viernes, 14 de julio de 2017

El Entierro Prematuro

Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de
una  obra  de  ficción.  El  mero  escritor  romántico  debe  evitarlos  si  no  desea  ofender  o
desagradar. Sólo se los usa con propiedad cuando lo severo y lo majestuoso de la verdad los
santifican  y  los  sostienen.  Nos  estremecemos  con  el  más  intenso  de  los  «dolores
agradables» ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de
Londres y de la matanza de San Bartolomé, o la asfixia de los ciento veintitrés prisioneros
en el Pozo Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la
historia. Como invenciones nos inspirarían simple aversión.
He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la
historia; pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que con
tanta vivacidad impresiona la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y
horripilante  catálogo  de  miserias  humanas,  podría  haber  elegido  muchos  ejemplos
individuales  más  llenos  de  sufrimiento  esencial  que  cualquiera  de  estos  vastos  desastres
generales.  La  verdadera  desgracia,  el  infortunio  por  esencia,  es  particular,  no  difuso.
¡Agradezcamos  a  Dios  misericordioso  que  los  horribles  extremos  de  agonía  sean
soportados por el hombre solo y nunca por el hombre en masa!
Ser  enterrado  vivo  es,  fuera  de  toda  discusión,  el  más  terrible  de  los  extremos  que
jamás  haya  caído  en  suerte  al  simple  mortal.  Que  ha  caído  con  frecuencia,  con  mucha
frecuencia, nadie capaz de pensar lo negará. Los límites que separan la Vida de la Muerte
son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y
dónde  empieza  la  otra?  Sabemos  que  hay  enfermedades  en  las  cuales  se  produce  una
cesación total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, esa cesación es una
simple  suspensión  para  darle  su  justo  nombre.  Hay  tan  sólo  pausas  temporarias  en  el
incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto
pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas de hechicería. La cuerda de
plata  no  estaba  suelta  para  siempre,  ni  irreparablemente  roto  el  vaso  de  oro.  Pero,
entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
Sin  embargo,  fuera  de  la  inevitable  conclusión  a  priori  de  que  tales  causas  deben
producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso deben provocar
naturalmente, una y otra vez, prematuros entierros, fuera de esta consideración tenemos el
testimonio  directo  de  la  experiencia  médica  y  vulgar  para  probar  que  realmente  un  gran
número  de  estas  inhumaciones  se  lleva  a  cabo.  Yo  podría  referir  de  inmediato,  si  fuera
necesario,  cien  ejemplos  bien  probados.  Uno  de  características  muy  notables,  y  cuyas
circunstancias quizá se conserven frescas todavía en la memoria de algunos de mis lectores,
aconteció  no  hace  mucho  en  la  vecina  ciudad  de  Baltimore,  donde  provocó  una  penosa,
intensa  y  dilatada  conmoción.  La  mujer  de  uno  de  los  más  respetables  ciudadanos  —
abogado  eminente  y  miembro  del  Consejo—  fue  atacada  por  una  súbita  e  inexplicable
enfermedad que burló el ingenio de sus médicos. Después de mucho padecer murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, a decir verdad, ni había razón para sospechar, que no
estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro
tenía  el  habitual  contorno  contraído,  sumido.  Los  labios  mostraban  la  habitual  palidez
marmórea.  Los  ojos  carecían  de  brillo.  Faltaba  el  calor.  Las  pulsaciones  habían  cesado. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
El  funeral,  en  suma,  fue  apresurado  a  causa  del  rápido  avance  de  lo  que  se  supuso  era
descomposición.
La señora fue depositada en la bóveda familiar, que permaneció cerrada durante los tres
años siguientes. Al expirar este plazo fue abierta para la recepción de un sarcófago; mas,
¡ah!,  ¡qué  espantoso  choque  aguardaba  al  marido  cuando  abrió  en  persona  la  puerta!  Al
empujar los batientes, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el
esqueleto de su mujer con la mortaja todavía puesta.
Una  cuidadosa  investigación  brindó  la  evidencia  de  que  había  revivido  dos  días
después de su sepultura; que su lucha dentro del ataúd había provocado la caída de éste
desde un nicho o estante al suelo, y que al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció
vacía una lámpara que había quedado accidentalmente llena de aceite dentro de la tumba;
quizá  se  hubiera  agotado,  sin  embargo,  por  evaporación.  En  el  peldaño  superior  de  la
escalera que descendía a la espantosa cámara había un gran fragmento del ataúd, con el
cual, según las apariencias, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta
de hierro. Mientras lo hacía, probablemente, se desmayó o quizá murió de puro terror, y al
caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que se proyectaba hacia adentro. Allí
quedó y así se pudrió, erecta.
En  el  año  1810  hubo  en  Francia  un  caso  de  inhumación  prematura,  rodeado  de
circunstancias que justifican ampliamente el aserto de que la verdad es más extraña que la
ficción.  La  heroína  de  la  historia  era  mademoiselle  Victorine  Lafourcade,  una  joven  de
ilustre familia, rica y de gran belleza. Entre sus numerosos cortejantes se contaba Julien
Bossuet,  un  pobre  littérateur  o  periodista  de  París.  Su  talento  y  su  afabilidad  general  lo
habían señalado a la atención de la heredera, quien parecía haberse enamorado realmente de
él,  pero  su  orgullo  de  casta  la  decidió,  por  último,  a  rechazarlo  y  a  casarse  con  un  tal
monsieur Renelle, banquero  y  diplomático de  cierta  distinción.  Después  del  matrimonio,
este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a maltratarla de hecho. Después de pasar
juntos  algunos  años  desdichados,  ella  murió;  por  lo  menos,  su  estado  semejaba  tanto  la
muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue inhumada no en una bóveda, sino en una
tumba  común,  en  su  aldea  natal.  Lleno  de  desesperación,  y  todavía  inflamado  por  el
recuerdo  de  su  profundo  cariño,  el  enamorado  viaja  de  la  capital  a  la  remota  provincia
donde  se  encuentra  la  aldea,  con  el  propósito  romántico  de  desenterrar  el  cuerpo  y
apoderarse  de  sus  exuberantes  trenzas.  Llega  a  la  tumba.  A  medianoche  desentierra  el
ataúd,  lo  destapa  y,  en  el  momento  de  desprender  el  cabello,  lo  detienen  los  ojos  de  la
amada,  que  se  abren.  La  mujer  había  sido  enterrada  viva.  La  vitalidad  no  había
desaparecido  del  todo,  y  las  caricias  del  enamorado  la  despertaron  del  letargo  que  fuera
equivocadamente tomado por la muerte. El joven la llevó frenético a su alojamiento en la
aldea. Empleó ciertos poderosos reconstituyentes aconsejados por no pocos conocimientos
médicos. Al fin, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que, lenta y
gradualmente, recobró toda su salud. Su corazón no era empedernido, y esta última lección
de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió más junto a su marido;
ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos
regresaron a Francia, persuadidos de que el tiempo había cambiado tanto la apariencia de la
señora  que  sus  amigos  no  podrían  reconocerla.  Pero  se  equivocaron,  pues  al  primer
encuentro  monsieur  Renelle  reconoció,  efectivamente,  a  su  mujer  y  la  reclamó.  Ella
rechazó  el  reclamo  y  el  tribunal  la  apoyó,  resolviendo  que  las  peculiares  circunstancias,
junto con el largo lapso transcurrido, habían abolido, no sólo desde el punto de vista de la equidad, sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algunos
libreros americanos harían bien en traducir y editar, relata en uno de los últimos números
un suceso muy penoso que presenta las características en cuestión.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y robusta salud, fue derribado
por un caballo indomable, recibiendo una contusión muy fuerte en la cabeza que en seguida
le hizo perder el sentido. Tenía una ligera fractura de cráneo, pero sin peligro inmediato. La
trepanación se realizó con éxito. Se le practicó una sangría y se adoptaron otros muchos
métodos comunes de alivio. Pero cayó gradualmente en un sopor cada vez más grave y, por
último, se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos.
Sus funerales se realizaron un día jueves. El domingo siguiente frecuentaban el cementerio,
como  de  costumbre,  numerosos  visitantes  cuando,  alrededor  de  mediodía,  se  produjo  un
gran revuelo provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la
tumba del oficial, sintió claramente una conmoción en la tierra, como si alguien estuviera
luchando  debajo.  Al  principio  nadie  prestó  atención  a  las  palabras  del  hombre,  pero  su
evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia tuvieron, al fin, naturales
efectos  sobre  la  multitud.  Algunos  consiguieron  de  inmediato  unas  palas,  y  la  tumba,
vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó ver la cabeza de
su  ocupante.  Daba  la  impresión  de  estar  muerto,  pero  aparecía  casi  sentado  dentro  del
ataúd, cuya tapa, en una furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Fue llevado en seguida al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en
estado de asfixia. Después de algunas horas reaccionó, reconoció a sus amigos y, con frases
entrecortadas, habló de sus angustias en el sepulcro.
A través de su relato resultó claro que la víctima debía haber conservado conciencia de
la vida durante más de una hora después de la inhumación, hasta perder el sentido. La fosa
había sido llenada descuidadamente con una tierra muy porosa, sin apisonarla, y así le llegó
algo de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y trató a su vez de hacerse oír. El
tumulto en el interior de la tierra, dijo, fue lo que pareció despertarlo de un profundo sueño,
pero apenas despierto comprendió el espantoso horror de su estado.
Este  paciente,  según  se  dice,  iba  mejorando  y  parecía  encaminado  hacia  un
restablecimiento  definitivo,  cuando  sucumbió  víctima  del  charlatanismo  de  la
experimentación médica. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos
paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien
conocido y muy extraordinario, donde su acción brindó la manera de volver a la vida a un
joven abogado de Londres que estuviera enterrado durante dos días. Esto ocurrió en 1831, y
en el momento causó profunda sensación en todas partes donde fue tema de conversación.
