miércoles, 5 de julio de 2017

Un descenso al Maelström




Los caminos de Dios en la naturaleza y en 
la providencia no son como nuestros caminos; 
y  nuestras  obras  no  pueden  compararse  en 
modo alguno con la vastedad, la profundidad y 
la inescrutabilidad de Sus obras, que contienen 
en sí mismas una profundidad mayor que la del 
pozo de Demócrito. 
 (JOSEPH GLANVILL) 

Habíamos  alcanzado  la  cumbre  del  despeñadero  más  elevado.  Durante  algunos
minutos, el anciano pareció demasiado fatigado para hablar.
—Hasta no hace mucho tiempo —dijo, por fin— podría haberlo guiado en este ascenso
tan bien como el más joven de mis hijos. Pero, hace unos tres años, me ocurrió algo que
jamás  le  ha  ocurrido  a  otro  mortal...  o,  por  lo  menos,  a  alguien  que  haya  alcanzado  a
sobrevivir para contarlo; y las seis horas de terror mortal que soporté me han destrozado el
cuerpo y el alma. Usted ha de creerme muy viejo, pero no lo soy. Bastó algo menos de un
día para que estos cabellos, negros como el azabache, se volvieran blancos; debilitáronse
mis miembros, y tan frágiles quedaron mis nervios, que tiemblo al menor esfuerzo y me
asusto de una sombra. ¿Creerá usted que apenas puedo mirar desde este pequeño acantilado
sin sentir vértigo?
El  «pequeño  acantilado»,  a  cuyo  borde  se  había  tendido  a  descansar  con  tanta
negligencia que la parte más pesada de su cuerpo sobresalía del mismo, mientras se cuidaba
de una caída apoyando el codo en la resbalosa arista del borde; el «pequeño acantilado»,
digo,  alzábase  formando  un  precipicio  de  negra  roca  reluciente,  de  mil  quinientos  o  mil
seiscientos  pies,  sobre  la  multitud  de  despeñaderos  situados  más  abajo.  Nada  hubiera
podido inducirme a tomar posición a menos de seis yardas de aquel borde. A decir verdad,
tanto me impresionó la peligrosa postura de mi compañero que caí en tierra cuan largo era,
me aferré a los arbustos que me rodeaban y no me atreví siquiera a mirar hacia el cielo,
mientras luchaba por rechazar la idea de que la furia de los vientos amenazaba sacudir los
cimientos de aquella montaña. Pasó largo rato antes de que pudiera reunir coraje suficiente
para sentarme y mirar a la distancia.
—Debe usted curarse de esas fantasías —dijo el guía—, ya que lo he traído para que
tenga desde aquí la mejor vista del lugar donde ocurrió el episodio que mencioné antes... y
para contarle toda la historia con su escenario presente.
«Nos hallamos —agregó, con la manera minuciosa que lo distinguía—, nos hallamos
muy  cerca  de  la  costa  de  Noruega,  a  los  sesenta  y  ocho  grados  de  latitud,  en  la  gran
provincia de Nordland, y en el distrito de Lodofen. La montaña cuya cima acabamos de
escalar es Helseggen, la Nebulosa. Enderécese usted un poco... sujetándose a las matas si se
siente  mareado...  ¡Así!  Mire  ahora,  más  allá  de  la  cintura  de  vapor  que  hay  debajo  de
nosotros, hacia el mar.»
Miré, lleno de vértigo, y descubrí una vasta extensión oceánica, cuyas aguas tenían un color tan parecido a la tinta que me recordaron la descripción que hace el geógrafo nubio
del  Mare  Tenebrarum.  Ninguna  imaginación  humana  podría  concebir  panorama  más
lamentablemente desolado. A derecha e izquierda, y hasta donde podía alcanzar la mirada,
se  tendían,  como  murallas  del  mundo  cadenas  de  acantilados  horriblemente  negros  y
colgantes, cuyo lúgubre aspecto veíase reforzado por la resaca, que rompía contra ellos su
blanca y lívida cresta, aullando y rugiendo eternamente. Opuesta al promontorio sobre cuya
cima nos hallábamos, y a unas cinco o seis millas dentro del mar, advertíase una pequeña
isla de aspecto desértico; quizá sea más adecuado decir que su posición se adivinaba gracias
a las salvajes rompientes que la envolvían. Unas dos millas más cerca alzábase otra isla más
pequeña, horriblemente escarpada y estéril, rodeada en varias partes por amontonamientos
de oscuras rocas.
En el espacio comprendido entre la mayor de las islas y la costa, el océano presentaba
un  aspecto  completamente  fuera  de  lo  común.  En  aquel  momento  soplaba  un  viento  tan
fuerte en dirección a tierra, que un bergantín que navegaba mar afuera se mantenía a la capa
con dos rizos en la vela mayor, mientras la quilla se hundía a cada momento hasta perderse
de vista; no obstante, el espacio a que he aludido no mostraba nada que semejara un oleaje
embravecido, sino tan sólo un breve, rápido y furioso embate del agua en todas direcciones,
tanto  frente  al  viento  como  hacia  otros  lados.  Tampoco  se  advertía  espuma,  salvo  en  la
proximidad inmediata de las rocas.
—La isla más alejada —continuó el anciano— es la que los noruegos llaman Vurrgh.
La que se halla a mitad de camino es Moskoe. A una milla al norte verá la de Ambaaren.
Más allá se encuentran Islesen, Hotholm, Keildhelm, Suarven y Buckholm. Aún más allá
—entre Moskoe y Vurrgh— están Otterholm, Flimen, Sandflesen y Stockholm. Tales son
los verdaderos nombres de estos sitios; pero... ¿qué necesidad había de darles nombres? No
lo sé, y supongo que usted tampoco... ¿Oye alguna cosa? ¿Nota algún cambio en el agua?
Llevábamos ya unos diez minutos en lo alto del Helseggen, al cual habíamos ascendido
viniendo desde el interior de Lofoden, de modo que no habíamos visto ni una sola vez el
mar hasta que se presentó de golpe al arribar a la cima. Mientras el anciano me hablaba,
percibí un sonido potente y que crecía por momentos, algo como el mugir de un enorme
rebaño  de  búfalos  en  una  pradera  americana;  y  en  el  mismo  momento  reparé  en  que  el
estado del océano a nuestros pies, que correspondía a lo que los marinos llaman picado, se
estaba  transformando  rápidamente  en  una  corriente  orientada  hacia  el  este.  Mientras  la
seguía mirando, aquella corriente adquirió una velocidad monstruosa. A cada instante su
rapidez y su desatada impetuosidad iban en aumento. Cinco minutos después, todo el mar
hasta Vurrgh hervía de cólera incontrolable, pero donde esa rabia alcanzaba su ápice era
entre Moskoe y la costa. Allí, la vasta superficie del agua se abría y trazaba en mil canales
antagónicos,  reventaba  bruscamente  en  una  convulsión  frenética  —encrespándose,
hirviendo, silbando— y giraba en gigantescos e innumerables vórtices, y todo aquello se
atorbellinaba y corría hacia el este con una rapidez que el agua no adquiere en ninguna otra
parte, como no sea el caer en un precipicio.
En pocos minutos más, una nueva y radical alteración apareció en escena. La superficie
del agua se fue nivelando un tanto y los remolinos desaparecieron uno tras otro, mientras
prodigiosas fajas de espuma surgían allí donde antes no había nada. A la larga, y luego de
dispersarse a una gran distancia, aquellas fajas se combinaron unas con otras y adquirieron
el movimiento giratorio de los desaparecidos remolinos, como si constituyeran el germen
de otro más vasto. De pronto, instantáneamente, todo asumió una realidad clara y definida,
formando  un  círculo  cuyo  diámetro  pasaba  de  una  milla.  El  borde  del  remolino  estaba representado por una ancha faja de resplandeciente espuma; pero ni la menor partícula de
ésta resbalaba al interior del espantoso embudo, cuyo tubo, hasta donde la mirada alcanzaba
a medirlo, era una pulida, brillante y tenebrosa pared de agua, inclinada en un ángulo de
cuarenta y cinco grados con relación al horizonte, y que giraba y giraba vertiginosamente,
con un movimiento oscilante y tumultuoso, produciendo un fragor horrible, entre rugido y
clamoreo, que ni siquiera la enorme catarata del Niágara lanza al espacio en su tremenda
caída.
La  montaña  temblaba  desde  sus  cimientos  y  oscilaban  las  rocas.  Me  dejé  caer  boca
abajo, aferrándome a los ralos matorrales en el paroxismo de mi agitación nerviosa. Por fin,
pude decir a mi compañero:
—¡Esto no puede ser más que el enorme remolino del Maelström!
—Así  suelen  llamarlo  —repuso  el  viejo—.  Nosotros  los  noruegos  le  llamamos  el
Moskoe-ström, a causa de la isla Moskoe.
Las descripciones ordinarias de aquel vórtice no me habían preparado en absoluto para
lo que acababa de ver. La de Jonas Ramus, quizá la más detallada, no puede dar la menor
noción  de  la  magnificencia  o  el  horror  de  aquella  escena,  ni  tampoco  la  perturbadora
sensación de novedad que confunde al espectador. No sé bien en qué punto de vista estuvo
situado el escritor aludido, ni en qué momento; pero no pudo ser en la cima del Helseggen,
ni  durante  una  tormenta.  He  aquí  algunos  pasajes  de  su  descripción  que  merecen,  sin
embargo, citarse por los detalles que contienen, aunque resulten sumamente débiles para
comunicar una impresión de aquel espectáculo:
«Entre Lofoden y Moskoe —dice—, la profundidad del agua varía entre treinta y seis y
cuarenta brazas; pero del otro lado, en dirección a Ver (Vurrgh), la profundidad disminuye
al punto de no permitir el paso de un navío sin el riesgo de que encalle en las rocas, cosa
posible aun en plena bonanza. Durante la pleamar, las corrientes se mueven entre Lofoden
y Moskoe con turbulenta rapidez, al punto de que el rugido de su impetuoso reflujo hacia el
mar apenas podría ser igualado por el de las más sonoras y espantosas cataratas. El sonido
se escucha a muchas leguas, y los vórtices o abismos son de tal tamaño y profundidad que
si un navío es atraído por ellos se ve tragado irremisiblemente y arrastrado a la profundidad
donde se hace pedazos contra las rocas; cuando el agua se sosiega, los pedazos del buque
asoman a la superficie. Pero los intervalos de tranquilidad se producen solamente en los
momentos del cambio de la marea y con buen tiempo; apenas duran un cuarto de hora antes
de que recomience gradualmente su violencia. Cuando la corriente es más turbulenta y una
