Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de
una obra de ficción. El mero escritor romántico debe evitarlos si no desea ofender o
desagradar. Sólo se los usa con propiedad cuando lo severo y lo majestuoso de la verdad los
santifican y los sostienen. Nos estremecemos con el más intenso de los «dolores
agradables» ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de
Londres y de la matanza de San Bartolomé, o la asfixia de los ciento veintitrés prisioneros
en el Pozo Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la
historia. Como invenciones nos inspirarían simple aversión.
He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la
historia; pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que con
tanta vivacidad impresiona la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y
horripilante catálogo de miserias humanas, podría haber elegido muchos ejemplos
individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de estos vastos desastres
generales. La verdadera desgracia, el infortunio por esencia, es particular, no difuso.
¡Agradezcamos a Dios misericordioso que los horribles extremos de agonía sean
soportados por el hombre solo y nunca por el hombre en masa!
Ser enterrado vivo es, fuera de toda discusión, el más terrible de los extremos que
jamás haya caído en suerte al simple mortal. Que ha caído con frecuencia, con mucha
frecuencia, nadie capaz de pensar lo negará. Los límites que separan la Vida de la Muerte
son, en el mejor de los casos, vagos e indefinidos. ¿Quién puede decir dónde termina una y
dónde empieza la otra? Sabemos que hay enfermedades en las cuales se produce una
cesación total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, esa cesación es una
simple suspensión para darle su justo nombre. Hay tan sólo pausas temporarias en el
incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto
pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas de hechicería. La cuerda de
plata no estaba suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero,
entretanto, ¿dónde se hallaba el alma?
Sin embargo, fuera de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben
producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso deben provocar
naturalmente, una y otra vez, prematuros entierros, fuera de esta consideración tenemos el
testimonio directo de la experiencia médica y vulgar para probar que realmente un gran
número de estas inhumaciones se lleva a cabo. Yo podría referir de inmediato, si fuera
necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy notables, y cuyas
circunstancias quizá se conserven frescas todavía en la memoria de algunos de mis lectores,
aconteció no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde provocó una penosa,
intensa y dilatada conmoción. La mujer de uno de los más respetables ciudadanos —
abogado eminente y miembro del Consejo— fue atacada por una súbita e inexplicable
enfermedad que burló el ingenio de sus médicos. Después de mucho padecer murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, a decir verdad, ni había razón para sospechar, que no
estaba realmente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro
tenía el habitual contorno contraído, sumido. Los labios mostraban la habitual palidez
marmórea. Los ojos carecían de brillo. Faltaba el calor. Las pulsaciones habían cesado. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
El funeral, en suma, fue apresurado a causa del rápido avance de lo que se supuso era
descomposición.
La señora fue depositada en la bóveda familiar, que permaneció cerrada durante los tres
años siguientes. Al expirar este plazo fue abierta para la recepción de un sarcófago; mas,
¡ah!, ¡qué espantoso choque aguardaba al marido cuando abrió en persona la puerta! Al
empujar los batientes, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el
esqueleto de su mujer con la mortaja todavía puesta.
Una cuidadosa investigación brindó la evidencia de que había revivido dos días
después de su sepultura; que su lucha dentro del ataúd había provocado la caída de éste
desde un nicho o estante al suelo, y que al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció
vacía una lámpara que había quedado accidentalmente llena de aceite dentro de la tumba;
quizá se hubiera agotado, sin embargo, por evaporación. En el peldaño superior de la
escalera que descendía a la espantosa cámara había un gran fragmento del ataúd, con el
cual, según las apariencias, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta
de hierro. Mientras lo hacía, probablemente, se desmayó o quizá murió de puro terror, y al
caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que se proyectaba hacia adentro. Allí
quedó y así se pudrió, erecta.
En el año 1810 hubo en Francia un caso de inhumación prematura, rodeado de
circunstancias que justifican ampliamente el aserto de que la verdad es más extraña que la
ficción. La heroína de la historia era mademoiselle Victorine Lafourcade, una joven de
ilustre familia, rica y de gran belleza. Entre sus numerosos cortejantes se contaba Julien
Bossuet, un pobre littérateur o periodista de París. Su talento y su afabilidad general lo
habían señalado a la atención de la heredera, quien parecía haberse enamorado realmente de
él, pero su orgullo de casta la decidió, por último, a rechazarlo y a casarse con un tal
monsieur Renelle, banquero y diplomático de cierta distinción. Después del matrimonio,
este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a maltratarla de hecho. Después de pasar
juntos algunos años desdichados, ella murió; por lo menos, su estado semejaba tanto la
muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue inhumada no en una bóveda, sino en una
tumba común, en su aldea natal. Lleno de desesperación, y todavía inflamado por el
recuerdo de su profundo cariño, el enamorado viaja de la capital a la remota provincia
donde se encuentra la aldea, con el propósito romántico de desenterrar el cuerpo y
apoderarse de sus exuberantes trenzas. Llega a la tumba. A medianoche desentierra el
ataúd, lo destapa y, en el momento de desprender el cabello, lo detienen los ojos de la
amada, que se abren. La mujer había sido enterrada viva. La vitalidad no había
desaparecido del todo, y las caricias del enamorado la despertaron del letargo que fuera
equivocadamente tomado por la muerte. El joven la llevó frenético a su alojamiento en la
aldea. Empleó ciertos poderosos reconstituyentes aconsejados por no pocos conocimientos
médicos. Al fin, ella revivió. Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que, lenta y
gradualmente, recobró toda su salud. Su corazón no era empedernido, y esta última lección
de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió más junto a su marido;
ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos
regresaron a Francia, persuadidos de que el tiempo había cambiado tanto la apariencia de la
señora que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer
encuentro monsieur Renelle reconoció, efectivamente, a su mujer y la reclamó. Ella
rechazó el reclamo y el tribunal la apoyó, resolviendo que las peculiares circunstancias,
junto con el largo lapso transcurrido, habían abolido, no sólo desde el punto de vista de la equidad, sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algunos
libreros americanos harían bien en traducir y editar, relata en uno de los últimos números
un suceso muy penoso que presenta las características en cuestión.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y robusta salud, fue derribado
por un caballo indomable, recibiendo una contusión muy fuerte en la cabeza que en seguida
le hizo perder el sentido. Tenía una ligera fractura de cráneo, pero sin peligro inmediato. La
trepanación se realizó con éxito. Se le practicó una sangría y se adoptaron otros muchos
métodos comunes de alivio. Pero cayó gradualmente en un sopor cada vez más grave y, por
último, se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos.
Sus funerales se realizaron un día jueves. El domingo siguiente frecuentaban el cementerio,
como de costumbre, numerosos visitantes cuando, alrededor de mediodía, se produjo un
gran revuelo provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la
tumba del oficial, sintió claramente una conmoción en la tierra, como si alguien estuviera
luchando debajo. Al principio nadie prestó atención a las palabras del hombre, pero su
evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia tuvieron, al fin, naturales
efectos sobre la multitud. Algunos consiguieron de inmediato unas palas, y la tumba,
vergonzosamente superficial, estuvo en pocos minutos tan abierta que dejó ver la cabeza de
su ocupante. Daba la impresión de estar muerto, pero aparecía casi sentado dentro del
ataúd, cuya tapa, en una furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Fue llevado en seguida al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en
estado de asfixia. Después de algunas horas reaccionó, reconoció a sus amigos y, con frases
entrecortadas, habló de sus angustias en el sepulcro.
A través de su relato resultó claro que la víctima debía haber conservado conciencia de
la vida durante más de una hora después de la inhumación, hasta perder el sentido. La fosa
había sido llenada descuidadamente con una tierra muy porosa, sin apisonarla, y así le llegó
algo de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y trató a su vez de hacerse oír. El
tumulto en el interior de la tierra, dijo, fue lo que pareció despertarlo de un profundo sueño,
pero apenas despierto comprendió el espantoso horror de su estado.
