domingo, 16 de julio de 2017

Berenice

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, 
curas meas aliquantulum fore levatas.
(EBN ZAIAT)

La  desdicha  es  diversa.  La  desgracia  cunde  multiforme  sobre  la  tierra.  Desplegada
sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y
también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como
el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la
paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así,
en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de
hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi
país  torres  más  venerables  que  mi  melancólica  y  gris  heredad.  Nuestro  linaje  ha  sido
llamado  raza  de  visionarios,  y  en  muchos  detalles  sorprendentes,  en  el  carácter  de  la
mansión familiar, en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en
los  relieves  de  algunos  pilares  de  la  sala  de  armas,  pero  especialmente  en  la  galería  de
cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza
de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia.
Los  recuerdos  de  mis  primeros  años  se  relacionan  con  este  aposento  y  con  sus
volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es
simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia
previa.  ¿Lo  negáis?  No  discutiremos  el  punto.  Yo  estoy  convencido,  pero  no  trato  de
convencer.  Hay,  sin  embargo,  un  recuerdo  de  formas  aéreas,  de  ojos  espirituales  y
expresivos,  de  sonidos  musicales,  aunque  tristes,  un  recuerdo  que  no  será  excluido,  una
memoria  como  una  sombra,  vaga,  variable,  indefinida,  insegura,  y  como  una  sombra
también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón.
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía,
sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños
dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor
con  ojos  asombrados  y  ardientes,  que  malgastara  mi  infancia  entre  libros  y  disipara  mi
juventud  en  ensoñaciones;  pero  sí  es  raro  que  transcurrieran  los  años  y  el  cenit  de  la
virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización
que  subyugó  las  fuentes  de  mi  vida,  asombrosa  la  inversión  total  que  se  produjo  en  el
carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como
visiones,  y  sólo  como  visiones,  mientras  las  extrañas  ideas  del  mundo  de  los  sueños  se
tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y
entera existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos
de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante
de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación;
ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la
huida silenciosa de las horas de alas negras.
¡Berenice!  Invoco  su  nombre...  ¡Berenice!  Y  de  las  grises  ruinas  de  la  memoria  mil
tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante
mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo,
fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes!
Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La
enfermedad  —una  enfermedad  fatal—  cayó  sobre  ella  como  el  simún,  y  mientras  yo  la
observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos
y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El
destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no
la reconocía como Berenice.
Entre  la  numerosa  serie  de  enfermedades  provocadas  por  la  primera  y  fatal,  que
ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse
como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en
catalepsia,  estado  muy  semejante  a  la  disolución  efectiva  y  de  la  cual  su  manera  de
recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad —
pues me han dicho que no debo darle otro nombre—, mi propia enfermedad, digo, crecía
rápidamente,  asumiendo,  por  último,  un  carácter  monomaniaco  de  una  especie  nueva  y
extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin obtuvo sobre mí un incomprensible
ascendiente. Esta monomanía si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de
esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es
más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible
de  proporcionar  a  la  inteligencia  del  lector  corriente  una  idea  adecuada  de  esa  nerviosa
intensidad  del  interés  con  que  en  mi  caso  las  facultades  de  meditación  (por  no  emplear
términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo,
aun de los más comunes.
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al
margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en
una  sombra  extraña  que  caía  oblicuamente  sobre  el  tapiz  o  sobre  la  puerta;  perderme
durante  toda  una  noche  en  la  observación  de  la  tranquila  llama  de  una  lámpara  o  los
rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente
alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de
suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física
gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de
las  extravagancias  más  comunes  y  menos  perniciosas  provocadas  por  un  estado  de  las
facultades  mentales,  no  único,  por  cierto,  pero  sí  capaz  de  desafiar  todo  análisis  o
explicación.
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por
objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común
a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente.
Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa
tendencia,  sino  primaria  y  esencialmente  distinta,  diferente.  En  un  caso,  el  soñador  o  el
fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en
una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un
ensueño  colmado  a  menudo  de  voluptuosidad,  el  incitamentum  o  primera  causa  de  sus meditaciones  desaparece  en  un  completo  olvido.  En  mi  caso,  el  objeto  primario  era
invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada,
una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas
pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca
eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había
alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del
mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he
dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban
ampliamente,  como  se  comprenderá,  por  su  naturaleza  imaginativa  e  inconexa,  de  las
características peculiares  del trastorno  mismo.  Puedo  recordar, entre  otros, el tratado  del
noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San
Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia:
Mortuus est Deifilius; credibili est quia ineptum est: et sepultas resurrexit; certum est quia
impossibili  est,  ocupó  mi  tiempo  íntegro  durante  muchas  semanas  de  laboriosa  e  inútil
investigación.
Se  verá,  pues,  que,  arrancada  de  su  equilibrio  sólo  por  cosas  triviales,  mi  razón
semejaba  a  ese  risco  marino  del  cual  habla  Ptolomeo  Hefestión,  que  resistía  firme  los
ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al
contacto  de  la  flor  llamada  asfódelo.  Y  aunque  para  un  observador  descuidado  pueda
parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su
desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y
anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno
era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy
conmovido  por  la  ruina  total  de  su  hermosa  y  dulce  vida,  no  dejaba  de  meditar  con
frecuencia,  amargamente,  en  los  prodigiosos  medios  por  los  cuales  había  llegado  a
producirse una revolución tan súbita y extraña. Pero estas reflexiones no participaban de la
idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias,
podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se
gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución
física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la
extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las
pasiones  siempre  venían  de  la  inteligencia.  A  través  del  alba  gris,  en  las  sombras
entrelazadas  del  bosque  a  mediodía  y  en  el  silencio  de  mi  biblioteca  por  la  noche,  su
imagen  había  flotado  ante  mis  ojos  y  yo  la  había  visto,  no  como  una  Berenice  viva,
palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal,
sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un
objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y
ahora,  ahora  temblaba  en  su  presencia  y  palidecía  cuando  se  acercaba;  sin  embargo,
lamentando  amargamente  su  decadencia  y  su  ruina,  recordé  que  me  había  amado  largo
tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio.
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno —en
uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la
hermosa Alción 1  —, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca.
                                                          
1  Pues como Júpiter, durante el invierno, da por dos veces siete días de calor, los hombres han llamado a este Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta,
crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un
contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por
nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió
mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora
invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil,
con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser
primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin,
en su rostro. La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo
fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con
innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban
por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y
parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los
labios,  finos  y  contraídos.  Se  entreabrieron,  y  en  una  sonrisa  de  expresión  peculiar  los
dientes  de  la  cambiada  Berenice  se  revelaron  lentamente  a  mis  ojos.  ¡Ojalá  nunca  los
hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto!

El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había
salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se
apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una
sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se
grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes.
¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante
mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor,
como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino
toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia.
Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes.
Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses
se  absorbieron  en  una  sola  contemplación.  Ellos,  ellos  eran  los  únicos  presentes  a  mi
mirada  mental,  y  en  su  insustituible  individualidad  llegaron  a  ser  la  esencia  de  mi  vida
intelectual.
Los  observé  a  todas  las  luces.  Les  hice  adoptar  todas  las  actitudes.  Examiné  sus
características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre
el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y
consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho
bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía
con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, este fue el
insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan
locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón.
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y
las  brumas  de  una  segunda  noche  se  acumularon  y  yo  seguía  inmóvil,  sentado  en  aquel
aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía
su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las
cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de
                                                                                                                                                                                
tiempo clemente y templado, la nodriza de la hermosa Alción (Simónides). horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con
sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de
las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien
me  dijo  que  Berenice  ya  no  existía.  Había  tenido  un  acceso  de  epilepsia  por  la  mañana
temprano,  y  ahora,  al  caer  la  noche,  la  tumba  estaba  dispuesta  para  su  ocupante  y
terminados los preparativos del entierro.
Me  encontré  sentado  en  la  biblioteca  y  de  nuevo  solo.  Me  parecía  que  acababa  de
despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta
del  sol  Berenice  estaba  enterrada.  Pero  del  melancólico  período  intermedio  no  tenía
conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de
horror,  horror  más  horrible  por  lo  vago,  terror  más  terrible  por  su  ambigüedad.  Era  una
página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos,
ininteligibles.  Luché  por  descifrarlos,  pero  en  vano,  mientras  una  y  otra  vez,  como  el
espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis
oídos.  Yo  había  hecho  algo.  ¿Qué  era?  Me  lo  pregunté  a  mí  mismo  en  voz  alta,  y  los
susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada
de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero,
¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no
merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un
libro  y  en  una  frase  subrayada:  Dicebant  mihi  sedales  si  sepulchrum  amicae  visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos
y la sangre se congeló en mis venas?
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como un habitante
de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló
con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de
un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para
buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló,
susurrando,  de  una  tumba  violada,  de  un  cadáver  desfigurado,  sin  mortaja  y  que  aún
respiraba, aún palpitaba, aún vivía.
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me
tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto
que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté
hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó
de  la  mano,  y  cayó  pesadamente,  y  se  hizo  añicos;  y  de  entre  ellos,  entrechocándose,
rodaron  algunos  instrumentos  de  cirugía  dental,  mezclados  con  treinta  y  dos  objetos
pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.