tempestad  acrecienta  su  furia  resulta  peligroso  acercarse  a  menos  de  una  milla  noruega.
Botes,  yates  y  navíos  han  sido  tragados  por  no  tomar  esa  precaución  contra  su  fuerza
atractiva. Ocurre asimismo con frecuencia que las ballenas se aproximan demasiado a la
corriente  y  son  dominadas  por  su  violencia;  imposible  resulta  entonces  describir  sus
clamores y mugidos mientras luchan inútilmente por escapar. Cierta vez, un oso que trataba
de nadar de Lofoden a Moskoe fue atrapado por la corriente y arrastrado a la profundidad,
mientras rugía tan terriblemente que se le escuchaba desde la costa. Grandes cantidades de
troncos  de  abetos  y  pinos,  absorbidos  por  la  corriente,  vuelven  a  la  superficie  rotos  y
retorcidos  a  un  punto  tal  que  no  pasan  de  ser  un  montón  de  astillas.  Esto  muestra
claramente  que  el  fondo  consiste  en  rocas  aguzadas  contra  las  cuales  son  arrastrados  y
frotados los troncos. Dicha corriente se regula por el flujo y reflujo marino, que se suceden
constantemente cada seis horas. En el año 1645, en la mañana del domingo de sexagésima,
la  furia  de  la  corriente  fue  tan  espantosa  que  las  piedras  de  las  casas  de  la  costa  se
desplomaban.» Por lo que se refiere a la profundidad del agua, no me explico cómo pudo ser verificada
en  la  vecindad  inmediata  del  vórtice.  Las  «cuarenta  brazas»  tienen  que  referirse
indudablemente,  a  las  porciones  del  canal  linderas  con  la  costa,  sea  de  Moskoe  o  de
Lofoden. La profundidad en el centro del Moskoe-ström debe ser inconmensurablemente
grande, y la mejor prueba de ello la da la más ligera mirada que se proyecte al abismo del
remolino desde la cima del Helseggen. Mientras encaramado en esta cumbre contemplaba
el rugiente Flegetón allá abajo, no pude impedirme sonreír de la simplicidad con que el
honrado Jonas Ramus consigna —como algo difícil de creer— las anécdotas sobre ballenas
y  osos,  cuando  resulta  evidente  que  los  más  grandes  buques  actuales,  sometidos  a  la
influencia de aquella mortal atracción, serían el equivalente de una pluma frente al huracán
y desaparecerían instantáneamente.
Las  tentativas  de  explicar  el  fenómeno  —que,  en  parte,  según  recuerdo,  me  habían
parecido  suficientemente  plausibles  a  la  lectura—  presentaban  ahora  un  carácter  muy
distinto  e  insatisfactorio.  La  idea  predominante  consistía  en  que  el  vórtice,  al  igual  que
otros tres más pequeños situados entre las islas Feroe, «no tiene otra causa que la colisión
de las olas, que se alzan y rompen, en el flujo y reflujo, contra un arrecife de rocas y bancos
de arena, el cual encierra las aguas al punto que éstas se precipitan como una catarata; así,
cuanto más alta sea la marea, más profunda será la caída, y el resultado es un remolino o
vórtice, cuyo prodigioso poder de succión es suficientemente conocido por experimentos
hechos  en  menor  escala».  Tales  son  los  términos  con  que  se  expresa  la  Encyclopaedia
Britannica.  Kircher  y  otros  imaginan  que  en  el  centro  del  canal  del  Maelström  hay  un
abismo que penetra en el globo terrestre y que vuelve a salir en alguna región remota (una
de las hipótesis nombra concretamente el golfo de Botnia). Esta opinión, bastante gratuita
en  sí  misma,  fue  la  que  mi  imaginación  aceptó  con  mayor  prontitud  una  vez  que  hube
contemplado la escena. Pero al mencionarla a mi guía me sorprendió oírle decir que, si bien
casi todos los noruegos compartían ese punto de vista, él no lo aceptaba. En cuanto a la
hipótesis precedente, confesó su incapacidad para comprenderla, y yo le di la razón, pues,
aunque sobre el papel pareciera concluyente, resultaba por completo ininteligible e incluso
absurda frente al tronar de aquel abismo.
—Ya  ha  podido  ver  muy  bien  el  remolino  —dijo  el  anciano—,  y  si  nos  colocamos
ahora detrás de esa roca al socaire, para que no nos moleste el ruido del agua, le contaré un
relato que lo convencerá de que conozco alguna cosa sobre el Moskoe-ström.
Me ubiqué como lo deseaba y comenzó:
«—Mis dos hermanos y yo éramos dueños de un queche aparejado como una goleta, de
unas setenta toneladas, con el cual pescábamos entre las islas situadas más allá de Moskoe
y casi hasta Vurrgh. Aprovechando las oportunidades, siempre hay buena pesca en el mar
durante las mareas bravas, si se tiene el coraje de enfrentarlas; de todos los habitantes de la
costa  de  Lofoden,  nosotros  tres  éramos  los  únicos  que  navegábamos  regularmente  en  la
región de las islas. Las zonas usuales de pesca se hallan mucho más al sur. Allí se puede
pescar a cualquier hora, sin demasiado riesgo, y por eso son lugares preferidos. Pero los
sitios escogidos que pueden encontrarse aquí, entre las rocas, no sólo ofrecen la variedad
más grande, sino una abundancia mucho mayor, de modo que con frecuencia pescábamos
en un solo día lo que otros más tímidos conseguían apenas en una semana. La verdad es que
hacíamos de esto un lance temerario, cambiando el exceso de trabajo por el riesgo de la
vida, y sustituyendo capital por coraje.
»Fondeábamos el queche en una caleta, a unas cinco millas al norte de esta costa, y
cuando  el  tiempo  estaba  bueno,  acostumbrábamos  aprovechar  los  quince  minutos  de tranquilidad  de  las  aguas  para  atravesar  el  canal  principal  de  Moskoe-ström  mucho  más
arriba  del  remolino  y  anclar  luego  en  cualquier  parte  cerca  de  Otterham  o  Sandflesen,
donde las mareas no son tan violentas. Nos quedábamos allí hasta que faltaba poco para un
nuevo  intervalo  de  calma,  en  que  poníamos  proa  en  dirección  a  nuestro  puerto.  Jamás
iniciábamos una expedición de este género sin tener un buen viento de lado tanto para la ida
como para el retorno —un viento del que estuviéramos seguros que no nos abandonaría a la
vuelta—,  y  era  raro  que  nuestros  cálculos  erraran.  Dos  veces,  en  seis  años,  nos  vimos
precisados a pasar la noche al ancla a causa de una calma chicha, lo cual es cosa muy rara
en estos parajes; y una vez tuvimos que quedarnos cerca de una semana donde estábamos,
muriéndonos de inanición, por culpa de una borrasca que se desató poco después de nuestro
arribo, y que embraveció el canal en tal forma que era imposible pensar en cruzarlo. En esta
ocasión hubiéramos podido ser llevados mar afuera a pesar de nuestros esfuerzos (pues los
remolinos nos hacían girar tan violentamente que, al final, largamos el ancla y la dejamos
que arrastrara), si no hubiera sido que terminamos entrando en una de esas innumerables
corrientes antagónicas que hoy están allí y mañana desaparecen, la cual nos arrastró hasta el
refugio de Flimen, donde, por suerte, pudimos detenernos.
»No  podría  contarle  ni  la  vigésima  parte  de  las  dificultades  que  encontrábamos  en
nuestro  campo  de  pesca  —que  es  mal  sitio  para  navegar  aun  con  buen  tiempo—,  pero
siempre  nos  arreglamos  para  burlar  el  desafío  del  Moskoe-ström  sin  accidentes,  aunque
muchas veces tuve el corazón en la boca cuando nos atrasábamos o nos adelantábamos en
un minuto al momento de calma. En ocasiones, el viento no era tan fuerte como habíamos
pensado al zarpar y el queche recorría una distancia menor de lo que deseábamos, sin que
pudiéramos  gobernarlo  a  causa  de  la  correntada.  Mi  hermano  mayor  tenía  un  hijo  de
dieciocho años y yo dos robustos mozalbetes. Todos ellos nos hubieran sido de gran ayuda
en esas ocasiones, ya fuera apoyando la marcha con los remos, o pescando; pero, aunque
estábamos  personalmente  dispuestos  a  correr  el  riesgo,  no  nos  sentíamos  con  ánimo  de
exponer  a  los  jóvenes,  pues  verdaderamente  había  un  peligro  horrible,  ésa  es  la  pura
verdad.
»Pronto se cumplirán tres años desde que ocurrió lo que voy a contarle. Era el 10 de
julio de 18..., día que las gentes de esta región no olvidarán jamás, porque en él se levantó
uno  de  los  huracanes  más  terribles  que  hayan  caído  jamás  del  cielo.  Y,  sin  embargo,
durante toda la mañana, y hasta bien entrada la tarde, había soplado una suave brisa del
sudoeste, mientras brillaba el sol, y los más avezados marinos no hubieran podido prever lo
que iba a pasar.
»Los tres —mis dos hermanos y yo— cruzamos hacia las islas a las dos de la tarde y no
tardamos en llenar el queche con una excelente pesca que, como pudimos observar, era más
abundante ese día que en ninguna ocasión anterior. A las siete —por mi reloj— levamos
anclas y zarpamos, a fin de atravesar lo peor del Ström en el momento de la calma, que
según sabíamos iba a producirse a las ocho.
»Partimos con una buena brisa de estribor y al principio navegamos velozmente y sin
pensar en el peligro, pues no teníamos el menor motivo para sospechar que existiera. Pero,
de pronto, sentimos que se nos oponía un viento procedente de Helseggen. Esto era muy
insólito;  jamás  nos  había  ocurrido  antes,  y  yo  empecé  a  sentirme  intranquilo,  sin  saber
exactamente por qué. Enfilamos la barca contra el viento, pero los remansos no nos dejaban
avanzar,  e  iba  a  proponer  que  volviéramos  al  punto  donde  habíamos  estado  anclados
cuando, al mirar hacia popa vimos que todo el horizonte estaba cubierto por una extraña
nube del color del cobre que se levantaba con la más asombrosa rapidez. »Entretanto,  la  brisa  que  nos  había  impulsado  acababa  de  amainar  por  completo  y
estábamos en una calma total, derivando hacia todos los rumbos. Pero esto no duró bastante
como  para  darnos  tiempo  a  reflexionar.  En  menos  de  un  minuto  nos  cayó  encima  la
tormenta,  y  en  menos  de  dos  el  cielo  quedó  cubierto  por  completo;  con  esto,  y  con  la
espuma de las olas que nos envolvía, todo se puso tan oscuro que no podíamos vernos unos