El  paciente,  Mr.  Edward  Stapleton,  había  muerto  aparentemente  de  fiebre  tifus,
acompañada  de  algunos  síntomas  anómalos  que  excitaron  la  curiosidad  de  sus  médicos.
Después de su aparente deceso, se solicitó a los amigos una autorización para un examen
post  mortem, pero éstos se negaron  a  permitirlo.  Como sucede con frecuencia ante tales
negativas, los médicos resolvieron desenterrar el cuerpo y disecarlo a gusto, en privado. Se
hicieron fáciles arreglos con algunos de los numerosos ladrones de cadáveres que abundan
en  Londres,  y  la  tercera  noche  después  de  la  inhumación  el  supuesto  cadáver  fue
desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en la sala operatoria
de un hospital privado. Al  practicarse  una  incisión  de  cierta  longitud  en  el  abdomen,  el  aspecto  fresco  e
incorrupto  del  sujeto  sugirió  la  conveniencia  de  aplicar  la  batería.  Se  hicieron  sucesivos
experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada peculiar en ningún sentido, salvo, en
una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor que la ordinaria en la acción convulsiva.
Era tarde. Estaba por amanecer y se juzgó oportuno, al fin, proceder de inmediato a la
disección. Pero uno de los estudiantes tenía especiales deseos de probar una teoría propia e
insistió en la aplicación de la batería a uno de los músculos pectorales. Después de practicar
una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hasta el centro del
recinto, miró extrañado a su alrededor unos instantes y entonces... habló. Lo que dijo fue
ininteligible, pero pronunció unas palabras; el silabeo era claro. Después de hablar, cayó
pesadamente al suelo.
Por  un  momento  todos  quedaron  paralizados  de  espanto,  pero  la  urgencia  del  caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que Mr. Stapleton estaba vivo, aunque en
síncope. Después de administrársele éter revivió y recobró rápidamente la salud, retornando
a  la  sociedad  de  sus  amigos,  a  quienes  se  ocultó,  sin  embargo,  toda  noticia  de  su
resurrección hasta que ya no hubo peligro de una recaída. Es de imaginar la maravilla de
aquéllos y su arrobado asombro.
La nota más espeluznante de este incidente se encuentra, sin embargo, en lo que afirma
el mismo Mr. Stapleton. Declara que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un
modo oscuro y confuso percibía lo que le estaba ocurriendo desde el momento en que fuera
declarado  muerto  por  los  médicos  hasta  aquel  en  que  cayó  desmayado  sobre  el  piso  del
hospital. «Estoy vivo», fueron las palabras incomprensibles que, después de reconocer la
sala de disección, había intentado en su apuro proferir.
Sería cosa fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo porque, en realidad,
no  nos  hacen  falta  para  sentar  el  hecho  de  que  se  producen  entierros  prematuros.  Al
reflexionar en las muy raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad
de conocerlos, debemos de admitir que han de ocurrir frecuentemente sin que lo sepamos.
En  realidad,  rara  vez  se  ha  removido  con  cierta  extensión  un  cementerio,  por  cualquier
motivo,  sin  que  aparecieran  esqueletos  en  posturas  que  insinúan  la  más  horrible  de  las
sospechas.
¡Horrible, sí, la sospecha, pero más horrible el destino! Puede asegurarse sin vacilación
que ningún suceso se presta tan terriblemente como la inhumación antes de la muerte para
llevar al colmo de la angustia física y mental. La intolerable opresión de los pulmones, las
sofocantes  emanaciones  de  la  tierra  húmeda,  las  vestiduras  fúnebres  que  se  adhieren,  el
rígido abrazo de la morada estrecha, la negrura de la noche absoluta, el silencio como un
mar abrumador, la invisible pero palpable presencia del vencedor gusano, estas cosas, junto
con los recuerdos del aire y la hierba que crecen arriba, la memoria de los amigos queridos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca
podrán enterarse de él, de que nuestra suerte desesperanzada es la de los muertos de verdad,
estas  consideraciones,  digo,  llevan  al  corazón  aún  palpitante  a  un  grado  de  espantoso  e
intolerable horror, ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan
angustioso en la Tierra, no podemos pensar en nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tópico tienen un interés profundo;
interés  que,  sin  embargo,  en  el  sagrado  espanto  del  tópico  mismo,  depende  justa  y
específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar
ahora es mi propio conocimiento real, mí experiencia efectiva y personal. Durante  varios  años  sufrí  accesos  de  ese  singular  trastorno  que  los  médicos  se  han
puesto de acuerdo en llamar catalepsia, a falta de un nombre más definitivo. Aunque tanto
las  causas  inmediatas  como  las  predisposiciones  y  aun  el  diagnóstico  real  de  esta
enfermedad  siguen  siendo  misteriosos,  su  carácter  evidente  y  manifiesto  es  de  sobra
conocido. Las variaciones parecen serlo especialmente de grado. A veces el paciente yace
sólo un día, o un período aún más breve, en una especie de exagerado letargo. Está privado
de conocimiento y aparentemente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente, quedan algunas huellas de calor, una ligera coloración se demora en el centro
de las mejillas y, aplicando un espejo a los labios, podemos descubrir una torpe, desigual y
vacilante  actividad  de  los  pulmones.  Otras  veces  el  trance  dura  semanas  y  aun  meses,
mientras  el  examen  más  minucioso  y  las  más  rigurosas  pruebas  médicas  no  logran
establecer  ninguna  distinción  material  entre  el  estado  del  paciente  y  lo  que  concebimos
como muerte absoluta. Muy a menudo lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que lo
sabían  ya  atacado  de  catalepsia,  y  la  consiguiente  sospecha,  pero  sobre  todo  lo  salva  su
apariencia  incorrupta.  La  enfermedad  avanza,  por  fortuna,  gradualmente.  Las  primeras
manifestaciones,  aunque  marcadas,  son  inequívocas.  Los  ataques  son  cada  vez  más
característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la seguridad principal en
cuanto a la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera el carácter grave que en
ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente depositado vivo en la tumba.
Mi caso difería en características sin importancia de los mencionados en los libros de
medicina.  A  veces,  sin  ninguna  causa  aparente,  me  sumía  poco  a  poco  en  un  estado  de
semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad para moverme o para
hablar  o  pensar,  pero  con  una  confusa  conciencia  letárgica  de  vida  y  de  la  presencia  de
aquellos que rodeaban mi lecho, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía,
de improviso, el perfecto conocimiento. Otras veces el acceso era rápido, fulminante. Me
sentía  enfermo,  aterido,  helado,  con  vértigo  y,  de  pronto,  caía  postrado.  Entonces  todo
estaba vacío semanas enteras, y negro, silencioso, y la nada se convertía en el universo. La
total aniquilación no podía ser mayor. De estos últimos ataques despertaba, sin embargo, en
una lenta gradación comparada con la instantaneidad del acceso. Así como amanece el día
para  el  mendigo  sin  casa  y  sin  amigos,  para  el  que  rueda  por  las  calles  en  la  larga  y
desolada noche de invierno, así, tan tardía, tan cansada, tan alegre volvía a mí la luz del
Alma.
Pero, fuera de la tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera
advertido  que  sufría  tal  enfermedad  a  menos  que  una  peculiaridad  de  mi  sueño  pudiera
considerarse como provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar de inmediato
la posesión de mis sentidos y permanecía siempre durante algunos minutos en un estado de
extravío y perplejidad, pues las facultades mentales en general y la memoria en especial se
hallaban en absoluta suspensión.
En  todos  mis  padecimientos  no  había  sufrimiento  físico,  sino  una  infinita  angustia
moral. Mi imaginación se tornó macabra. Hablaba «de gusanos, de tumbas, de epitafios».
Me perdía en ensueños de muerte, y la idea del entierro prematuro poseía permanentemente
mi espíritu. El horrible peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante
el  primero,  la  tortura  de  la  meditación  era  excesiva;  durante  la  segunda,  era  suprema.
Cuando  las  torvas  tinieblas  se  extendían  sobre  la  Tierra,  entonces,  presa  de  los  más
horrendos  pensamientos,  temblaba,  temblaba  como  los  trémulos  penachos  de  la  carroza
fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no podía soportar la vigilia, luchaba antes de consentir en
dormirme, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, al fin, me hundía en el sueño, era sólo para precipitarme de pronto en
un mundo de fantasmas sobre el cual se cernía con sus vastas, negras alas tenebrosas, la
única, la sepulcral Idea.
De las innumerables imágenes lúgubres que me oprimían en sueños elijo para mi relato
una visión solitaria. Soñé que había caído en trance cataléptico de duración y profundidad
mayores que las habituales. De pronto una mano helada se posó en mi frente y una voz
impaciente, farfullante, susurró en mi oído:« ¡Levántate! »
Me senté. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado.
No podía traer a la memoria ni el período durante el cual había caído en trance, ni el lugar
donde yacía ahora. Mientras permanecía inmóvil, intentando reunir mis pensamientos, la
fría mano me aferró con fuerza de la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz
farfullante decía de nuevo:
—¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras?
—Y tú—pregunté—, ¿quién eres?
—No tengo nombre en las regiones donde habito—replicó la voz, plañidera—. Fui un
hombre y soy un demonio. Soy implacable, pero digno de lástima. Tú has de sentir que me
estremezco. Me rechinan los dientes mientras hablo y, sin embargo, no es por el frío de la
noche,  de  la  noche  sin  fin.  Pero  este  horror  es  insoportable.  ¿Cómo  puedes  tú  dormir
tranquilo? No me dejan descansar los gritos de esas grandes agonías. Estos espectáculos
son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior y deja que
te muestre las tumbas. ¿No es éste un espectáculo de dolor? ¡Contempla!