Morella

El mismo, sólo por sí mismo,
eternamente Uno y único.
(PLATÓN, El banquete) 




Un sentimiento de profundo pero singularísimo afecto me inspiraba mi amiga Morella.
Llegué a conocerla por casualidad hace muchos años, y desde nuestro primer encuentro mi
alma ardió con fuego hasta entonces desconocido; pero el fuego no era de Eros, y amarga y
torturadora para mi espíritu fue la convicción gradual de que en modo alguno podía definir
su carácter insólito o regular su vaga intensidad. Sin embargo, nos conocimos y el destino
nos unió ante el altar, y nunca hablé de pasión, ni pensé en el amor. Ella, no obstante, huyó
de la sociedad y, apegándose tan sólo a mí, me hizo feliz. Es una felicidad maravillarse, es
una felicidad soñar.
La  erudición  de  Morella  era  profunda.  Tan  cierto  como  que  estoy  vivo,  sé  que  sus
aptitudes no eran de índole común; el poder de su espíritu era gigantesco. Yo lo sentía y en
muchos  puntos  fui  su  discípulo.  Pronto  descubrí,  sin  embargo,  que  quizá  a  causa  de  su
educación en Presburgo exponía a mi consideración cantidad de esos escritos místicos que
se  juzgan  habitualmente  la  escoria  de  la  primitiva  literatura  alemana.  Eran,  no  puedo
imaginar  por  qué  razón,  objeto  de  su  estudio  favorito  y  constante,  y,  si  con  el  tiempo
llegaron a serlo para mí, ello debe atribuirse a la simple pero eficaz influencia del hábito y
el ejemplo.
En todo esto, si no me equivoco, mi razón poco participaba. Mis opiniones, a menos
que  me  desconozca  a  mí  mismo,  en  modo  alguno  estaban  influidas  por  el  ideal,  ni  era
perceptible  ningún  matiz  del  misticismo  de  mis  lecturas,  a  menos  que  me  equivoque
mucho,  ni  en  mis  actos  ni  en  mis  pensamientos.  Convencido  de  ello,  me  abandoné  sin
reservas a la dirección de mi esposa y penetré con ánimo resuelto en el laberinto de sus
estudios.  Y  entonces,  entonces,  cuando  escudriñando  páginas  prohibidas  sentía  que  un
espíritu aborrecible se encendía dentro de mí, Morella posaba su fría mano sobre la mía y
sacaba  de  las  cenizas  de  una  filosofía  muerta  algunas  palabras  hondas,  singulares,  cuyo
extraño sentido se grababa en mi memoria. Y entonces, hora tras hora, me demoraba a su
lado, sumido en la música de su voz, hasta que al fin su melodía se inficionaba de terror y
una  sombra  caía  sobre  mi  alma  y  yo  palidecía  y  temblaba  interiormente  ante  aquellas
entonaciones sobrenaturales. Y así la alegría se desvanecía súbitamente en el horror y lo
más hondo se convertía en lo más horrible, como el Hinnom se convirtió en la Gehenna.
Es innecesario explicar el carácter exacto de aquellas disquisiciones que, surgidas de
los volúmenes que he mencionado, constituyeron durante tanto tiempo casi el único tema
de  conversación  entre  Morella  y  yo.  Los  entendidos  en  lo  que  puede  designarse  moral
teológica lo comprenderán rápidamente, y los profanos, en todo caso, poco entenderán. El
impetuoso  panteísmo  de  Fichte,  la  παλιγγενεσία  modificada  de  los  pitagóricos  y,  sobre
todo, las doctrinas de la identidad preconizadas por Schelling, eran generalmente los puntos
de discusión más llenos de belleza para la imaginativa Morella. Esta identidad denominada
personal  creo  que  ha  sido  definida  exactamente  por  Locke  como  la  permanencia  del  ser racional. Y puesto que por persona entendemos una esencia inteligente dotada de razón, y
el pensar siempre va acompañado por una conciencia, ella es la que nos hace ser eso que
llamamos  nosotros  mismos,  distinguiéndonos,  en  consecuencia,  de  los  otros  seres  que
piensan y confiriéndonos nuestra identidad personal. Pero el principium individuationis, la
noción de esa identidad que con la muerte se pierde o no para siempre, fue para mí, en todo
tiempo, un tema de intenso interés, no tanto por la perturbadora y excitante índole de sus
consecuencias, como por la insistencia y la agitación con que Morella los mencionaba.
Mas en verdad llegó el momento en que el misterio de la naturaleza de mi mujer me
oprimió como un maleficio. Ya no podía soportar el contacto de su dedos pálidos, ni el tono
profundo de su palabra musical, ni el brillo de sus ojos melancólicos. Y ella lo sabía, pero
no me lo reprochaba; parecía consciente de mi debilidad o de mi locura y, sonriendo, le
daba  el  nombre  de  Destino.  También  parecía  tener  conciencia  de  la  causa,  para  mí
desconocida,  del  gradual  desapego  de  mi  actitud,  pero  no  me  insinuó  ni  me  explicó  su
índole.  Sin  embargo,  era  mujer  y  languidecía  evidentemente.  Con  el  tiempo  la  mancha
carmesí  se  fijó  definitivamente  en  sus  mejillas  y  las  venas  azules  de  su  pálida  frente  se
acentuaron;  si  por  un  momento  me  ablandaba  la  compasión,  al  siguiente  encontraba  el
fulgor  de  sus ojos pensativos,  y  entonces mi alma se sentía enferma y experimentaba el
vértigo de quien hunde la mirada en algún abismo lúgubre, insondable.
¿Diré entonces que anhelaba con ansia, con un deseo voraz, el momento de la muerte
de  Morella?  Así  fue;  mas  el  frágil  espíritu  se  aferró  a  su  envoltura  de  arcilla  durante
muchos días, durante muchas semanas y meses de tedio, hasta que mis nervios torturados
dominaron mi razón y me enfurecí por la demora, y con el corazón de un demonio maldije
los días y las horas y los amargos momentos que parecían prolongarse, mientras su noble
vida declinaba como las sombras en la agonía del día.
Pero,  una  tarde  de  otoño,  cuando  los  vientos  se  aquietaban  en  el  cielo,  Morella  me
llamó a su cabecera. Una espesa niebla cubría la tierra, y subía un cálido resplandor desde
las aguas, y entre el rico follaje de octubre había caído del firmamento un arco iris.
—Éste es el día entre los días —dijo cuando me acerqué—, el día entre los días para
vivir o para morir. Es un hermoso día para los hijos de la tierra y de la vida... ¡ah, más
hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!
Besé su frente, y continuó:
—Me muero, y sin embargo viviré.
—¡Morella!
—Nunca existieron los días en que hubieras podido amarme; pero aquella a quien en
vida aborreciste, será adorada por ti en la muerte.
—¡Morella!
—Repito que me muero. Pero hay dentro de mí una prenda de ese afecto —¡ah, cuan
pequeño!— que sentiste por mí, por Morella. Y cuando mi espíritu parta, el hijo vivirá, tu
hijo  y  el  mío,  el  de  Morella.  Pero  tus  días  serán  días  de  dolor,  ese  dolor  que  es  la  más
perdurable de las impresiones, como el ciprés es el más resistente de los árboles. Porque las
horas de tu dicha han terminado, y la alegría no se cosecha dos veces en la vida, como las
rosas de Pestum dos veces en el año. Ya no jugarás con el tiempo como el poeta de Teos,
mas, ignorante del mirto y de la viña, llevarás encima, por toda la tierra, tu sudario, como el
musulmán en la Meca.
—¡Morella! —exclamé—. ¡Morella! ¿Cómo lo sabes?
Pero  volvió  su  cabeza  sobre  la  almohada;  un  ligero  estremecimiento  recorrió  sus
miembros y murió; y no oí más su voz. Sin embargo, como lo había predicho, su hija —a quien diera a luz al morir y que no
respiró  hasta  que  su  madre  dejó  de  alentar—,  su  hija,  una  niña,  vivió.  Y  creció
extrañamente en talla e inteligencia, y era de una semejanza perfecta con la desaparecida, y
la amé con amor más perfecto del que hubiera creído posible sentir por ningún habitante de
la tierra.
Pero antes de mucho se oscureció el cielo de este puro afecto, y la tristeza, el horror, la
aflicción lo recorrieron con sus nubes. He dicho que la niña crecía extrañamente en talla e
inteligencia. Extraño, en verdad, era el rápido crecimiento de su cuerpo, pero terribles, ah,
terribles eran los tumultuosos pensamientos que se agolpaban en mí mientras observaba el
desarrollo  de  su  inteligencia. ¿Cómo  no  había  de  ser  así  si  descubría  diariamente  en  las
ideas  de  la  niña  el  poder  del  adulto  y  las  aptitudes  de  la  mujer;  si  las  lecciones  de  la
experiencia caían de los labios de la infancia; si yo encontraba a cada instante la sabiduría o
las pasiones de la madurez centelleando en sus ojos profundos y pensativos? Cuando todo
esto, digo, llegó a ser evidente para mis espantados sentidos, cuando ya no pude ocultarlo a
mi  alma  ni  apartarla  de  estas  evidencias  que  la  estremecían,  ¿es  de  sorprenderse  que
sospechas  de  carácter  terrible  y  perturbador  se  insinuaran  en  mi  espíritu,  o  que  mis
pensamientos  recayeran  con  horror  en  las  insensatas  historias  y  en  las  sobrecogedoras
teorías de la difunta Morella? Arrebaté a la curiosidad del mundo un ser cuyo destino me
obligaba a adorarlo, y en la rigurosa soledad de mi hogar vigilé con mortal ansiedad todo lo
concerniente a la criatura amada.
Y a medida que pasaban los años y yo contemplaba día tras día su rostro puro, suave,
elocuente, y vigilaba la maduración de sus formas, día tras día iba descubriendo  nuevos
puntos de semejanza entre la niña y su madre, la melancólica, la muerta. Y por instantes se
espesaban  esas  sombras  de  parecido  y  su  aspecto  era  más  pleno,  más  definido,  más
perturbador y más espantosamente terrible. Pues que su sonrisa fuera como la de su madre,
eso podía soportarlo, pero entonces me estremecía ante una identidad demasiado perfecta;
que sus ojos fueran como los de Morella, eso podía sobrellevarlo, pero es que también se
sumían  con  harta  frecuencia  en  las  profundidades  de  mi  alma  con  la  intención  intensa,
desconcertante, de los de Morella. Y en el contorno de la frente elevada, y en los rizos del
sedoso cabello, y en los pálidos dedos que se hundían en él, en el tono triste, musical de su
voz, y sobre todo —¡ah, sobre todo!— en las frases y expresiones de la muerta en labios de
la  amada,  de  la  viviente,  encontraba  alimento  para  una  idea  voraz  y  horrible,  para  un
gusano que no quería morir.
Así pasaron dos lustros de su vida, y mi hija seguía sin nombre sobre la tierra. «Hija
mía» y «querida» eran los apelativos habituales dictados por un afecto paternal, y el rígido
apartamiento de su vida excluía toda otra relación. El nombre de Morella había muerto con
ella.  De  la  madre  nunca  había  hablado  a  la  hija;  era  imposible  hablar.  A  decir  verdad,
durante  el  breve  período  de  su  existencia  esta  última  no  había  recibido  impresiones  del
mundo exterior, salvo las que podían brindarle los estrechos límites de su retiro. Pero, al
fin,  la  ceremonia  del  bautismo  se  presentó  a  mi  espíritu,  en  su  estado  de  nerviosidad  e
inquietud,  como  una  afortunada  liberación  del  terror  de  mi  destino.  Y,  ante  la  pila
bautismal, vacilé al elegir el nombre. Y muchos epítetos de la sabiduría y la belleza, de
viejos  y  modernos  tiempos,  de  mi  tierra  y  de  tierras  extrañas,  acudieron  a  mis  labios,  y
muchos, muchos epítetos de la gracia, la dicha, la bondad. ¿Qué me impulsó entonces a
agitar  el  recuerdo  de  la  muerta?  ¿Qué  demonio  me  incitó  a  musitar  aquel  sonido  cuyo
simple recuerdo solía hacer afluir torrentes de sangre purpúrea de las sienes al corazón?
¿Qué espíritu maligno habló desde lo más recóndito de mi alma cuando, en aquella bóveda oscura, en el silencio de la noche, susurré al oído del santo varón el nombre de Morella?
¿Quién sino un espíritu maligno convulsionó las facciones de mi hija y las cubrió con el
matiz de la muerte cuando, sobresaltada por esa palabra apenas perceptible, volvió sus ojos
límpidos del suelo al firmamento y, cayendo de rodillas en las losas negras de nuestra cripta
familiar, respondió «¡Aquí estoy!»?
Precisas, fríamente, tranquilamente precisas, cayeron estas simples palabras en mi oído
y de allí, como plomo derretido, rodaron silbando a mi cerebro. ¡Los años, los años pueden
pasar, pero el recuerdo de aquel momento, nunca! No ignoraba yo las flores y la viña, pero
el  acónito  y  el  ciprés  me  cubrieron  con  su  sombra  noche  y  día.  Y  perdí  toda  noción  de
tiempo y espacio, y las estrellas de mi sino se apagaron en el cielo, y desde entonces la
tierra se entenebreció y sus figuras pasaron a mi lado como sombras fugitivas, y entre ellas
sólo veía una: Morella. Los vientos musitaban una sola palabra en mis oídos, y las ondas
del mar murmuraban incesantes: «¡Morella!» Pero ella murió, y con mis propias manos la
llevé a la tumba; y lancé una larga y amarga carcajada al no hallar huellas de la primera
Morella en el sepulcro donde deposité a la segunda.