a otros en la cubierta.
»Sería una locura tratar de describir el huracán que siguió. Los más viejos marinos de
Noruega jamás conocieron nada parecido. Habíamos soltado todo el trapo antes de que el
viento nos alcanzara; pero, a su primer embate, los dos mástiles volaron por la borda como
si los hubiesen aserrado..., y uno de los palos se llevó consigo a mi hermano mayor, que se
había atado para mayor seguridad.
»Nuestra embarcación se convirtió en la más liviana pluma que jamás flotó en el agua.
El queche tenía un puente totalmente cerrado, con sólo una pequeña escotilla cerca de proa,
que acostumbrábamos cerrar y asegurar cuando íbamos a cruzar el Ström, por precaución
contra  el  mar  picado.  De  no  haber  sido  por  esta  circunstancia,  hubiéramos  zozobrado
instantáneamente,  pues  durante  un  momento  quedamos  sumergidos  por  completo.  Cómo
escapó  a  la  muerte  mi  hermano  mayor  no  puedo  decirlo,  pues  jamás  se  me  presentó  la
oportunidad de averiguarlo. Por mi parte, tan pronto hube soltado el trinquete, me tiré boca
abajo en el puente, con los pies contra la estrecha borda de proa y las manos aferrando una
armella  próxima  al  pie  del  palo  mayor.  El  instinto  me  indujo  a  obrar  así,  y  fue,
indudablemente,  lo  mejor  que  podía  haber  hecho;  la  verdad  es  que  estaba  demasiado
aturdido para pensar.
«Durante  algunos  momentos,  como  he  dicho,  quedamos  completamente  inundados,
mientras yo contenía la respiración y me aferraba a la armella. Cuando no pude resistir más,
me enderecé sobre las rodillas, sosteniéndome siempre con las manos, y pude así asomar la
cabeza. Pronto nuestra pequeña embarcación dio una sacudida, como hace un perro al salir
del agua, y con eso se libró en cierta medida de las olas que la tapaban. Por entonces estaba
tratando yo de sobreponerme al aturdimiento que me dominaba, recobrar los sentidos para
decidir  lo  que  tenía  que  hacer,  cuando  sentí  que  alguien  me  aferraba  del  brazo.  Era  mi
hermano mayor, y mi corazón saltó de júbilo, pues estaba seguro de que el mar lo había
arrebatado. Mas esa alegría no tardó en transformarse en horror, pues mi hermano acercó la
boca a mi oreja, mientras gritaba: ¡Moskoe-ström!
»Nadie puede imaginar mis sentimientos en aquel instante. Me estremecí de la cabeza a
los pies, como si sufriera un violento ataque de calentura. Demasiado bien sabía lo que mi
hermano me estaba diciendo con esa simple palabra y lo que quería darme a entender: Con
el viento que nos arrastraba, nuestra proa apuntaba hacia el remolino del Ström... ¡y nada
podía salvarnos!
»Se imaginará usted que, al cruzar el canal del Ström, lo hacíamos siempre mucho más
arriba  del  remolino,  incluso  con  tiempo  bonancible,  y  debíamos  esperar  y  observar
cuidadosamente  el  momento  de  calma.  Pero  ahora  estábamos  navegando  directamente
hacia  el  vórtice,  envueltos  en  el  más  terrible  huracán.  “Probablemente  —pensé—
llegaremos  allí  en  un  momento  de  la  calma...  y  eso  nos  da  una  esperanza.”  Pero,  un
segundo después, me maldije por ser tan loco como para pensar en esperanza alguna. Sabía
muy bien que estábamos condenados y que lo estaríamos igual aunque nos halláramos en
un navío cien veces más grande.
»A  esta  altura  la  primera  furia  de  la  tempestad  se  había  agotado,  o  quizá  no  la
sentíamos  tanto  por  estar  corriendo  delante  de  ella.  Pero  el  mar,  que  el  viento  había mantenido aplacado y espumoso al comienzo, se alzaba ahora en gigantescas montañas. Un
extraño  cambio  se  había  producido  en  el  cielo.  Alrededor  de  nosotros,  y  en  todas
direcciones, seguía tan negro como la pez, pero en lo alto, casi encima de donde estábamos,
se  abrió  repentinamente  un  círculo  de  cielo  despejado  —tan  despejado  como  jamás  he
vuelto a ver—, brillantemente azul, y a través del cual resplandecía la luna llena con un
brillo que no le había conocido antes. Iluminaba con sus rayos todo lo que nos rodeaba, con
la más grande claridad; pero... ¡Dios mío, qué escena nos mostraba!
»Hice una o dos tentativas para hacerme oír de mi hermano, pero, por razones que no
pude comprender, el estruendo había aumentado de manera tal que no alcancé a hacerle
entender  una  sola  palabra,  pese  a  que  gritaba  con  todas  mis  fuerzas  en  su  oreja.  Pronto
sacudió la cabeza, mortalmente pálido, y levantó un dedo como para decirme: “¡Escucha!”
»Al principio no me di cuenta de lo que quería significar, pero un horrible pensamiento
cruzó  por  mi  mente.  Extraje  mi  reloj  de  la  faltriquera.  Estaba  detenido.  Contemplé  el
cuadrante a la luz de la luna y me eché a llorar, mientras lanzaba el reloj al océano. ¡Se
había detenido a las siete! ¡Ya había pasado el momento de calma y el remolino del ström
estaba en plena furia!
»Cuando  un  barco  es  de  buena  construcción,  está  bien  equipado  y  no  lleva  mucha
carga, al correr con el viento durante una borrasca las olas dan la impresión de resbalar por
debajo del casco, lo cual siempre resulta extraño para un hombre de tierra firme; a eso se le
llama cabalgar en lenguaje marino.
»Hasta ese momento habíamos cabalgado sin dificultad sobre las olas; pero de pronto
una gigantesca masa de agua nos alcanzó por la bovedilla y nos alzó con ella... arriba... más
arriba... como si ascendiéramos al cielo. Jamás hubiera creído que una ola podía alcanzar
semejante altura. Y entonces empezamos a caer, con una carrera, un deslizamiento y una
zambullida  que  me  produjeron  náuseas  y  mareo,  como  si  estuviera  desplomándome  en
sueños  desde lo alto  de  una  montaña.  Pero en el momento en que alcanzamos la cresta,
pude  lanzar  una  ojeada  alrededor...  y  lo  que  vi  fue  más  que  suficiente.  En  un  instante
comprobé nuestra exacta posición. El vórtice de Moskoe-ström se hallaba a un cuarto de
milla adelante; pero ese vórtice se parecía tanto al de todos los días como el que está viendo
usted a un remolino en una charca. Si no hubiera sabido dónde estábamos y lo que teníamos
que esperar, no hubiese reconocido en absoluto aquel sitio. Tal como lo vi, me obligó a
cerrar  involuntariamente  los  ojos  de  espanto.  Mis  párpados  se  apretaron  como  en  un
espasmo.
»Apenas habrían pasado otros dos minutos, cuando sentimos que las olas decrecían y
nos vimos envueltos por la espuma. La embarcación dio una brusca media vuelta a babor y
se precipitó en su nueva dirección como una centella. Al mismo tiempo, el rugido del agua
quedó  completamente  apagado  por  algo  así  como  un  estridente  alarido...  un  sonido  que
podría usted imaginar formado por miles de barcos de vapor que dejaran escapar al mismo
tiempo la presión de sus calderas. Nos hallábamos ahora en el cinturón de la resaca que
rodea  siempre  el  remolino,  y  pensé  que  un  segundo  más  tarde  nos  precipitaríamos  al
abismo, cuyo interior veíamos borrosamente a causa de la asombrosa velocidad con la cual
nos movíamos. El queche no daba la impresión de flotar en el agua, sino de flotar como una
burbuja sobre la superficie de la resaca. Su banda de estribor daba al remolino, y por babor
surgía la inmensidad oceánica de la que acabábamos de salir, y que se alzaba como una
enorme pared oscilando entre nosotros y el horizonte.
»Puede  parecer  extraño,  pero  ahora,  cuando  estábamos  sumidos  en  las  fauces  del
abismo,  me  sentí  más  tranquilo  que  cuando  veníamos  acercándonos  a  él.  Decidido  a  no abrigar ya ninguna esperanza, me libré de una buena parte del terror que al principio me
había privado de mis fuerzas. Creo que fue la desesperación lo que templó mis nervios.
»Tal  vez  piense  usted  que  me  jacto,  pero  lo  que  le  digo  es  la  verdad:  Empecé  a
reflexionar sobre lo magnífico que era morir de esa manera y lo insensato de preocuparme
por algo tan insignificante como mi propia vida frente a una manifestación tan maravillosa
del poder de Dios. Creo que enrojecí de vergüenza cuando la idea cruzó por mi mente. Y al
cabo de un momento se apoderó de mí la más viva curiosidad acerca del remolino. Sentí el
deseo de explorar sus profundidades, aun al precio del sacrificio que iba a costarme, y la
pena más grande que sentí fue que nunca podría contar a mis viejos camaradas de la costa
todos los misterios que vería. No hay duda que eran éstas extrañas fantasías en un hombre
colocado  en  semejante  situación,  y  con  frecuencia  he  pensado  que  la  rotación  del  barco
alrededor del vórtice pudo trastornarme un tanto la cabeza.
»Otra circunstancia contribuyó a devolverme la calma, y fue la cesación del viento, que
ya  no  podía  llegar  hasta  nosotros  en  el  lugar  donde  estábamos,  puesto  que,  como  usted
mismo ha visto, el cinturón de resaca está sensiblemente más bajo que el nivel general del
océano, al que veíamos descollar sobre nosotros como un alto borde montañoso y negro. Si
nunca  le  ha  tocado  pasar  una  borrasca  en  plena  mar,  no  puede  hacerse  una  idea  de  la
confusión mental que produce la combinación del viento y la espuma de las olas. Ambos
ciegan, ensordecen y ahogan, suprimiendo toda posibilidad de acción o de reflexión. Pero
ahora nos veíamos en gran medida libres de aquellas molestias... así como los criminales
condenados a muerte se ven favorecidos con ciertas liberalidades que se les negaban antes
de que se pronunciara la sentencia.
»Imposible es decir cuántas veces dimos la vuelta al circuito. Corrimos y corrimos, una
hora quizá, volando más que flotando, y entrando cada vez más hacia el centro de la resaca,
lo que nos acercaba progresivamente a su horrible borde interior. Durante todo este tiempo
no había soltado la armella que me sostenía. Mi hermano estaba en la popa, sujetándose a