Miré, y la figura invisible que seguía aferrándome la muñeca hizo abrir las tumbas de
toda  la  humanidad,  y  de  cada  una  salían  las  débiles  irradiaciones  fosfóricas  de  la
putrefacción, de modo que pude ver en sus más recónditos escondrijos, y el espectáculo de
los  cuerpos  amortajados  en  su  triste  y  solemne  sueño  con  el  gusano.  Pero,  ¡ay!,  los
verdaderos durmientes eran menos, entre muchos millones, que aquellos que no dormían, y
había una débil lucha, y había un triste desasosiego general, y de las profundidades de los
innúmeros  pozos  salía  el  melancólico  frotar  de  las  vestiduras  de  los  enterrados.  Y  entre
aquellos que parecían reposar tranquilos vi gran número que había cambiado, en mayor o
menor grado, la rígida e incómoda posición en que habían sido originariamente sepultos. Y
la voz me dijo de nuevo, mientras yo miraba:
—¿No es, acaso, ¡ah!, no es, acaso, un lastimoso espectáculo?
Pero  antes  de  que  hallara  palabras  para  replicarle,  la  figura  dejó  de  aferrarme  la
muñeca,  las  luces  fosforescentes  se  extinguieron  y  las  tumbas  se  cerraron  con  súbita
violencia, mientras de ellas brotaba un tumulto de gritos desesperados que repetían: «¿No
es acaso, ¡oh Dios!, no es acaso un espectáculo lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia
aun  a  mis  horas  de  vigilia.  Mis  nervios  se  trastornaron  y  fui  presa  de  perpetuo  horror.
Vacilaba en cabalgar, en caminar o practicar cualquier ejercicio que me apartara de casa.
En realidad, ya no me atrevía a confiar en mí mismo fuera de la inmediata presencia de
aquellos  que  conocían  mi  propensión  a  la  catalepsia,  por  miedo  de  que,  en  uno  de  mis
habituales ataques, me enterraran antes de que se determinara mi verdadero estado. Dudaba
del cuidado, de la fidelidad de mis amigos más queridos. Me asustaba pensar que, en un
trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que no tenía remedio. Llegaba a
temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar cualquier
ataque  muy  prolongado  como  excusa  suficiente  para  librarse  de  mí  definitivamente.  En
vano  trataban  de  tranquilizarme  con  las  más  solemnes  promesas.  Les  exigía,  por  los juramentos  más  sagrados,  que  en  ninguna  circunstancia  me  enterraran  hasta  que  la
descomposición material estuviera tan avanzada que impidiese toda conservación. Y aun
entonces  mis  terrores  mortales  no  atendían  a  ninguna  razón,  no  aceptaba  consuelo.
Comencé  una  serie  de  laboriosas  precauciones.  Entre  otras  cosas  mandé  rehacer  de  tal
manera  la  bóveda  familiar,  que  era  posible  abrirla  fácilmente  desde  el  interior.  La  más
ligera presión de una larga palanca que se extendía dentro de la cripta bastaba para abrir
rápidamente los portales de hierro. También estaba prevista la libre admisión de aire y luz,
y  adecuados  receptáculos  para  alimentos  y  agua,  al  alcance  del  ataúd  preparado  para
recibirme. Este ataúd estaba forrado con un material cálido y suave y provisto de una tapa
elaborada según el principio de la puerta de la bóveda, con el añadido de resortes ideados
de tal modo que el más débil movimiento del cuerpo hubiera sido suficiente para soltarla.
Además de todo esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana cuya soga (estaba
previsto) entraría por un agujero en el ataúd, siendo atada a una de las manos del cadáver.
Mas, ¡ay!, ¿de qué sirve la vigilancia contra el Destino del hombre? ¡Ni siquiera esas bien
urdidas seguridades bastaban para librar de las más extremadas angustias de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó  una  época  —como  ya  había  ocurrido  a  menudo—  en  que  me  encontré  a  mí
mismo emergiendo de una total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de
existencia. Lentamente, con gradación de tortuga, se acercaba el alba gris, pálida, del día
psíquico.  Un  desasosiego  aletargado.  Una  sensación  apática  de  dolor  sordo.  Ninguna
preocupación,  ninguna  esperanza,  ningún  esfuerzo.  Después  de  un  largo  intervalo,  un
retintín  en  los  oídos;  luego,  tras  un  lapso  aún  más  largo,  una  sensación  de  hormigueo  o
comezón  en  las  extremidades;  luego,  un  período  aparentemente  eterno  de  placentera
quietud,  durante  el  cual  las  sensaciones  que  despiertan  luchan  por  convertirse  en
pensamientos; luego, otra breve zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado, e inmediatamente después, un choque eléctrico
de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes de las sienes al corazón. Y
entonces el primer esfuerzo positivo por pensar. Y entonces el primer intento de recordar. Y
entonces  un  éxito  parcial  y  evanescente.  Y  entonces  la  memoria  ha  recobrado  tanto  su
dominio,  que  en  cierta  medida  tengo  conciencia  de  mi  estado.  Siento  que  no  estoy
despertando de un sueño ordinario. Recuerdo que he padecido de catalepsia. Y entonces,
por fin, como si fuera la embestida de un océano, abruma mi alma estremecida el único
peligro horrendo, la única idea espectral, siempre dominante.
Durante unos minutos, ya poseído por esta fantasía, permanecí inmóvil. ¿Y por qué?
No  podía  reunir  valor  para  moverme.  No  me  atrevía  a  hacer  el  esfuerzo  que  había  de
tranquilizarme sobre mi destino, y, sin embargo, algo en el corazón me susurraba que era
seguro.  La  desesperación  —tal  como  ninguna  otra  desdicha  produce—,  sólo  la
desesperación me apremió, después de una larga duda, a levantar los pesados párpados. Los
levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Supe que el ataque había terminado. Supe que la crisis
de  mi  trastorno  había  pasado  ya.  Supe  que  había  recobrado  el  uso  de  mis  facultades
visuales, y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, con la intensa y total capacidad de la
Noche que dura para siempre.

Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivos, pero ninguna
voz brotó de los cavernosos pulmones que, oprimidos como por el peso de una montaña,
jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El  movimiento  de  las  mandíbulas  en  el  esfuerzo  por  gritar  me  mostró  que  estaban
atadas, como se hace habitualmente con los muertos. Sentí también que yacía sobre una sustancia áspera y que algo similar, a los costados, me estrechaba. Hasta ese momento no
me había atrevido a mover ninguno de los miembros, pero entonces levanté violentamente
los brazos que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Golpearon una sustancia sólida,
leñosa, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no pude
dudar de que reposaba al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de mi infinita desgracia, vino dulcemente la Esperanza, como un
querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí y ejecuté espasmódicos conatos para
forzar la tapa; no se movía. Me palpé las muñecas en busca de la soga: no la encontré. Y así
la Consoladora huyó para siempre y una desesperación aún más vehemente reinó triunfal,
pues no podía menos de advertir la ausencia de las almohadillas que había preparado tan
cuidadosamente, y entonces llegó de improviso a mis narices el fuerte y peculiar olor de la
tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la bóveda. Había caído en trance
fuera  de  mi  casa,  entre  extraños,  dónde  y  cómo  no  podía  recordarlo,  y  ellos  me  habían
enterrado como a un perro, metido en un ataúd común claveteado, y arrojado a lo profundo,
en lo profundo y para siempre, de alguna tumba ordinaria, anónima.
Cuando esta horrible convicción se abrió paso en las más íntimas estancias de mi alma,
luché  una  vez  más  por  gritar.  Y  este  segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje grito
continuo, un alarido de agonía resonó en los ámbitos de la noche subterránea.
—Vamos, vamos, ¿qué es eso?—dijo una voz áspera, en respuesta.
—¿Qué diablos pasa ahora?—dijo un segundo.
—¡Fuera de ahí! —exclamó un tercero.
—¿Por qué aúlla de esa manera, como si fuese un gato montés?—dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos muy rústicos me sujetaron y me sacudieron sin ceremonias.
No  me  despertaron  de  mi  sueño,  pues  estaba  bien  despierto  cuando  grité,  pero  me
devolvieron a la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurría cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo me
había internado, en una expedición de caza, varias millas abajo a orillas del río James. Se
acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa
anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos brindó el único abrigo disponible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las
dos  únicas  literas;  no  hace  falta  describir  las  literas  de  una  chalupa  de  sesenta  o  setenta
toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Su ancho era de dieciocho pulgadas.
La distancia entre el fondo y la cubierta era precisamente la misma. Me resultó dificilísimo
introducirme  en  ella.  Sin  embargo  dormí  profundamente  y  toda  mi  visión,  pues  no  era
sueño  ni  pesadilla,  surgió  naturalmente  de  las  circunstancias  de  mi  posición,  del  giro
habitual  de  mis  pensamientos  y  de  la  dificultad,  a la  cual  he  aludido, de  concentrar  mis
sentidos y especialmente de recobrar la memoria durante largo tiempo después de despertar
de un sueño. Los hombres que me sacudieron eran la tripulación de la chalupa y algunos
jornaleros contratados para cargarla. De la carga misma procedía el olor a tierra. La venda
alrededor de las mandíbulas era un pañuelo de seda con el cual me había atado la cabeza a
falta de mi acostumbrado gorro de dormir.
Las  torturas  sufridas  fueron  indudablemente  iguales  en  aquel  momento  a  las  de  la
verdadera sepultura. Eran espantosas, de un horror inconcebible; pero del Mal procede el
Bien,  porque  su  mismo  exceso  provocó  en  mi  espíritu  una  inevitable  reacción.  Mi  alma
adquirió vigor, adquirió temple. Viajé al extranjero. Hice vigorosos ejercicios. Respiré el
aire  libre  del  cielo.  Pensé  en  otros  temas  que  la  muerte.  Dejé  a  un  lado  mis  libros  de
medicina. Quemé a Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En poco tiempo me convertí en un hombre
nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre
mis aprensiones sepulcrales, y con ellas se desvanecieron los trastornos catalépticos, de los
cuales fueran, quizá, menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste
humanidad puede cobrar la apariencia del infierno, pero la imaginación del hombre no es
Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores
sepulcrales no puede considerarse totalmente imaginaria, pero, como los Demonios en cuya
compañía Afrasiab realizó su viaje por el Oxus, deben dormir o nos devorarán, debemos
permitirles el sueño, o pereceremos.