F I N

Eleonora

Sub conservatione formæ specifícæ salva anima. 
 (RAIMUNDO LULIO) 


Vengo de una raza notable por la fuerza de la imaginación y el ardor de las pasiones.
Los hombres me han llamado loco; pero todavía no se ha resuelto la cuestión de si la locura
es  o  no  la  forma  más  elevada  de  la  inteligencia,  si  mucho  de  lo  glorioso,  si  todo  lo
profundo, no surgen de una enfermedad del pensamiento, de estados de ánimo exaltados a
expensas  del  intelecto  general.  Aquellos  que  sueñan  de  día  conocen  muchas  cosas  que
escapan  a  los  que  sueñan  sólo  de  noche.  En  sus  grises  visiones  obtienen  atisbos  de
eternidad  y  se  estremecen,  al  despertar,  descubriendo  que  han  estado  al  borde  del  gran
secreto. De un modo fragmentario aprenden algo de la sabiduría propia y mucho más del
mero  conocimiento  propio  del  mal.  Penetran,  aunque  sin  timón  ni  brújula,  en  el  vasto
océano de la «luz inefable», y otra vez, como los aventureros del geógrafo nubio, «agressi
sunt mare tenebrarum quid in eo esset exploraturi».
Diremos, pues, que estoy loco. Concedo, por lo menos, que hay dos estados distintos en
mi existencia mental: el estado de razón lúcida, que no puede discutirse y pertenece a la
memoria de los sucesos de la primera época de mi vida, y un estado de sombra y duda, que
pertenece al presente y a los recuerdos que constituyen la segunda era de mi existencia. Por
eso, creed lo que contaré del primer período, y, a lo que pueda relatar del último, conceded
tan sólo el crédito que merezca; o dudad resueltamente, y, si no podéis dudar, haced lo que
Edipo ante el enigma.
La  amada  de  mi  juventud,  de  quien  recibo  ahora,  con  calma,  claramente,  estos
recuerdos,  era  la  única  hija  de  la  hermana  de  mi  madre,  que  había  muerto  hacía  largo
tiempo.  Mi  prima  se  llamaba  Eleonora.  Siempre  habíamos  vivido  juntos,  bajo  un  sol
tropical, en el Valle de la Hierba Irisada. Nadie llegó jamás sin guía a aquel valle, pues
quedaba muy apartado entre una cadena de gigantescas colinas que lo rodeaban con sus
promontorios,  impidiendo  que  entrara  la  luz  en  sus  más  bellos  escondrijos.  No  había
sendero hollado en su vecindad, y para llegar a nuestra feliz morada era preciso apartar con
fuerza el follaje de miles de árboles forestales y pisotear el esplendor de millones de flores
fragantes. Así era como vivíamos solos, sin saber nada del mundo fuera del valle, yo, mi
prima y su madre.
Desde  las  confusas  regiones  más  allá  de  las  montañas,  en  el  extremo  más  alto  de
nuestro circundado dominio, se deslizaba un estrecho y profundo río, y no había nada más
brillante, salvo los ojos de Eleonora; y serpeando furtivo en su sinuosa carrera, pasaba, al
fin, a través de una sombría garganta, entre colinas aún más oscuras que aquellas de donde
saliera.  Lo  llamábamos  el  «Río  de  Silencio»,  porque  parecía  haber  una  influencia
enmudecedora en su corriente. No brotaba ningún murmullo de su lecho y se deslizaba tan
suavemente que los aljofarados guijarros que nos encantaba contemplar en lo hondo de su
seno no se movían, en quieto contentamiento, cada uno en su antigua posición, brillando
gloriosamente para siempre.
Las márgenes del río y de los numerosos arroyos deslumbrantes que se deslizaban por caminos  sinuosos  hasta  su  cauce,  así  como  los  espacios  que  se  extendían  desde  las
márgenes  descendiendo  a  las  profundidades  de  las  corrientes  hasta  tocar  el  lecho  de
guijarros en el fondo, esos lugares, no menos que la superficie entera del valle, desde el río
hasta las montañas que lo circundaban, estaban todos alfombrados por una hierba suave y
verde, espesa, corta, perfectamente uniforme y perfumada de vainilla, pero tan salpicada de
amarillos ranúnculos, margaritas blancas, purpúreas violetas y asfódelos rojo rubí, que su
excesiva  belleza  hablaba  a  nuestros  corazones,  con  altas  voces,  del  amor  y  la  gloria  de
Dios.
Y  aquí  y  allá,  en  bosquecillos  entre  la  hierba,  como  selvas  de  sueño,  brotaban
fantásticos  árboles  cuyos  altos  y  esbeltos  troncos  no  eran  rectos,  mas  se  inclinaban
graciosamente hacia la luz que asomaba a mediodía en el centro del valle. Las manchas de
sus cortezas alternaban el vívido esplendor del ébano y la plata, y no había nada más suave,
salvo las mejillas de Eleonora; de modo que, de no ser por el verde vivo de las enormes
hojas  que  se  derramaban  desde  sus  cimas  en  largas  líneas  trémulas,  retozando  con  los
céfiros, podría habérselos creído gigantescas serpientes de Siria rindiendo homenaje a su
soberano, el Sol.
Tomados de la mano, durante quince años, erramos Eleonora y yo por ese valle antes
de que el amor entrara en nuestros corazones. Ocurrió una tarde, al terminar el tercer lustro
de su vida y el cuarto de la mía, abrazados junto a los árboles serpentinos, mirando nuestras
imágenes en las aguas del Río de Silencio. No dijimos una palabra durante el resto de aquel
dulce  día,  y  aun  al  siguiente  nuestras  palabras  fueron  temblorosas,  escasas.  Habíamos
arrancado al dios Eros de aquellas ondas y ahora sentíamos que había encendido dentro de
nosotros las ígneas almas de nuestros antepasados. Las pasiones que durante siglos habían
distinguido a nuestra raza llegaron en tropel con las fantasías por las cuales también era
famosa, y juntos respiramos una dicha delirante en el Valle de la Hierba Irisada. Un cambio
sobrevino en todas las cosas. Extrañas, brillantes flores estrelladas brotaron en los árboles
donde nunca se vieran flores. Los matices de la alfombra verde se ahondaron, y mientras
una  por  una  desaparecían  las  blancas  margaritas,  brotaban,  en  su  lugar,  de  a  diez,  los
asfódelos  rojo  rubí.  Y  la  vida  surgía  en  nuestros  senderos,  pues  altos  flamencos  hasta
entonces nunca vistos, y todos los pájaros gayos, resplandecientes, desplegaron su plumaje
escarlata ante nosotros. Peces de oro y plata frecuentaron el río, de cuyo seno brotaba, poco
a poco, un murmullo que culminó al fin en una arrulladora melodía más divina que la del
arpa eólica, y no había nada más dulce, salvo la voz de Eleonora. Y una nube voluminosa
que  habíamos  observado  largo  tiempo  en  las  regiones  del  Héspero  flotaba  en  su
magnificencia de oro y carmesí y, difundiendo paz sobre nosotros, descendía cada vez más,
día a día, hasta que sus bordes descansaron en las cimas de las montañas, convirtiendo toda
su oscuridad en esplendor y encerrándonos como para siempre en una mágica casa-prisión
de grandeza y de gloria.
La belleza de Eleonora era la de los serafines, pero era una doncella natural e inocente,
como  la  breve  vida  que  había  llevado  entre  las  flores.  Ningún  artificio  disimulaba  el
fervoroso  amor  que  animaba  su  corazón,  y  examinaba  conmigo  los  escondrijos  más