un pequeño barril vacío, sólidamente atado bajo el compartimiento de la bovedilla, y que
era  la  única  cosa  a  bordo  que  la  borrasca  no  había  precipitado  al  mar.  Cuando  ya  nos
acercábamos al borde del pozo, soltó su asidero y se precipitó hacia la armella de la cual, en
la agonía de su terror, trató de desprender mis manos, ya que no era bastante grande para
proporcionar a ambos un sostén seguro. Jamás he sentido pena más grande que cuando lo vi
hacer eso, aunque comprendí que su proceder era el de un insano, a quien el terror ha vuelto
loco furioso. De todos modos, no hice ningún esfuerzo para oponerme. Sabía que ya no
importaba quién de los dos se aferrara de la armella, de modo que se la cedí y pasé a popa,
donde estaba el barril. No me costó mucho hacerlo, porque el queche corría en círculo con
bastante estabilidad, sólo balanceándose bajo las inmensas oscilaciones y conmociones del
remolino.  Apenas  me  había  afirmado  en  mi  nueva  posición,  cuando  dimos  un  brusco
bandazo a estribor y nos precipitamos de proa en el abismo. Murmuré presurosamente una
plegaria a Dios y pensé que todo había terminado.
»Mientras sentía la náusea del vertiginoso descenso, instintivamente me aferré con más
fuerza  al  barril  y  cerré  los  ojos.  Durante  algunos  segundos  no  me  atreví  a  abrirlos,
esperando mi aniquilación inmediata y me maravillé de no estar sufriendo ya las agonías de
la lucha final con el agua. Pero el tiempo seguía pasando. Y yo estaba vivo. La sensación de
caída  había  cesado  y  el  movimiento  de  la  embarcación  se  parecía  al  de  antes,  cuando
estábamos en el cinturón de espuma, salvo que ahora se hallaba más inclinada. Junté coraje
y otra vez miré lo que me rodeaba.
»Nunca olvidaré la sensación de pavor, espanto y admiración que sentí al contemplar aquella  escena.  El  queche  parecía  estar  colgando,  como  por  arte  de  magia,  a  mitad  de
camino en el interior de un embudo de vasta circunferencia y prodigiosa profundidad, cuyas
paredes, perfectamente lisas, hubieran podido creerse de ébano, a no ser por la asombrosa
velocidad con que giraban, y el lívido resplandor que despedían bajo los rayos de la luna,
que,  en  el  centro  de  aquella  abertura  circular  entre  las  nubes  a  que  he  aludido  antes,  se
derramaban en un diluvio gloriosamente áureo a lo largo de las negras paredes y se perdían
en las remotas profundidades del abismo.
»Al principio me sentí demasiado confundido para poder observar nada con precisión.
Todo lo que alcanzaba era ese estallido general de espantosa grandeza. Pero, al recobrarme
un  tanto,  mis  ojos  miraron  instintivamente  hacia  abajo.  Tenía  una  vista  completa  en  esa
dirección dada la forma en que el queche colgaba de la superficie inclinada del vórtice. Su
quilla  estaba  perfectamente  nivelada,  vale  decir  que  el  puente  se  hallaba  en  un  plano
paralelo al del agua, pero esta última se tendía formando un ángulo de más de cuarenta y
cinco  grados,  de  modo  que  parecía  como  si  estuviésemos  ladeados.  No  pude  dejar  de
observar,  sin  embargo,  que,  a  pesar  de  esta  situación,  no  me  era  mucho  más  difícil
mantenerme aferrado a mi puesto que si el barco hubiese estado a nivel; presumo que se
debía a la velocidad con que girábamos.
»Los rayos de la luna parecían querer alcanzar el fondo mismo del profundo abismo,
pero aun así no pude ver nada con suficiente claridad a causa de la espesa niebla que lo
envolvía  todo  y  sobre  la  cual  se  cernía  un  magnífico  arco  iris  semejante  al  angosto  y
bamboleante  puente  que,  según  los  musulmanes,  es  el  solo  paso  entre  el  Tiempo  y  la
Eternidad.  Aquella  niebla,  o  rocío,  se  producía  sin  duda  por  el  choque  de  las  enormes
paredes  del  embudo  cuando  se  encontraba  en  el  fondo;  pero  no  trataré  de  describir  el
aullido que brotaba del abismo para subir hasta el cielo.
»Nuestro primer deslizamiento en el pozo, a partir del cinturón de espumas de la parte
superior,  nos  había  hecho  descender  a  gran  distancia  por  la  pendiente;  sin  embargo,  la
continuación del descenso no guardaba relación con el anterior. Una y otra vez dimos la
vuelta, no con un movimiento uniforme sino entre vertiginosos balanceos y sacudidas, que
nos  lanzaban  a  veces  a  unos  cuantos  centenares  de  yardas,  mientras  otras  nos  hacían
completar casi el circuito del remolino. A cada vuelta, y aunque lento, nuestro descenso
resultaba perceptible.
»Mirando  en  torno  la  inmensa  extensión  de  ébano  líquido  sobre  la  cual  éramos  así
llevados, advertí que nuestra embarcación no era el único objeto comprendido en el abrazo
del  remolino.  Tanto  por  encima  como  por  debajo  de  nosotros  se  veían  fragmentos  de
embarcaciones, grandes pedazos de maderamen de construcción y troncos de árboles, así
como otras cosas más pequeñas, tales como muebles, cajones rotos, barriles y duelas. He
aludido ya a la curiosidad anormal que había reemplazado en mí el terror del comienzo. A
medida que me iba acercando a mi horrible destino parecía como si esa curiosidad fuera en
aumento. Comencé a observar con extraño interés los numerosos objetos que flotaban cerca
de  nosotros.  Debo  de  haber  estado  bajo  los  efectos  del  delirio,  porque  hasta  busqué
diversión  en  el  hecho  de  calcular  sus  respectivas  velocidades  en  el  descenso  hacia  la
espuma del fondo. “Ese abeto —me oí decir en un momento dado— será el que ahora se
precipite hacia abajo y desaparezca”; y un momento después me quedé decepcionado al ver
que  los  restos  de  un  navío  mercante  holandés  se  le  adelantaban  y  caían  antes.  Al  final,
después  de  haber  hecho  numerosas  conjeturas  de  esta  naturaleza,  y  haber  errado  todas,
ocurrió  que  el  hecho  mismo  de  equivocarme  invariablemente  me  indujo  a  una  nueva
reflexión, y entonces me eché a temblar como antes, y una vez más latió pesadamente mi corazón.
»No  era  el  espanto  el  que  así  me  afectaba,  sino  el  nacimiento  de  una  nueva  y
emocionante esperanza. Surgía en parte de la memoria y, en parte, de las observaciones que
acababa de hacer. Recordé la gran cantidad de restos flotantes que aparecían en la costa de
Lofoden  y  que  habían  sido  tragados  y  devueltos  luego  por  el  Moskoe-ström.  La  gran
mayoría de estos restos aparecía destrozada de la manera más extraordinaria; estaban como
frotados, desgarrados, al punto que daban la impresión de un montón de astillas y esquirlas.
Pero  al  mismo  tiempo  recordé  que  algunos  de  esos  objetos  no  estaban  desfigurados  en
absoluto. Me era imposible explicar la razón de esa diferencia, salvo que supusiera que los
objetos destrozados eran los que habían sido completamente absorbidos, mientras que los
otros habían penetrado en el remolino en un período más adelantado de la marea, o bien,
por alguna razón, habían descendido tan lentamente luego de ser absorbidos, que no habían
alcanzado a tocar el fondo del vórtice antes del cambio del flujo o del reflujo, según fuera el
momento. Me pareció posible, en ambos casos, que dichos restos hubieran sido devueltos
otra vez al nivel del océano, sin correr el destino de los que habían penetrado antes en el
remolino o habían sido tragados más rápidamente.
»Al mismo tiempo hice tres observaciones importantes. La primera fue que, por regla
general, los objetos de mayor tamaño descendían más rápidamente. La segunda, que entre
dos masas de igual tamaño, una esférica y otra de cualquier forma, la mayor velocidad de
descenso correspondía a la esfera. La tercera, que entre dos masas de igual tamaño, una de
ellas cilíndrica y la otra de cualquier forma, la primera era absorbida con mayor lentitud.
Desde que escapé de mi destino he podido hablar muchas veces sobre estos temas con un
viejo  preceptor  del  distrito,  y  gracias  a  él  conozco  el  uso  de  las  palabras  “cilindro”  y
“esfera”. Me explicó —aunque me he olvidado de la explicación— que lo que yo había
observado entonces era la consecuencia natural de las formas de los objetos flotantes, y me
mostró cómo un cilindro, flotando en un remolino, ofrecía mayor resistencia a su succión y
era  arrastrado  con  mucha  mayor  dificultad que cualquier otro objeto  del  mismo  tamaño,
cualquiera fuese su forma 4 .
»Había además un detalle sorprendente, que contribuía en gran medida a reformar estas
observaciones y me llenaba de deseos de verificarlas: a cada revolución de nuestra barca
sobrepasábamos  algún  objeto,  como  ser  un  barril,  una  verga  o  un  mástil.  Ahora  bien,
muchos  de  aquellos  restos,  que  al  abrir  yo  por  primera  vez  los  ojos  para  contemplar  la
maravilla del remolino, se encontraban a nuestro nivel, estaban ahora mucho más arriba y
daban la impresión de haberse movido muy poco de su posición inicial.
»No vacilé entonces en lo que debía hacer: resolví asegurarme fuertemente al barril del
cual me tenía, soltarlo de la bovedilla y precipitarme con él al agua. Llamé la atención de
mi  hermano  mediante  signos,  mostrándole  los  barriles  flotantes  que  pasaban  cerca  de
nosotros, e hice todo lo que estaba en mi poder para que comprendiera lo que me disponía a
hacer. Me pareció que al fin entendía mis intenciones, pero fuera así o no, sacudió la cabeza
con  desesperación,  negándose  a  abandonar  su  asidero  en  la  armella.  Me  era  imposible
llegar  hasta  él  y  la  situación  no  admitía  pérdida  de  tiempo.  Así  fue  como,  lleno  de
amargura, lo abandoné a su destino, me até al barril mediante las cuerdas que lo habían
sujetado a la bovedilla y me lancé con él al mar sin un segundo de vacilación.
»El resultado fue exactamente el que esperaba. Puesto que yo mismo le estoy haciendo
                                                         
