptuosas, como de
cisnes, de las damas de antaño, flotaban en el laberinto de una danza irreal, al compás de
una imaginaria melodía.
Pero  mientras  el  barón  escuchaba  o  fingía  escuchar  el  creciente  tumulto  en  las
caballerizas  de  Berlifitzing  —y  quizá  meditaba  algún  nuevo  acto,  aún  más  audaz—,  sus
ojos se volvían distraídamente hacia la imagen de un enorme caballo, pintado con un color
que  no  era  natural,  y  que  aparecía  en  las  tapicerías  como  perteneciente  a  un  sarraceno,
antecesor de la familia de su rival. En el fondo de la escena, el caballo permanecía inmóvil
y  estatuario,  mientras  aún  más  lejos  su  derribado  jinete  perecía  bajo  el  puñal  de  un
Metzengerstein.
En los labios de Frederick se dibujó una diabólica sonrisa, al darse cuenta de lo que sus
ojos habían estado contemplando inconscientemente. No pudo, sin embargo, apartarlos de
allí.  Antes  bien,  una  ansiedad  inexplicable  pareció  caer  como  un  velo  fúnebre  sobre  sus
sentidos.  Le  resultaba  difícil  conciliar  sus  soñolientas  e  incoherentes  sensaciones  con  la
certidumbre  de  estar  despierto.  Cuanto  más  miraba,  más  absorbente  se  hacía  aquel
encantamiento  y  más  imposible  parecía  que  alguna  vez  pudiera  alejar  sus  ojos  de  la fascinación de aquella tapicería. Pero como afuera el tumulto era cada vez más violento,
logró,  por  fin,  concentrar  penosamente  su  atención  en  los  rojizos  resplandores  que  las
incendiadas caballerizas proyectaban sobre las ventanas del aposento.
Con  todo,  su  nueva  actitud  no  duró  mucho  y  sus  ojos  volvieron  a  posarse
mecánicamente  en  el  muro.  Para  su  indescriptible  horror  y  asombro,  la  cabeza  del
gigantesco  corcel  parecía  haber  cambiado,  entretanto,  de  posición.  El  cuello  del  animal,
antes arqueado como si la compasión lo hiciera inclinarse sobre el postrado cuerpo de su
amo,  tendíase  ahora  en  dirección  al  barón.  Los  ojos,  antes  invisibles,  mostraban  una
expresión enérgica y humana, brillando con un extraño resplandor rojizo como de fuego; y
los  abiertos  belfos  de  aquel  caballo,  aparentemente  enfurecido,  dejaban  a  la  vista  sus
sepulcrales y repugnantes dientes.
Estupefacto de terror, el joven aristócrata se encaminó, tambaleante, hacia la puerta. En
el momento de abrirla, un destello de luz roja, inundando el aposento, proyectó claramente
su sombra contra la temblorosa tapicería, y Frederick se estremeció al percibir que aquella
sombra  (mientras  él  permanecía  titubeando  en  el  umbral)  asumía  la  exacta  posición  y
llenaba completamente el contorno del triunfante matador del sarraceno Berlifitzing.
Para  calmar  la  depresión  de  su  espíritu,  el  barón  corrió  al  aire  libre.  En  la  puerta
principal del palacio encontró a tres escuderos. Con gran dificultad, y a riesgo de sus vidas,
los hombres trataban de calmar los convulsivos saltos de un gigantesco caballo de color de
fuego.
—¿De quién es este caballo? ¿Dónde lo encontrasteis? —demandó el joven, con voz
tan sombría como colérica, al darse cuenta de que el misterioso corcel de la tapicería era la
réplica exacta del furioso animal que estaba contemplando.
—Es vuestro, sire —repuso uno de los escuderos—, o, por lo menos, no sabemos que
nadie lo reclame. Lo atrapamos cuando huía, echando humo y espumante de rabia, de las
caballerizas incendiadas del conde de Berlifitzing. Suponiendo que era uno de los caballos
extranjeros del conde, fuimos a devolverlo a sus hombres. Pero éstos negaron haber visto
nunca al animal, lo cual es raro, pues bien se ve que escapó por muy poco de perecer en las
llamas.