recónditos mientras caminábamos juntos por el Valle de la Hierba Irisada y discurríamos
sobre los grandes cambios que se habían producido en los últimos tiempos.
Por fin, habiendo hablado un día, entre lágrimas, del último y triste camino que debe
sufrir  el  hombre,  en  adelante  se  demoró  Eleonora  en  este  único  tema  doloroso,
vinculándolo  con  todas  nuestras  conversaciones,  así  como  en  los  cantos  del  bardo  de
Schiraz las mismas imágenes se encuentran una y otra vez en cada grandiosa variación de la frase.
Vio el dedo de la muerte posado en su pecho, y supo que, como la efímera, había sido
creada perfecta en su hermosura sólo para morir; pero, para ella, los terrenos de tumba se
reducían a una consideración que me reveló una tarde, a la hora del crepúsculo, a orillas del
Río de Silencio. Le dolía pensar que, una vez sepulta en el Valle de la Hierba Irisada, yo
abandonaría  para  siempre  aquellos  felices  lugares,  transfiriendo  el  amor  entonces  tan
apasionadamente suyo a otra doncella del mundo exterior y cotidiano. Y entonces, allí, me
arrojé precipitadamente a los pies de Eleonora y juré, ante ella y ante el cielo, que nunca me
uniría  en  matrimonio  con  ninguna  hija  de  la  Tierra,  que  en  modo  alguno  me  mostraría
desleal a su querida memoria, o a la memoria del abnegado cariño cuya bendición había yo
recibido. Y apelé al poderoso amo del Universo como testigo de la piadosa solemnidad de
mi juramento. Y la maldición de Él o de ella, santa en el Elíseo, que invoqué si traicionaba
aquella promesa, implicaba un castigo tan horrendo que no puedo mentarlo. Y los brillantes
ojos  de  Eleonora  brillaron  aún  más  al  oír  mis  palabras,  y  suspiró  como  si  le  hubieran
quitado  del  pecho  una  carga  mortal,  y  tembló  y  lloró  amargamente,  pero  aceptó  el
juramento (pues, ¿qué era sino una niña?) y el juramento la alivió en su lecho de muerte. Y
me dijo, pocos días después, en tranquila agonía, que, en pago de lo que yo había hecho
para confortación de su alma, velaría por mí en espíritu después de su partida y, si le era
permitido, volvería en forma visible durante la vigilia nocturna; pero, si ello estaba fuera
del  poder  de  las  almas  en  el  Paraíso,  por  lo  menos  me  daría  frecuentes  indicios  de  su
presencia,  suspirando  sobre  mí  en  los  vientos  vesperales,  o  colmando  el  aire  que  yo
respirara con el perfume de los incensarios angélicos. Y con estas palabras en sus labios
sucumbió su inocente vida, poniendo fin a la primera época de la mía.
Hasta aquí he hablado con exactitud. Pero cuando cruzo la barrera que en la senda del
Tiempo  formó  la  muerte  de  mi  amada  y  comienzo  con la segunda  era  de  mi  existencia,
siento que una sombra se espesa en mi cerebro y duda de la perfecta cordura de mi relato.
Mas dejadme seguir. Los años se arrastraban lentos y yo continuaba viviendo en el Valle de
la Hierba Irisada; pero un segundo cambio había sobrevenido en todas las cosas. Las flores
estrelladas desaparecieron de los troncos de los árboles y no brotaron más. Los matices de
la alfombra verde se desvanecieron, y uno por uno fueron marchitándose los asfódelos rojo
rubí, y en lugar de ellos brotaron de a diez oscuras violetas como ojos, que se retorcían
desasosegadas y estaban siempre llenas de rocío. Y la Vida se retiraba de nuestros senderos,
pues  el  alto  flamenco  ya  no  desplegaba  su  plumaje  escarlata  ante  nosotros,  mas  voló
tristemente del valle a las colinas, con todos los gayos pájaros brillantes que habían llegado
en su compañía. Y los peces de oro y plata nadaron a través de la garganta hasta el confín
más hondo de su dominio y nunca más adornaron el dulce río. Y la arrulladora melodía,
más suave que el arpa eólica y más divina que todo, salvo la voz de Eleonora, fue muriendo
poco a poco, en murmullos cada vez más sordos, hasta que la corriente tornó, al fin, a toda
la  solemnidad  de  su  silencio  originario.  Y  por  último,  la  voluminosa  nube  se  levantó  y,
abandonando los picos de las montañas a la antigua oscuridad, retornó a las regiones del
Héspero y se llevó sus múltiples resplandores dorados y magníficos del Valle de la Hierba
Irisada.
Pero las promesas de Eleonora no cayeron en el olvido, pues escuché el balanceo de los
incensarios angélicos, y las olas de un perfume sagrado flotaban siempre en el valle, y en
las  horas  solitarias,  cuando  mi  corazón  latía  pesadamente,  los  vientos  que  bañaban  mi
frente me llegaban cargados de suaves suspiros, y murmullos confusos llenaban a menudo
el aire nocturno, y una vez —¡ah, pero sólo una vez!— me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión de unos labios espirituales sobre los míos.
Pero, aun así, rehusaba llenarse el vacío de mi corazón. Ansiaba el amor que antes lo
colmara  hasta  derramarse.  Al  fin  el  valle  me  dolía  por  los  recuerdos  de  Eleonora,  y  lo
abandoné para siempre en busca de las vanidades y los turbulentos triunfos del mundo.
Me encontré en una extraña ciudad, donde todas las cosas podían haber servido para
borrar del recuerdo los dulces sueños que tanto duraran en el Valle de la Hierba Irisada. El
fasto y la pompa de una corte soberbia y el loco estrépito de las armas y la radiante belleza
de la mujer extraviaron e intoxicaron mi mente. Pero, aun entonces, mi alma fue fiel a su
juramento,  y  las  indicaciones  de  la  presencia  de  Eleonora  todavía  me  llegaban  en  las
silenciosas  horas  de  la  noche.  De  pronto,  cesaron  estas  manifestaciones  y  el  mundo  se
oscureció  ante  mis  ojos  y  quedé  aterrado  ante  los  abrasadores  pensamientos  que  me
poseyeron,  ante  las  terribles  tentaciones  que  me  acosaron,  pues  llegó  de  alguna  lejana,
lejanísima tierra desconocida, a la alegre corte del rey a quien yo servía, una doncella ante
cuya  belleza mi corazón  desleal  se  doblegó en seguida, a cuyos pies me incliné sin una
lucha, con la más ardiente, con la más abyecta adoración amorosa. ¿Qué era, en verdad, mi
pasión por la jovencita del valle, en comparación con el ardor y el delirio y el arrebatado
éxtasis  de  adoración  con  que  vertía  toda  mi  alma  en  lágrimas  a  los  pies  de  la  etérea
Ermengarda? ¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para
ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos,
donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella.
Me casé; no temí la maldición que había invocado, y su amargura no me visitó. Y una
vez, pero sólo una vez en el silencio de la noche, llegaron a través de la celosía los suaves
suspiros que me habían abandonado, y adoptaron la voz dulce, familiar, para decir:
«¡Duerme en paz! Pues el espíritu del Amor reina y gobierna y, abriendo tu apasionado
corazón a Ermengarda, estás libre, por razones que conocerás en el Cielo, de tus juramentos
a Eleonora.»