Este paciente, según se dice, iba mejorando y parecía encaminado hacia un
restablecimiento definitivo, cuando sucumbió víctima del charlatanismo de la
experimentación médica. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos
paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien
conocido y muy extraordinario, donde su acción brindó la manera de volver a la vida a un
joven abogado de Londres que estuviera enterrado durante dos días. Esto ocurrió en 1831, y
en el momento causó profunda sensación en todas partes donde fue tema de conversación.
El paciente, Mr. Edward Stapleton, había muerto aparentemente de fiebre tifus,
acompañada de algunos síntomas anómalos que excitaron la curiosidad de sus médicos.
Después de su aparente deceso, se solicitó a los amigos una autorización para un examen
post mortem, pero éstos se negaron a permitirlo. Como sucede con frecuencia ante tales
negativas, los médicos resolvieron desenterrar el cuerpo y disecarlo a gusto, en privado. Se
hicieron fáciles arreglos con algunos de los numerosos ladrones de cadáveres que abundan
en Londres, y la tercera noche después de la inhumación el supuesto cadáver fue
desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en la sala operatoria
de un hospital privado. Al practicarse una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e
incorrupto del sujeto sugirió la conveniencia de aplicar la batería. Se hicieron sucesivos
experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada peculiar en ningún sentido, salvo, en
una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor que la ordinaria en la acción convulsiva.
Era tarde. Estaba por amanecer y se juzgó oportuno, al fin, proceder de inmediato a la
disección. Pero uno de los estudiantes tenía especiales deseos de probar una teoría propia e
insistió en la aplicación de la batería a uno de los músculos pectorales. Después de practicar
una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hasta el centro del
recinto, miró extrañado a su alrededor unos instantes y entonces... habló. Lo que dijo fue
ininteligible, pero pronunció unas palabras; el silabeo era claro. Después de hablar, cayó
pesadamente al suelo.
Por un momento todos quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que Mr. Stapleton estaba vivo, aunque en
síncope. Después de administrársele éter revivió y recobró rápidamente la salud, retornando
a la sociedad de sus amigos, a quienes se ocultó, sin embargo, toda noticia de su
resurrección hasta que ya no hubo peligro de una recaída. Es de imaginar la maravilla de
aquéllos y su arrobado asombro.
La nota más espeluznante de este incidente se encuentra, sin embargo, en lo que afirma
el mismo Mr. Stapleton. Declara que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un
modo oscuro y confuso percibía lo que le estaba ocurriendo desde el momento en que fuera
declarado muerto por los médicos hasta aquel en que cayó desmayado sobre el piso del
hospital. «Estoy vivo», fueron las palabras incomprensibles que, después de reconocer la
sala de disección, había intentado en su apuro proferir.
Sería cosa fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo porque, en realidad,
no nos hacen falta para sentar el hecho de que se producen entierros prematuros. Al
reflexionar en las muy raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad
de conocerlos, debemos de admitir que han de ocurrir frecuentemente sin que lo sepamos.
En realidad, rara vez se ha removido con cierta extensión un cementerio, por cualquier
motivo, sin que aparecieran esqueletos en posturas que insinúan la más horrible de las
sospechas.
¡Horrible, sí, la sospecha, pero más horrible el destino! Puede asegurarse sin vacilación
que ningún suceso se presta tan terriblemente como la inhumación antes de la muerte para
llevar al colmo de la angustia física y mental. La intolerable opresión de los pulmones, las
sofocantes emanaciones de la tierra húmeda, las vestiduras fúnebres que se adhieren, el
rígido abrazo de la morada estrecha, la negrura de la noche absoluta, el silencio como un
mar abrumador, la invisible pero palpable presencia del vencedor gusano, estas cosas, junto
con los recuerdos del aire y la hierba que crecen arriba, la memoria de los amigos queridos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca
podrán enterarse de él, de que nuestra suerte desesperanzada es la de los muertos de verdad,
estas consideraciones, digo, llevan al corazón aún palpitante a un grado de espantoso e
intolerable horror, ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan
angustioso en la Tierra, no podemos pensar en nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tópico tienen un interés profundo;
interés que, sin embargo, en el sagrado espanto del tópico mismo, depende justa y
específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar
ahora es mi propio conocimiento real, mí experiencia efectiva y personal. Durante varios años sufrí accesos de ese singular trastorno que los médicos se han
puesto de acuerdo en llamar catalepsia, a falta de un nombre más definitivo. Aunque tanto
las causas inmediatas como las predisposiciones y aun el diagnóstico real de esta
enfermedad siguen siendo misteriosos, su carácter evidente y manifiesto es de sobra
conocido. Las variaciones parecen serlo especialmente de grado. A veces el paciente yace
sólo un día, o un período aún más breve, en una especie de exagerado letargo. Está privado
de conocimiento y aparentemente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente, quedan algunas huellas de calor, una ligera coloración se demora en el centro
de las mejillas y, aplicando un espejo a los labios, podemos descubrir una torpe, desigual y
vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas y aun meses,
mientras el examen más minucioso y las más rigurosas pruebas médicas no logran
establecer ninguna distinción material entre el estado del paciente y lo que concebimos
como muerte absoluta. Muy a menudo lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que lo
sabían ya atacado de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo lo salva su
apariencia incorrupta. La enfermedad avanza, por fortuna, gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más
característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la seguridad principal en
cuanto a la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera el carácter grave que en
ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente depositado vivo en la tumba.
Mi caso difería en características sin importancia de los mencionados en los libros de
medicina. A veces, sin ninguna causa aparente, me sumía poco a poco en un estado de
semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad para moverme o para
hablar o pensar, pero con una confusa conciencia letárgica de vida y de la presencia de
aquellos que rodeaban mi lecho, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía,
de improviso, el perfecto conocimiento. Otras veces el acceso era rápido, fulminante. Me
sentía enfermo, aterido, helado, con vértigo y, de pronto, caía postrado. Entonces todo
estaba vacío semanas enteras, y negro, silencioso, y la nada se convertía en el universo. La
total aniquilación no podía ser mayor. De estos últimos ataques despertaba, sin embargo, en
una lenta gradación comparada con la instantaneidad del acceso. Así como amanece el día
para el mendigo sin casa y sin amigos, para el que rueda por las calles en la larga y
desolada noche de invierno, así, tan tardía, tan cansada, tan alegre volvía a mí la luz del
Alma.
Pero, fuera de la tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera
advertido que sufría tal enfermedad a menos que una peculiaridad de mi sueño pudiera
considerarse como provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar de inmediato
la posesión de mis sentidos y permanecía siempre durante algunos minutos en un estado de
extravío y perplejidad, pues las facultades mentales en general y la memoria en especial se
hallaban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia
moral. Mi imaginación se tornó macabra. Hablaba «de gusanos, de tumbas, de epitafios».
Me perdía en ensueños de muerte, y la idea del entierro prematuro poseía permanentemente
mi espíritu. El horrible peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante
el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema.
Cuando las torvas tinieblas se extendían sobre la Tierra, entonces, presa de los más
horrendos pensamientos, temblaba, temblaba como los trémulos penachos de la carroza
fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no podía soportar la vigilia, luchaba antes de consentir en
dormirme, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, al fin, me hundía en el sueño, era sólo para precipitarme de pronto en
un mundo de fantasmas sobre el cual se cernía con sus vastas, negras alas tenebrosas, la
única, la sepulcral Idea.
De las innumerables imágenes lúgubres que me oprimían en sueños elijo para mi relato
una visión solitaria. Soñé que había caído en trance cataléptico de duración y profundidad
mayores que las habituales. De pronto una mano helada se posó en mi frente y una voz
impaciente, farfullante, susurró en mi oído:« ¡Levántate! »
Me senté. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado.
No podía traer a la memoria ni el período durante el cual había caído en trance, ni el lugar
donde yacía ahora. Mientras permanecía inmóvil, intentando reunir mis pensamientos, la
fría mano me aferró con fuerza de la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz
farfullante decía de nuevo:
—¡Levántate! ¿No te ordené que te levantaras?
—Y tú—pregunté—, ¿quién eres?