—Las  letras  W.  V.  B.  están  claramente  marcadas  en  su  frente  —interrumpió  otro
escudero—. Como es natural, pensamos que eran las iniciales de Wilhelm Von Berlifitzing,
pero en el castillo insisten en negar que el caballo les pertenezca.
—¡Extraño, muy extraño! —dijo el joven barón con aire pensativo, y sin cuidarse, al
parecer,  del  sentido  de  sus  palabras—.  En  efecto,  es  un  caballo  notable,  un  caballo
prodigioso... aunque, como observáis justamente, tan peligroso como intratable... Pues bien,
dejádmelo  —agregó,  luego  de  una  pausa—.  Quizá  un  jinete  como  Frederick  de
Metzengerstein sepa domar hasta el diablo de las caballerizas de Berlifitzing.
—Os  engañáis,  señor;  este  caballo,  como  creo  haberos  dicho,  no  proviene  de  las
caballadas del conde. Si tal hubiera sido el caso, conocemos demasiado bien nuestro deber
para traerlo a presencia de alguien de vuestra familia.
—¡Cierto! —observó secamente el barón.
En  ese  mismo  instante,  uno  de  los  pajes  de  su  antecámara  vino  corriendo  desde  el
palacio, con el rostro empurpurado. Habló al oído de su amo para informarle de la repentina
desaparición de una pequeña parte de las tapicerías en cierto aposento, y agregó numerosos
detalles  tan  precisos  como  completos.  Como  hablaba  en  voz  muy  baja,  la  excitada
curiosidad de los escuderos quedó insatisfecha.
Mientras  duró  el  relato  del  paje,  el  joven  Frederick  pareció  agitado  por  encontradas emociones. Pronto, sin embargo, recobró la compostura, y mientras se difundía en su rostro
una  expresión  de  resuelta  malignidad,  dio  perentorias  órdenes  para  que  el  aposento  en
cuestión fuera inmediatamente cerrado y se le entregara al punto la llave.
—¿Habéis oído la noticia de la lamentable muerte del viejo cazador Berlifitzing?      —
dijo uno de sus vasallos al barón, quien después de la partida del paje seguía mirando los
botes  y  las  arremetidas  del  enorme  caballo  que  acababa  de  adoptar  como  suyo,  y  que
redoblaba  su  furia  mientras  lo  llevaban  por  la  larga  avenida  que  unía  el  palacio  con  las
caballerizas de los Metzengerstein.
—¡No! —exclamó el  barón,  volviéndose bruscamente hacia el que había hablado—.
¿Muerto, dices?
—Por cierto que sí, sire, y pienso que para el noble que ostenta vuestro nombre no será
una noticia desagradable.
Una rápida sonrisa pasó por el rostro del barón.
—¿Cómo murió?
—Entre las llamas, esforzándose por salvar una parte de sus caballos de caza favoritos.
—¡Re...al...mente!  —exclamó  el  barón,  pronunciando  cada  sílaba  como  si  una
apasionante idea se apoderara en ese momento de él.
—¡Realmente! —repitió el vasallo.
—¡Terrible! —dijo serenamente el joven, y se volvió en silencio al palacio.
Desde  aquel  día,  una  notable  alteración  se  manifestó  en  la  conducta  exterior  del
disoluto  barón  Frederick  de  Metzengerstein.  Su  comportamiento  decepcionó  todas  las
expectativas, y se mostró  en  completo  desacuerdo con las esperanzas de muchas damas,
madres  de  hijas  casaderas;  al  mismo  tiempo,  sus  hábitos  y  manera  de  ser  siguieron
diferenciándose más que nunca de los de la aristocracia circundante. Jamás se le veía fuera
de los límites de sus dominios, y en aquellas vastas extensiones parecía andar sin un solo
amigo  —a  menos  que  aquel  extraño,  impetuoso  corcel  de  ígneo  color,  que  montaba
continuamente, tuviera algún misterioso derecho a ser considerado como su amigo.