Sombra Parábola


Sí, aunque marcho por el valle de la Sombra.

 (Salmo de David, XXIII) 


Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado
hace  mucho  en  la  región  de  las  sombras.  Pues  en  verdad  ocurrirán  muchas  cosas,  y  se
sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito.
Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, mas unos pocos
habrá  que  encuentren  razones  para  meditar  frente  a  los  caracteres  aquí  grabados  con  un
estilo de hierro.
El año había sido un año de terror y de sentimientos más intensos que el terror, para los
cuales no hay nombre sobre la tierra. Pues habían ocurrido muchos prodigios y señales, y a
lo lejos y en todas partes, sobre el mar y la tierra, se cernían las negras alas de la peste. Para
aquellos versados en la ciencia de las estrellas, los cielos revelaban una faz siniestra; y para
mí, el griego Oinos, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternación de aquel
año 794, en el cual, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter queda en conjunción con el
anillo rojo del terrible Saturno. Si mucho no me equivoco, el especial espíritu del cielo no
sólo se manifestaba en el globo físico de la tierra, sino en las almas, en la imaginación y en
las meditaciones de la humanidad.
En una sombría ciudad llamada Ptolemáis, en un  noble palacio,  nos  hallábamos  una
noche siete de nosotros frente a los frascos del rojo vino de Chíos. Y no había otra entrada a
nuestra cámara que una alta puerta de bronce; y aquella puerta había sido fundida por el
artesano Corinnos, y, por ser de raro mérito, se la aseguraba desde dentro. En el sombrío
aposento, negras colgaduras alejaban de nuestra vista la luna, las cárdenas estrellas y las
desiertas calles; pero el presagio y el recuerdo del Mal no podían ser excluidos. Estábamos
rodeados por cosas que no logro explicar distintamente; cosas materiales y espirituales, la
pesadez de la atmósfera, un sentimiento de sofocación, de ansiedad; y por, sobre todo, ese
terrible estado de la existencia que alcanzan los seres nerviosos cuando los sentidos están
agudamente vivos y despiertos, mientras las facultades yacen amodorradas. Un peso muerto
nos agobiaba. Caía sobre los cuerpos, los muebles, los vasos en que bebíamos; todo lo que
nos rodeaba cedía a la depresión y se hundía; todo menos las llamas de las siete lámparas
de  hierro  que  iluminaban  nuestra  orgía.  Alzándose  en  altas  y  esbeltas  líneas  de  luz,
continuaban ardiendo, pálidas e inmóviles; y en el espejo que su brillo engendraba en la
redonda mesa de ébano a la cual nos sentábamos, cada uno veía la palidez de su propio
rostro y el inquieto resplandor en las abatidas miradas de sus compañeros. Y, sin embargo,
reíamos  y  nos  alegrábamos  a  nuestro  modo  —lleno  de  histeria—,  y  cantábamos  las
canciones  de  Anacreonte  —llenas  de  locura—,  y  bebíamos  copiosamente,  aunque  el
purpúreo vino nos recordaba la sangre. Porque en aquella cámara había otro de nosotros en
la  persona  del  joven  Zoilo.  Muerto  y  amortajado  yacía  tendido  cuan  largo  era,  genio  y
demonio  de  la  escena.  ¡Ay,  no  participaba  de  nuestro  regocijo!  Pero  su  rostro,
convulsionado por la plaga, y sus ojos, donde la muerte sólo había apagado a medias el fuego de la pestilencia, parecían interesarse en nuestra alegría, como quizá los muertos se
interesan en la alegría de los que van a morir. Mas aunque yo, Oinos, sentía que los ojos del
muerto  estaban  fijos  en  mí,  me  obligaba  a  no  percibir  la  amargura  de  su  expresión,  y
mientras contemplaba fijamente las profundidades del espejo de ébano, cantaba en voz alta
y sonora las canciones del hijo de Teos.
Poco a poco, sin embargo, mis canciones fueron callando y sus ecos, perdiéndose entre
las  tenebrosas  colgaduras  de  la  cámara,  se  debilitaron  hasta  volverse  inaudibles  y  se
apagaron del todo. Y he aquí que de aquellas tenebrosas colgaduras, donde se perdían los
sonidos de la canción, se desprendió una profunda e indefinida sombra, una sombra como
la que la luna, cuando está baja, podría extraer del cuerpo de un hombre; pero ésta no era la
sombra de un hombre o de un dios, ni de ninguna cosa familiar. Y, después de temblar un
instante, entre las colgaduras del aposento, quedó, por fin, a plena vista sobre la superficie
de la puerta de bronce. Mas la sombra era vaga e informe, indefinida, y no era la sombra de
un hombre o de un dios, ni un dios de Grecia, ni un dios de Caldea, ni un dios egipcio. Y la
sombra se detuvo en la entrada de bronce, bajo el arco del entablamento de la puerta, y sin
moverse, sin decir una palabra, permaneció inmóvil. Y la puerta donde estaba la sombra, si
recuerdo  bien,  se  alzaba  frente  a  los  pies  del  joven  Zoilo  amortajado.  Mas  nosotros,  los
siete  allí  congregados,  al  ver  cómo  la  sombra  avanzaba  desde  las  colgaduras,  no  nos
atrevimos  a  contemplarla  de  lleno,  sino  que  bajamos  los  ojos  y  miramos  fijamente  las
profundidades  del  espejo  de  ébano.  Y  al  final  yo,  Oinos,  hablando  en  voz  muy  baja,
pregunté  a  la  sombra  cuál  era  su  morada  y  su  nombre.  Y  la  sombra  contestó:  «Yo  soy
SOMBRA, y mi morada está al lado de las catacumbas de Ptolemáis, y cerca de las oscuras
planicies de Clíseo, que bordean el impuro canal de Caronte.»
Y  entonces  los  siete  nos  levantamos  llenos  de  horror  y  permanecimos  de  pie
temblando, estremecidos, pálidos; porque el tono de la voz de la sombra no era el tono de
un solo ser, sino el de una multitud de seres, y, variando en sus cadencias de una sílaba a
otra, penetraba oscuramente en nuestros oídos con los acentos familiares y harto recordados
de mil y mil amigos muertos.

F I N

sábado, 15 de julio de 2017

La Cita

Venecia



¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte
en el profundo valle.
(HENRY KING, obispo de Chichester, 
Funerales en la muerte de su esposa)