4  Ver Arquímedes, De Incidentibus in Fluido, lib. 2.

este relato, por lo cual ya sabe usted que escapé sano y salvo, y además está enterado de
cómo me las arreglé para escapar, abreviaré el fin de la historia. Habría transcurrido una
hora o cosa así desde que hiciera abandono del queche, cuando lo vi, a gran profundidad,
girar terriblemente tres o cuatro veces en rápida sucesión y precipitarse en línea recta en el
caos de espuma del abismo, llevándose consigo a mi querido hermano. El barril al cual me
había  atado  descendió  apenas  algo  más  de  la  mitad  de  la  distancia  entre  el  fondo  del
remolino y el lugar desde donde me había tirado al agua, y entonces empezó a producirse
un gran cambio en el aspecto del vórtice. La pendiente de los lados del enorme embudo se
fue  haciendo  menos  y  menos  escarpada.  Las  revoluciones  del  vórtice  disminuyeron
gradualmente  su  violencia.  Poco  a  poco  fue  desapareciendo  la  espuma  y  el  arco  iris,  y
pareció  como  si  el  fondo  del  abismo  empezara  a  levantarse  suavemente.  El  cielo  estaba
despejado, no había viento y la luna llena resplandecía en el oeste, cuando me encontré en
la superficie del océano, a plena vista de las costas de Lofoden y en el lugar donde había
estado el remolino de Moskoe-ström. Era la hora de la calma, pero el mar se encrespaba
todavía en gigantescas olas por efectos del huracán. Fui impulsado violentamente al canal
del Ström, y pocos minutos más tarde llegaba a la costa, en la zona de los pescadores. Un
bote me recogió, exhausto de fatiga, y, ahora que el peligro había pasado, incapaz de hablar
a causa del recuerdo de aquellos horrores. Quienes me subieron a bordo eran mis viejos
camaradas y compañeros cotidianos, pero no me reconocieron, como si yo fuese un viajero
que retornaba del mundo de los espíritus. Mi cabello, negro como ala de cuervo la víspera,
estaba tan blanco como lo ve usted ahora. También se dice que la expresión de mi rostro ha
cambiado. Les conté mi historia... y no me creyeron. Se la cuento ahora a usted, sin mayor
esperanza  de  que  le  dé  más  crédito  del  que  le  concedieron  los  alegres  pescadores  de
Lofoden.»