Durante  largo  tiempo,  empero,  llegaron  a  palacio  las  invitaciones  de  los  nobles
vinculados con su casa. «¿Honrará el barón nuestras fiestas con su presencia?» «¿Vendrá el
barón a cazar con nosotros el jabalí?» Las altaneras y lacónicas respuestas eran siempre:
«Metzengerstein no irá a la caza», o «Metzengerstein no concurrirá».
Aquellos  repetidos  insultos  no  podían  ser  tolerados  por  una  aristocracia  igualmente
altiva.  Las  invitaciones  se  hicieron  menos  cordiales  y  frecuentes,  hasta  que  cesaron  por
completo. Incluso se oyó a la viuda del infortunado conde Berlifitzing expresar la esperanza
de que «el barón tuviera que quedarse en su casa cuando no deseara estar en ella, ya que
desdeñaba la sociedad de sus pares, y que cabalgara cuando no quisiera cabalgar, puesto
que  prefería  la  compañía  de  un  caballo».  Aquellas  palabras  eran  sólo  el  estallido  de  un
rencor hereditario, y servían apenas para probar el poco sentido que tienen nuestras frases
cuando queremos que sean especialmente enérgicas.
Los  más  caritativos,  sin  embargo,  atribuían  aquel  cambio  en  la  conducta  del  joven
noble a la natural tristeza de un hijo por la prematura pérdida de sus padres; ni que decir
que  echaban  al  olvido  su  odiosa  y  desatada  conducta  en  el  breve  período  inmediato  a
aquellas muertes. No faltaban quienes presumían en el barón un concepto excesivamente
altanero de la dignidad. Otros —entre los cuales cabe mencionar al médico de la familia—
no vacilaban en hablar de una melancolía morbosa y mala salud hereditaria;  mientras la
multitud hacía correr oscuros rumores de naturaleza aún más equívoca.
Por cierto que el obstinado afecto del joven hacia aquel caballo de reciente adquisición —afecto que parecía acendrarse a cada nueva prueba que daba el animal de sus feroces y
demoniacas tendencias— terminó por parecer tan odioso como anormal a ojos de todos los
hombres  de  buen  sentido.  Bajo  el  resplandor  del  mediodía,  en  la  oscuridad  nocturna,
enfermo o sano, con buen tiempo o en plena tempestad, el joven Metzengerstein parecía
clavado en la montura del colosal caballo, cuya intratable fiereza se acordaba tan bien con
su propia manera de ser.
Agregábanse además ciertas circunstancias que, unidas a los últimos sucesos, conferían
un carácter extraterreno y portentoso a la manía del jinete y a las posibilidades del caballo.
Habíase  medido  cuidadosamente  la  longitud  de  alguno  de  sus  saltos,  que  excedían  de
manera  asombrosa  las  más  descabelladas  conjeturas.  El  barón  no  había  dado  ningún
nombre  a  su  caballo,  a  pesar  de  que  todos  los  otros  de  su  propiedad  los  tenían.  Su
caballeriza,  además,  fue  instalada  lejos  de  las otras,  y  sólo  su  amo  osaba  penetrar  allí  y
acercarse  al  animal  para  darle  de  comer  y  ocuparse  de  su  cuidado.  Era  asimismo  de
observar  que,  aunque  los  tres  escuderos  que  se  habían  apoderado  del  caballo  cuando
escapaba del incendio en la casa de los Berlifitzing, lo habían contenido por medio de una
cadena y un lazo, ninguno podía afirmar con certeza que en el curso de la peligrosa lucha, o
en algún momento más tarde, hubiera apoyado la mano en el cuerpo de la bestia. Si bien los
casos de inteligencia extraordinaria en la conducta de un caballo lleno de bríos no tienen
por qué provocar una atención fuera de lo común, ciertas circunstancias se imponían por la
fuerza aun a los más escépticos y flemáticos; se afirmó incluso que en ciertas ocasiones la
boquiabierta multitud que contemplaba a aquel animal había retrocedido horrorizada ante el
profundo e impresionante significado de la terrible apariencia del corcel; ciertas ocasiones
en  que  aun  el  joven  Metzengerstein  palidecía  y  se  echaba  atrás,  evitando  la  viva,  la
interrogante mirada de aquellos ojos que parecían humanos.