—No tengo nombre en las regiones donde habito—replicó la voz, plañidera—. Fui un
hombre y soy un demonio. Soy implacable, pero digno de lástima. Tú has de sentir que me
estremezco. Me rechinan los dientes mientras hablo y, sin embargo, no es por el frío de la
noche, de la noche sin fin. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes tú dormir
tranquilo? No me dejan descansar los gritos de esas grandes agonías. Estos espectáculos
son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior y deja que
te muestre las tumbas. ¿No es éste un espectáculo de dolor? ¡Contempla!
Miré, y la figura invisible que seguía aferrándome la muñeca hizo abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las débiles irradiaciones fosfóricas de la
putrefacción, de modo que pude ver en sus más recónditos escondrijos, y el espectáculo de
los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los
verdaderos durmientes eran menos, entre muchos millones, que aquellos que no dormían, y
había una débil lucha, y había un triste desasosiego general, y de las profundidades de los
innúmeros pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y entre
aquellos que parecían reposar tranquilos vi gran número que había cambiado, en mayor o
menor grado, la rígida e incómoda posición en que habían sido originariamente sepultos. Y
la voz me dijo de nuevo, mientras yo miraba:
—¿No es, acaso, ¡ah!, no es, acaso, un lastimoso espectáculo?
Pero antes de que hallara palabras para replicarle, la figura dejó de aferrarme la
muñeca, las luces fosforescentes se extinguieron y las tumbas se cerraron con súbita
violencia, mientras de ellas brotaba un tumulto de gritos desesperados que repetían: «¿No
es acaso, ¡oh Dios!, no es acaso un espectáculo lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia
aun a mis horas de vigilia. Mis nervios se trastornaron y fui presa de perpetuo horror.
Vacilaba en cabalgar, en caminar o practicar cualquier ejercicio que me apartara de casa.
En realidad, ya no me atrevía a confiar en mí mismo fuera de la inmediata presencia de
aquellos que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de mis
habituales ataques, me enterraran antes de que se determinara mi verdadero estado. Dudaba
del cuidado, de la fidelidad de mis amigos más queridos. Me asustaba pensar que, en un
trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que no tenía remedio. Llegaba a
temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar cualquier
ataque muy prolongado como excusa suficiente para librarse de mí definitivamente. En
vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, por los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la
descomposición material estuviera tan avanzada que impidiese toda conservación. Y aun
entonces mis terrores mortales no atendían a ninguna razón, no aceptaba consuelo.
Comencé una serie de laboriosas precauciones. Entre otras cosas mandé rehacer de tal
manera la bóveda familiar, que era posible abrirla fácilmente desde el interior. La más
ligera presión de una larga palanca que se extendía dentro de la cripta bastaba para abrir
rápidamente los portales de hierro. También estaba prevista la libre admisión de aire y luz,
y adecuados receptáculos para alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para
recibirme. Este ataúd estaba forrado con un material cálido y suave y provisto de una tapa
elaborada según el principio de la puerta de la bóveda, con el añadido de resortes ideados
de tal modo que el más débil movimiento del cuerpo hubiera sido suficiente para soltarla.
Además de todo esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana cuya soga (estaba
previsto) entraría por un agujero en el ataúd, siendo atada a una de las manos del cadáver.
Mas, ¡ay!, ¿de qué sirve la vigilancia contra el Destino del hombre? ¡Ni siquiera esas bien
urdidas seguridades bastaban para librar de las más extremadas angustias de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época —como ya había ocurrido a menudo— en que me encontré a mí
mismo emergiendo de una total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de
existencia. Lentamente, con gradación de tortuga, se acercaba el alba gris, pálida, del día
psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de dolor sordo. Ninguna
preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Después de un largo intervalo, un
retintín en los oídos; luego, tras un lapso aún más largo, una sensación de hormigueo o
comezón en las extremidades; luego, un período aparentemente eterno de placentera
quietud, durante el cual las sensaciones que despiertan luchan por convertirse en
pensamientos; luego, otra breve zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado, e inmediatamente después, un choque eléctrico
de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes de las sienes al corazón. Y
entonces el primer esfuerzo positivo por pensar. Y entonces el primer intento de recordar. Y
entonces un éxito parcial y evanescente. Y entonces la memoria ha recobrado tanto su
dominio, que en cierta medida tengo conciencia de mi estado. Siento que no estoy
despertando de un sueño ordinario. Recuerdo que he padecido de catalepsia. Y entonces,
por fin, como si fuera la embestida de un océano, abruma mi alma estremecida el único
peligro horrendo, la única idea espectral, siempre dominante.
Durante unos minutos, ya poseído por esta fantasía, permanecí inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que había de
tranquilizarme sobre mi destino, y, sin embargo, algo en el corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación —tal como ninguna otra desdicha produce—, sólo la
desesperación me apremió, después de una larga duda, a levantar los pesados párpados. Los
levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Supe que el ataque había terminado. Supe que la crisis
de mi trastorno había pasado ya. Supe que había recobrado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, estaba oscuro, todo oscuro, con la intensa y total capacidad de la
Noche que dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivos, pero ninguna
voz brotó de los cavernosos pulmones que, oprimidos como por el peso de una montaña,
jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas en el esfuerzo por gritar me mostró que estaban
atadas, como se hace habitualmente con los muertos. Sentí también que yacía sobre una sustancia áspera y que algo similar, a los costados, me estrechaba. Hasta ese momento no
me había atrevido a mover ninguno de los miembros, pero entonces levanté violentamente
los brazos que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Golpearon una sustancia sólida,
leñosa, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no pude
dudar de que reposaba al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de mi infinita desgracia, vino dulcemente la Esperanza, como un
querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí y ejecuté espasmódicos conatos para
forzar la tapa; no se movía. Me palpé las muñecas en busca de la soga: no la encontré. Y así
la Consoladora huyó para siempre y una desesperación aún más vehemente reinó triunfal,
pues no podía menos de advertir la ausencia de las almohadillas que había preparado tan
cuidadosamente, y entonces llegó de improviso a mis narices el fuerte y peculiar olor de la
tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la bóveda. Había caído en trance
fuera de mi casa, entre extraños, dónde y cómo no podía recordarlo, y ellos me habían
enterrado como a un perro, metido en un ataúd común claveteado, y arrojado a lo profundo,
en lo profundo y para siempre, de alguna tumba ordinaria, anónima.
Cuando esta horrible convicción se abrió paso en las más íntimas estancias de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje grito
continuo, un alarido de agonía resonó en los ámbitos de la noche subterránea.
—Vamos, vamos, ¿qué es eso?—dijo una voz áspera, en respuesta.
—¿Qué diablos pasa ahora?—dijo un segundo.
—¡Fuera de ahí! —exclamó un tercero.
—¿Por qué aúlla de esa manera, como si fuese un gato montés?—dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos muy rústicos me sujetaron y me sacudieron sin ceremonias.
No me despertaron de mi sueño, pues estaba bien despierto cuando grité, pero me
devolvieron a la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurría cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo me
había internado, en una expedición de caza, varias millas abajo a orillas del río James. Se
acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa
anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos brindó el único abrigo disponible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las
dos únicas literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta
toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Su ancho era de dieciocho pulgadas.
La distancia entre el fondo y la cubierta era precisamente la misma. Me resultó dificilísimo
introducirme en ella. Sin embargo dormí profundamente y toda mi visión, pues no era
sueño ni pesadilla, surgió naturalmente de las circunstancias de mi posición, del giro
habitual de mis pensamientos y de la dificultad, a la cual he aludido, de concentrar mis
sentidos y especialmente de recobrar la memoria durante largo tiempo después de despertar
de un sueño. Los hombres que me sacudieron eran la tripulación de la chalupa y algunos
jornaleros contratados para cargarla. De la carga misma procedía el olor a tierra. La venda
alrededor de las mandíbulas era un pañuelo de seda con el cual me había atado la cabeza a
falta de mi acostumbrado gorro de dormir.