El Corazón Delator


Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por
qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez
de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede
oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco,
entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi
historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero,
una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco
estaba  colérico.  Quería  mucho  al  viejo.  Jamás  me  había  hecho  nada  malo.  Jamás  me
insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo
semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba
en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a
matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En
cambio... ¡si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí!
¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más
amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía
yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la
abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada,
completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz y tras ella pasaba la cabeza.
¡Oh,  ustedes  se  hubieran  reído  al  ver  cuan  astutamente  pasaba  la  cabeza!  La  movía
lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una
hora  entera  introducir  completamente  la  cabeza  por  la  abertura  de  la  puerta,  hasta  verlo
tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces,
cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente...
¡oh,  tan  cautelosamente!  Sí,  cautelosamente  iba  abriendo  la  linterna  (pues  crujían  las
bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de
buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre
encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo
quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin
miedo  en  su  habitación  y  le  hablaba  resueltamente,  llamándole  por  su  nombre  con  voz
cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber
sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo
a mirarle mientras dormía.
Al  llegar  la  octava  noche,  procedí  con  mayor  cautela  que  de  costumbre  al  abrir  la
puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano.
Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad.
Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a
poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me
reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque le sentí moverse repentinamente en
la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su
cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y
seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló
en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando: —¿Quién está ahí?
Permanecí  inmóvil,  sin  decir  palabra.  Durante  una  hora  entera  no  moví  un  solo
músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado,
escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared
los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí  de  pronto  un  leve  quejido,  y  supe  que  era  el  quejido  que  nace  del  terror.  No
expresaba  dolor  o  pena...  ¡oh,  no!  Era  el  ahogado  sonido  que  brota  del  fondo  del  alma
cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a
las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso
eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba
sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí
que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había
tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: «No es más
que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez.» Sí, había tratado de
darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la
Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva y envolvía a su víctima. Y la fúnebre
influencia de aquella sombra imperceptible era la que le movía a sentir —aunque no podía
verla ni oírla—, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después  de  haber  esperado  largo  tiempo,  con  toda  paciencia,  sin  oír  que  volviera  a
acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice    —
no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado—, hasta que un
fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el
ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras le miraba.
Le vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta
el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por
un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No  les  he  dicho  ya  que  lo  que  toman  erradamente  por  locura  es  sólo  una  excesiva
agudeza  de  los  sentidos?  En  aquel  momento  llegó  a  mis  oídos  un  resonar  apagado  y
presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también
me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el
redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas sí respiraba. Sostenía la
linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el
haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía
cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía
que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he
dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella
antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin
embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía
cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva
ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo
había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación.
El  viejo  clamó  una  vez...  nada  más  que  una  vez.  Me  bastó  un  segundo  para  arrojarle  al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había
resultado  todo.  Pero,  durante  varios  minutos,  el  corazón  siguió  latiendo  con  un  sonido
ahogado.  Claro  que  no  me  preocupaba,  pues  nadie  podría  escucharlo  a  través  de  las
paredes.  Cesó,  por  fin,  de  latir.  El  viejo  había  muerto.  Levanté  el  colchón  y  examiné  el
cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la
mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo
no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las
astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo
cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté
la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco.
Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano —ni siquiera el
suyo—  hubiera  podido  advertir  la  menor  diferencia.  No  había  nada  que  lavar...  ninguna
mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había
recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando  hube  terminado  mi  tarea  eran  las  cuatro  de  la  madrugada,  pero  seguía  tan
oscuro  como  a  medianoche.  En  momentos  en  que  se  oían  las  campanadas  de  la  hora,
golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer
ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía.
Durante  la  noche,  un  vecino  había  escuchado  un  alarido,  por  lo  cual  se  sospechaba  la
posibilidad  de  algún  atentado.  Al  recibir  este  informe  en  el  puesto  de  policía,  habían
comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿que tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que
yo había lanzado aquel  grito  durante  una pesadilla. Les  hice saber  que  el  viejo  se  había
ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran,
a  que  revisaran  bien.  Finalmente,  acabé  conduciéndolos  a  la  habitación  del  muerto.  Les
mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de
mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí
de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en
el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.


Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte,
me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo
les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido
y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos;
pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía
resonando  y  era  cada  vez  más  intenso.  Hablé  en  voz  muy  alta  para  librarme  de  esa
sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al
fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin  duda,  debí  de  ponerme  muy  pálido,  pero  seguí  hablando  con  creciente  soltura  y
levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y qué podía yo? Era un resonar
apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón.
Yo  jadeaba,  tratando  de  recobrar  el  aliento,  y,  sin  embargo,  los  policías  no  habían  oído
nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me
puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones;
pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes  pasos,  como  si  las  observaciones  de  aquellos  hombres  me  enfurecieran;  pero  el
sonido  crecía  continuamente.  ¡Oh,  Dios!  ¿Qué  podía  hacer  yo?  Lancé  espumarajos  de
rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella
las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto...
más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo.
¿Era posible que no  oyeran?  ¡Santo  Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban!
¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero
cualquier  cosa  era  preferible  a  aquella  agonía!  ¡Cualquier  cosa  sería  más  tolerable  que
aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que
gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte...
más fuerte!
—¡Basta  ya  de  fingir,  malvados!  —aullé—.  ¡Confieso  que  lo  maté!  ¡Levanten  esos
tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!

El Retrato Oval


 El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza antes de permitir
que,  gravemente  herido  como  estaba,  pasara  yo  la  noche  al  aire  libre,  era  una  de  esas
construcciones  en  las  que  se  mezclan  la  lobreguez  y  la  grandeza,  y  que  durante  largo
tiempo  se  han  alzado  cejijuntas  en  los  Apeninos,  tan  ciertas  en  la  realidad  como  en  la
imaginación  de  Mrs.  Radcliffe.  Según  toda  apariencia,  el  castillo  había  sido  recién
abandonado,  aunque  temporariamente.  Nos  instalamos  en  uno  de  los  aposentos  más
pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones
eran ricas, pero ajadas y viejas. Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad
y  variedad  de  trofeos  heráldicos,  así  como  un  número  insólitamente  grande  de  vivaces
pinturas  modernas  en  marcos  con  arabescos  de  oro.  Aquellas  pinturas,  no  solamente
emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del
castillo  exigía,  despertaron  profundamente  mi  interés,  quizá  a  causa  de  mi  incipiente
delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento —pues era
ya de noche—, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi
lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la
cama.  Al  hacerlo  así  deseaba  entregarme,  si  no  al  sueño,  por  lo  menos  a  la  alternada
contemplación  de  las  pinturas  y  al  examen  de  un  pequeño  volumen  que  habíamos
encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.
Mucho,  mucho  leí...  e  intensa,  intensamente  miré.  Rápidas  y  brillantes  volaron  las
horas, hasta llegar la profunda medianoche. La posición del candelabro me molestaba, pero,
para no incomodar a mi amodorrado sirviente, alargué con dificultad la mano y lo coloqué
de manera que su luz cayera directamente sobre el libro.
El  cambio,  empero,  produjo  un  efecto  por  completo  inesperado.  Los  rayos  de  las
numerosas  bujías  (pues  eran  muchas)  cayeron  en  un  nicho  del  aposento  que  una  de  las
columnas del lecho había mantenido hasta ese momento en la más profunda sombra. Pude
ver así, vívidamente, una pintura que me había pasado inadvertida. Era el retrato de una
joven que empezaba ya a ser mujer. Miré presurosamente su retrato, y cerré los ojos. Al
principio  no  alcancé  a  comprender  por  qué  lo  había  hecho.  Pero  mientras  mis  párpados
continuaban  cerrados,  cruzó  por  mi  mente  la  razón  de  mi  conducta.  Era  un  movimiento
impulsivo a fin de ganar tiempo para pensar, para asegurarme de que mi visión no me había
engañado, para calmar y someter mi fantasía antes de otra contemplación más serena y más
segura. Instantes después volví a mirar fijamente la pintura.