El demonio de la perversidad


En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana
los  frenólogos  han  olvidado  una  tendencia  que,  aunque  evidentemente  existe  como  un
sentimiento  radical,  primitivo,  irreductible,  los  moralistas  que  los  precedieron  también
habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por
alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta
de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido
pensar  en  ella,  simplemente  por  su  gratuidad.  No  creímos  que  esa  tendencia  tuviera
necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es
decir,  aunque  la  noción  de  este  primum  mobile  se  hubiese  introducido por  sí  misma,  no
podíamos  entender  de  qué  modo  era  capaz  de  actuar  para  mover  las  cosas  humanas,  ya
temporales, ya eternas. No es posible negar que  la  frenología,  y  en  gran  medida  toda  la
metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que
piensa  o  el  que  observa,  se  ponen  a  imaginar  designios  de  Dios,  a  dictarle  propósitos.
Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre
estas  intenciones  sus  innumerables  sistemas  mentales.  En  materia  de  frenología,  por
ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que entre
los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a
éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual
la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido
que  la  voluntad  de  Dios  quiere  que  el  hombre  propague  la  especie,  descubrimos
inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la
idealidad,  la  casualidad,  la  constructividad,  en  una  palabra,  con  todos  los  órganos  que
representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en
este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o
sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir en principio los pasos de sus
predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del
hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador. 
Hubiera  sido  más  prudente,  hubiera  sido  más  seguro  fundar  nuestra  clasificación
(puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo
que siempre hace ocasionalmente,  en  cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios
pretende obligarle a hacer. Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo
lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no
podemos  entenderlo  en  sus  criaturas  objetivas,  ¿cómo  hemos  de  comprenderlo  en  sus
tendencias esenciales y en las fases de la creación?
La  inducción  a  posteriori  hubiera  llevado  a  la  frenología  a  admitir,  como  principio
innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a
falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin
motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o,
si  esto  se  considera  una  contradicción  en  los  términos,  podemos  llegar  a  modificar  la
proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos
actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna
más  fuerte.  Para  ciertos  espíritus,  en  ciertas  condiciones  llega  a  ser  absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación o el
error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos
impele a su prosecución. Esta invencible tendencia  a  hacer  el  mal  por  el  mal  mismo  no
admitirá  análisis  o  resolución  en  ulteriores  elementos.  Es  un  impulso  radical,  primitivo,
elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros actos porque sabemos que no
deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una modificación de la que comúnmente
provoca la combatividad de la frenología. Pero una mirada mostrará la falacia de esta idea.
La  combatividad,  a  la  cual  se  refiere  la  frenología,  tiene  por  esencia  la  necesidad  de
autodefensa.  Es  nuestra  salvaguardia  contra  todo  daño.  Su  principio  concierne  a  nuestro
bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al mismo tiempo que su desarrollo. Se
sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al mismo tiempo por algún principio que
será una simple modificación de la combatividad, pero en el caso de esto que llamamos
perversidad el deseo de estar bien no sólo no se manifiesta, sino que existe un sentimiento
fuertemente antagónico.
Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la sofistería
que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las
preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical. No es más
incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún período no lo
haya  atormentado,  por  ejemplo,  un  vehemente  deseo  de  torturar  a  su  interlocutor  con
circunloquios.  El  que  habla  advierte  el  desagrado  que  causa;  tiene  toda  la  intención  de
agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y más luminoso
lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y lamenta la cólera
de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que puede engendrar esa
cólera  con  ciertos  incisos  y  ciertos  paréntesis.  Este  solo  pensamiento  es  suficiente.  El
impulso  crece  hasta  el  deseo,  el  deseo  hasta  el  anhelo,  el  anhelo  hasta  un  ansia
incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las
consecuencias) es consentida.
Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la
demora  será  ruinosa.  La  crisis  más  importante  de  nuestra  vida  exige,  a  grandes  voces,
energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea,
y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser
emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y ¿por qué? No hay respuesta,
salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio.
El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con nuestro deber,
pero  con  este  verdadero  aumento  de  ansiedad  llega  también  un  indecible  anhelo  de
postergación realmente  espantosa  por  lo insondable.  Este anhelo cobra  fuerzas  a  medida
que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra mano. Nos
estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido, de la sustancia
con  la  sombra.  Pero  si  la  contienda  ha  llegado  tan  lejos,  la  sombra  es  la  que  vence,
luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al mismo tiempo
es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela, desaparece, somos
libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!
Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo.
Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En
lenta  graduación,  nuestro  malestar  y  nuestro  vértigo  se  confunden  en  una  nube  de
sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra forma, como el
vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho más terrible que
cualquier  genio  o  demonio  de  leyenda,  y,  sin  embargo,  es  sólo  un  pensamiento,  aunque
temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror.
Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones durante la veloz caída desde
semejante  altura.  Y  esta  caída,  esta  fulminante  aniquilación,  por  la  simple  razón  de  que
implica  la  más  espantosa  y  la  más  abominable  entre  las  más  espantosas  y  abominables
imágenes  de  la  muerte  y  el  sufrimiento  que  jamás  se  hayan  presentado  a  nuestra
imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y porque nuestra razón
nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu. No hay
en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al
borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante cualquier atisbo de
pensamiento significa la perdición inevitable, pues la reflexión no hace sino apremiarnos
para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un
brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos
arrojamos, nos destruimos.
Examinemos  estas  acciones  y  otras  similares:  encontraremos  que  resultan  sólo  del
espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no deberíamos
hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible, y podríamos en verdad
considerar su perversidad como una instigación directa del demonio si no supiéramos que a
veces actúa en fomento del bien.
He  hablado  tanto  que  en  cierta  medida  puedo  responder  a  vuestra  pregunta,  puedo
explicaros  por  qué  estoy  aquí,  puedo  mostraros  algo  que  tendrá  por  lo  menos  una  débil
apariencia  de  justificación  de  estos  grillos  y  esta  celda  de  condenado  que  ocupo.  Si  no
hubiera sido tan prolijo, o no me hubierais comprendido, o, como la chusma, me hubierais
considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables víctimas
del demonio de la perversidad.
Es  imposible  que  acción  alguna  haya  sido  preparada  con  más  perfecta  deliberación.
Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil planes porque su
realización  implicaba  una  chance  de  ser  descubierto.  Por  fin,  leyendo  algunas  memorias
francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida a madame Pilau por
obra  de  una  vela  accidentalmente  envenenada.  La  idea  impresionó  de  inmediato  mi
imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la cama. Sabía también
que  su  habitación  era  pequeña  y  mal  ventilada.  Pero  no  necesito  fatigaros  con  detalles
impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el
candelero  de  su  dormitorio,  la  vela  que  allí  encontré  por  otra  de  mi  fabricación.  A  la
mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del coroner fue: «Muerto
por la voluntad de Dios.»
Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó por
mi  cerebro  la  idea  de  ser  descubierto.  Yo  mismo  hice  desaparecer  los  restos  de  la  bujía
fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera hacerme
sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción que nacía
en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período muy largo
me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer más real que
las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le sucedió, por fin, una
época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi imperceptible, a convertirse
en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva. Apenas podía librarme de ella
por  momentos.  Es  harto  común  que  nos  fastidie  el  oído,  o  más  bien  la  memoria,  el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases triviales de una ópera. El
martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena o el aria de ópera meritoria.
Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando en mi seguridad y repitiendo
en voz baja la frase: «Estoy a salvo».
Un  día,  mientras  vagabundeaba  por  las  calles,  me  sorprendí  en  el  momento  de
murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di
esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar
abiertamente.»
No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi corazón.
Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he explicado
no  sin  cierto  esfuerzo)  y  recordaba  que  en  ningún  caso  había  resistido  con  éxito  sus
embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para confesar el
asesinato  del  cual  era  culpable  se  enfrentaba  conmigo  como  la  verdadera  sombra  de  mi
asesinado y me llamaba a la muerte.
Al  principio  hice  un  esfuerzo  para  sacudir  esta  pesadilla  de  mi  alma.  Caminé
vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un deseo
enloquecedor  de  gritar  con  todas  mis  fuerzas.  Cada  ola  sucesiva  de  mi  pensamiento  me
abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi situación,
era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles atestadas. Al
fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino.
Si hubiera podido arrancarme la lengua, lo habría hecho, pero una voz ruda resonó en mis
oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca para respirar.
Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego, sordo, aturdido; y
entonces algún demonio invisible —pensé— me golpeó con su ancha palma en la espalda.
El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.
Dicen  que  hablé  con  una  articulación  clara,  pero  con  marcado  énfasis  y  apasionada
prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero densas frases que
me entregaban al verdugo y al infierno.
Después  de  relatar  todo  lo  necesario  para  la  plena  acusación  judicial,  caí  por  tierra
desmayado.
Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré libre!
Pero, ¿dónde?