Empero, en el séquito del barón nadie ponía en duda el ardoroso y extraordinario efecto
que las fogosas características de su caballo provocaban en el joven aristócrata; nadie, a
menos  que  mencionemos  a  un  insignificante  pajecillo  contrahecho,  que  interponía  su
fealdad en todas partes y cuyas opiniones carecían por completo de importancia. Este paje
(si vale la pena mencionarlo) tenía el descaro de afirmar que su amo jamás se instalaba en
la montura sin un estremecimiento tan imperceptible como inexplicable, y que al volver de
sus  largas  y  habituales  cabalgatas,  cada  rasgo  de  su  rostro  aparecía  deformado  por  una
expresión de triunfante malignidad.
Una noche tempestuosa, al despertar de un pesado sueño, Metzengerstein bajó como un
maniaco  de  su  aposento  y,  montando  a  caballo  con  extraordinaria  prisa,  se  lanzó  a  las
profundidades  de  la  floresta.  Una  conducta  tan  habitual  en  él  no  llamó  especialmente  la
atención, pero sus domésticos esperaron con intensa ansiedad su retorno cuando, después
de  algunas  horas  de  ausencia,  las  murallas  del  magnífico  y  suntuoso  palacio  de  los
Metzengerstein comenzaron a agrietarse y a temblar hasta sus cimientos, envueltas en la
furia ingobernable de un incendio.
Aquellas lívidas y densas llamaradas fueron descubiertas demasiado tarde; tan terrible
era su avance que, comprendiendo la imposibilidad de salvar la menor parte del edificio, la
muchedumbre  se  concentró  cerca  del  mismo,  envuelta  en  silencioso  y  patético  asombro.
Pero  pronto  un  nuevo  y  espantoso  suceso  reclamó  el  interés  de  la  multitud,  probando
cuánto más intensa es la excitación que provoca la contemplación del sufrimiento humano,
que los más espantosos espectáculos que pueda proporcionar la materia inanimada.
Por  la  larga  avenida  de  antiguos  robles  que  llegaba  desde  la  floresta  a  la  entrada
principal del palacio se vio venir un caballo dando enormes saltos, semejante al verdadero Demonio de la Tempestad, y sobre el cual había un jinete sin sombrero y con las ropas
revueltas.
Veíase  claramente  que  aquella  carrera  no  dependía  de  la  voluntad  del  caballero.  La
agonía que se reflejaba en su rostro, la convulsiva lucha de todo su cuerpo, daban pruebas
de sus esfuerzos sobrehumanos; pero ningún sonido, salvo un solo alarido, escapó de sus
lacerados  labios,  que  se  había  mordido  una  y  otra  vez  en  la  intensidad  de  su  terror.
Transcurrió un instante, y el resonar de los cascos se oyó clara y agudamente sobre el rugir
de las llamas y el aullar de los vientos; pasó otro instante y, con un solo salto que le hizo
franquear el portón y el foso, el corcel penetró en la escalinata del palacio llevando siempre
a su jinete y desapareciendo en el torbellino de aquel caótico fuego.
La furia de la tempestad cesó de inmediato, siendo sucedida por una profunda y sorda
calma. Blancas llamas envolvían aún el palacio como una mortaja, mientras en la serena
atmósfera  brillaba  un  resplandor  sobrenatural  que  llegaba  hasta  muy  lejos;  entonces  una
nube de humo se posó pesadamente sobre las murallas, mostrando distintamente la colosal
figura de... un caballo.