Las torturas sufridas fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la
verdadera sepultura. Eran espantosas, de un horror inconcebible; pero del Mal procede el
Bien, porque su mismo exceso provocó en mi espíritu una inevitable reacción. Mi alma
adquirió vigor, adquirió temple. Viajé al extranjero. Hice vigorosos ejercicios. Respiré el
aire libre del cielo. Pensé en otros temas que la muerte. Dejé a un lado mis libros de
medicina. Quemé a Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En poco tiempo me convertí en un hombre
nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre
mis aprensiones sepulcrales, y con ellas se desvanecieron los trastornos catalépticos, de los
cuales fueran, quizá, menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste
humanidad puede cobrar la apariencia del infierno, pero la imaginación del hombre no es
Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores
sepulcrales no puede considerarse totalmente imaginaria, pero, como los Demonios en cuya
compañía Afrasiab realizó su viaje por el Oxus, deben dormir o nos devorarán, debemos
permitirles el sueño, o pereceremos.
Bienvenidos al lugar donde todo es lícito. La verdad cruda se viste de transparencia. La bulimia y la anorexia son los platos en la mesa. Los deseos son verbos y cada pensamiento un relato. Donde todo se vuelve letra, la letra se vuelve apólogo y los simples apólogos pasan a ser historias. Recomendaciones de libros y poesía barata. Cuentos desconocidos para matar el insomnio, o idear un buen plan para hacerlo. “Es lo que es”.
viernes, 14 de julio de 2017
El demonio de la perversidad
En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana
los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un
sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también
habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por
alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta
de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido
pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia tuviera
necesidad de un impulso. No podíamos percibir su necesidad. No podíamos entender, es
decir, aunque la noción de este primum mobile se hubiese introducido por sí misma, no
podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya
temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la
metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que
piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictarle propósitos.
Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre
estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de frenología, por
ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que entre
los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a
éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual
la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido
que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la especie, descubrimos
inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la
idealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con todos los órganos que
representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en
este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o
sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir en principio los pasos de sus
predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del
hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador.
Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación
(puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo
que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios
pretende obligarle a hacer. Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo
lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no
podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en sus
tendencias esenciales y en las fases de la creación?
La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como principio
innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a
falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin
motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o,
si esto se considera una contradicción en los términos, podemos llegar a modificar la
proposición y decir que bajo sus incitaciones actuamos por la razón de que no deberíamos
actuar. En teoría ninguna razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna
más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en la seguridad de la equivocación o el
error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos
impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo no
admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un impulso radical, primitivo,
elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros actos porque sabemos que no
deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una modificación de la que comúnmente
provoca la combatividad de la frenología. Pero una mirada mostrará la falacia de esta idea.
La combatividad, a la cual se refiere la frenología, tiene por esencia la necesidad de
autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño. Su principio concierne a nuestro
bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al mismo tiempo que su desarrollo. Se
sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al mismo tiempo por algún principio que
será una simple modificación de la combatividad, pero en el caso de esto que llamamos
perversidad el deseo de estar bien no sólo no se manifiesta, sino que existe un sentimiento
fuertemente antagónico.
Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la sofistería
que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las
preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical. No es más
incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún período no lo
haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su interlocutor con
circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la intención de
agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y más luminoso
lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y lamenta la cólera
de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que puede engendrar esa
cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento es suficiente. El
impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un ansia
incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las
consecuencias) es consentida.
Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la
demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces,
energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea,
y en la anticipación de su magnífico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser
emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y ¿por qué? No hay respuesta,
salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio.
El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con nuestro deber,
pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible anhelo de
postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas a medida
que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra mano. Nos
estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido, de la sustancia
con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la que vence,
luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al mismo tiempo
es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela, desaparece, somos
libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!
Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo.
Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En
lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de
sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra forma, como el
vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho más terrible que
cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un pensamiento, aunque
temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror.
Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones durante la veloz caída desde
semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación, por la simple razón de que
implica la más espantosa y la más abominable entre las más espantosas y abominables
imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra
imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y porque nuestra razón
nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu. No hay
en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al
borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante cualquier atisbo de
pensamiento significa la perdición inevitable, pues la reflexión no hace sino apremiarnos
para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un
brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos
arrojamos, nos destruimos.
Examinemos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del
espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no deberíamos
hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible, y podríamos en verdad
considerar su perversidad como una instigación directa del demonio si no supiéramos que a
veces actúa en fomento del bien.
He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a vuestra pregunta, puedo
explicaros por qué estoy aquí, puedo mostraros algo que tendrá por lo menos una débil
apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no
hubiera sido tan prolijo, o no me hubierais comprendido, o, como la chusma, me hubierais
considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables víctimas
del demonio de la perversidad.
Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta deliberación.
Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil planes porque su
realización implicaba una chance de ser descubierto. Por fin, leyendo algunas memorias
francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida a madame Pilau por
obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó de inmediato mi
imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la cama. Sabía también
que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito fatigaros con detalles
impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el
candelero de su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de mi fabricación. A la
mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del coroner fue: «Muerto
por la voluntad de Dios.»
Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó por
mi cerebro la idea de ser descubierto. Yo mismo hice desaparecer los restos de la bujía
fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera hacerme
sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción que nacía
en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período muy largo
me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer más real que
las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le sucedió, por fin, una
época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi imperceptible, a convertirse
en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva. Apenas podía librarme de ella
por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases triviales de una ópera. El
martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena o el aria de ópera meritoria.
Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando en mi seguridad y repitiendo
en voz baja la frase: «Estoy a salvo».
Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de
murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di
esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar
abiertamente.»
No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi corazón.
Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he explicado
no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito sus
embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para confesar el
asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera sombra de mi
asesinado y me llamaba a la muerte.
Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé
vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un deseo
enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento me
abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien, que pensar, en mi situación,
era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles atestadas. Al
fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino.
Si hubiera podido arrancarme la lengua, lo habría hecho, pero una voz ruda resonó en mis
oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca para respirar.
Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego, sordo, aturdido; y
entonces algún demonio invisible —pensé— me golpeó con su ancha palma en la espalda.
El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.
Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y apasionada
prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero densas frases que
me entregaban al verdugo y al infierno.
Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra
desmayado.
Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré libre!
Pero, ¿dónde?
miércoles, 5 de julio de 2017
Un cuento de las Montañas Escabrosas
Durante el otoño del año 1827, mientras residía cerca de Charlottesville (Virginia),
trabé relación por casualidad con Mr. Augustus Bedloe. Este joven caballero era notable en
todo sentido y despertó en mí un interés y una curiosidad profundos. Me resultaba
imposible comprenderlo tanto en lo físico como en lo moral. De su familia no pude obtener
informes satisfactorios. Nunca averigüé de dónde venía. Aun en su edad —si bien lo
califico de joven caballero— había algo que me desconcertaba no poco. Seguramente
parecía joven, y se complacía en hablar de su juventud; mas había momentos en que no me
hubiera costado mucho atribuirle cien años de edad. Pero nada más peculiar que su
apariencia física. Era singularmente alto y delgado, muy encorvado. Tenía miembros
excesivamente largos y descarnados, la frente ancha y alta, la tez absolutamente exangüe, la
boca grande y flexible, y los dientes más desparejados, aunque sanos, que jamás he visto en
una cabeza humana. La expresión de su sonrisa, sin embargo, en modo alguno resultaba
desagradable, como podía suponerse; pero era absolutamente invariable. Tenía una
profunda melancolía, una tristeza uniforme, constante. Sus ojos eran de tamaño anormal,
grandes y redondos, como los del gato. También las pupilas con cualquier aumento o
disminución de luz sufrían una contracción o una dilatación como la que se observa en la
especie felina. En momentos de excitación le brillaban los ojos hasta un punto casi
inconcebible; parecían emitir rayos luminosos, no de una luz reflejada, sino intrínseca,
como una bujía, como el sol; pero por lo general tenía un aspecto tan apagado, tan velado y
opaco, que evocaban los ojos de un cadáver largo tiempo enterrado.