miércoles, 5 de julio de 2017

Un cuento de las Montañas Escabrosas


Durante  el  otoño  del  año  1827,  mientras  residía  cerca  de  Charlottesville  (Virginia),
trabé relación por casualidad con Mr. Augustus Bedloe. Este joven caballero era notable en
todo  sentido  y  despertó  en  mí  un  interés  y  una  curiosidad  profundos.  Me  resultaba
imposible comprenderlo tanto en lo físico como en lo moral. De su familia no pude obtener
informes  satisfactorios.  Nunca  averigüé  de  dónde  venía.  Aun  en  su  edad  —si  bien  lo
califico  de  joven  caballero—  había  algo  que  me  desconcertaba  no  poco.  Seguramente
parecía joven, y se complacía en hablar de su juventud; mas había momentos en que no me
hubiera  costado  mucho  atribuirle  cien  años  de  edad.  Pero  nada  más  peculiar  que  su
apariencia  física.  Era  singularmente  alto  y  delgado,  muy  encorvado.  Tenía  miembros
excesivamente largos y descarnados, la frente ancha y alta, la tez absolutamente exangüe, la
boca grande y flexible, y los dientes más desparejados, aunque sanos, que jamás he visto en
una cabeza humana. La expresión de su sonrisa, sin embargo, en modo alguno resultaba
desagradable,  como  podía  suponerse;  pero  era  absolutamente  invariable.  Tenía  una
profunda melancolía, una tristeza uniforme, constante. Sus ojos eran de tamaño anormal,
grandes  y  redondos,  como  los  del  gato.  También  las  pupilas  con  cualquier  aumento  o
disminución de luz sufrían una contracción o una dilatación como la que se observa en la
especie  felina.  En  momentos  de  excitación  le  brillaban  los  ojos  hasta  un  punto  casi
inconcebible;  parecían  emitir  rayos  luminosos,  no  de  una  luz  reflejada,  sino  intrínseca,
como una bujía, como el sol; pero por lo general tenía un aspecto tan apagado, tan velado y
opaco, que evocaban los ojos de un cadáver largo tiempo enterrado.
Estas características físicas parecían causarle mucha molestia y continuamente aludía a
ellas  en  un  tono  en  parte  explicativo,  en  parte  de  disculpa,  que  la  primera  vez  me
impresionó penosamente. Pronto, sin embargo, me acostumbré a él y mi incomodidad se
desvaneció. Parecía proponerse más bien insinuar, sin afirmarlo de modo directo, que su
aspecto físico no había sido siempre el de ahora, que una larga serie de ataques neurálgicos
lo  habían  reducido  de  una  belleza  mayor  de  la  común  a  eso  que  ahora  yo  contemplaba.
Hacía mucho tiempo que le atendía un médico llamado Templeton, un viejo caballero de
unos  setenta  años,  a  quien  conociera  en  Saratoga  y  cuyos  cuidados  le  habían
proporcionado,  o  por  lo  menos  así  lo  pensaba,  gran  alivio.  El  resultado  fue  que  Bedloe,
hombre  rico,  había  hecho  un  arreglo  con  el  doctor  Templeton,  por  el  cual  este  último,
mediante  un  generoso  pago  anual,  consintió  en  consagrar  su  tiempo  y  su  experiencia
médica al cuidado exclusivo del enfermo.
El  doctor  Templeton  había  viajado  mucho  en  sus  tiempos  juveniles,  y  en  París  se
convirtió, en gran medida, a las doctrinas de Mesmer. Por medio de curas magnéticas había
logrado aliviar los agudos dolores de su paciente, que, movido por este éxito, sentía cierto
grado  natural  de  confianza  en  las  opiniones  en  las  cuales  se  fundaba  el  tratamiento.  El
doctor,  sin  embargo,  como  todos  los  fanáticos,  había  luchado  encarnizadamente  por
convertir  a  su  discípulo,  y  al  fin  consiguió  inducirlo  a  que  se  sometiera  a  numerosos
experimentos. Con la frecuente repetición de éstos logró un resultado que en los últimos
tiempos se ha vulgarizado hasta el punto de llamar poco o nada la atención, pero que en el
período al cual me refiero era apenas conocido en América. Quiero decir que entre el doctor
Templeton  y  Bedloe  se  había  establecido  poco  a  poco  un  rapport  muy  definido  y  muy intenso,  una relación  magnética.  No  estoy en condiciones de asegurar,  sin  embargo,  que
este rapport se extendiera más allá de los límites del simple poder de provocar sueño; pero
el  poder  en  sí  mismo  había  alcanzado  gran  intensidad.  El  primer  intento  de  producir
somnolencia magnética  fue  un  absoluto fracaso para  el  mesmerista.  El  quinto  o  el  sexto
tuvo  un  éxito  parcial,  conseguido  después  de  largo  y  continuado  esfuerzo.  Sólo  en  el
duodécimo  el  triunfo  fue  completo.  Después  de  éste  la  voluntad  del  paciente  sucumbió
rápidamente a la del médico, de modo que, cuando los conocí, el sueño se producía casi de
inmediato  por  la  simple  voluntad  del  operador,  aun  cuando  el  enfermo  no  estuviera
enterado de su presencia. Sólo ahora, en el año 1845, cuando se comprueban diariamente
miles de milagros similares, me atrevo a referir esta aparente imposibilidad como un hecho
tan cierto como probado.
El temperamento de Bedloe era sensitivo, excitable y exaltado en el más alto grado. Su
imaginación  se  mostraba  singularmente  vigorosa  y  creadora,  y  sin  duda  sacaba  fuerzas
adicionales  del  uso  habitual  de  la  morfina,  que  ingería  en  gran  cantidad  y  sin  la  cual  le
hubiera resultado imposible vivir. Era su costumbre tomar una dosis muy grande todas las
mañanas inmediatamente después del desayuno, o más bien después de una taza de café
cargado, pues no comía nada antes de mediodía, y luego salía, solo o acompañado por un
perro, en un largo paseo por la cadena de salvajes y sombrías colinas que se alzan hacia el
suroeste de Charlottesville y son honradas con el título de Montañas Escabrosas.
Un día oscuro, caliente, neblinoso de fines de noviembre, durante el extraño interregno
de las estaciones que en Norteamérica se llama verano indio, Mr. Bedloe partió, como de
costumbre, hacia las colinas. Transcurrió el día, y no volvió.
A eso de las ocho de la noche, ya seriamente alarmados por su prolongada ausencia,
estábamos a punto de salir en su busca, cuando apareció de improviso, en un estado no peor
que el habitual, pero más exaltado que de costumbre. Su relato de la expedición y de los
acontecimientos que lo habían detenido fue en verdad singular.
«—Recordarán ustedes —dijo— que eran alrededor de las nueve de la mañana cuando
salí de Charlottesville. De inmediato dirigí mis pasos hacia las montañas y, a eso de las
diez, entré en una garganta completamente nueva para mí. Seguí los recodos de este paso
con gran interés. El paisaje que se veía por doquiera, aunque apenas digno de ser llamado
imponente, presentaba un indescriptible y para mí delicioso aspecto de lúgubre desolación.

La soledad parecía absolutamente virgen. No pude menos de pensar que aquel verde césped
y aquellas rocas grises nunca habían sido holladas hasta entonces por pies humanos. Tan
absoluto  era  su  apartamiento  y  en  realidad  tan  inaccesible  —salvo  por  una  serie  de
accidentes— la entrada del barranco, que no es nada imposible que yo haya sido el primer
aventurero, el primerísimo y único aventurero que penetró en sus reconditeces.
»La espesa y peculiar niebla o humo que caracteriza al verano indio y que ahora flota,
pesada, sobre todos los objetos, servía sin duda para ahondar la vaga impresión que esos
objetos creaban. Tan densa era esta agradable bruma, que en ningún momento pude ver a
más de doce yardas en el sendero que tenía delante. Este sendero era sumamente sinuoso y,
como no se podía ver el sol, pronto perdí toda idea de la dirección en que andaba. Entre
tanto  la  morfina  obró  su  efecto  acostumbrado:  el  de  dotar  a  todo  el  mundo  exterior  de
intenso interés. En el temblor de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma
de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del
viento, en los suaves olores que salían del bosque había todo un universo de sugestión, una
alegre y abigarrada serie de ideas fragmentarias desordenadas.
»Absorto,  caminé  durante  varias  horas,  durante  las  cuales  la  niebla  se  espesó  a  mi alrededor hasta tal punto que al fin me vi obligado a buscar a tientas el camino. Y entonces
una  indescriptible  inquietud  se  adueñó  de  mí,  una  especie  de  vacilación  nerviosa,  de
temblor.  Temí  caminar,  no  fuera  a  precipitarme  en  algún  abismo.  Recordaba,  además,
extrañas  historias  sobre  esas  Montañas  Escabrosas,  sobre  una  raza  extraña  y  fiera  de
hombres que ocupaban sus bosquecillos y sus cavernas. Mil fantasías vagas me oprimieron
y desconcertaron, fantasías más afligentes por ser vagas. De improviso detuvo mi atención
el fuerte redoble de un tambor.
»Mi  asombro  fue  por  supuesto  extremado.  Un  tambor  en  esas  colinas  era  algo
desconocido.  No  podía  sorprenderme  más  el  sonido  de  la  trompeta  del  Arcángel.  Pero
entonces surgió una fuente de interés y de perplejidad aún más sorprendente. Se oyó un
extraño son de cascabel o campanilla, como de un manojo de grandes llaves, y al instante
pasó como una exhalación, lanzando un alarido, un hombre semidesnudo de rostro atezado.
Pasó tan cerca que sentí su aliento caliente en la cara. Llevaba en una mano un instrumento
compuesto por un conjunto de aros de acero, y los sacudía vigorosamente al correr. Apenas
había  desaparecido  en  la  niebla  cuando,  jadeando  tras  él,  con  la  boca  abierta  y  los  ojos
centelleantes,  se  precipitó  una  enorme  bestia.  No  podía  equivocarme  acerca  de  su
naturaleza. Era una hiena.
»La  vista  de  este  monstruo,  en  vez  de  aumentar  mis  terrores  los  alivió,  pues  ahora
estaba  seguro  de  que  soñaba,  e  intenté  despertarme.  Di  unos  pasos  hacia  adelante  con
audacia,  con  vivacidad.  Me  froté  los  ojos.  Grité.  Me  pellizqué  los  brazos.  Un  pequeño
manantial  se  presentó  ante  mi  vista  y  entonces,  deteniéndome,  me  mojé  las  manos,  la
cabeza y el cuello. Esto pareció disipar las sensaciones equívocas que hasta entonces me
perturbaran.  Me  enderecé,  como  lo  pensaba, convertido en un  hombre  nuevo  y  proseguí
tranquilo y satisfecho mi desconocido camino.