Hombre misterioso, de aciago destino! ¡Exaltado por la brillantez de tu imaginación,
ardido en las llamas de tu juventud! ¡Otra vez, en mi fantasía, vuelvo a contemplarte! De
nuevo se alza ante mí tu figura... ¡No, no como eres ahora, en el frío valle, en la sombra!,
sino como debiste de ser, derrochando una vida de magnífica meditación en aquella ciudad
de  confusas  visiones,  tu  Venecia,  Elíseo  del  mar,  amada  de  las  estrellas,  cuyos  amplios
balcones de los palacios de Palladio contemplan con profundo y amargo conocimiento los
secretos  de  sus  silentes  aguas.  ¡Sí,  lo  repito:  como  debiste  de  ser!  Sin  duda  hay  otros
mundos fuera de éste, otros pensamientos que los de la multitud, otras especulaciones que
las  del  sofista.  ¿Quién,  entonces,  podría  poner  en  tela  de  juicio  tu  conducta?  ¿Quién  te
reprocharía  tus  horas  visionarias,  o  denunciaría  tu  modo  de  vivir  como  un  despilfarro,
cuando no era más que la sobreabundancia de tus inagotables energías?
Fue en Venecia, bajo la arcada cubierta que llaman el Ponte di Sospiri, donde encontré
por tercera o cuarta vez a la persona de quien hablo. Las circunstancias de aquel encuentro
acuden  confusamente  a  mi  recuerdo.  Y,  sin  embargo,  veo...  ¡ah,  cómo  olvidar!...  la
profunda medianoche, el Puente de los Suspiros, la belleza femenina y el genio del romance
que erraba por el angosto canal.
Venecia estaba extrañamente oscura. El gran reloj de la Piazza había dado la quinta
hora de la noche italiana. La plaza del Campanile se mostraba silenciosa y vacía, mientras
las  luces  del  viejo  Palacio  Ducal  extinguíanse  una  tras  otra.  Volvía  a  casa  desde  la
Piazzetta, siguiendo el Gran Canal. Cuando mi góndola llegó ante la boca del canal de San
Marcos, oí desde sus profundidades una voz de mujer, que exhalaba en la noche un alarido
prolongado, histérico y terrible. Me incorporé sobresaltado, mientras el gondolero dejaba
resbalar  su  único  remo  y  lo  perdía  en  la  profunda  oscuridad,  sin  que  le  fuera  posible
recobrarlo. Quedamos así a merced de la corriente, que en ese punto se mueve desde el
canal  mayor  hacia  el  pequeño.  Semejantes  a  un  pesado  cóndor  de  negras  alas  nos
deslizábamos blandamente en dirección al Puente de los Suspiros, cuando mil antorchas,
llameando  desde  las  ventanas  y  las  escalinatas  del  Palacio  Ducal,  convirtieron
instantáneamente aquella profunda oscuridad en un lívido día preternatural. Escapando  de  los  brazos  de  su  madre,  un  niño  acababa  de  caer  desde  una  de  las
ventanas superiores del elevado edificio a las profundas y oscuras aguas del canal, que se
habían  cerrado  silenciosas  sobre  su  víctima.  Aunque  mi  góndola  era  la  única  a  la  vista,
muchos arriesgados nadadores habíanse precipitado ya a la corriente y buscaban vanamente
en su superficie el tesoro que, ¡ay!, sólo habría de encontrarse en el abismo. En las grandes
losas de mármol negro que daban entrada al palacio, apenas a unos pocos peldaños sobre el
agua, veíase una figura que nadie ha podido olvidar jamás después de contemplarla. Era la
marquesa Afrodita, la adoración de toda Venecia, la más alegre y hermosa de las mujeres
—allí donde todas eran bellas—, la joven esposa del viejo e intrigante Mentoni y madre del
hermoso  niño,  su  primer  y  único  vástago  que,  sumido  en  las  profundidades  del  agua
lóbrega,  estaría  recordando  amargamente  las  dulces  caricias  de  su  madre  y  agotando  su
débil vida en los esfuerzos por llamarla.
La marquesa permanecía sola. Sus diminutos y plateados pies desnudos resplandecían
en el negro espejo de mármol que pisaba. Su cabello, que conservaba a medias el peinado
del baile, rodeaba entre una lluvia de diamantes su clásica cabeza, llena de bucles parecidos
al jacinto joven. Una túnica alba como la nieve y semejante a la gasa parecía ser la única
protección de sus delicadas formas; pero el aire estival de aquella medianoche era caliente,
denso,  estático,  y  aquella  imagen  estatuaria  tampoco  hacía  el  menor  movimiento  que
alterara  los  pliegues  de  la  vestidura  como  de  vapor  que  la  envolvía,  tal  como  el  pesado
mármol  envuelve  la  imagen  de  Niobe.  Y,  sin  embargo,  ¡cosa  extraña!,  sus  grandes  y
brillantes ojos no miraban hacia abajo, en dirección a la tumba donde su mejor esperanza
había  sido  sepultada,  sino  que  aparecían  como  clavados  en  una  dirección  por  completo
diferente. La prisión de la antigua República es, según creo, el edificio más majestuoso de
Venecia; pero, ¿cómo podía aquella dama contemplarlo tan fijamente, mientras allí abajo se
estaba  ahogando  su  único  hijo?  Un  negro,  lúgubre  nicho  hallábase  situado  exactamente
frente a la ventana del aposento de la marquesa. ¿Qué podía haber, pues, en sus sombras, en
su  arquitectura,  en  sus  solemnes  cornisas  cubiertas  de  hiedra,  que  la  dama  no  hubiera
contemplado mil veces antes? ¡Oh, desatino! ¿Quién no recuerda que, en momentos como
ése, la mirada, semejante a un espejo trizado, multiplica las imágenes de su desolación y ve
en innumerables lugares lejanos la pena más cercana?
Varios escalones más arriba que la marquesa y dentro del arco de la compuerta se veía
a Mentoni, todavía con su traje de fiesta, semejante a un sátiro. Ocupábase por momentos
de rasguear las cuerdas de una guitarra y parecía ennuyé en extremo, mientras, de cuando
en cuando, daba instrucciones para el salvamento de su hijo. Estupefacto y despavorido, no
había podido moverme de la posición en que me colocara al escuchar el grito; seguía de pie
y debí de presentar a ojos del agitado grupo una apariencia ominosa y espectral, mientras
pasaba, pálido y rígido, en aquella fúnebre góndola.
Todos los esfuerzos parecían vanos. Los más decididos en la búsqueda empezaban a
cansarse y se entregaban a una profunda tristeza. Poca esperanza quedaba ya de salvar al
niño  (¡y  cuánto  más  desesperada  estaría  la  madre!).  Pero  entonces,  desde  el  interior  de
aquel oscuro nicho que he mencionado como parte integrante de la prisión de la antigua
República —y que quedaba frente a las ventanas de la marquesa—, una silueta embozada
avanzó hasta las luces y, luego de hacer una pausa al borde del abismo líquido, zambullóse
de cabeza en el canal. Un minuto después, al emerger llevando en sus brazos al niño que
aún respiraba y alzarse en los peldaños de mármol del lado de la marquesa, la empapada
capa se soltó de sus hombros y, cayendo a sus pies, mostró a los estupefactos espectadores
la graciosa figura de un hombre joven, cuyo nombre resonaba entonces en toda Europa. Ni una  palabra pronunció  el  salvador. Pero la  marquesa...  ¡Ah,  ya  iba  a  recibir  a  su
hijo! ¡Ya iba a estrechar en sus brazos el pequeño cuerpo y reanimarlo con sus caricias!
Mas, ¡ay!, los brazos de otro lo alzaban, los brazos de otro se lo llevaban, lo introducían en
el palacio. ¿Y la marquesa?... Sus labios, sus hermosos labios temblaban; las lágrimas se
arracimaban  en  sus  ojos,  esos  ojos  que,  como  el  acanto  de  Plinio,  eran  «suaves  y  casi
líquidos». Sí, las lágrimas se agolpaban en sus ojos, y de pronto todo el cuerpo de aquella
mujer se estremeció con un temblor que le venía del alma... ¡Y la estatua recobró vida! Vi
súbitamente cómo la palidez marmórea de sus facciones, el alentar de su seno y la pureza
de  sus  blancos  pies  se  anegaban  en  una  incontenible  marea  carmesí.  Y  un  leve  temblor
agitó su delicado cuerpo, como la brisa gentil de Nápoles agita los plateados lirios en el
campo.
¿Por  qué  se  sonrojaba  la  dama?  No  hay  respuesta  a  tal  pregunta.  Verdad  es  que,  al
abandonar,  con  el  apresuramiento  y  el  terror  de  un  corazón  materno  la  intimidad  de  su
boudoir, la marquesa había olvidado aprisionar sus menudos pies en chinelas y cubrir sus
hombros venecianos con el manto que les correspondía... ¿Qué otra razón podía tener para
sonrojarse así? ¿Y la mirada de esos ojos que imploraban desesperadamente? ¿Y el tumulto
del agitado seno? ¿Y la convulsiva presión de aquella mano temblorosa que, en momentos
en  que  Mentoni  retornaba  al  palacio,  se  posó  accidentalmente  sobre  la  mano  del
desconocido?  ¿Y  qué  razón  podía  haber  para  aquellas  palabras  en  voz  baja,  en  voz  tan
extrañamente baja, aquellas palabras sin sentido que la dama murmuró presurosamente en
el instante de despedirlo?
—Has  vencido  —dijo,  a  menos  que  el  murmullo  del  agua  me  engañara—.  Has
vencido... Una hora después de la salida del sol... ¡Así sea!