Estas características físicas parecían causarle mucha molestia y continuamente aludía a
ellas en un tono en parte explicativo, en parte de disculpa, que la primera vez me
impresionó penosamente. Pronto, sin embargo, me acostumbré a él y mi incomodidad se
desvaneció. Parecía proponerse más bien insinuar, sin afirmarlo de modo directo, que su
aspecto físico no había sido siempre el de ahora, que una larga serie de ataques neurálgicos
lo habían reducido de una belleza mayor de la común a eso que ahora yo contemplaba.
Hacía mucho tiempo que le atendía un médico llamado Templeton, un viejo caballero de
unos setenta años, a quien conociera en Saratoga y cuyos cuidados le habían
proporcionado, o por lo menos así lo pensaba, gran alivio. El resultado fue que Bedloe,
hombre rico, había hecho un arreglo con el doctor Templeton, por el cual este último,
mediante un generoso pago anual, consintió en consagrar su tiempo y su experiencia
médica al cuidado exclusivo del enfermo.
El doctor Templeton había viajado mucho en sus tiempos juveniles, y en París se
convirtió, en gran medida, a las doctrinas de Mesmer. Por medio de curas magnéticas había
logrado aliviar los agudos dolores de su paciente, que, movido por este éxito, sentía cierto
grado natural de confianza en las opiniones en las cuales se fundaba el tratamiento. El
doctor, sin embargo, como todos los fanáticos, había luchado encarnizadamente por
convertir a su discípulo, y al fin consiguió inducirlo a que se sometiera a numerosos
experimentos. Con la frecuente repetición de éstos logró un resultado que en los últimos
tiempos se ha vulgarizado hasta el punto de llamar poco o nada la atención, pero que en el
período al cual me refiero era apenas conocido en América. Quiero decir que entre el doctor
Templeton y Bedloe se había establecido poco a poco un rapport muy definido y muy intenso, una relación magnética. No estoy en condiciones de asegurar, sin embargo, que
este rapport se extendiera más allá de los límites del simple poder de provocar sueño; pero
el poder en sí mismo había alcanzado gran intensidad. El primer intento de producir
somnolencia magnética fue un absoluto fracaso para el mesmerista. El quinto o el sexto
tuvo un éxito parcial, conseguido después de largo y continuado esfuerzo. Sólo en el
duodécimo el triunfo fue completo. Después de éste la voluntad del paciente sucumbió
rápidamente a la del médico, de modo que, cuando los conocí, el sueño se producía casi de
inmediato por la simple voluntad del operador, aun cuando el enfermo no estuviera
enterado de su presencia. Sólo ahora, en el año 1845, cuando se comprueban diariamente
miles de milagros similares, me atrevo a referir esta aparente imposibilidad como un hecho
tan cierto como probado.
El temperamento de Bedloe era sensitivo, excitable y exaltado en el más alto grado. Su
imaginación se mostraba singularmente vigorosa y creadora, y sin duda sacaba fuerzas
adicionales del uso habitual de la morfina, que ingería en gran cantidad y sin la cual le
hubiera resultado imposible vivir. Era su costumbre tomar una dosis muy grande todas las
mañanas inmediatamente después del desayuno, o más bien después de una taza de café
cargado, pues no comía nada antes de mediodía, y luego salía, solo o acompañado por un
perro, en un largo paseo por la cadena de salvajes y sombrías colinas que se alzan hacia el
suroeste de Charlottesville y son honradas con el título de Montañas Escabrosas.
Un día oscuro, caliente, neblinoso de fines de noviembre, durante el extraño interregno
de las estaciones que en Norteamérica se llama verano indio, Mr. Bedloe partió, como de
costumbre, hacia las colinas. Transcurrió el día, y no volvió.
A eso de las ocho de la noche, ya seriamente alarmados por su prolongada ausencia,
estábamos a punto de salir en su busca, cuando apareció de improviso, en un estado no peor
que el habitual, pero más exaltado que de costumbre. Su relato de la expedición y de los
acontecimientos que lo habían detenido fue en verdad singular.
«—Recordarán ustedes —dijo— que eran alrededor de las nueve de la mañana cuando
salí de Charlottesville. De inmediato dirigí mis pasos hacia las montañas y, a eso de las
diez, entré en una garganta completamente nueva para mí. Seguí los recodos de este paso
con gran interés. El paisaje que se veía por doquiera, aunque apenas digno de ser llamado
imponente, presentaba un indescriptible y para mí delicioso aspecto de lúgubre desolación.
La soledad parecía absolutamente virgen. No pude menos de pensar que aquel verde césped
y aquellas rocas grises nunca habían sido holladas hasta entonces por pies humanos. Tan
absoluto era su apartamiento y en realidad tan inaccesible —salvo por una serie de
accidentes— la entrada del barranco, que no es nada imposible que yo haya sido el primer
aventurero, el primerísimo y único aventurero que penetró en sus reconditeces.
»La espesa y peculiar niebla o humo que caracteriza al verano indio y que ahora flota,
pesada, sobre todos los objetos, servía sin duda para ahondar la vaga impresión que esos
objetos creaban. Tan densa era esta agradable bruma, que en ningún momento pude ver a
más de doce yardas en el sendero que tenía delante. Este sendero era sumamente sinuoso y,
como no se podía ver el sol, pronto perdí toda idea de la dirección en que andaba. Entre
tanto la morfina obró su efecto acostumbrado: el de dotar a todo el mundo exterior de
intenso interés. En el temblor de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma
de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del
viento, en los suaves olores que salían del bosque había todo un universo de sugestión, una
alegre y abigarrada serie de ideas fragmentarias desordenadas.
»Absorto, caminé durante varias horas, durante las cuales la niebla se espesó a mi alrededor hasta tal punto que al fin me vi obligado a buscar a tientas el camino. Y entonces
una indescriptible inquietud se adueñó de mí, una especie de vacilación nerviosa, de
temblor. Temí caminar, no fuera a precipitarme en algún abismo. Recordaba, además,
extrañas historias sobre esas Montañas Escabrosas, sobre una raza extraña y fiera de
hombres que ocupaban sus bosquecillos y sus cavernas. Mil fantasías vagas me oprimieron
y desconcertaron, fantasías más afligentes por ser vagas. De improviso detuvo mi atención
el fuerte redoble de un tambor.
»Mi asombro fue por supuesto extremado. Un tambor en esas colinas era algo
desconocido. No podía sorprenderme más el sonido de la trompeta del Arcángel. Pero
entonces surgió una fuente de interés y de perplejidad aún más sorprendente. Se oyó un
extraño son de cascabel o campanilla, como de un manojo de grandes llaves, y al instante
pasó como una exhalación, lanzando un alarido, un hombre semidesnudo de rostro atezado.
Pasó tan cerca que sentí su aliento caliente en la cara. Llevaba en una mano un instrumento
compuesto por un conjunto de aros de acero, y los sacudía vigorosamente al correr. Apenas
había desaparecido en la niebla cuando, jadeando tras él, con la boca abierta y los ojos
centelleantes, se precipitó una enorme bestia. No podía equivocarme acerca de su
naturaleza. Era una hiena.
»La vista de este monstruo, en vez de aumentar mis terrores los alivió, pues ahora
estaba seguro de que soñaba, e intenté despertarme. Di unos pasos hacia adelante con
audacia, con vivacidad. Me froté los ojos. Grité. Me pellizqué los brazos. Un pequeño
manantial se presentó ante mi vista y entonces, deteniéndome, me mojé las manos, la
cabeza y el cuello. Esto pareció disipar las sensaciones equívocas que hasta entonces me
perturbaran. Me enderecé, como lo pensaba, convertido en un hombre nuevo y proseguí
tranquilo y satisfecho mi desconocido camino.
»Al fin, extenuado por el ejercicio y por cierta opresiva cerrazón de la atmósfera, me
senté bajo un árbol. En ese momento llegó un pálido resplandor de sol y la sombra de las
hojas del árbol cayó débil pero definida sobre la hierba. Pasmado, contemplé esta sombra
durante varios minutos. Su forma me dejó estupefacto. Miré hacia arriba. El árbol era una
palmera.