Hop-Frog

Jamás he  conocido a  nadie  tan  dispuesto a celebrar  una broma  como  el  rey.  Parecía
vivir  tan  sólo  para  las  bromas.  La  manera  más  segura  de  ganar  sus  favores  consistía  en
narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus
siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al
rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he
podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la
grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara
avis in terris.
Por lo que se refiere a los refinamientos —o, como él los denominaba, los «espíritus»
del ingenio—, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen
de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las
delicadezas  lo  fastidiaban.  Hubiera  preferido  el  Gargantúa  de  Rabelais  al  Zadig  de
Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las
verbales.
En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias
«potencias»  continentales  conservaban  aún  sus  «locos»  profesionales,  que  vestían  traje
abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían
mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.
Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque
más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su
ministerio... y la suya propia.
Su «loco», o bufón profesional, no era tan sólo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del
rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban
en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar
los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el
cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y
nueve  por  ciento  de  los  casos  los  bufones  son  gordos,  redondeados  y  de  movimientos
torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su
bufón) un triple tesoro en una sola persona.
Creo  que  el  nombre  de  Hop-Frog  no  le  fue  dado  al  enano  por  sus  padrinos  en  el
momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete
ministros,  dado  que  le  era  imposible  caminar  como  el  resto  de  los  mortales 5 .  En  efecto,
Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo —algo entre un brinco y
un culebreo—, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le
servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de
la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.
Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor
y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella
deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos,
que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de
trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía mucho más a
                                                          
5  Hop, brinco; frog, rana. (N. del T.) una ardilla o a un mono que a una rana.
No  puedo  afirmar  con  precisión  de  qué  país  había  venido  Hop-frog.  Se  trataba,  sin
embargo,  de  una  región  bárbara  de  la  que  nadie  había  oído  hablar,  situada  a  mucha
distancia  de  la  corte  de  nuestro  rey.  Tanto  Hop-Frog  como  una  jovencita  apenas  menos
enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados
por  la  fuerza  de  sus  respectivos  hogares,  situados  en  provincias  adyacentes,  y  enviados
como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.
No  hay  que  sorprenderse,  pues,  de  que  en  tales  circunstancias  se  creara  una  gran
intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables.
Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto,
prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza    —pese a
ser una enana—, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le
permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.
En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar
un  baile  de  máscaras.  Ahora  bien,  toda  vez  que  en  la  corte  se  trataba  de  mascaradas  o
fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus
habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir
nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que
nada podía hacerse sin su asistencia.
Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un
resplandeciente  salón,  ornándolo  con  todo  aquello  que  pudiera  agregar  éclat  a  una
mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y
los  personajes  a  representar,  es  de  imaginarse  que  cada  uno  se  había  aprontado
convenientemente.  Los  había  que  desde  semanas  antes  preparaban  sus  rôles,  y  nadie
mostraba la menor señal de indecisión... salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible
explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma.
Lo  más  probable  es  que,  dada  su  gordura,  les  resultara  difícil  decidirse.  A  todo  esto  el
tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-
Frog.
Cuando  los  dos  pequeños  amigos  obedecieron  al  llamado  del  rey,  lo  encontraron
bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de
muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el
pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey
amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) «a
estar alegre».
—Ven aquí, Hop-Frog —mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala—.
Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes... (Hop-Frog suspiró)... y veamos si eres
capaz de inventar algo. Necesitamos personajes... personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo
común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te
avivará el ingenio.
Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey,
pero  sus  esfuerzos  fueron  inútiles.  Sucedió  que  aquel  día  era  el  cumpleaños  del  pobre
enano, y la orden de beber a la salud de «sus amigos ausentes» hizo acudir las lágrimas a
sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente,
de manos del tirano.
—¡Ja, ja, ja! —rió éste con todas sus fuerzas—. ¡Ved lo que puede un vaso de buen
vino! ¡Si ya le brillan los ojos! ¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos
ellos parecían divertirse muchísimo con la «broma» del rey.