»Al fin, extenuado por el ejercicio y por cierta opresiva cerrazón de la atmósfera, me
senté bajo un árbol. En ese momento llegó un pálido resplandor de sol y la sombra de las
hojas del árbol cayó débil pero definida sobre la hierba. Pasmado, contemplé esta sombra
durante varios minutos. Su forma me dejó estupefacto. Miré hacia arriba. El árbol era una
palmera.
»Entonces  me  levanté  apresuradamente  y  en  un  estado  de  terrible  agitación,  pues  la
suposición de que estaba soñando ya no me servía. Vi, comprendí que era perfectamente
dueño  de  mis  sentidos,  y  estos  sentidos  brindaban  a  mi  alma  un  mundo  de  sensaciones
nuevas y singulares. El calor tornóse de pronto intolerable. La brisa estaba cargada de un
extraño olor. Un murmullo bajo, continuo, como el que surge de un río crecido pero que
corre suavemente, llegó a mis oídos, mezclado con el susurro peculiar de múltiples voces
humanas.
»Mientras escuchaba en el colmo de un asombro que no necesito describir, una fuerte y
breve ráfaga de viento disipó la niebla oprimente como por obra de magia.
»Me  encontré  al  pie  de  una  alta  montaña  y  mirando  una  vasta  llanura  por  la  cual
serpeaba un majestuoso río. A orillas de este río había una ciudad de apariencia oriental,
como  las  que  conocemos  por  las  Mil  y  una  noches,  pero  más  singular  aún  que  las  allí
descritas. Desde mi posición, a un nivel mucho más alto que el de la ciudad, podía percibir
cada  rincón  y  escondrijo  como  si  estuviera  delineado  en  un  mapa.  Las  calles  parecían
innumerables  y  se  cruzaban  irregularmente  en  todas  direcciones,  pero  eran  más  bien
pasadizos  sinuosos  que  calles,  y  bullían  de  habitantes.  Las  casas  eran  extrañamente
pintorescas.  A  cada  lado  había  profusión  de  balcones,  galerías,  torrecillas,  templetes  y
minaretes fantásticamente tallados. Abundaban los bazares, y había un despliegue de ricas mercancías  en  infinita  variedad  y  abundancia:  sedas,  muselinas,  la  cuchillería  más
deslumbrante, las joyas y gemas más espléndidas. Además de estas cosas se veían por todas
partes  estandartes  y  palanquines,  literas  con  majestuosas  damas  rigurosamente  veladas,
elefantes  con  gualdrapas  suntuosas,  ídolos  grotescamente  tallados,  tambores,  pendones,
gongos,  lanzas,  mazas  doradas  y  argentinas.  Y  en  medio  de  la  multitud,  el  clamor,  el
enredo,  la  confusión  general,  en  medio  del  millón  de  hombres  blancos  y  amarillos  con
turbantes  y  túnicas  y  barbas  caudalosas,  vagaba  una  innumerable  cantidad  de  toros
sagrados,  mientras  vastas  legiones  de  asquerosos  monos  también  sagrados  trepaban,
parloteando y chillando, a las cornisas de las mezquitas, o se colgaban de los minaretes y de
las  torrecillas.  De  las  hormigueantes  calles  bajaban  a  las  orillas  del  río  innumerables
escaleras  que  llegaban  a  los  baños,  mientras  el  río  mismo  parecía  abrirse  paso  con
dificultad a través de las grandes flotas de navíos muy cargados que se amontonaban a lo
largo y a lo ancho de su superficie. Más allá de los límites de la ciudad se levantaban, en
múltiples grupos majestuosos, la palmera y el cocotero, y otros gigantescos y misteriosos
árboles añosos, y aquí y allá podía verse un arrozal, alguna choza campesina con techo de
paja,  un  aljibe,  un  templo  perdido,  un  campamento  gitano,  o  una  solitaria  y  graciosa
doncella encaminándose, con un cántaro sobre la cabeza, hacia las orillas del magnifico río.
«Ustedes dirán ahora, por supuesto, que yo soñaba; pero no es así. Lo que vi, lo que oí, lo
que sentí, lo que pensé, nada tenía de la inequívoca idiosincrasia del sueño. Todo poseía
una  consistencia  rigurosa  y  propia.  Al  principio,  dudando  de  estar  realmente  despierto,
inicié  una  serie  de  pruebas  que  pronto  me  convencieron  de  que,  en  efecto,  lo  estaba.
Cuando  uno  sueña  y  en  el  sueño  sospecha  que  sueña,  la  sospecha  nunca  deja  de
confirmarse y el durmiente se despierta de inmediato. Por eso Novalis no se equivoca al
decir que “estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos”. Si hubiera tenido
esta visión tal como la describo, sin sospechar que era un sueño, entonces podía haber sido
un sueño; pero habiéndose producido así, y siendo, como lo fue, objeto de sospechas y de
pruebas, me veo obligado a clasificarla entre otros fenómenos.»
—En esto no estoy seguro de que se equivoque —observó el doctor Templeton—, pero
continúe. Usted se levantó y descendió a la ciudad.
«—Me  levanté  —continuó  Bedloe  mirando  al  doctor  con  un  aire  de  profundo
asombro—, me levanté como usted dice y descendí a la ciudad. En el camino encontré una
inmensa multitud que atestaba las calles y se dirigía en la misma dirección, dando muestras
en  todos  sus  actos  de  la  más  intensa  excitación.  De  pronto,  y  por  algún  impulso
inconcebible, experimenté un fuerte interés personal en lo que estaba sucediendo. Sentía
que debía desempeñar un importante papel, sin saber exactamente cuál. La multitud que me
rodeaba,  sin  embargo,  me  inspiró  un  profundo  sentimiento  de  animosidad.  Me  aparté
bruscamente,  deprisa,  por  un  sendero  tortuoso,  llegué  a  la  ciudad  y  entré.  Todo  era  allí
tumulto,  contienda.  Un  pequeño  grupo  de  hombres  vestidos  con  ropas  semiindias,
semieuropeas, y comandado por caballeros de uniforme en parte británico, combatían en
desventaja con la bullente chusma de las callejuelas. Me uní a la parte más débil, con las
armas  de  un  oficial  caído,  y  luché  no  sé  contra  quién,  con  la  nerviosa  ferocidad  de  la
desesperación. Pronto fuimos vencidos por el número y buscamos refugio en una especie de
quiosco. Allí nos atrincheramos y por un momento estuvimos seguros. Desde una aspillera
cerca  del  pináculo  del  quiosco  vi  una  vasta  multitud,  en  furiosa  agitación,  rodeando  y
asaltando un alegre palacio que dominaba el río. Entonces, desde una ventana superior de
ese palacio bajó un personaje, de aspecto afeminado, valiéndose de una cuerda hecha con
los turbantes de sus sirvientes. Cerca había un bote, en el cual huyó a la orilla opuesta del río.
»Y entonces un nuevo propósito se apoderó de mi espíritu. Dije unas pocas palabras
apresuradas pero enérgicas a mis compañeros y, logrando ganar a algunos para mi causa,
hice  una  frenética  salida  desde  el  quiosco.  Nos  precipitamos  entre  la  multitud  que  lo
rodeaba. Al principio ésta se retiró a nuestro paso. Volvió a unirse, luchó enloquecida, se
retiró  de  nuevo.  Entretanto  nos  habíamos  alejado  del  quiosco  y  nos  extraviamos  y
confundimos en las estrechas calles de casas altas, salientes, en cuyas profundidades el sol
nunca  había  podido  brillar.  La  canalla  presionó  impetuosa  contra  nosotros,  acosándonos
con sus lanzas y abrumándonos a flechazos. Las flechas eran muy curiosas, algo parecidas
al sinuoso cris malayo. Imitaban el cuerpo de una serpiente ondulada y eran largas y negras,
con púa  envenenada.  Una  de  ellas  me  hirió en la sien  derecha. Me  tambaleé  y  caí.  Una
instantánea y espantosa náusea me invadió. Me debatí, jadeando, hasta morir.»
—No puede usted insistir ahora —dije, sonriendo— en que toda su aventura no fue un
sueño. No se dispondrá a sostener que está muerto, ¿verdad?
Al  decir  estas  palabras  esperaba  de  parte  de  Bedloe  alguna  vivaz  salida  a  modo  de
réplica; pero, para asombro mío, vaciló, tembló, se puso terriblemente pálido y permaneció
silencioso. Miré a Templeton. Estaba rígido y erecto en su silla, daba diente con diente y
los ojos se le salían de las órbitas.
—¡Continúe! —dijo por fin con voz ronca.
—Durante  varios  minutos  —prosiguió  Bedloe—  mi  único  sentimiento,  mi  única
sensación fue de oscuridad, de nada, junto con la conciencia de la muerte. Por fin mi alma
pareció  sufrir  un  violento  y  repentino  choque,  como  de  electricidad.  Con  él  apareció  la
sensación de elasticidad y de luz. Sentí la luz, no la vi. Por un instante me pareció que me
levantaba del suelo. Pero no tenía presencia corpórea, ni visible, ni audible, ni palpable. La
multitud  se  había  marchado.  El  tumulto  había  cesado.  La  ciudad  se  hallaba  en  relativo
reposo. Abajo yacía mi cadáver con la flecha en la sien, la cabeza enormemente hinchada y
desfigurada.  Pero  todas  estas  cosas  las  sentí,  no  las  vi.  Nada  me  interesaba.  El  mismo
cadáver  era  como  si  no  fuese  cosa  mía.  Voluntad  no  tenía  ninguna,  pero  algo  parecía
impulsarme a moverme y me deslicé flotando fuera de la ciudad, volviendo a recorrer el
sendero  sinuoso  por  el  cual  había  entrado.  Cuando  llegué  al  punto  del  barranco  en  las
montañas  donde  encontrara  la  hiena,  experimenté  de  nuevo  un  choque  como  de  batería
galvánica;  las  sensaciones  de  peso,  de  voluntad,  de  sustancia  volvieron.  Recobré  mi  ser
original y dirigí ansioso mis pasos hacia casa, pero el pasado no había perdido la vivacidad
de lo real, y ni siquiera ahora, ni siquiera por un instante, puedo obligar a mi entendimiento
a considerarlo como un sueño.