El  tumulto  se  había  apaciguado,  murieron  las  luces  en  el  interior  del  palacio  y  el
desconocido, a quien yo, sin embargo, había reconocido, permanecía solo en la escalinata.
Estremecióse con inconcebible agitación y sus ojos miraron en todas direcciones buscando
una góndola. No podía menos de ofrecerle la mía, y la aceptó. Luego de obtener un remo en
una  compuerta,  continuamos  juntos  hasta  su  residencia,  mientras  mi  huésped  recobraba
rápidamente el dominio de sí mismo y se refería a nuestra superficial relación en términos
de gran cordialidad.
Frente  a  ciertos  temas,  me  gusta  ser  minucioso.  La  persona  del  desconocido  —
permitidme  llamarlo  así,  ya  que  lo  era  todavía  para  el  mundo  entero—,  la  persona  del
desconocido  constituye  uno  de  esos  temas.  Su  estatura  era  algo  inferior  a  la  mediana,
aunque  en  momentos  de  intensa  pasión  su  cuerpo  crecía  como  para  desmentir  esa
afirmación. La liviana  y  esbelta  simetría de su figura antes anunciaba la vivaz actividad
demostrada en el Puente de los Suspiros, que la hercúlea fuerza que, en ocasiones de mayor
peligro, había desplegado sin aparente esfuerzo. Su boca y mentón eran los de una deidad;
los ojos, singulares, ardientes, enormes, líquidos, de una tonalidad fluctuando entre el puro
castaño y el más intenso y brillante azabache; una profusión de cabello negro y rizado, bajo
el cual se destacaba una frente de no común anchura, que por momentos resplandecía como
marfil iluminado; tales eran sus rasgos, tan clásicamente regulares que jamás he visto otros
semejantes, salvo, quizá, en las imágenes del emperador Cómodo. Y, sin embargo, su rostro
era de esos que todo hombre ha visto en algún momento de su vida, pero que no ha vuelto a
encontrar nunca más. No tenía nada peculiar, ninguna expresión predominante que fijar en
la  memoria;  un  rostro  visto  e  instantáneamente  olvidado,  pero  olvidado  con  un  vago  y
continuo deseo de recordarlo otra vez. Y no porque el espíritu de cada rápida pasión no dejara de imprimir su propia y clara imagen en el espejo de aquel rostro; pero el espejo, al
igual que todos los espejos, perdía todo vestigio de la pasión apenas desaparecía.
Al despedirnos la noche de aquella aventura me pidió, de una manera que me pareció
urgente, que no dejara de visitarlo muy temprano por la mañana. Poco después de la salida
del  sol  llegué  a  su  Palazzo,  uno  de  aquellos  enormes  edificios  de  sombría  y  fantástica
pompa  que  se  alzan  sobre  las  aguas  del  Gran  Canal,  en  la  vecindad  del  Rialto.  Fui
conducido  por  una  ancha  escalinata  de  mosaico  hasta  un  aposento  cuyo  incomparable
esplendor irrumpía por las puertas abiertas, con lujo tal que me cegó y me confundió.
No ignoraba que mi conocido era rico. Los rumores circulantes se referían a sus bienes
en términos que yo me había atrevido a calificar de ridículas exageraciones. Pero, cuando
miré  en  torno,  no  pude  creer  que  la  riqueza  de  un  europeo  hubiese  sido  capaz  de
proporcionar la principesca magnificencia que ardía y brillaba en todas partes.
Aunque,  como  ya  he  dicho,  ya  había  salido  el  sol,  el  aposento  seguía  profusamente
iluminado. Juzgué por esta circunstancia, así como por la expresión de fatiga del rostro de
mi amigo, que no se había acostado en toda la noche.
Tanto la arquitectura como la ornamentación de la cámara tenían por finalidad evidente
la  de  deslumbrar  y  confundir.  Poca  atención  se  había  prestado  a  lo  que  técnicamente  se
denomina armonía, o a las características nacionales. La mirada erraba de objeto en objeto,
sin detenerse en ninguno, fueran los grotesques de los pintores griegos, las esculturas de las
mejores épocas italianas, o las pesadas tallas del rústico Egipto. Ricas colgaduras, en todos
los  ángulos  del  aposento,  vibraban  bajo  los  acentos  de  una  suave  y  melancólica  música
cuyo  origen  era  imposible  adivinar.  Los  sentidos  quedaban  oprimidos  por  la  mezcla  de
diversos  perfumes  que  brotaban  de  extraños  incensarios  convolutos,  junto  con  múltiples
lenguas oscilantes y resplandecientes de fuegos violeta y esmeralda. Los rayos del sol que
apenas  asomaban  caían  sobre  aquel  conjunto  a  través  de  ventanas  formadas  por  un  solo
cristal  carmesí.  Saltando  de  un  lado  a  otro,  en  mil  refracciones,  desde  las  cortinas  que
bajaban  de  sus  cornisas  como  cataratas  de  plata  fundida,  los  rayos  del  astro  rey  se
mezclaban por fin con la luz artificial y caían en masas vencidas y temblorosas sobre una
alfombra tejida con riquísimo oro de Chile, que daba la impresión de líquido.
—¡Ja, ja, ja! —rió el señor de aquel palacio, ofreciéndome asiento y tendiéndose en
una  otomana—.  Bien  veo  —agregó  al  advertir  que  no  alcanzaba  a  adaptarme
inmediatamente a la bienséance de un recibimiento tan singular—, bien veo que está usted
asombrado de mi cámara, mis estatuas, mis pinturas, la originalidad de mi concepción en
materia de arquitectura y tapicería... ¿Verdad que se siente como embriagado frente a mi
magnificencia? Pero, perdóneme usted, querido señor —y aquí el tono de su voz descendió
hasta  tocar  el  espíritu  mismo  de  la  cordialidad—,  perdóneme  mi  poco  caritativa  risa.
¡Parecía usted tan completamente asombrado! Por lo demás, ciertas cosas son a tal punto
cómicas,  que  uno  tiene  que  reír  o morirse.  ¡Morirse  de  risa  debe  ser  el  más  glorioso  de
todos  los  fines!  Sir  Thomas  More...,  ¡y  qué  hombre  era  sir  Thomas  More!...,  murió
riéndose,  como  usted  sabe.  En  los  Absurdos  de  Ravisius  Textor  hay  una  larga  lista  de
personajes que terminaron de la misma magnífica manera. Y ha de saber usted —continuó,
pensativo— que en Esparta (que se llama ahora Palaeochori), hacia el oeste de la ciudadela,
entre un caos de ruinas apenas visibles, existe una especie de socle, en el cual todavía son
legibles  las  letras  ΛΑΣΜ.  Indudablemente,  forman  parte  de  ΙΕΛΑΣΜΑ.  Ahora  bien,  en
Esparta  se  alzaban  mil  templos  y  altares  dedicados  a  mil  divinidades  distintas.  ¡Qué
extraordinariamente  raro  que  el  altar  de  la  Risa  sea  el  único  que  ha  sobrevivido  a  los
demás!  Pero  en  este  momento  —agregó,  mientras  su  voz  y  su  actitud  variaban extrañamente— no tengo derecho de estar alegre a expensas de usted. Y no me extraña que
se haya quedado estupefacto al entrar. Europa no es capaz de producir nada tan hermoso
como mi pequeño gabinete real. El resto de las habitaciones no se le parecen para nada; son
simples ultras de insipidez a la moda. Pero esto es mejor que la moda, ¿no le parece? Y, sin
embargo, bastaría que vieran este aposento para que se iniciara la moda más furiosa... entre
aquellos, claro está, que pudieran pagarla al precio de su entero patrimonio. Pero me he
cuidado de semejante profanación. Salvo una persona, es usted el único ser humano, fuera
de mí y de mi valet, que ha sido admitido en los misterios de estos aposentos reales desde el
día en que fueron adornados como puede verlo...
Me incliné en señal de agradecimiento, ya que aquel lujo sobrecogedor, los perfumes,
la música y la inesperada excentricidad del tono y la actitud de mi huésped me impedían
expresar con palabras lo que de otra manera hubieran constituido un elogio.
—Aquí —dijo él, levantándose y apoyándose en mi brazo, mientras íbamos de un lado
a otro de la estancia—, aquí hay pinturas desde los griegos hasta Cimabue, y de Cimabue
hasta  la  hora  actual.  Muchas  han  sido  escogidas,  como  puede  usted  ver,  con  muy  poco
respeto por las opiniones de los entendidos. Y, sin embargo, constituyen una decoración
adecuada para un aposento como éste. Hay asimismo algunos chefs d’oeuvre de grandes
desconocidos... y aquí figuran dibujos inconclusos de hombres que fueron celebrados en su
día y cuyos nombres han quedado reservados al silencio y a mí, gracias a la perspicacia de
las academias. ¿Qué piensa usted —dijo, volviéndose bruscamente mientras hablaba— de
esta Madonna della Pietà?
—¡Es la obra de Guido! —exclamé con todo el entusiasmo de mi espíritu, pues había
estado  contemplando  intensamente  su  incomparable hermosura—. ¡Es la obra de Guido!
¿Cómo  pudo  usted  obtenerla?  ¡No  cabe  duda  de  que  es  en  pintura  lo  que  la  Venus  en
escultura...!
—¡Ah! —dijo pensativamente—. Venus... la hermosa Venus... ¿La Venus de Médicis?
¿La de la pequeña cabeza y el resplandeciente cabello? Parte del brazo izquierdo —aquí su
voz se tornó tan baja que me costó oírla— y todo el derecho han sido restaurados; pienso
que en la coquetería de ese brazo derecho reside la quintaesencia de la afectación. ¡Para mí,
la  Venus  de  Canova!  El  mismo  Apolo  es  una  copia...  no  cabe  la  menor  duda...  ¡Oh,
estúpido  y  ciego  que  soy,  incapaz  de  alcanzar  la  tan  mentada  inspiración  del  Apolo!
Perdóneme  usted,  pero  no  puedo  evitar...,  ¡téngame  lástima!...,  una  preferencia  por  el
Antinoo. ¿No fue Sócrates quien afirmó que el escultor encuentra su estatua en el bloque de
mármol? En ese caso, Miguel Ángel no se mostró nada original en sus versos:

Non ha l’ottimo artista alcun concetto 
Che un marmo solo in se non circonscriva.