»Entonces me levanté apresuradamente y en un estado de terrible agitación, pues la
suposición de que estaba soñando ya no me servía. Vi, comprendí que era perfectamente
dueño de mis sentidos, y estos sentidos brindaban a mi alma un mundo de sensaciones
nuevas y singulares. El calor tornóse de pronto intolerable. La brisa estaba cargada de un
extraño olor. Un murmullo bajo, continuo, como el que surge de un río crecido pero que
corre suavemente, llegó a mis oídos, mezclado con el susurro peculiar de múltiples voces
humanas.
»Mientras escuchaba en el colmo de un asombro que no necesito describir, una fuerte y
breve ráfaga de viento disipó la niebla oprimente como por obra de magia.
»Me encontré al pie de una alta montaña y mirando una vasta llanura por la cual
serpeaba un majestuoso río. A orillas de este río había una ciudad de apariencia oriental,
como las que conocemos por las Mil y una noches, pero más singular aún que las allí
descritas. Desde mi posición, a un nivel mucho más alto que el de la ciudad, podía percibir
cada rincón y escondrijo como si estuviera delineado en un mapa. Las calles parecían
innumerables y se cruzaban irregularmente en todas direcciones, pero eran más bien
pasadizos sinuosos que calles, y bullían de habitantes. Las casas eran extrañamente
pintorescas. A cada lado había profusión de balcones, galerías, torrecillas, templetes y
minaretes fantásticamente tallados. Abundaban los bazares, y había un despliegue de ricas mercancías en infinita variedad y abundancia: sedas, muselinas, la cuchillería más
deslumbrante, las joyas y gemas más espléndidas. Además de estas cosas se veían por todas
partes estandartes y palanquines, literas con majestuosas damas rigurosamente veladas,
elefantes con gualdrapas suntuosas, ídolos grotescamente tallados, tambores, pendones,
gongos, lanzas, mazas doradas y argentinas. Y en medio de la multitud, el clamor, el
enredo, la confusión general, en medio del millón de hombres blancos y amarillos con
turbantes y túnicas y barbas caudalosas, vagaba una innumerable cantidad de toros
sagrados, mientras vastas legiones de asquerosos monos también sagrados trepaban,
parloteando y chillando, a las cornisas de las mezquitas, o se colgaban de los minaretes y de
las torrecillas. De las hormigueantes calles bajaban a las orillas del río innumerables
escaleras que llegaban a los baños, mientras el río mismo parecía abrirse paso con
dificultad a través de las grandes flotas de navíos muy cargados que se amontonaban a lo
largo y a lo ancho de su superficie. Más allá de los límites de la ciudad se levantaban, en
múltiples grupos majestuosos, la palmera y el cocotero, y otros gigantescos y misteriosos
árboles añosos, y aquí y allá podía verse un arrozal, alguna choza campesina con techo de
paja, un aljibe, un templo perdido, un campamento gitano, o una solitaria y graciosa
doncella encaminándose, con un cántaro sobre la cabeza, hacia las orillas del magnifico río.
«Ustedes dirán ahora, por supuesto, que yo soñaba; pero no es así. Lo que vi, lo que oí, lo
que sentí, lo que pensé, nada tenía de la inequívoca idiosincrasia del sueño. Todo poseía
una consistencia rigurosa y propia. Al principio, dudando de estar realmente despierto,
inicié una serie de pruebas que pronto me convencieron de que, en efecto, lo estaba.
Cuando uno sueña y en el sueño sospecha que sueña, la sospecha nunca deja de
confirmarse y el durmiente se despierta de inmediato. Por eso Novalis no se equivoca al
decir que “estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos”. Si hubiera tenido
esta visión tal como la describo, sin sospechar que era un sueño, entonces podía haber sido
un sueño; pero habiéndose producido así, y siendo, como lo fue, objeto de sospechas y de
pruebas, me veo obligado a clasificarla entre otros fenómenos.»
—En esto no estoy seguro de que se equivoque —observó el doctor Templeton—, pero
continúe. Usted se levantó y descendió a la ciudad.
«—Me levanté —continuó Bedloe mirando al doctor con un aire de profundo
asombro—, me levanté como usted dice y descendí a la ciudad. En el camino encontré una
inmensa multitud que atestaba las calles y se dirigía en la misma dirección, dando muestras
en todos sus actos de la más intensa excitación. De pronto, y por algún impulso
inconcebible, experimenté un fuerte interés personal en lo que estaba sucediendo. Sentía
que debía desempeñar un importante papel, sin saber exactamente cuál. La multitud que me
rodeaba, sin embargo, me inspiró un profundo sentimiento de animosidad. Me aparté
bruscamente, deprisa, por un sendero tortuoso, llegué a la ciudad y entré. Todo era allí
tumulto, contienda. Un pequeño grupo de hombres vestidos con ropas semiindias,
semieuropeas, y comandado por caballeros de uniforme en parte británico, combatían en
desventaja con la bullente chusma de las callejuelas. Me uní a la parte más débil, con las
armas de un oficial caído, y luché no sé contra quién, con la nerviosa ferocidad de la
desesperación. Pronto fuimos vencidos por el número y buscamos refugio en una especie de
quiosco. Allí nos atrincheramos y por un momento estuvimos seguros. Desde una aspillera
cerca del pináculo del quiosco vi una vasta multitud, en furiosa agitación, rodeando y
asaltando un alegre palacio que dominaba el río. Entonces, desde una ventana superior de
ese palacio bajó un personaje, de aspecto afeminado, valiéndose de una cuerda hecha con
los turbantes de sus sirvientes. Cerca había un bote, en el cual huyó a la orilla opuesta del río.
»Y entonces un nuevo propósito se apoderó de mi espíritu. Dije unas pocas palabras
apresuradas pero enérgicas a mis compañeros y, logrando ganar a algunos para mi causa,
hice una frenética salida desde el quiosco. Nos precipitamos entre la multitud que lo
rodeaba. Al principio ésta se retiró a nuestro paso. Volvió a unirse, luchó enloquecida, se
retiró de nuevo. Entretanto nos habíamos alejado del quiosco y nos extraviamos y
confundimos en las estrechas calles de casas altas, salientes, en cuyas profundidades el sol
nunca había podido brillar. La canalla presionó impetuosa contra nosotros, acosándonos
con sus lanzas y abrumándonos a flechazos. Las flechas eran muy curiosas, algo parecidas
al sinuoso cris malayo. Imitaban el cuerpo de una serpiente ondulada y eran largas y negras,
con púa envenenada. Una de ellas me hirió en la sien derecha. Me tambaleé y caí. Una
instantánea y espantosa náusea me invadió. Me debatí, jadeando, hasta morir.»
—No puede usted insistir ahora —dije, sonriendo— en que toda su aventura no fue un
sueño. No se dispondrá a sostener que está muerto, ¿verdad?
Al decir estas palabras esperaba de parte de Bedloe alguna vivaz salida a modo de
réplica; pero, para asombro mío, vaciló, tembló, se puso terriblemente pálido y permaneció
silencioso. Miré a Templeton. Estaba rígido y erecto en su silla, daba diente con diente y
los ojos se le salían de las órbitas.
—¡Continúe! —dijo por fin con voz ronca.
—Durante varios minutos —prosiguió Bedloe— mi único sentimiento, mi única
sensación fue de oscuridad, de nada, junto con la conciencia de la muerte. Por fin mi alma
pareció sufrir un violento y repentino choque, como de electricidad. Con él apareció la
sensación de elasticidad y de luz. Sentí la luz, no la vi. Por un instante me pareció que me
levantaba del suelo. Pero no tenía presencia corpórea, ni visible, ni audible, ni palpable. La
multitud se había marchado. El tumulto había cesado. La ciudad se hallaba en relativo
reposo. Abajo yacía mi cadáver con la flecha en la sien, la cabeza enormemente hinchada y
desfigurada. Pero todas estas cosas las sentí, no las vi. Nada me interesaba. El mismo
cadáver era como si no fuese cosa mía. Voluntad no tenía ninguna, pero algo parecía
impulsarme a moverme y me deslicé flotando fuera de la ciudad, volviendo a recorrer el
sendero sinuoso por el cual había entrado. Cuando llegué al punto del barranco en las
montañas donde encontrara la hiena, experimenté de nuevo un choque como de batería
galvánica; las sensaciones de peso, de voluntad, de sustancia volvieron. Recobré mi ser
original y dirigí ansioso mis pasos hacia casa, pero el pasado no había perdido la vivacidad
de lo real, y ni siquiera ahora, ni siquiera por un instante, puedo obligar a mi entendimiento
a considerarlo como un sueño.