—No lo era —dijo Templeton con un aire de profunda solemnidad—, y sin embargo
sería difícil decir de qué otra manera podría llamárselo. Supongamos tan sólo que el alma
del  hombre  actual  está  al  borde  de  algunos  estupendos  descubrimientos  psíquicos.
Contentémonos con esta suposición. En cuanto al resto, tengo alguna explicación que dar.
He  aquí  una  acuarela  que  debería  haberle  mostrado  antes,  pero  no  lo  hice  porque  hasta
ahora me lo impidió un inexplicable sentimiento de horror.
Miramos la figura que presentaba. Nada le vi de extraordinario, pero su efecto sobre
Bedloe fue prodigioso. Casi se desmayó al verlo. Y sin embargo era tan sólo un retrato, una
miniatura de milagrosa exactitud, por cierto, un retrato de sus notables facciones. Por lo
menos esto fue lo que pensé al mirarlo.
«—Advertirán ustedes —dijo Templeton— la fecha de este retrato. Aquí está, apenas
visible, en este ángulo: 1780. En ese año fue hecho el retrato. Pertenece a un amigo muerto, a  Mr.  Oldeb,  de  quien  fui  muy  íntimo  en  Calcuta,  durante  la  administración  de  Warren
Hastings.  Entonces  tenía  yo  sólo  veinte  años.  La  primera  vez  que  lo  vi,  Mr.  Bedloe,  en
Saratoga, la milagrosa semejanza existente entre usted y la pintura fue lo que me indujo a
hablarle,  a  buscar  su  amistad  y  a  llegar  a  un  arreglo  por  el  cual  me  convertí  en  su
compañero constante. Al hacer esto me urgía en parte, y quizá principalmente, el dolido
recuerdo del muerto, pero también, en parte, una curiosidad con respecto a usted, incómoda
y no desprovista de horror.
»En los detalles de su visión entre las colinas ha descrito usted con la más minuciosa
exactitud la ciudad india de Benarés, sobre el Río Sagrado. Los tumultos, el combate, la
matanza fueron los sucesos reales de la insurrección de Cheyte Sing que ocurrió en 1780,
cuando la vida de Hastings corrió inminente peligro. El hombre que escapaba por la cuerda
de turbantes era el mismo Cheyte Sing. El destacamento del quiosco estaba formado por
cipayos  y  oficiales  británicos,  comandados  por  Hastings.  Yo  formaba  parte  de  ese
destacamento e hice todo lo posible para impedir la temeraria y fatal salida del oficial que
cayó,  en  las  atestadas  callejuelas,  herido  por  la  flecha  envenenada  de  un  bengalí.  Aquel
oficial era mi amigo más querido. Era Oldeb. Lo verán ustedes en estos manuscritos —aquí
sacó un cuaderno de notas donde había varias páginas que parecían recién escritas—; en el
mismo momento en que usted imaginaba esas cosas entre las colinas, yo estaba entregado a
la tarea de detallarlas sobre el papel, aquí, en casa.»
Aproximadamente  una  semana  después  de  esta  conversación,  en  el  periódico  de
Charlottesville aparecieron los siguientes párrafos:
«Tenemos  el  penoso  deber  de  anunciar  la  muerte  de  Mr.  AUGUSTUS  BEDLO,
caballero cuyas amables costumbres y numerosas virtudes le habían ganado el afecto de los
ciudadanos de Charlottesville.
»Mr. B. había padecido durante varios años neuralgias que con frecuencia amenazaron
con un fin fatal; pero ésta no puede ser considerada sino la causa mediata de su deceso. La
causa  próxima  es  especialmente  singular.  En  una  excursión  a  las  Montañas  Escabrosas,
hace unos días, Mr. B. tomó un poco de frío y contrajo fiebre acompañada por gran aflujo
de sangre a la cabeza. Para aliviar esto, el doctor Templeton recurrió a la sangría local, por
medio de sanguijuelas aplicadas a las sienes. En un período terriblemente breve el paciente
murió, viéndose entonces que en el recipiente de las sanguijuelas se había introducido por
casualidad una de las vermiculares venenosas que de vez en cuando se encuentran en las
charcas vecinas. Ésta se adhirió a una pequeña arteria de la sien derecha. Su gran semejanza
con la sanguijuela medicinal fue causa de que se advirtiera demasiado tarde el error.»


N.  B.  La  sanguijuela  venenosa  de  Charlottesville  siempre  puede  distinguirse  de  la
medicinal  por  su  color  negro  y  especialmente  por  sus  movimientos  reptantes  o
vermiculares, que tienen una semejanza muy estrecha con los de la víbora.
Estaba  hablando  con  el  director  del  diario  en  cuestión  sobre  este  notable  accidente,
cuando se me ocurrió preguntar por qué el nombre del difunto figuraba como Bedlo.
—Supongo  —dije—  que  tienen  ustedes  autoridad  suficiente  para  escribirlo  así,  pero
siempre imaginé que el nombre se escribía con una e al final.
—¿Autoridad? No —replicó—. Es un simple error tipográfico. El nombre es Bedloe,
con una e, y en mi vida he sabido que se escribiera de otro modo.
—Entonces  —dije  entre  dientes  mientras  me  alejaba—,  entonces  realmente  ha
sucedido que una verdad es más extraña que cualquier ficción, pues Bedlo, sin la e, ¿qué es sino Oldeb, a la inversa? Y este hombre me dice que es un error tipográfico.

La máscara de la Muerte Roja

La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había
sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de
la  sangre.  Comenzaba  con  agudos  dolores,  un  vértigo  repentino,  y  luego  los  poros
sangraban  y  sobrevenía  la  muerte.  Las  manchas  escarlata  en  el  cuerpo  y  la  cara  de  la
víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la
invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron
semidespoblados  llamó  a  su  lado  a  mil  robustos  y  desaprensivos  amigos  de  entre  los
caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías
fortificadas.  Era  ésta  de  amplia  y  magnífica  construcción  y  había  sido  creada  por  el
excéntrico  aunque  majestuoso  gusto  del  príncipe.  Una  sólida  y  altísima  muralla  la
circundaba.  Las  puertas  de  la  muralla  eran  de  hierro.  Una  vez  adentro,  los  cortesanos
trajeron  fraguas  y  pesados  martillos  y  soldaron  los  cerrojos.  Habían  resuelto  no  dejar
ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí.
La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos
podían  desafiar  el  contagio.  Que  el  mundo  exterior  se  las  arreglara  por  su  cuenta;
entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario
para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y
vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más
terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la
más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitidme que antes os describa
los  salones  donde  se  celebraba.  Eran  siete  —una  serie  imperial  de  estancias—.  En  la
mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues
las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la
totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del
amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad
que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un
brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda en mitad de la
pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno
de  la  serie  de  salones.  Las  ventanas  tenían  vitrales  cuya  coloración  variaba  con  el  tono
dominante  de  la  decoración  del  aposento.  Si,  por  ejemplo,  la  cámara  de  la  extremidad
oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia
ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era
enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con
tono  naranja;  la  quinta,  con  blanco;  la  sexta,  con  violeta.  El  séptimo  aposento  aparecía
completamente cubierto  de  colgaduras  de terciopelo  negro, que abarcaban  el  techo  y las
paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad.
Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales
eran escarlata, tenían un profundo color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no
estaban  iluminadas  con  bujías  o  arañas.  Pero  en  los  corredores  paralelos  a  la  galería,  y
opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos
rayos  proyectábanse  a  través  de  los  cristales  teñidos  e  iluminaban  brillantemente  cada
estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero
en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color
de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente
siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que
pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies.
En  este  aposento,  contra  la  pared  del  poniente,  se  apoyaba  un  gigantesco  reloj  de
ébano.  Su  péndulo  se  balanceaba  con  un  resonar  sordo,  pesado,  monótono;  y  cuando  el
minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del
mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis
eran  tales  que,  a  cada  hora,  los  músicos  de la  orquesta  se  veían  obligados  a  interrumpir
momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban
por  fuerza  sus  evoluciones;  durante  un  momento,  en  aquella  alegre  sociedad  reinaba  el
desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los
más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente,
como  si  se  entregaran  a  una  confusa  meditación  o  a  un  ensueño.  Pero  apenas  los  ecos
cesaban  del  todo,  livianas  risas  nacían  en  la  asamblea;  los  músicos  se  miraban  entre  sí,
como  sonriendo  de  su  insensata  nerviosidad,  mientras  se  prometían  en  voz  baja  que  el
siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de
sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj
daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos
se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos
de  la  mera  moda.  Sus  planes  eran  audaces  y  ardientes,  sus  concepciones  brillaban  con
bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían
que  no  era  así.  Era  necesario  oírlo,  verlo  y  tocarlo  para tener la seguridad  de  que  no  lo
estaba.
El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete
salas  destinadas  a  la  gran  fiesta,  y  su  gusto  había  guiado  la  elección  de  los  disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo
fantasmagórico  —mucho  de  eso  que  más  tarde  habría  de  encontrarse  en  Hernani—.
Veíanse  figuras  de  arabesco,  con  siluetas  y  atuendos  incongruentes;  veíanse  fantasías
delirantes,  como  las  que  aman  los  maniacos.  Abundaba  allí  lo  hermoso,  lo  extraño,  lo
licencioso, y no faltaba lo terrible y lo repelente. En verdad, en aquellas siete cámaras se
movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en
todas  partes,  cambiando  de  color  al  pasar  por  los  aposentos,  y  haciendo  que  la  extraña
música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento
todo  queda  inmóvil;  todo  es  silencio,  salvo  la  voz  del  reloj.  Los  sueños  están  helados,
rígidos  en  sus  posturas.  Pero  los  ecos  del  tañido  se  pierden  —apenas  han  durado  un
instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la
música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca
coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes.
Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las
colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de
ébano  un  ahogado  resonar  mucho  más  solemne  que  los  que  alcanzan  a  oír  las  máscaras
entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón
de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a
oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he
dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en
todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá
por  eso  ocurrió  que  los  pensamientos  invadieron  en  mayor  número  las  meditaciones  de
aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso
ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carillón se hubieran hundido en el silencio,
muchos  de  los  concurrentes  tuvieron  tiempo  para  advertir  la  presencia  de  una  figura
enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido
en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba
desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.
En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una
aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella
mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba, incluso, más allá
de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay
cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la
vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede
jugar.  Los  concurrentes  parecían  sentir  en  lo  más  hondo  que  el  traje  y  la  apariencia  del
desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la
cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera
al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en
dificultades para descubrir el engaño. Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si
no  aprobar,  semejante  disfraz.  Pero  el  enmascarado  se  había  atrevido  a  asumir  las
apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente,
así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora,
con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los
bailarines),  convulsionóse  en  el  primer  momento  con  un  estremecimiento  de  terror  o  de
disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia.
—¿Quién  se  atreve  —preguntó,  con  voz  ronca,  a  los  cortesanos  que  lo  rodeaban—,
quién  se  atreve  a  insultarnos  con  esta  burla  blasfematoria?  ¡Apoderaos  de  él  y
desenmascaradlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el
aposento  azul.  Sus  acentos  resonaron  alta  y  claramente  en  las  siete  estancias,  pues  el
príncipe era hombre osado y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul.
Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien,
en  ese  instante,  se  hallaba  a  su  alcance  y  se  acercaba  al  príncipe  con  paso  sereno  y
deliberado.  Mas  la  indecible  aprensión  que  la  insana  apariencia  del  enmascarado  había
producido  en  los  cortesanos  impidió  que  nadie  alzara  la  mano  para  detenerlo;  y  así,  sin
impedimentos,  pasó  éste  a  una  yarda  del  príncipe,  y,  mientras  la  vasta  concurrencia
retrocedía  en  un  solo  impulso  hasta  pegarse  a  las  paredes,  siguió  andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio
lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la
verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se
hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y
la  vergüenza  de  su  momentánea  cobardía,  se  lanzó  a  la  carrera  a  través  de  los  seis
aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en
mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía
alejándose,  cuando  ésta,  al  alcanzar  el  extremo  del  aposento  de  terciopelo,  se  volvió  de
golpe  y  enfrentó  a  su  perseguidor.  Oyóse  un  agudo  grito,  mientras  el  puñal  caía
resplandeciente sobre la negra alfombra y el príncipe Próspero se desplomaba muerto.
Reuniendo  el  terrible  coraje  de  la  desesperación,  numerosas  máscaras  se  lanzaron  al
aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e
inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir
que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían
ninguna forma tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón
en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de
sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano
se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron.
Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

El tonel de amontillado



Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me
hacía  objeto,  pero  cuando  se  atrevió  a  insultarme  juré  que  me  vengaría.  Vosotros,  sin
embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me
vengaría  a  la  larga;  esto  quedaba  definitivamente  decidido,  pero,  por  lo  mismo  que  era
definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad.
No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el
vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase  en  cuenta  que  ni  mediante  hechos  ni  palabras  había  yo  dado  motivo  a
Fortunato  para  dudar  de  mi  buena  disposición.  Tal  como  me  lo  había  propuesto,  seguí
sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su
inmolación.
Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y
aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos
poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte, el entusiasmo que fingen se
adapta  al  momento  y  a  la  oportunidad,  a  fin  de  engañar  a  los  millonarios  ingleses  y
austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas;
pero en lo referente a vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en
este  sentido;  experto  en  vendimias  italianas,  compraba  con  largueza  todos  los  vinos  que
podía.
Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema,
cuando  encontré  a  mi  amigo.  Acercóseme  con  excesiva  cordialidad,  pues  había  estado
bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado traje a rayas y lucía en la
cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al verle, que me pareció que no
terminaría nunca de estrechar su mano.
—Mi  querido  Fortunato  —le  dije—,  ¡qué  suerte  haberte  encontrado!  ¡Qué  buen
semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por amontillado,
pero tengo mis dudas.
—¿Cómo?,—exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mitad
de carnaval...!
—Tengo  mis  dudas  —insistí—,  pero  he  sido  lo  bastante  tonto  como  para  pagar  su
precio sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen
negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y quiero salir de ellas.
—¡Amontillado!
—Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico,
es él. Me dirá que...
—Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
—Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
—¡Ven! ¡Vamos! —¿Adónde?
—A tu bodega.
—No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y
Lucresi...
—No tengo nada que hacer; vamos.
—No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro.
Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
—Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En
cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra
y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente
el  carnaval.  Como  les  había  dicho  que  no  volvería  hasta  la  mañana  siguiente,  dándoles
órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de que todos ellos se habían
marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de
múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga
escalera  de  caracol,  mientras  yo  recomendaba  a  mi  amigo  que  bajara  con  precaución.
Llegamos  por  fin  al  fondo  y  pisamos  juntos  el  húmedo  suelo  de  las  catacumbas  de  los
Montresors.
Mi  amigo  caminaba  tambaleándose,  y  al  moverse  tintinearon  los  cascabeles  de  su
gorro.
—El tonel —dijo,
—Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las
paredes de estas cavernas.
Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de
su embriaguez.
—¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
—Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
—No es nada —dijo por fin.
—Vamos  —declaré  con  decisión—.  Volvámonos;  tu  salud  es  preciosa.  Eres  rico,
respetado, admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería
lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo contrario, te enfermarás
y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que...
—¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de
un acceso de tos.
—Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de
este Medoc nos protegerá de la humedad.
Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase
colocada en el suelo.
—Bebe —agregué, presentándole el vino.
Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto
familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.
—Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
—Y yo brindo por que tengas una larga vida.
Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante. —Estas criptas son enormes —observó Fortunato.
—Los Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
—He olvidado vuestras armas.
—Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante,
cuyas garras se hunden en el talón.
—¿Y el lema?
—Nemo me impune lacessit.
—¡Muy bien! —dijo Fortunato.
Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado
también mi fantasía. Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre
los cuales aparecían también toneles y pipas, hasta llegar a la parte más recóndita de las
catacumbas.  Me  detuve  otra  vez,  atreviéndome  ahora  a  tomar  del  brazo  a  Fortunato  por
encima del codo.
—¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas.
Estamos  debajo  del  lecho  del  río.  Las  gotas  de  humedad  caen  entre  los  huesos...  Ven,
volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos...
—No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de
Medoc.
Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciólo de un trago y sus
ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en
una forma que no entendí.
Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprendes?
—No —repuse.
—Entonces no eres de la hermandad.
—¿Cómo?
—No eres un masón.
—¡Oh, sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
—¿Tú, un masón? ¡Imposible!
—Un masón —insistí.
—Haz un signo —dijo él—. Un signo.
—Mira  —repuse,  extrayendo  de  entre  los  pliegues  de  mi  roquelaure  una  pala  de
albañil.
—Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos
a ver ese amontillado.
—Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a
Fortunato,  que  se  apoyó  pesadamente.  Continuamos  nuestro  camino  en  busca  del
amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos, descendimos, seguimos adelante
y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado
que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.
En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes
se  habían  apilado  restos  humanos  que  subían  hasta  la  bóveda,  como  puede  verse  en  las
grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta interior aparecían ornamentados de
esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y yacían dispersos en el suelo,
formando en una parte un amontonamiento bastante grande. Dentro del muro así expuesto
por la caída de los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de
unos cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los
colosales soportes del techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de
sólido granito, que las limitaba.
Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del
nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.
—Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi...
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le
seguía pegado a sus talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca
interrumpía  su  marcha,  se  detuvo  como  atontado.  Un  segundo  más  tarde  quedaba
encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente
por  unos  dos  pies.  De  una  de  ellas  colgaba  una  cadena  corta;  de  la  otra,  un  candado.
Pasándole  la  cadena  alrededor  de  la  cintura,  me  bastaron  apenas  unos  segundos  para
aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
—Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha
humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que
dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.
—Es cierto —repliqué—. El amontillado.
Mientras  decía  esas  palabras,  fui  hasta  el  montón  de  huesos  de  que  ya  he  hablado.
Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero.
Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil comencé vigorosamente a cerrar la
entrada del nicho.
Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de
Fortunato  se  había  disipado  en  buena  parte.  La  primera  indicación  nació  de  un  quejido
profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un borracho. Siguió un largo y
obstinado  silencio.  Puse  la  segunda  hilera,  la  tercera  y  la  cuarta;  entonces  oí  la  furiosa
vibración  de  la  cadena.  El  ruido  duró  varios  minutos,  durante  los  cuales,  y  para  poder
escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando,
por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la
quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme
nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre
la figura allí encerrada.
Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de
aquella  forma  encadenada,  me  hicieron  retroceder  con  violencia.  Vacilé  un  instante  y
temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el interior del nicho, pero me
bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la
catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a
aquel que clamaba. Fui su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo
hice, y sus gritos acabaron por cesar.
Ya  era  medianoche  y  mi  tarea  llegaba  a  su  término.  Había  completado  la  octava,  la
novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba por
colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué parcialmente en posición.
Pero  entonces  brotó  desde  el  nicho  una  risa  apagada  que  hizo  erizar  mis  cabellos.  La
sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.
—¡Ja, ja... ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto...  una  excelente broma...! ¡Cómo
vamos a reírnos en el palazzo... ja, ja... mientras bebamos... ja, ja!
—¡El amontillado! —dije. —¡Ja, ja...! ¡Sí... el amontillado...! Pero... ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán
esperando en el palazzo... mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
—Sí—dije—. Vámonos.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—. Por el amor de Dios.
Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
—¡Fortunato!
Silencio. Llamé otra vez.
—¡Fortunato!
No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue
devuelto  un  tintinear  de  cascabeles.  Sentí  que  una  náusea  me  envolvía;  su  causa  era  la
humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Puse la última piedra en su
sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila de
huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...