Se ha afirmado —o debería afirmarse— que en la actitud del verdadero gentleman cabe
advertir siempre una diferencia con el comportamiento del hombre vulgar, sin que en el
instante pueda precisarse en qué consiste. Suponiendo que dicha observación se aplicara
con toda su fuerza a la conducta exterior de mi amigo, aquella memorable mañana sentí que
correspondía referirla aún más a su temperamento moral y a su carácter. Para definir esa
peculiaridad de espíritu que parecía apartarlo esencialmente del resto de los seres humanos,
la llamaré un hábito de intenso y continuo pensamiento, que invadía incluso sus acciones
más triviales, penetraba en sus momentos de gozo y se entrelazaba con sus estallidos de
alegría, como los áspides que surgen de los ojos de las máscaras sonrientes en las cornisas de los templos de Persépolis.
No pude menos de observar, sin embargo, que, a pesar del tono alternado de liviandad
y solemnidad que mi huésped adoptaba para referirse a cuestiones de menuda importancia,
había en él una cierta vacilación, algo como un fervor nervioso en la acción y la palabra,
una inquieta excitabilidad de conducta que en todo momento me pareció inexplicable y que
a  ratos  llegó  a  alarmarme.  Con  frecuencia,  deteniéndose  a  mitad  de  una  frase  cuyo
comienzo  había  aparentemente  olvidado,  quedábase  escuchando  con  la  más  profunda
atención, tal como si esperara la llegada de un visitante u oyera sonidos que sólo existían en
su imaginación.
Ocurrió que, durante una de esas ensoñaciones o pausas de aparente abstracción, me
puse  a  hojear  la  hermosa  tragedia  del  poeta  y  humanista  Poliziano,  Orfeo  —la  primera
tragedia  italiana—,  que  había  encontrado  a  mi  alcance  sobre  una  otomana.  Al  hacerlo,
descubrí  un  pasaje  subrayado  con  lápiz.  Correspondía  al  final  del  tercer  acto,  y  era  un
fragmento apasionadamente emocionante un pasaje que, aunque manchado de impurezas,
no podría ser leído por hombre alguno sin despertar en él nuevos estremecimientos y hacer
suspirar a las mujeres. Aquella página estaba borrosa de lágrimas recién vertidas y, en la
parte en blanco del folio opuesto, leí los siguientes versos en inglés, escritos con una letra
tan diferente de la muy singular de mi amigo, que al principio me costó darme cuenta de
que era la misma:

Tú fuiste para mí, oh amor,
todo lo que mi espíritu anhelaba,
isla verde en el mar,
fuente y santuario,
con guirnaldas de frutas y de flores,
oh amor, que fueron mías.

¡Ah hermoso sueño, por hermoso efímero! 
¡Ah estrellada Esperanza que surgiste
para pronto morir! 
Una voz del futuro me reclama: 
—¡Adelante!¡Adelante!—. Mas se cierne 
sobre el pasado (¡negro abismo!) mi alma 
medrosa, inmóvil, muda.

¡Ay, ya no está conmigo
la luz de mi existencia!
«Ya nunca... nunca... nunca»
(así murmura el mar solemne
a las arenas de la playa),
ya nunca el árbol roto dará flores
ni el águila muriente alzará su vuelo.
Hoy mis días son vanos
y mis nocturnos sueños
andan allá donde tus ojos grises
miran, donde pisan tus plantas,
¡oh, en qué danzas etéreas, a la orilla de itálicos arroyos!

¡Ay, en qué aciago día
por el mar te llevaron
robándote al amor, para entregarte
a caducos blasones mancillados!
¡Robándote a mi amor, a nuestra tierra
donde lloran los sauces en la niebla!

Que  aquellos  versos  hubieran  sido  escritos  en  inglés  —idioma  con  el  cual  no  creía
familiarizado  a  mi  huésped—  me  sorprendió  poco. Demasiado sabía la extensión de sus
conocimientos y el singular placer que experimentaba en ocultarlos a los demás. Pero el
lugar  donde  estaba  fechado  el  poema  me  causó,  debo  admitirlo,  no  poca  confusión.  La
palabra  original  era  Londres,  y,  aunque  aparecía  cuidadosamente  tachada,  podía,  sin
embargo, ser descifrada por un ojo escrutador. He dicho que me causó no poca confusión,
pues bien recordaba una conversación anterior con mi amigo durante la cual le preguntara
si  alguna  vez  había  conocido  en  Londres  a  la  marquesa  de  Mentoni  (la  cual  residía  en
aquella capital antes de su matrimonio); si no me equivoco, su respuesta me dio a entender
que jamás había pisado la metrópoli inglesa. Bien puedo mencionar de paso que muchas
veces  había  oído  decir  (sin  dar  crédito  a  un  rumor,  al  parecer,  tan  improbable)  que  el
hombre de quien hablo era no sólo por su nacimiento, sino por su educación, inglés.

—Hay una pintura —dijo él, sin advertir que yo había estado leyendo la tragedia— que
todavía no ha visto usted.
Y,  apartando  una  colgadura,  descubrió  un  retrato  de  tamaño  natural  de  la  marquesa
Afrodita.
El arte humano no podía haber hecho más en el trazado de su belleza sobrehumana. La
misma etérea figura  que  se  alzaba  ante mí la noche  anterior en la  escalinata  del  Palacio
Ducal volvía a ofrecerse a mis ojos. Pero en la expresión de su rostro, que resplandecía
sonriente,  se  insinuaba                    —¡incomprensible  anomalía!—  esa  incierta  mácula  de
melancolía, que siempre será inseparable de la perfección de la hermosura.
El  brazo  derecho  de  la  marquesa  aparecía  doblado  sobre  el  seno.  Con  el  izquierdo
mostraba, en la parte inferior del cuadro, un vaso de extraña factura. Un diminuto pie como
de  hada,  apenas  visible,  parecía  rozar  la  tierra;  y,  apenas  discernible  en  la  brillante
atmósfera  que  parecía  circundar  y  envolver  su  belleza,  flotaba  un  par  de  alas  de  la  más
delicada concepción.
Mis ojos pasaron de la pintura a la figura de mi amigo, y las vigorosas palabras del
Bussy d’Ambois de Chapman subieron instintivamente a mis labios:

Está erguido
Como una estatua romana. ¡Y así permanecerá 
Hasta que la muerte lo haya vuelto mármol!

—¡Vamos! —exclamó por fin, volviéndose hacia una mesa de plata maciza, ricamente
esmaltada,  sobre  la  cual  aparecían  algunas  copas  fantásticamente  coloreadas,  juntamente
con  dos  grandes  vasos  etruscos,  semejantes  en  su  factura  al  extraordinario  modelo  que
aparecía en la parte inferior del retrato, y llenos de lo que me pareció ser Johannisberger. —¡Vamos! —repitió bruscamente—. Es muy temprano, pero lo mismo beberemos. Sí,
ciertamente  es  temprano  —continuó  pensativo,  en  momentos  en  que  un  querubín
descargaba  su  pesado  martillo  de  oro,  haciendo  resonar  la  estancia  con  la  primera  hora
posterior  a  la  salida  del  sol—.  ¡Oh,  sí,  es  temprano!  Pero,  ¿qué  importa?  ¡Bebamos!
¡Brindemos como ofrenda a ese solemne sol que nuestras brillantes lámparas e incensarios
se obstinan en someter!
Y, después de brindar conmigo, bebió sucesivamente varias copas de vino.
—Soñar  —continuó,  recobrando  el  tono  de  su  inconexa  conversación—,  soñar  ha
constituido  el  fin  de  mi  vida.  Por  eso  he  construido,  como  ve  usted,  este  lugar  para  los
sueños. ¿Podría haber creado uno mejor en pleno corazón de Venecia? Cierto que lo que se
percibe  es  una  mezcla  de  ornamentaciones  arquitectónicas.  La  castidad  jónica  se  ve
ofendida por las formas antediluvianas, y las esfinges egipcias se tienden sobre alfombras
de  oro.  Sin  embargo,  el  efecto  sólo  resulta  incongruente  para  un  espíritu  tímido.  Las
unidades, las convenciones de lugar y, sobre todo, de tiempo, son los espantajos que aterran
a la humanidad y la apartan de la contemplación de las magnificencias. Yo mismo profesé
en  un  tiempo  ese  rigor,  pero  semejante  sublimación  de  la  locura  acabó  por  estragar  mi
alma. Lo que ahora me rodea es lo más adecuado a mi propósito. Como esos incensarios de
arabescos, mi espíritu se retuerce en el fuego, y el delirio de esta escena me prepara a las
visiones más exaltadas de esa tierra de sueños reales hacia donde voy a partir en seguida.
Detúvose bruscamente, dejó caer la cabeza sobre el pecho y pareció escuchar un sonido
que mis oídos no percibían. Por fin, enderezándose, miró hacia arriba y prorrumpió en los
versos del obispo de Chichester:

¡Espérame allá! Yo iré a encontrarte 
En el profundo valle.

Un instante después, cediendo a la fuerza del vino, se dejó caer cuan largo era sobre
una otomana.
Oyéronse pasos presurosos en la escalera y resonaron pesados golpes en la puerta. Me
disponía  a  impedir  que  volvieran  a  molestarnos  cuando  un  paje  de  la  casa  de  Mentoni
irrumpió  en  el  aposento  y  gritó,  con  palabras  que  la  emoción  ahogaba  y  volvía
incoherentes:
—¡Mi señora... mi señora... envenenada... envenenada...! ¡Oh la hermosa... la hermosa
Afrodita!
Estupefacto, me precipité a la otomana y traté de que el durmiente recobrara el uso de
los  sentidos.  Pero  sus  miembros  estaban  rígidos,  lívidos  los  labios,  y  aquellos  ojos
brillantes aparecían ahora fijos para siempre por la muerte. Retrocedí tambaleándome hasta
la mesa y mi mano cayó sobre una copa rota y ennegrecida. Y la conciencia de la entera, de
la terrible verdad, se abrió paso como un rayo en mi alma.

F I N

Silencio

-Cuento corto/Fábula Ευδουσιν δ’ όρκων κορυφαˆ τε καˆ φαράγες  Πρώονες τε καˆ χαράδραι (Las crestas montañosas duermen; los valles, l...