—No lo era —dijo Templeton con un aire de profunda solemnidad—, y sin embargo
sería difícil decir de qué otra manera podría llamárselo. Supongamos tan sólo que el alma
del hombre actual está al borde de algunos estupendos descubrimientos psíquicos.
Contentémonos con esta suposición. En cuanto al resto, tengo alguna explicación que dar.
He aquí una acuarela que debería haberle mostrado antes, pero no lo hice porque hasta
ahora me lo impidió un inexplicable sentimiento de horror.
Miramos la figura que presentaba. Nada le vi de extraordinario, pero su efecto sobre
Bedloe fue prodigioso. Casi se desmayó al verlo. Y sin embargo era tan sólo un retrato, una
miniatura de milagrosa exactitud, por cierto, un retrato de sus notables facciones. Por lo
menos esto fue lo que pensé al mirarlo.
«—Advertirán ustedes —dijo Templeton— la fecha de este retrato. Aquí está, apenas
visible, en este ángulo: 1780. En ese año fue hecho el retrato. Pertenece a un amigo muerto, a Mr. Oldeb, de quien fui muy íntimo en Calcuta, durante la administración de Warren
Hastings. Entonces tenía yo sólo veinte años. La primera vez que lo vi, Mr. Bedloe, en
Saratoga, la milagrosa semejanza existente entre usted y la pintura fue lo que me indujo a
hablarle, a buscar su amistad y a llegar a un arreglo por el cual me convertí en su
compañero constante. Al hacer esto me urgía en parte, y quizá principalmente, el dolido
recuerdo del muerto, pero también, en parte, una curiosidad con respecto a usted, incómoda
y no desprovista de horror.
»En los detalles de su visión entre las colinas ha descrito usted con la más minuciosa
exactitud la ciudad india de Benarés, sobre el Río Sagrado. Los tumultos, el combate, la
matanza fueron los sucesos reales de la insurrección de Cheyte Sing que ocurrió en 1780,
cuando la vida de Hastings corrió inminente peligro. El hombre que escapaba por la cuerda
de turbantes era el mismo Cheyte Sing. El destacamento del quiosco estaba formado por
cipayos y oficiales británicos, comandados por Hastings. Yo formaba parte de ese
destacamento e hice todo lo posible para impedir la temeraria y fatal salida del oficial que
cayó, en las atestadas callejuelas, herido por la flecha envenenada de un bengalí. Aquel
oficial era mi amigo más querido. Era Oldeb. Lo verán ustedes en estos manuscritos —aquí
sacó un cuaderno de notas donde había varias páginas que parecían recién escritas—; en el
mismo momento en que usted imaginaba esas cosas entre las colinas, yo estaba entregado a
la tarea de detallarlas sobre el papel, aquí, en casa.»
Aproximadamente una semana después de esta conversación, en el periódico de
Charlottesville aparecieron los siguientes párrafos:
«Tenemos el penoso deber de anunciar la muerte de Mr. AUGUSTUS BEDLO,
caballero cuyas amables costumbres y numerosas virtudes le habían ganado el afecto de los
ciudadanos de Charlottesville.
»Mr. B. había padecido durante varios años neuralgias que con frecuencia amenazaron
con un fin fatal; pero ésta no puede ser considerada sino la causa mediata de su deceso. La
causa próxima es especialmente singular. En una excursión a las Montañas Escabrosas,
hace unos días, Mr. B. tomó un poco de frío y contrajo fiebre acompañada por gran aflujo
de sangre a la cabeza. Para aliviar esto, el doctor Templeton recurrió a la sangría local, por
medio de sanguijuelas aplicadas a las sienes. En un período terriblemente breve el paciente
murió, viéndose entonces que en el recipiente de las sanguijuelas se había introducido por
casualidad una de las vermiculares venenosas que de vez en cuando se encuentran en las
charcas vecinas. Ésta se adhirió a una pequeña arteria de la sien derecha. Su gran semejanza
con la sanguijuela medicinal fue causa de que se advirtiera demasiado tarde el error.»
N. B. La sanguijuela venenosa de Charlottesville siempre puede distinguirse de la
medicinal por su color negro y especialmente por sus movimientos reptantes o
vermiculares, que tienen una semejanza muy estrecha con los de la víbora.
Estaba hablando con el director del diario en cuestión sobre este notable accidente,
cuando se me ocurrió preguntar por qué el nombre del difunto figuraba como Bedlo.
—Supongo —dije— que tienen ustedes autoridad suficiente para escribirlo así, pero
siempre imaginé que el nombre se escribía con una e al final.
—¿Autoridad? No —replicó—. Es un simple error tipográfico. El nombre es Bedloe,
con una e, y en mi vida he sabido que se escribiera de otro modo.
—Entonces —dije entre dientes mientras me alejaba—, entonces realmente ha
sucedido que una verdad es más extraña que cualquier ficción, pues Bedlo, sin la e, ¿qué es sino Oldeb, a la inversa? Y este hombre me dice que es un error tipográfico.
La máscara de la Muerte Roja
La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había
sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de
la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros
sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la
víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la
invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron
semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los
caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías
fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el
excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la
circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos
trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar
ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí.
La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos
podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta;
entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario
para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y
vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más
terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la
más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitidme que antes os describa
los salones donde se celebraba. Eran siete —una serie imperial de estancias—. En la
mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues
las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la
totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del
amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad
que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un
brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda en mitad de la
pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno
de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono
dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad
oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia
ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era
enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con
tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía
completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las
paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad.
Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales
eran escarlata, tenían un profundo color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no
estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y
opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos
rayos proyectábanse a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada
estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero
en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color
de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente
siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que
pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies.
En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de
ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el
minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del
mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis
eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir
momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban
por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el
desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los
más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente,
como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos
cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí,
como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el
siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de
sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj
daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos
se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos
de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con
bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían
que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo
estaba.
El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete
salas destinadas a la gran fiesta, y su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo
fantasmagórico —mucho de eso que más tarde habría de encontrarse en Hernani—.
Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes; veíanse fantasías
delirantes, como las que aman los maniacos. Abundaba allí lo hermoso, lo extraño, lo
licencioso, y no faltaba lo terrible y lo repelente. En verdad, en aquellas siete cámaras se
movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en
todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña
música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento
todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados,
rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden —apenas han durado un
instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la
música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca
coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes.
Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las
colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de
ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras
entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón
de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a
oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he
dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en
todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá
por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de
aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso
ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carillón se hubieran hundido en el silencio,
muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura
enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido
en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba
desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.
En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una
aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella
mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba, incluso, más allá
de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay
cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la
vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede
jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del
desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la
cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera
al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en
dificultades para descubrir el engaño. Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si
no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las
apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente,
así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora,
con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los
bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de
disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia.
—¿Quién se atreve —preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban—,
quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apoderaos de él y
desenmascaradlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el
aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el
príncipe era hombre osado y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul.
Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien,
en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y
deliberado. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia del enmascarado había
producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin
impedimentos, pasó éste a una yarda del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia
retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio
lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la
verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se
hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y
la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis
aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en
mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía
alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de
golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía
resplandeciente sobre la negra alfombra y el príncipe Próspero se desplomaba muerto.
Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al
aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e
inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir
que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían
ninguna forma tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón
en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de
sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano
se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron.
Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de
la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros
sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la
víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la
invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron
semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los
caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías
fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el
excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la
circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos
trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar
ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí.