Ya no podía ni quería dudar de que estaba viendo bien, puesto que el primer destello de
las  bujías  sobre  aquella  tela  había  disipado  la  soñolienta  modorra  que  pesaba  sobre  mis
sentidos, devolviéndome al punto a la vigilia.
Como ya he dicho, el retrato representaba a una mujer joven. Sólo abarcaba la cabeza y
los hombros, pintados de la manera que técnicamente se denomina vignette, y que se parece
mucho al estilo de las cabezas favoritas de Sully. Los brazos, el seno y hasta los extremos
del radiante cabello se mezclaban imperceptiblemente en la vaga pero profunda sombra que
formaba el fondo del retrato. El marco era oval, ricamente dorado y afiligranado en estilo
morisco. Como objeto de arte, nada podía ser más admirable que aquella pintura. Pero lo
que me había emocionado de manera tan súbita y vehemente no era la ejecución de la obra, ni la inmortal belleza del retrato. Menos aún cabía pensar que mi fantasía, arrancada de su
semisueño,  hubiera  confundido  aquella  cabeza  con  la  de  una  persona  viviente.
Inmediatamente vi que las peculiaridades del diseño, de la vignette y del marco tenían que
haber  repelido  semejante  idea,  impidiendo  incluso  que  persistiera  un  solo  instante.
Pensando intensamente en todo eso, quédeme tal vez una hora, a medias sentado, a medias
reclinado, con los ojos fijos en el retrato. Por fin, satisfecho del verdadero secreto de su
efecto, me dejé caer hacia atrás en el lecho. Había descubierto que el hechizo del cuadro
residía  en  una  absoluta  posibilidad  de  vida  en  su  expresión  que,  sobresaltándome  al
comienzo,  terminó  por  confundirme,  someterme  y  aterrarme.  Con  profundo  y  reverendo
respeto, volví a colocar el candelabro en su posición anterior. Alejada así de mi vista la
causa de mi honda agitación, busqué vivamente el volumen que se ocupaba de las pinturas
y su historia. Abriéndolo en el número que designaba al retrato oval, leí en él las vagas y
extrañas palabras que siguen:
«Era una virgen de singular hermosura, y tan encantadora como alegre. Aciaga la hora
en  que  vio  y  amó  y  desposó  al  pintor.  Él,  apasionado,  estudioso,  austero,  tenía  ya  una
prometida  en  el  Arte;  ella,  una  virgen  de  sin  igual  hermosura  y  tan  encantadora  como
alegre,  toda  luz  y  sonrisas,  y  traviesa  como  un  cervatillo;  amándolo  y  mimándolo,  y
odiando tan sólo al Arte, que era su rival; temiendo tan sólo la paleta, los pinceles y los
restantes  enojosos  instrumentos  que  la  privaban  de  la  contemplación  de  su  amante.  Así,
para  la  dama,  cosa  terrible  fue  oír  hablar  al  pintor  de  su  deseo  de  retratarla.  Pero  era
humilde y obediente, y durante muchas semanas posó dócilmente en el oscuro y elevado
aposento de la torre, donde sólo desde lo alto caía la luz sobre la pálida tela. Mas él, el
pintor, gloriábase de su trabajo, que avanzaba hora a hora y día a día. Y era un hombre
apasionado, violento y taciturno, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver
cómo esa luz que entraba lívida, en la torre solitaria, marchitaba la salud y la vivacidad de
su esposa, que se consumía a la vista de todos, salvo de la suya. Mas ella seguía sonriendo,
sin exhalar queja alguna, pues veía que el pintor, cuya nombradía era alta, trabajaba con un
placer fervoroso y ardiente, bregando noche y día para pintar a aquella que tanto le amaba y
que,  sin  embargo,  seguía  cada  vez  más  desanimada  y  débil.  Y,  en  verdad,  algunos  que
contemplaban  el  retrato  hablaban  en  voz  baja  de  su  parecido  como  de  una  asombrosa
maravilla, y una prueba tanto de la excelencia del artista como de su profundo amor por
aquella a quien representaba de manera tan insuperable. Pero, a la larga, a medida que el
trabajo se acercaba a su conclusión, nadie fue admitido ya en la torre, pues el pintor habíase
exaltado en el ardor de su trabajo y apenas si apartaba los ojos de la tela, incluso para mirar
el rostro de su esposa. Y no quería ver que los tintes que esparcía en la tela eran extraídos
de las mejillas de aquella mujer sentada a su lado. Y cuando pasaron muchas semanas y
poco quedaba por hacer, salvo una pincelada en la boca y un matiz en los ojos, el espíritu
de  la  dama  osciló,  vacilante  como  la  llama  en  el  tubo  de  la  lámpara.  Y  entonces  la
pincelada fue puesta y aplicado el matiz, y durante un momento el pintor quedó en trance
frente a la obra cumplida. Pero, cuando estaba mirándola, púsose pálido y tembló mientras
gritaba: “¡Ciertamente, ésta es la Vida misma!”, y volvióse de improviso para mirar a su
amada... ¡Estaba muerta!»

La Verdad sobre el caso del Señor Valdemar


De  ninguna  manera  me  parece  sorprendente  que  el  extraordinario  caso  del  señor 
Valdemar  haya  provocado  tantas  discusiones.  Hubiera  sido  un  milagro  que  ocurriera  lo 
contrario,  especialmente  en  tales  circunstancias.  Aunque  todos  los  participantes 
deseábamos mantener el asunto alejado del público —al menos por el momento, o hasta 
que  se  nos  ofrecieran  nuevas  oportunidades  de  investigación—,  a  pesar  de  nuestros 
esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió 
en  fuente  de  muchas  desagradables  tergiversaciones  y,  como  es  natural,  de  profunda 
incredulidad. 
El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos —en la medida en que me es 
posible comprenderlos—. Helos aquí sucintamente: 
Durante  los  últimos  años  el  estudio  del  hipnotismo  había  atraído  repetidamente  mi 
atención.  Hace  unos  nueve  meses,  se  me  ocurrió  súbitamente  que  en  la  serie  de 
experimentos  efectuados  hasta  ahora  existía  una  omisión  tan  curiosa  como  inexplicable: 
jamás  se  había  hipnotizado  a  nadie  in  articulo  mortis.  Quedaba  por  verse  si,  en  primer 
lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, 
en  caso  de  que  lo  fuera,  si  su  estado  aumentaría  o  disminuiría  dicha  susceptibilidad,  y 
tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la 
intrusión  de  la  muerte.  Quedaban  por  aclarar  otros  puntos,  pero  éstos  eran  los  que  más 
excitaban  mi  curiosidad,  sobre  todo  el  último,  dada  la  inmensa  importancia  que  podían 
tener sus consecuencias. 
Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos 
puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca 
Forensica  y  autor  (bajo  el  nom  de  plume  de  Issachar  Marx)  de  las  versiones  polacas  de 
Wallenstein  y  Gargantúa.  El  señor  Valdemar,  residente  desde  1839  en  Harlem,  Nueva 
York,  es  (o  era)  especialmente  notable  por  su  extraordinaria  delgadez,  tanto  que  sus 
extremidades  inferiores  se  parecían  mucho  a  las  de  John  Randolph,  y  también  por  la 
blancura  de  sus  patillas,  en  violento  contraste  con  sus  cabellos  negros,  lo  cual  llevaba  a 
suponer  con  frecuencia  que  usaba  peluca.  Tenía  un  temperamento  muy  nervioso,  que  le 
convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido 
sin  gran  trabajo,  pero  me  decepcionó  no  alcanzar  otros  resultados  que  su  especial 
constitución  me  había  hecho  prever.  Su  voluntad  no  quedaba  nunca  bajo  mi  entero 
dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que 
había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. 
Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso. El 
señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no 
cabe ni evitar ni lamentar. 
Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue 
que  acudiese  a  Valdemar.  Demasiado  bien  conocía  la  serena  filosofía  de  mi  amigo  para 
temer  algún  escrúpulo  de  su  parte;  por  lo  demás,  no  tenía  parientes  en  América  que 
pudieran  intervenir  para  oponerse.  Le  hablé  francamente  del  asunto  y,  para  mi  sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se 
había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que 
yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en 
que  sobrevendrá  la  muerte.  Convinimos,  pues,  en  que  me  mandaría  llamar  veinticuatro 
horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento. 
Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar: 


Estimado P...: 

Ya puede usted venir. D... y F... coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y 
me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud. 