—Y ahora, ocupémonos de cosas serias —dijo el primer ministro, que era un hombre
muy gordo.
—Sí  —aprobó  el  rey—.  Ven  aquí,  Hop-Frog,  y  ayúdanos.  Personajes,  querido
muchacho. Personajes es lo que necesitamos... ¡Ja, ja, ja!
Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.
También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.
—Vamos, vamos —dijo impaciente el rey—. ¿No tienes nada que sugerirnos?
—Estoy tratando de pensar algo nuevo —repuso vagamente el enano, a quien el vino
había confundido por completo.
—¡Tratando! —gritó furioso el tirano—. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo!
Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! —y llenando otra copa la
alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento—. ¡Bebe, te
digo —aulló el monstruo—, o por todos los diablos que...!
El  enano  vaciló,  mientras  el  rey  se  ponía  púrpura  de  rabia.  Los  cortesanos  sonreían
bobamente.  Pálida  como  un  cadáver,  Trippetta  avanzó  hasta  el  sitial  del  monarca  y,
cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.
Durante  unos  instantes  el  tirano  la  miró  lleno  de  asombro  ante  tal  audacia.  Parecía
incapaz de decir o de hacer algo... de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin
pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.
La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su
sitio a los pies de la mesa.
Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una
hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar,
que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.
—¿Qué... qué es ese ruido que estás haciendo? —preguntó el rey, volviéndose furioso
hacia el enano.
Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras
miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:
—¿Yo? Yo no hago ningún ruido.
—Parecía como si el sonido viniera de afuera —observó uno de los cortesanos—. Se
me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.
—Eso ha de ser —afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente—.
Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los
dientes.
Al  oír  tales  palabras  el  enano  se  echó  a  reír  (y  el  rey  era  un  bromista  demasiado
empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y
repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que
quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin
efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la
mascarada.
—No puedo explicarme la asociación de ideas —dijo tranquilamente y como si jamás
en su vida hubiese bebido vino—, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le
arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño  ruido  en  la  ventana,  se  me  ocurrió  una  diversión  extraordinaria...  una  de  las
extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras
mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho
personas, y...
—¡Pues aquí estamos! —exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la
coincidencia—.  ¡Justamente  ocho:  yo  y  mis  ministros!  ¡Veamos!  ¿En  qué  consiste  esa
diversión?
—La  llamamos  —repuso  el  enano—  los  Ocho  Orangutanes  Encadenados,  y  si  se  la
representa bien, resulta extraordinaria.
—Nosotros  la  representaremos  bien  —observó  el  rey,  enderezándose  y  alzando  las
cejas.
—Lo divertido de la cosa —continuó Hop-Frog— está en el espanto que produce entre
las mujeres.
—¡Magnífico! —gritaron a coro el monarca y su Consejo.
—Yo os disfrazaré de orangutanes —continuó el enano—. Dejadlo todo por mi cuenta.
El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de
verdad... y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.
—¡Exquisito! —exclamó el rey—. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!
—Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor
de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar
el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos
toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada
y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.
—¡Así debe ser! —declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente
(se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.
La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy
sencilla,  pero  suficientemente  eficaz  para  lo  que  se  proponía.  En  la  época  en  que  se
desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como
las  imitaciones  preparadas  por  el  enano  resultaban  suficientemente  bestiales  y  más  que
suficientemente  horrorosas,  nadie  pondría  en  duda  que  se  trataba  de  una  exacta
reproducción de la naturaleza.
Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente
ajustado.  Se  procedió  inmediatamente  a  untarlos  con  brea.  Alguien  del  grupo  sugirió
cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en
convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután
puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada
sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la
aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados
los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un
círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la
cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen
en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.
El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de
techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su
punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho
salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente
del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del
otro lado de la cúpula, sobre el techo.

El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto,
ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo
el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las
bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas
vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían
mantenerse  alejados  del  centro,  o  sea  debajo  del  lustro.  En  su  reemplazo  se  instalaron
candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez
que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una
de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.
Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta
medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan
pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse —o, mejor, rodaron
juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar
a todos mientras entraban en el salón.
El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del
rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de
feroz  aspecto  eran,  si  no  orangutanes,  por  lo  menos  verdaderas  bestias  de  alguna  otra
especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución
de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar
sangrientamente  su  extravagancia.  A  falta  de  medios  de  defensa,  produjese  una  carrera
general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente
después  de  su  entrada,  y,  siguiendo  una  sugestión  del  enano,  las  llaves  le  habían  sido
confiadas a él.
Mientras  el  tumulto  llegaba  a  su  apogeo  y  cada  máscara  se  ocupaba  tan  sólo  de  su
seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la
excitada  multitud),  hubiera  podido  advertirse  que  la  cadena  de  la  cual  colgaba
habitualmente  el  lustro,  y  que  había  sido  remontada  al  prescindirse  de  aquél,  descendía
gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.
Poco  después  el  rey  y  sus  siete  amigos,  que  habían  recorrido  haciendo  eses  todo  el
salón,  terminaron  por  encontrarse  en  su  centro  y,  como  es  natural,  en  contacto  con  la
cadena.  Mientras  se  hallaban  allí,  el  enano,  que  no  se  apartaba  de  ellos  y  los  incitaba  a
continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección
de  los  dos  diámetros  que  cruzaban  el  círculo  en  ángulo  recto.  Con  la  rapidez  del  rayo
insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una
intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera
del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos
contra otros y cara a cara.
A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a
considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas
al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.
—¡Dejádmelos  a  mi!  —gritó  entonces  Hop-Frog,  cuya  voz  penetrante  se  hacía
escuchar  fácilmente  en  medio  del  estrépito—,  ¡Dejádmelos  a  mí!  ¡Me  parece  que  los
conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!
Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se
apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta  en  el  centro  del  salón  y,  saltando  con  agilidad  de  simio  sobre  la  cabeza  del  rey,
encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el
grupo de orangutanes y gritaba una vez más:
—¡Pronto podré deciros quiénes son!
Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el
bufón  lanzó  un  agudo  silbido;  instantáneamente,  la  cadena  remontó  con  violencia  a  una
altura  de  treinta  pies,  arrastrando  consigo  a  los  aterrados  orangutanes,  que  luchaban  por
soltarse,  y  los  dejó  suspendidos  en  el  aire,  a  media  altura  entre  la  claraboya  y  el  suelo.
Aferrado  a  la  cadena,  Hop-Frog  seguía  en  la  misma  posición,  por  encima  de  los  ocho
disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo
averiguar de quiénes se trataba.
Tan  estupefacta  quedó  la  asamblea  ante  esta  ascensión,  que  se  produjo  un  profundo
silencio.  Duraba  ya  un  minuto,  cuando  fue  roto  por  un  áspero  y  profundo  rechinar,
semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo
arrojado  el  vino  a  la  cara  de  Trippetta.  Pero  en  esta  ocasión  no  cabía  dudar  de  dónde
procedía  el  sonido.  Venía  de  los  dientes  del  enano,  semejantes  a  colmillos  de  fiera;
rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso,
se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.
—¡Ah, ya veo! —gritó, por fin, el enfurecido bufón—. ¡Ya veo quiénes son!
Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino
que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio
minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los
miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.
Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la
cadena  para  escapar  a  su  alcance;  al  ver  sus  movimientos,  la  multitud  volvió  a  guardar
silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:
—Ahora veo claramente quiénes son esos hombres —dijo—. Son un gran rey y sus
siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y
sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-
Frog, el bufón... y ésta es mi última bufonada.
A  causa  de  la  alta  combustibilidad  del  lino  y  la  brea,  la  obra  de  venganza  quedó
cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres
colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón
arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció
a través de la claraboya.
Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en
su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió
a ver.

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...