La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos
podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta;
entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario
para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y
vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más
terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la
más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitidme que antes os describa
los salones donde se celebraba. Eran siete —una serie imperial de estancias—. En la
mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues
las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la
totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del
amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad
que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un
brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda en mitad de la
pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno
de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono
dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad
oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia
ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era
enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con
tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía
completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las
paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad.
Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales
eran escarlata, tenían un profundo color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no
estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y
opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos
rayos proyectábanse a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada
estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero
en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color
de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente
siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que
pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies.
En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de
ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el
minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del
mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis
eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir
momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban
por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el
desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los
más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente,
como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos
cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí,
como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el
siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de
sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj
daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos
se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos
de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con
bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían
que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo
estaba.
El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete
salas destinadas a la gran fiesta, y su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo
fantasmagórico —mucho de eso que más tarde habría de encontrarse en Hernani—.
Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes; veíanse fantasías
delirantes, como las que aman los maniacos. Abundaba allí lo hermoso, lo extraño, lo
licencioso, y no faltaba lo terrible y lo repelente. En verdad, en aquellas siete cámaras se
movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en
todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña
música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento
todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados,
rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden —apenas han durado un
instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la
música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca
coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes.
Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las
colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de
ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras
entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón
de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a
oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he
dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en
todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá
por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de
aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso
ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carillón se hubieran hundido en el silencio,
muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura
enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido
en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba
desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia.
En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una
aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella
mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba, incluso, más allá
de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay
cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la
vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede
jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del
desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la
cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera
al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en
dificultades para descubrir el engaño. Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si
no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las
apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente,
así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora,
con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los
bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de
disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia.
—¿Quién se atreve —preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban—,
quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apoderaos de él y
desenmascaradlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el
aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el
príncipe era hombre osado y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul.
Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien,
en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y
deliberado. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia del enmascarado había
producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin
impedimentos, pasó éste a una yarda del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia
retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio
lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la
verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se
hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y
la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis
aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en
mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía
alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de
golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía
resplandeciente sobre la negra alfombra y el príncipe Próspero se desplomaba muerto.
Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al
aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e
inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir
que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían
ninguna forma tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón
en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de
sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano
se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron.
Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
El tonel de amontillado
Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me
hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin
embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me
vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era
definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad.
No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el
vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a
Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí
sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su
inmolación.
Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y
aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos
poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte, el entusiasmo que fingen se
adapta al momento y a la oportunidad, a fin de engañar a los millonarios ingleses y
austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas;
pero en lo referente a vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en
este sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza todos los vinos que
podía.
Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema,
cuando encontré a mi amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad, pues había estado
bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado traje a rayas y lucía en la
cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al verle, que me pareció que no
terminaría nunca de estrechar su mano.
—Mi querido Fortunato —le dije—, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen
semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por amontillado,
pero tengo mis dudas.
—¿Cómo?,—exclamó Fortunato—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mitad
de carnaval...!
—Tengo mis dudas —insistí—, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su
precio sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen
negocio.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y quiero salir de ellas.
—¡Amontillado!
—Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico,
es él. Me dirá que...
—Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.
—Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.
—¡Ven! ¡Vamos! —¿Adónde?
—A tu bodega.
—No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y
Lucresi...
—No tengo nada que hacer; vamos.
—No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro.
Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.
—Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En
cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.
Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra
y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.
No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente
el carnaval. Como les había dicho que no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles
órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de que todos ellos se habían
marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.
Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de
múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga
escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo que bajara con precaución.
Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo suelo de las catacumbas de los
Montresors.
Mi amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su
gorro.
—El tonel —dijo,
—Está más delante —contesté—, pero observa las blancas telarañas que brillan en las
paredes de estas cavernas.
Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de
su embriaguez.
—¿Salitre? —preguntó, después de un momento.
—Salitre —repuse—. ¿Desde cuándo tienes esa tos?
El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.
—No es nada —dijo por fin.
—Vamos —declaré con decisión—. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico,
respetado, admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería
lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo contrario, te enfermarás
y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que...
—¡Basta! —dijo Fortunato—. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de
un acceso de tos.
—Ciertamente que no —repuse—. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de
este Medoc nos protegerá de la humedad.
Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase
colocada en el suelo.
—Bebe —agregué, presentándole el vino.
Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto
familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.
—Brindo —dijo— por los enterrados que reposan en torno de nosotros.
—Y yo brindo por que tengas una larga vida.
Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante. —Estas criptas son enormes —observó Fortunato.
—Los Montresors —repliqué— fueron una distinguida y numerosa familia.
—He olvidado vuestras armas.
—Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante,
cuyas garras se hunden en el talón.
—¿Y el lema?
—Nemo me impune lacessit.
—¡Muy bien! —dijo Fortunato.
Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado
también mi fantasía. Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre
los cuales aparecían también toneles y pipas, hasta llegar a la parte más recóndita de las
catacumbas. Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a tomar del brazo a Fortunato por
encima del codo.
—¡Mira cómo el salitre va en aumento! —dije—. Abunda como el moho en las criptas.
Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos... Ven,
volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos...
—No es nada —dijo Fortunato—. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de
Medoc.
Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciólo de un trago y sus
ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en
una forma que no entendí.
Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprendes?
—No —repuse.
—Entonces no eres de la hermandad.
—¿Cómo?
—No eres un masón.
—¡Oh, sí! —exclamé—. ¡Sí lo soy!
—¿Tú, un masón? ¡Imposible!
—Un masón —insistí.
—Haz un signo —dijo él—. Un signo.
—Mira —repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de
albañil.
—Te estás burlando —exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos—. Pero vamos
a ver ese amontillado.
—Puesto que lo quieres —dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a
Fortunato, que se apoyó pesadamente. Continuamos nuestro camino en busca del
amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos, descendimos, seguimos adelante
y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado
que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.
En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes
se habían apilado restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede verse en las
grandes catacumbas de París. Tres lados de esa cripta interior aparecían ornamentados de
esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y yacían dispersos en el suelo,
formando en una parte un amontonamiento bastante grande. Dentro del muro así expuesto
por la caída de los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de
unos cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los
colosales soportes del techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de
sólido granito, que las limitaba.
Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del
nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.
—Continúa —dije—. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi...
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le
seguía pegado a sus talones. En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca
interrumpía su marcha, se detuvo como atontado. Un segundo más tarde quedaba
encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente
por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la otra, un candado.
Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me bastaron apenas unos segundos para
aherrojarlo. Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.
—Pasa tu mano por la pared —dije— y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha
humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que
dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.
—Es cierto —repliqué—. El amontillado.
Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he hablado.
Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero.
Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil comencé vigorosamente a cerrar la
entrada del nicho.
Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de
Fortunato se había disipado en buena parte. La primera indicación nació de un quejido
profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un borracho. Siguió un largo y
obstinado silencio. Puse la segunda hilera, la tercera y la cuarta; entonces oí la furiosa
vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, y para poder
escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos. Cuando,
por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la
quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho. Detúveme
nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre
la figura allí encerrada.
Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de
aquella forma encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un instante y
temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el interior del nicho, pero me
bastó una rápida reflexión para tranquilizarme. Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la
catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a
aquel que clamaba. Fui su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo
hice, y sus gritos acabaron por cesar.
Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la
novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba por
colocar y fijar una sola piedra. Luché con su peso y la coloqué parcialmente en posición.
Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis cabellos. La
sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.
—¡Ja, ja... ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto... una excelente broma...! ¡Cómo
vamos a reírnos en el palazzo... ja, ja... mientras bebamos... ja, ja!
—¡El amontillado! —dije. —¡Ja, ja...! ¡Sí... el amontillado...! Pero... ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán
esperando en el palazzo... mi esposa y los demás? ¡Vámonos!
—Sí—dije—. Vámonos.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—. Por el amor de Dios.
Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:
—¡Fortunato!
Silencio. Llamé otra vez.
—¡Fortunato!
No hubo respuesta. Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue
devuelto un tintinear de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su causa era la
humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Puse la última piedra en su
sitio y la fijé con el mortero. Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila de
huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!
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