Valdemar 

Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el 
dormitorio  del  moribundo.  No  le  había  visto  en  los  últimos  diez  días  y  me  aterró  la 
espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color 
plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se 
había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. 
Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda 
claridad,  tomó  algunos  calmantes  sin  ayuda  ajena  y,  en  el  momento  de  entrar  en  su 
habitación,  le  encontré  escribiendo  unas  notas  en  una  libreta.  Se  mantenía  sentado  en  el 
lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D... y E.. 
Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me 
explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón 
izquierdo  se  hallaba  en  un  estado  semióseo  o  cartilaginoso,  y,  como  es  natural,  no 
funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente 
osificado,  mientras  la  inferior  era  tan  sólo  una  masa  de  tubérculos  purulentos  que  se 
confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había 
producido  una  adherencia  permanente  a  las  costillas.  Todos  estos  fenómenos  del  lóbulo 
derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que 
un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable 
en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de 
la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos 
facultativos  opinaban  que  Valdemar  moriría  hacia  la  medianoche  del  día  siguiente  (un 
domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado. 
Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D... y 
F... se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a 
mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente. 
Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me 
referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e 
incluso  ansioso  por  llevarlo  a  cabo,  y  me  pidió  que  comenzara  de  inmediato.  Dos 
enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a 
llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad 
en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la 
noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento 
(el señor Theodore L...l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes 
pedidos  de  Valdemar  y  luego  por  mi  propia  convicción  de  que  no  había  un  minuto  que 
perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente. 
El señor L...l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de 
todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma 
condensada o verbatim.  
Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, 
le  pedí  que  manifestara  con  toda  la  claridad  posible,  en  presencia  de  L...l,  que  estaba 
dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba. 
Débil,  pero  distintamente,  el  enfermo  respondió:  «Sí,  quiero  ser  hipnotizado», 
agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.» 
Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían 
sido  más  efectivos  con  él.  Sentía  indudablemente  la  influencia  del  primer  movimiento 
lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible 
lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores 
D...  y  F...,  tal  como  lo  habían  prometido.  En  pocas  palabras  les  expliqué  cuál  era  mi 
intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya 
en  agonía,  continué  sin  vacilar,  cambiando,  sin  embargo,  los  pases  laterales  por  otros 
verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto. 
A  esta  altura  su  pulso  era  imperceptible  y  respiraba  entre  estertores,  a  intervalos  de 
medio minuto. 
Esta  situación  se  mantuvo  sin  variantes  durante  un  cuarto  de  hora.  Al  expirar  este 
período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del 
pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de 
percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los 
mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas. 
A  las  once  menos  cinco,  advertí  inequívocas  señales  de  influencia  hipnótica.  La 
vidriosa  mirada  de  los  ojos  fue  reemplazada  por  esa  expresión  de  intranquilo  examen 
interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. 
Mediante  unos  rápidos  pases  laterales  hice  palpitar  los  párpados,  como  al  acercarse  el 
sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin 
embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi 
voluntad,  hasta  que  hube  logrado  la  completa  rigidez  de  los  miembros  del  durmiente,  a 
quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas 
estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los 
flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada. 
Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el 
estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en 
un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se 
había despertado en sumo grado. El doctor D... decidió pasar toda la noche a la cabecera del 
paciente,  mientras  el  doctor  F...  se  marchaba,  con  promesa  de  volver  por  la  mañana 
temprano. L...l y los enfermeros se quedaron. 
Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en 
que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F...; vale 
decir,  yacía  en  la  misma  posición  y  su  pulso  era  imperceptible.  Respiraba  sin  esfuerzo, 
aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos 
estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte. 
Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que 
siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de 
experimento  jamás  había  logrado  buen  resultado  con  Valdemar,  pero  ahora,  para  mi 
estupefacción,  vi  que  su  brazo,  débil  pero  seguro,  seguía  todas  las  direcciones  que  le 
señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo. 
—Valdemar..., ¿duerme usted? —pregunté. 
No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la 
pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se 
levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los 
labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras: 
—Sí... ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así! 
Palpé  los  miembros,  encontrándolos  tan  rígidos  como  antes.  Volví  a  interrogar  al 
hipnotizado: 
—¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar? 
La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior: 
—No sufro... Me estoy muriendo. 
No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta 
la  llegada  del  doctor  F...,  que  arribó  poco  antes  de  la  salida  del  sol  y  se  quedó 
absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de 
tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual 
accedí. 
—Valdemar —dije—. ¿Sigue usted durmiendo? 
Como  la  primera  vez,  pasaron  unos  minutos  antes  de  lograr  respuesta,  y  durante  el 
intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta 
repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró: 
—Sí... Dormido... Muriéndome. 
La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su 
actual  estado  de  aparente  tranquilidad  hasta  que  la  muerte  sobreviniera,  cosa  que,  según 
consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez 
más, limitándome a repetir mi pregunta anterior. 
Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los 
ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió 
una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos 
hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se 
apagaron  bruscamente.  Empleo  estas  palabras  porque  lo  instantáneo  de  su  desaparición 
trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el 
labio  superior  se  replegó,  dejando  al  descubierto  los  dientes  que  antes  cubría 
completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, 
dejando  la  boca  abierta  de  par  en  par  y  revelando  una  lengua  hinchada  y  ennegrecida. 
Supongo  que  todos  los  presentes  estaban  acostumbrados  a  los  horrores  de  un  lecho  de 
muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo 
un movimiento general de retroceso. 
Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá 
movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo. 
El  más  imperceptible  signo  de  vitalidad  había  cesado  en  Valdemar;  seguros  de  que 
estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente durante un 
minuto.  Al  cesar,  de  aquellas  abiertas  e  inmóviles  mandíbulas  brotó  una  voz  que  sería 
insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle 
parcialmente:  puedo  decir,  por  ejemplo,  que  su  sonido  era  áspero  y  quebrado,  así  como 
hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha 
percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo —según lo pensé en el 
momento y lo sigo pensando—, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar 
alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros 
oídos  (por  lo  menos  a  los  míos)  desde  larga  distancia,  o  desde  una  caverna  en  la 
profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará 
imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido 
del tacto. 
He  hablado  al  mismo  tiempo  de  «sonido»  y  de  «voz».  Quiero  decir  que  el  sonido 
consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor 
Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por 
mí  unos  minutos  antes.  Como  se  recordará,  le  había  preguntado  si  seguía  durmiendo.  Y 
ahora escuché: 
—Sí... No... Estuve durmiendo... y ahora... ahora... estoy muerto. 
Ninguno  de  los  presentes  pretendió  siquiera  negar  ni  reprimir  el  inexpresable, 
estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. 
L...l,  el  estudiante,  cayó  desvanecido.  Los  enfermeros  escaparon  del  aposento  y  fue 
imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias 
impresiones  al  lector.  Durante  una  hora,  silenciosos,  sin  pronunciar  una  palabra,  nos 
esforzamos por reanimar a L...l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el 
estado de Valdemar. 
Seguía,  en  todo  sentido,  como  lo  he  descrito  antes,  salvo  que  el  espejo  no 
proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el 
brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle 
seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora 
el  movimiento  vibratorio  de  la  lengua  cada  vez  que  volvía  a  hacer  una  pregunta  a 
Valdemar.  Se  diría  que  trataba  de  contestar,  pero  que  carecía  ya  de  voluntad  suficiente. 
Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque 
me esforcé por poner  a  cada  uno  de  los presentes en relación hipnótica con  el paciente. 
Creo  que  con  esto  he  señalado  todo  lo  necesario  para  que  se  comprenda  cuál  era  la 
condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la 
mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L...l. 
Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos 
un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la 
conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, 
la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso 
hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos seria 
su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento. 
Desde este momento hasta fines de la semana pasada —vale decir, casi siete meses— 
continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por 
médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente 
como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente. 
Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo: probablemente el lamentable resultado  del mismo  es  el que ha dado lugar a 
tanta  discusión  en  los  círculos  privados  y  a  una  opinión  pública  que  no  puedo  dejar  de 
considerar como injustificada. 
A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De 
entrada  resultaron  infructuosos.  La  primera  indicación  de  un  retorno  a  la  vida  lo 
proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso 
de  la  pupila  iba  acompañado  de  un  abundante  flujo  de  icor  amarillento,  procedente  de 
debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido. Alguien me sugirió que 
tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. 
Entonces el doctor F... expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las 
siguientes palabras: 
—Señor Valdemar... ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea? 
Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, 
o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron 
rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir: 
—¡Por  amor  de  Dios...  pronto...  pronto...  hágame  dormir...  o  despiérteme...  pronto... 
despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto! 
Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. 
Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de 
la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto 
me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que 
todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente. 
Pero  lo  que  realmente  ocurrió  fue  algo  para  lo  cual  ningún  ser  humano  podía  estar 
preparado. 
Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! 
¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, 
bruscamente  todo  su  cuerpo,  en  el  espacio  de  un  minuto,  o  aún  menos,  se  encogió,  se 
deshizo... se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó 
más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...